Intento decir algo y enseguida me arrepiento. Ando entre las ramas. Es que me subyuga el silencio-cautela del cazador, el silencio del que busca errante su propia imagen. Meto la llave en la puerta de la noche para dar entrada a mi hora predilecta: el aura, ese viento suave proveniente del océano y su fondo. Entra el aura y su melliza la aurora. Me miran fijamente. Me inquieren. Murmuran mi nombre, Guillermo, me piden deslindarme de un tocayo que feneció al tacto con la luz del sol, y que era vampirísimo y más taciturno que yo.
Soy culpable de desear la gemelidad de almas, añoro el alma que diga con música lo que yo no alcanzo a decir más que por vía de imágenes, estáticas o crucificadas en superficie: la vida pintada, es decir desde el silencio.
Quisiera escuchar un canto.
El silencio es atroz y la noche devora desde una de sus vetas.
¿Está amaneciendo ya?
Escucho una voz, leo un camino. Es la voz de Pura López Colomé, leo su camino, escucho su lengua. Una lengua pletórica en sonoridades, desvelamientos: de la memoria, del cuerpo, de la infancia, de la orfandad, de los sentidos, y casi siempre y todo, percibo, ante un umbral. Una lengua que inquiere tanto como reconoce, que demarca (una mirada propia) como da cuenta de sus raíces. Acaso desde el origen mismo de la herida que ha infligido la poesía. Antítesis de la muerte, a veces desde las inmediaciones de la muerte misma, sin ficción que cobije y mienta. Una lengua, un mundo que va y viene iluminando hasta su parte amarga, a quicio de estallidos o dulces, o irónicas o crueles confidencias de la sustancia (“Apreciar un néctar requiere una cruel necesidad”, escribió Emily Dickinson, en quien Pura ha reconocido una de sus raíces).
Con la lengua, la voz, la poesía de Pura López Colomé, yo lector y empedernido cazador de imágenes (desde el silencio) en materias de linaza y emulsiones polímeras, confieso, he sentido arrastrarme ante el umbral de tuétano y coyunturas, o me he abandonado bajo el relámpago de lo sagrado (el gesto o último aliento de un animal, sea perro, conejo, o iridiscente y diminuta criatura azorada ante fin y principio), bajo su eléctrico silencio impregnado de música, del sonido de árboles, mares, seres divinos o frutos peligrosos, he vislumbrado, sin licencia de por medio, casi casi un huerto ontológico. He visto un pájaro con su canto dar bautizo a cierto amanecer, y me he puesto a la intemperie de sueño y noche.
Escucho una voz, una lengua, un canto, los de Pura López Colomé: “Mi voz se fue amoldando a sus tejidos. / Se detuvo. Creyó no poder más / y continuó. / Conoció así un cauce / nunca antes descrito, / un lugar del que era parte sin saberlo. /Al que volvió después. /Abrió sus puertas, dio principio a los oídos. / Caracol de oleajes vigorosos, /saciaba todas las esperas/ penetrando el cuerpo / en rojo intenso” (“Dramatis personae”, en Intemperie).
Conocí a Pura López Colomé también en un sueño. Digo también porque antes ya la conocía en carne y hueso. Y a través de su palabra, su poesía, su labor como traductora. Ella y yo compartimos un signo zodiacal y un mismo día de nacimiento, el 6 de noviembre (“No shadow, no stars, no moon, November”, canta Tom Waits): número o cifra por la que se asoma o se sugiere una forma de telepatía que yo quisiera habitual. Ella es la voz desde el Afuera (que pudiera ser Adentro dependiendo de la aproximación de la lente a través de la que se mire) en que la conocí en un sueño, en un sueño es decir también a la intemperie. Ella es la voz del lenguaje y su oficiadora, la que aprendió de otro poeta a abandonarse a los poderes de la poesía, a atender sus llamados (como escribió en el “eco/reverberación” de uno de sus poemas con uno de los del poeta Juan Carvajal); también, la que otorga voz al yo poético (¿cuántos?), un yo que admite el plural y al hacerlo, al despojarse de cáscara, es decir cuando se desata, se vuelve multifacético y muta hacia la segunda persona, y nunca a la ligera; desde su asombrada y excepcional precisión para capturar gozo, infelicidad o incertidumbre, placer o alegría ante la dicha de estar-nos en vida (“November seems odd, you´re my firing squad, November”, canta Tom Waits. Y canta: “Go away you rainsnout, go away, blow your brains out, November”). Y qué si también digo: he sentido con su poesía, la de Pura, el deseo de ser solo electricidad, he dicho a mi pasado, mío mío: quiero que me des toques, bien eléctricos, hasta que mi cura de vida surja desde mi propia herida.
