El llamado despertar cultural busca responder a una serie de agravios históricos, que, se supone, se siguen reproduciendo a través de los medios más insospechados, desde el lenguaje cotidiano hasta el canon de la alta cultura. Las personas despiertas buscan detectar y desmontar una estructura cultural infiltrada por resabios de barbarie y han dado origen a una eclosión de disciplinas y movimientos, que pululan en la academia y la política metropolitanas (y más allá) y que muchos engloban bajo el término woke.
Como su título lo indica, Deseo y destino. Lo woke, el ocaso de la cultura y el imperio de lo kistch (Debate, 2025) de David Rieff, constituye una devastadora crítica de las paradojas de esta suerte de expiación de la cultura contemporánea que, en su opinión, se caracteriza por rasgos como la disolución de jerarquías, la complacencia y falta de aprecio por el rigor, el culto identitario, la hipersensibilidad a la ofensa y el moralismo cursilón. Así, para Rieff, las humanidades occidentales se han deshumanizado y los ideales de la alta cultura tienden a convertirse en un culto a la mera denuncia y la revancha. Si bien mucho de esto lo han prefigurado autores que van desde Daniel Bell y Roger Scruton hasta Susan Neyman; la singularidad de este libro es su exhaustivo, a ratos repetitivo, recuento de necedades políticamente correctas.
Para Rieff, cuando las ciencias sociales y las humanidades tienen como principal motivo la denuncia o la venganza es fácil caer en una dinámica de linchamiento que se concentra en expurgar y corregir las obras del pasado. Con todo, una paradoja de esta cultura de la ira y la memoria punitiva es que resulta asombrosamente permisiva con las desigualdades sociales presentes y con la miseria y el sufrimiento reales. Para el autor, la izquierda política en su país se orienta mucho más a cuidar la utilización del lenguaje correcto y a detectar formas subrepticias de discriminación o microagresiones que a actualizar los diagnósticos de la explotación y la injusticia contemporánea. Por lo demás, la exacerbación de lo identitario rompe la idea de horizontes comunes y limita el alcance de los enfoques y compromisos políticos. Así, según el autor, esta piel de cristal de la cultura woke en lo lingüístico se corresponde con una notoria miopía política.
El libro ataca todos los flancos de esta floración cultural y, sin duda, lo más divertido es la antología de disparates y posturas llenas de humor involuntario, por ejemplo, las advertencias en los programas de estudios sobre el contenido peligroso de muchos libros para ciertos espíritus frágiles.
Sin embargo, este exceso de pimienta también es una debilidad, pues el recuento a menudo se queda solo en lo anecdótico, sin margen de explorar las razones de esta sorprendente mutación cultural o de reflexionar sobre posibles formas de equilibrar la corrección e inclusión con la imaginación y el respeto a la sensibilidad del otro con las libertades de investigación y expresión.
AQ / MCB