Cultura

El vértigo de pensar: las ficciones literarias según Geney Beltrán Félix

Reseña

‘El vértigo del caos’, de Geney Beltrán Félix, no aspira a la unidad ni a la progresión. Es un libro que se desborda, apunta en muchas direcciones resistiéndose a la uniformidad.

Hay libros que uno no coloca de inmediato en la mesa de trabajo ni en el buró, sino que deja abiertos en distintos lugares de la casa. Se leen un rato, se cierran, se retoman días después por una página al azar. No exigen continuidad ni reclaman disciplina. Piden algo distinto: una atención intermitente. El vértigo del caos. Ensayos sobre las ficciones literarias (Almuzara, 2025), de Geney Beltrán Félix, pertenece a esa clase de libros que se leen mejor cuando se acepta su ritmo fragmentario y se renuncia a la tentación de una lectura lineal. No es un volumen que avance por acumulación; más bien invita a la lectura caprichosa, a las pausas, a los desvíos y retornos, como quien hojea un cuaderno de apuntes o entra a una miscelánea donde conviven objetos diversos bajo una lógica menos visible, pero no por ello arbitraria. Uno puede avanzar unas páginas, retroceder, detenerse en un aforismo, saltar a un ensayo largo y luego volver a una escena personal. El libro admite —y casi exige— esa forma de lectura errante.

El propio autor ha reconocido en una entrevista que el volumen nació de una escritura impulsiva y dispersa, guiada más por la curiosidad que por un plan arquitectónico previo. No hay aquí un proyecto unitario en el sentido clásico, sino una constelación de obsesiones: la paternidad, la violencia, el poder, la imaginación, el cuerpo concebido como archivo sensible y la literatura. El vértigo del caos se inscribe con naturalidad en la tradición del ensayo: un género que avanza por tanteos, que se permite el desvío, la duda y la indagación. En ese territorio, Geney Beltrán se mueve con soltura. Su prosa es cuidada y hospitalaria; evita el tono académico sin renunciar a la densidad conceptual y, sobre todo, desconfía de los sistemas cerrados.

“El viajero en el país de los sedentarios”, ensayo dedicado a Sergio Pitol, propone una interpretación afectiva y genealógica de El viaje, donde el desplazamiento se aparta del turismo banal y de la acumulación de experiencias para pensarse como una forma de transformación interior. Los viajes de Pitol, desde la visión de Beltrán, invitan a descubrir otras realidades. A los ensayos clásicos se suman las “Prosas nómades”, textos que se desplazan del estilo argumentativo hacia un indagar en los orígenes de la ficción. La mayoría parten de anécdotas cotidianas que detonan ciertas reflexiones sobre el acto de escribir. En la penúltima “prosa nómade”, Beltrán lanza la pregunta de cómo fue que el ser humano comenzó a narrar historias y sitúa la necesidad del relato en una zona anterior a la razón y a la voluntad estética: cuando el hambre, la enfermedad, la urgencia de sobrevivir quizás fraguaron los impulsos de contar. Desde ahí traza una genealogía de la narración vinculada a la memoria del cuerpo y a las regiones límbicas de la experiencia; la imaginación deja de concebirse como una simple destreza y se afirma bajo la noción de una forma activa de la sensibilidad y de la conciencia.

Si continuamos con la lectura azarosa, botanera, nos topamos con los aperitivos bajo el título “Autobiografías del laberinto”, partes que reúnen aforismos, en algunos casos verdaderos destilados de lucidez y chispazos críticos. Su función en el volumen elude lo ornamental; se hermanan con los otros textos al ser unidades mínimas de una experiencia reflexiva. Cuando Beltrán escribe: “De buenas intenciones activistas está empedrado el camino de la intrascendencia literaria”, o advierte que “para eludir la insistencia de la duda hemos dado con un licor adictivo: tener opiniones contundentes”, busca señalar el desgaste de ciertas modas contemporáneas que lamentablemente han inundado las librerías y las plataformas de streaming en los últimos tiempos. Algo similar ocurre con sentencias como “un dogma es aquella verdad que se defiende no por verdadera sino por útil”, donde la crítica no es un saco que solo le quede a la política o a la ideología —pandemia de nuestros tiempos—, sino también a los hábitos intelectuales que prefieren la comodidad de la adhesión antes que la incomodidad del pensar. Estos aforismos condensan una ética de la sospecha que recorre todo el volumen, pequeños dardos que a veces sorprenden por su precisión: “Triunfo mayor del demagogo: convencerte de que sus adversarios son tus enemigos”.

Si existe un eje temático en el libro, acaso el más persistente es el que articula la paternidad con las distintas formas de la violencia. Ya sea analizándola en representaciones literarias —en los cuentos de Alice Munro, de Juan Rulfo o en la emblemática novela de Emily Brontë— o de forma autobiográfica: la reflexión surge de una anécdota. El texto “Rencor del hijo, derrota del padre” puede leerse como un cuento con vena ensayística, una confesión o un relato que expone los límites y riesgos de la crítica literaria en México, donde el juicio estético suele confundirse con una afrenta personal. Aquí la figura del padre —al mismo tiempo solidario, opresor y trágico— se convierte en una clave para pensar el impulso moral que anima la escritura crítica: el deseo de hacer el bien, de intervenir en el mundo, incluso a sabiendas de su ineficacia. Hay una arteria que recorre el texto y que conmueve por su sinceridad al abordar la muerte del padre, el temor del narrador a fracasar en la crianza de su hijo, y la responsabilidad que se ejerce al decir públicamente que un libro no funciona, que una obra es fallida. La crítica aparece como una práctica vulnerable que exige asumir un costo personal y que, lejos de ofrecer certezas, deja al autor suspendido en una zona de conflicto no resuelto. Es uno de los textos más logrados del volumen por el equilibrio que alcanza entre claridad conceptual, sensibilidad y una estructura narrativa que cohesiona bien los temas y nunca pierde de vista al lector.

La violencia simbólica que implica ejercer la crítica encuentra un desarrollo más amplio en el ensayo “Buenas y malas intenciones”. Beltrán señala que, a diferencia del novelista o el poeta, a quienes se les comprende sin mayor reparo, el crítico suele ser leído desde la sospecha: se le atribuyen rencores, envidias o intereses espurios. El autor propone la noción de un “impulso adversativo”, una energía incómoda pero necesaria que empuja al crítico a escribir para poner en duda, contagiar al otro la emoción que suscita el descubrimiento de una obra o cuestionar tendencias, famas y prejuicios. En este ensayo, la crítica es una práctica que vulnera a quien la ejerce, pero persiste, destinada a incomodar consensos y a asumir el costo de ese atrevimiento. La anécdota final sobre la temprana defensa de Cumbres borrascosas por parte Sidney Dobell —a quien le debemos la reedición del libro tras la muerte de la autora—, ejemplifica que los aciertos de la crítica rara vez se celebran, pero cuando ocurren abren espacios de relectura y resignificación que superan, por mucho, las supuestas intenciones personales de quien escribe.

Leído en su conjunto, El vértigo del caos no aspira a la unidad ni a la progresión, y acaso ahí radican los riesgos que asume el autor y la potencia de sus reflexiones. Es un libro que se desborda, apunta en muchas direcciones resistiéndose a la uniformidad. Pero esa dispersión es una marca de carácter, responde a una manera de pensar la literatura. En tiempos dominados por discursos categóricos y posiciones ideológicas cada vez más polarizadas, la escritura de Geney Beltrán reivindica el derecho a la duda y a la reflexión no conclusiva.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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