En una entrevista publicada en noviembre de 2016, Pura López Colomé declaró: “La poesía no es ficción”. Y no lo es, puesto que, a diferencia de la ficción, a la poesía no la aprisionan las exigencias de la verosimilitud, que siempre entraña explicaciones (aunque ficticias) ni los desenlaces, ni el corsé de significados lineales, que imponen un cierre, un punto final en lo que se dice escribiendo.
Ya en uno de los poemas de su primer libro El sueño del cazador (1985) hay, más que rastro, principio de un modo de: “tengo frío, tengo que dejar de explicarme el mundo /–palidez, tragos amargos, falta de aire abierto en ti / como melodía en línea recta que va diciendo menos cosas–”. (“A la distancia”).
Quizá la totalidad de un alma está en el cuerpo y en la memoria, work in progress perenne, que lo sostiene: su voz, para salir de sí y mirar el mundo, sin ficciones, como la vida misma. Y la voz del poeta: ¿la persigue éste o la conquista? Se revela y se rebela acaso. Atiende al llamado. Atender es estar dispuesto a la revelación. Nacer. Arder. Se crea. Como nace un camino.
No conozco en nuestro idioma una voz de poeta con la reciedumbre de la de Pura López Colomé: un mundo propio (y para todos), una revelación-desencadenamiento del lenguaje, un oráculo poético en rebelión y reconocimiento de sí (aunque se supondría que los oráculos no saben de insurrecciones; son fijamente y fatal; no así a través del lenguaje). El trayecto a lo invisible de la palabra, la vía por el laberinto de la incertidumbre hacia una posible salida o entrada en: “Abre tus entrañas./ Voy a inyectarte la consigna del arroyo./ Hay sustancias que viajan por la sangre, / restos de ceguera temporal. Toda previa claridad/ es nada más temperatura, /cálido suplicio.” (“Himno de entrada”, en Intemperie).
Ahora voy a sumergirme en un lugar común: todo es mortal. ¿Y la música, lo será?
“Olas de color espumoso, iridiscente, / olas de dolor opaco, / entre pleamar y bajamar, /olas de amanecer / brillante de tan terso: / hay quien lo tiene en la boca y no lo canta, / hay quien lo canta y no retiene/ en cuello ni garganta, / quien no retiene el tiempo, / quien sintió la puñalada / al perder la única pasión / y siguió vivo en la herida…” (“Stabat Mater”, en Lieder).
La musicalidad de un idioma y una lengua.
Hace 15 años decidimos Pura y yo colaborar; ella con poemas, yo con pinturas sobre radiografías. En torno al cuerpo y sus dolores, al cuerpo y sus transiciones, al ahora y sus metamorfosis, e incluso al cuerpo tornándose cadáver o a punto de: los enfermos. El resultado de aquella colaboración fue Via Corporis (2016), 35 poemas numerados de Pura y uno más sin número y 34 pinturas mías. Libro en el que Pura apeló con su palabra al silencio atroz de las imágenes pictóricas, que están por encima y por debajo en un arqueológico rastrear síntomas, el de las imágenes que a veces se rehúsan a salir a cuadro, a cuadro de ese frágil equilibrio: lo real. Puso música a la selva orgánica que fuera todo esto, y a la posterior: un montón de radiografías alteradas en su naturaleza, en vano intento según mi mano de otorgar alivio o resignación con colores, líneas, veladuras, a la anunciación casi siempre funesta que cifraban. Casi casi las imágenes debajo de los escombros en su itinerario a la vera del dolor. Ella las desanudó con su lenguaje, su memoria la propia y la de la sustancia poética, las hizo audibles, les dio sucesión, proliferación; a las imágenes del ser, su ser y el del anónimo, sin menoscabo en la construcción y posterior desenlace (y creación) del enigma. Y allí la poesía de Pura quema en piel y membranas y respira hasta sus intimidades más ocultas. ¿Puede haber algo más íntimo que los huesos? Navega por entre los órganos de la forma, la sonoridad, las resonancias de lo vivido, de todo aquello con que comparte vínculo, y enmarca lo que delata acción. Y así también, libera a la pintura de su santificada quietud. Pura dio eco, ondulación, corriente. Tomó al silencio de la mano y lo hizo salir a escena, por la ruta de su palabra y desde el único lugar que acaso nos ha sido dado habitar realmente: el lenguaje, vía su lengua, precisa y sin merma de misterios. Orilló al río de lo existente muchos de sus paisajes óseos y de carne, y a veces de diagnóstico de muerte, o de la contundencia de un cadáver, pero siempre por tan buen camino como es el mirar de frente a; luego adentrándose, que es decir ir hacia sus dentros, y sus sentidos. Aquí, su palabra se plegó en avenencias con la imagen, y éstas se “intervinieron” mutuamente, sin rebajarse a servir de ilustración una a otra. Se practicaron cirugías, que enseguida buscaron su cicatriz, o aceptaron llanamente que la vida no tiene cura.
