Cultura

Problemas de concentración

Husos y costumbres

Mientras todo avanza con prisa, la atención se dispersa entre listas, recuerdos y detalles del camino. En ese ir y venir aparece el asombro por lo cotidiano.

Me cuenta de aquel amigo que escribe en su iPad mientras hace ejercicio en la escaladora del gimnasio; me admira esa capacidad de aprovechar el tiempo todo el tiempo, sin desperdiciar ni un minuto en la divagación ni dejarse distraer por la música tan fea que suelen poner en aquellos lugares. Antes podía imaginar una historia entera mientras caminaba; ahora me pierdo, miro a la gente y me pregunto quiénes son, a qué se dedicarán, a qué lugar se apresuran, por qué escogieron a ese perro que pasean y no a otro, y me ganan los ojos las jacarandas cuya floración año con año espero y me siguen pareciendo siempre un prodigio. Trato de concentrarme en mis pies, en la acera y en mi equilibrio, para no tropezarme. Pienso que ya olvidé lo que iba a comprar y vuelvo a hacer la lista mentalmente para volverla a hacer a un lado porque me he querido concentrar en la acera desde la que me llaman las flores esparcidas, absorber aquel morado de las jacarandas que por cierto es un color algo melancólico, ¿no creen?, como los habitantes de la Ciudad de México. Ni rojas, ni rosas, tampoco amarillas, esos colores alegres o apasionados por definición, quizá por eso las jacarandas se adaptaron tan bien a nuestro entorno: se identificaron con esa mezcla de jolgorio y despecho tan nuestra. Y con esas ganas de andar en bola, arracimarse. ¿Pensarán lo mismo quienes caminan a mi alrededor? Se concentran en sus celulares, chiflan o piensan en algo útil, no sé, y parezco la única loca con la vista perdida en aquellos árboles inmensos que nos bañan de flores cuando pasamos. ¿No es un privilegio?, quisiera decirles, ¿no es como una bendición inmerecida, algo que agradecer cada mañana a pesar de las guerras y de todo, que las flores nos cubran así, caminar entre flores? Pero los habitantes de la calle están en lo suyo, andan con prisa, estornudan, llaman a alguien, barren, venden y compran pan y artículos de ferretería y papelería y alitas de pollo y cortes de pelo, y yo en lo mío que es volver a olvidar la lista de lo que iba a comprar y volver a recordarla, café, detergente, leche, pan, mermelada, queso, aceite, limones, y volver a sentir los pies y la acera y el equilibrio y la palabra que no he logrado traducir adecuadamente y a la que le doy vueltas y vueltas, y el texto que debo escribir, mientras quisiera fotografiar esos racimos morados tan a la mano en apariencia, como las uvas de un zorro florista, y que cuelgan unos arriba de otros en perspectiva tan interesante, pero no traje el teléfono justo porque no quiero distraerme, dejar de mirar las jacarandas o caerme y olvidar de nuevo aquel pan y aquella leche o era queso, ¿detergente?

AQ / MCB​​

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Ana García Bergua
  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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