“Cumplí 70 años en noviembre de 2001”, escribe Emilio García Riera al inicio de 70 años de ser yo (Cal y Arena), y enseguida confiesa: “debería estar en posición de revelar el sentido de la vida, pero me faltan algunos detalles”. Adelanta, sin embargo, que semejante misterio tiene mucho que ver con el chocolate. No se trata de una metáfora rebuscada ni de un guiño gastronómico. Propone una pequeña filosofía doméstica: incluso las reflexiones más serias pueden comenzar con un placer elemental. No abundan los historiadores del cine que inauguren sus memorias defendiendo al cacao. Y mucho menos celebrando las ventajas de la vejez —por ejemplo, que ya nadie les pide ayuda para cargar cosas—. Esa mezcla de ironía y lucidez abre este libro póstumo, cuyo título provocador parece anunciar una autobiografía egocéntrica solo para desmentirla.
Aquí encontramos algo más interesante: el recuento libre, a ratos irreverente y autoparódico de su propia vida. Durante décadas, García Riera construyó una de las obras críticas más ambiciosas del país: los dieciocho tomos de su Historia documental del cine mexicano, levantados con rigor y pasión cinéfila. Pero en 70 años de ser yo aparece otra faceta: la del memorialista que se permite burlarse de su propio ego, recordar amistades y discutir el oficio de la crítica desde un humor que desactiva cualquier tentación de solemnidad. El estilo recuerda a El cine es mejor que la vida, donde exploró su relación con el cine; aquí el registro es más íntimo, libre y por momentos casi testamentario. El resultado es un libro situado a medio camino entre las memorias, el ensayo y la conversación, donde García Riera se revela también como un narrador delicioso, capaz de desmontar las pretensiones del medio cultural —incluidas las suyas.
El libro tiene otro valor inesperado: el retrato de una generación. Entre anécdotas y recuerdos aparecen las figuras que contribuyeron a fundar el ejercicio de la crítica cultural en México. Estas páginas reconstruyen la atmósfera de un tiempo en que discutir de cine, literatura o política implicaba imaginar un país distinto. García Riera recuerda esas conversaciones con la mezcla exacta de afecto y distancia que solo concede el paso del tiempo. En una de las escenas más entrañables evoca su amistad con la hermana de Luis Buñuel, a quien se acercó primero, pues el carácter del director aragonés parecía imponerle respeto. Se trata de una anécdota mínima —no revelaré el desenlace— que muestra hasta qué punto la historia del cine también está hecha de gestos íntimos y recuerdos. Muchos de los personajes que aparecen aquí ya no están, pero el libro los convoca como en una larga sobremesa donde la inteligencia y el humor siguen circulando.
70 años de ser yo permite asomarse a la manera en que García Riera entendía el cine: una vía para leer a la sociedad que lo produce. Esa convicción atraviesa su obra crítica y aparece aquí filtrada por la memoria y la experiencia personal. El cine mexicano —con grandezas y extravíos— ocupa un lugar constante. García Riera lo observa dejando a un lado la severidad del historiador, sustituyéndola por reflexiones cargadas de ironía:
Entre los jóvenes intelectuales de mi generación estaba de moda no creer en el progreso. […] Se alegaba que no hay progreso posible en la naturaleza humana. No lo discuto, pues tengo poco claro en qué consiste la naturaleza. La única naturaleza humana de la que oso hablar es la mía. Y la mía está apoyadísima en recientes logros del progreso científico y técnico: la televisión de paga, el video, la computación. No solo creo en el progreso: lo venero.
Estas líneas cobran relieve si recordamos desde dónde habla el autor. Al escribir estas páginas, García Riera vivía conectado a un concentrador de oxígeno que aliviaba una fibrosis pulmonar avanzada. No es exactamente la circunstancia que uno asociaría con un elogio del progreso tecnológico. Pero ahí está su ironía: lejos de entregarse a los lugares comunes de la autobiografía crepuscular, aprovecha para ajustar cuentas con algunos prejuicios generacionales y subrayar que incluso las ideologías más arraigadas pueden diluirse. Pese a su enfermedad, nunca, ni por asomo, se entrega a las afirmaciones categóricas. Mucho menos a la autoconmiseración.
La admirable soltura narrativa de García Riera —alimentada por su afición al cine, su breve incursión en el guionismo y su faceta de novelista—, le permite ofrecer una divertidísima lista de fobias y antipatías: lo políticamente correcto en primerísimo lugar, las telenovelas, las conferencias magistrales “y en general los rollos atestados a públicos indefensos”, los actos cívicos o el folclore, entre otras. También se atreve a darle una bofetada a sus detractores e incluso a escribir un epílogo que funciona a manera de agradecimiento a sus hijas y su esposa. Todo ello eludiendo los clichés, decantándose a favor de una prosa elegante y juguetona.
Quizá por eso 70 años de ser yo es algo más que unas memorias. Es el testimonio de alguien que nunca dejó de mirar el mundo con curiosidad y una ligera sonrisa escéptica. Es un gozo leer a Emilio García Riera y casi verlo reírse de “los devotos de los marcos teóricos, los parámetros y otras fantasías de olor académico”. También lo vemos permitirse aventuras amorosas, escribir crónicas de sus viajes como jurado internacional y opinar sobre la televisión de los años noventa. Este libro se lee a carcajadas. Uno se identifica con su animadversión por “la manía de expresarse de gente que no tiene nada que expresar y produce en consecuencia cantidades industriales de vomitivos poemas” y agradece su desparpajo, tan poco frecuente hoy en día.
Al cerrar el volumen solo queda desear que el autor haya llegado, “por una divina falla burocrática” a ese Cielo que tanto le gustaría: “un gigantesco café donde uno no solo alterna con la gente amada o estimada en vida, sino con la de todas las épocas”. Allí, con Dios haciendo de maître y Jane Austen o Manuel Azaña sentados a la mesa, es fácil imaginarlo conversando con el queridísimo José de la Colina, que tanta falta nos hace.
AQ / MCB