Cuando leí el primer poema con el que Pura dialoga con la imagen de unos pulmones bastante maltratados, aunque imagen transmutada en pintura, sin que ella lo supiera siquiera (que en su origen esta imagen era la de una bastante deteriorada salud), un espasmo me recorrió, pues ella había dado en el blanco del cuerpo, había encendido una lámpara, que es decir: había hecho que hablara con su palabra un mundo interior, desde lo que vibra, es decir de lo que está en vida, en el camino del cuerpo: “Te estás sumergiendo / en cámara lenta, / en tus propias sustancias. / Vas por buen camino”. (“Por lamerse las heridas”).
Alguna vez le pregunté a Pura López Colomé: ¿Por qué será que la palabra poética o la pintura parecieran a veces anunciar con antelación lo que más adelante pasará a ser parte de lo “real”?, entendido en este caso lo real como acontecimientos contundentes, algunos con efectos de dicha, otros de clara desgracia. Yo preguntaba en función de sucesos en aquel entonces de mi entorno, de mi familia; acontecimientos de índole trágica, mismos que al hacer yo una revisión de mi obra pictórica del pasado se me aprontaron ante la vista como anunciaciones ya plasmadas en algunos de mis cuadros. Sí, muchas veces, una década atrás, había yo pintado ríos; el agua saliendo en borbotones de la imagen: muerte por agua, como en la realidad recién manifestada en muerte de otros, aunque míos.
“Quizá hay un acercamiento extremo (del poeta, del artista) al Gran Oráculo”, me respondió Pura.
Ante tal noción, quise desprenderme de mí. Sentí el aguijón de la culpa oracular por la muerte de otros. Quiero decir, quise desprenderme casi de mi piel. Luego entendí que todo ocurre por/a través de los sentidos, en connivencia con la gran maquinaria del sueño y sus procesos, que hablan y crean imágenes en donde ocurre la confluencia de todos los tiempos; el oráculo, que no distingue, ciertamente, de límites o demarcaciones temporales: Todo es y fue, y será.
Estoy de viaje. He estado leyendo un libro de Pura López Colomé. ¿Cuál? Uno. Hace tiempo estuve bajo el relámpago de lo sagrado en eco de Emily y transcurrir de caballos, uno de ellos mira fijamente y reconoce lo peregrino. Dice que la vida fluye. En otro momento, en otro poema, he visto a la muerte irrumpir en la pradera. Sin querer deshacer el escenario de lo que tiene existencia fuera de la mente. Debo haber quedado de horror hasta las células, al reconocer lo salvífico.
Estoy leyendo un libro de Pura López Colomé. Lo sacro y lo pagano en la intermitencia de un paisaje del ser (¿era verde o era verdinegro y fui yo el que no quería la intervención de lo oscuro?).
Estoy leyendo Santo y seña (2007, Premio Xavier Villaurrutia), de Pura López Colomé. Leo y me sumerjo en canción que pareciera propia de fin de mundo.
Ni siquiera sé por qué lo digo (ni a la poeta se lo he dicho), pero a Santo y seña lo encontré salvífico: “inhalo, inhalo y no reviento. / Soy nadie”.
Ser nada, nadie, ser cualquiera: renacer.
Estoy leyendo un libro de Pura López Colomé. El tú y el yo, yo y tú, son aquí ecos y reverberaciones de la memoria (viva), que en ocasiones me recuerdan las confidencias de la sustancia a través de.
“Nunca podrás exhimirte de la noche, no te vas a librar de sus poderes corrosivos”, me dijo una vez alguien (¿un yo?, ¿un tú?, ¿Quién?
A veces me he abandonado a la intemperie de los sueños. Soy culpable de. Y de abrir la puerta de la noche para que entre su mellizo el amanecer y sus umbrales.
La noche es atroz y me fascina. Quisiera que me gritara su nombre, aunque me sacara sangre. Noche, ¿cómo te llamas?, quisiera exigirle una respuesta.
Envalentonado por la noche misma y en investidura de personaje de novela, El bosque de la noche, hace poco le pregunté a la poeta: Pura, ¿dime qué es la noche?
Me respondió: “La noche me devora, querido. Desde muy niña. La cabecera de mi cama, de madera, tenía una veta en forma (clarísima) de ojo. Su pupila me absorbía.”
Soy culpable, he añorado la gemelidad de un alma.
Intento decir algo y enseguida me arrepiento. Me callo entonces. Estoy ante un umbral.
AQ / MCB