Creo, después de encontrarme con cientos y cientos de libros felices y malogrados, sobre todo malogrados, que la relectura es uno de los mayores reconocimientos que podemos concederle a un escritor. Se trata, supongo, de una declaración incondicional de admiración y amistad literaria. Sin programa ni disciplina, eligiendo algunos pasajes al azar, vuelvo a visitar los libros de Álvaro Uribe sin discriminar ninguno de los géneros que frecuentó. Me gusta procurar el porte refinado de su escritura, sus silencios teatrales, su ironía, y hago de cuenta que sus libros acaban de llegar a la mesa de novedades. Sobrellevando la certeza de que ya no habría nada más, he aquí que, cuatro meses anteriores a su muerte, Álvaro Uribe concluyó Suma de las partes (Almadía), recién llegado y que reúne trece textos de varia invención —ensayo, ficción, avistamiento biográfico, discurso de recepción, preceptiva—, escritos entre 1997 y 2020, que por fin encontraron su acomodo.
No por extensos sino por su arquitectura demoradamente redonda, “John Williams: la frase como forma” y “Pacheco” son las insignias de Suma de las partes. En el primero, Álvaro Uribe ensaya la biografía de un autor que padeció la incomprensión y el rechazo en tiempos en que la crítica estadunidense ya empezaba a sentirse atraída por la etiqueta de best-seller. Rastrea los momentos estelares de esa vida y valora su obra con tanto cuidado que no tardamos en preguntar si John Williams, ese alcohólico siempre a la zaga del éxito, no es una invención. En el segundo, hilando impresiones a la manera de apuntes, cuenta su amistad nacida de las complicidades literarias con José Emilio Pacheco, llevado quizá por el propósito de establecer un modelo de paciencia, de honestidad poética y madurez narrativa.
Pero Suma de las partes contiene también un acercamiento de nostalgia incurable al poeta peruano Armando Rojas, algunas curiosidades autobiográficas y, sobre todo, entre líneas, o entre obras ajenas y admiraciones, una “aspiración irrenunciable” que toma el camino de la paradoja o la ironía: la obra literaria como una sucesión de momentos que, mientras más se empeña en alcanzar la perfección, más conciencia tiene de que “la frase como forma”, la frase como arduo procedimiento, es el principio y el fin ideal de una obra.
Suma de las partes
Álvaro Uribe | Almadía | México, 2025
MCB