Giancarlo De Cataldo (Taranto, Italia, 1956) es uno de los autores italianos de novela criminal más reconocidos de las últimas décadas. Su trabajo como Juez del Tribunal Penal de Roma le ha permitido conocer a fondo el mundo oscuro y criminal de la historia reciente de Italia, para componer tramas narrativas y personajes en los que realidad y ficción se entretejen para concebir un fresco que muestra con crudeza nuestros males contemporáneos. Narrador, dramaturgo, guionista y traductor, De Cataldo es autor, entre otros libros, de ‘Romanzo criminale’ (2002), ‘Suburra’ (2013) y ‘Una storia sbagliata’ (2025). El siguiente texto es el homenaje que le rinde De Cataldo a Agatha Christie, recordando el cincuentenario de su fallecimiento.
Para aquellos que en diciembre de 2025 buscaron las palabras “Agatha Christie” en internet, el buscador de Google les arrojó una lista de 37 millones de páginas. A medio siglo de su desaparición, las novelas de aquella que Winston Churchill definió como “la mujer que, después de Lucrecia Borgia, ha estado más en contacto con el crimen”, siguen reimprimiéndose e inspirando películas, obras narrativas, musicales y teatrales. Pese a su éxito mundial, la obra de la histórica primera dama de la novela policiaca padeció, durante mucho tiempo, la pesada carga de los juicios despectivos de la crítica literaria más culta y académica, empezando por el reputado Edmund Wilson.
Wilson, la más destacada y venenosa pluma del New Yorker, publica en 1944 un texto crítico en el que hace pedazos a la novela policiaca. La juzga un género condescendiente que funciona como analgésico para una humanidad devastada por la guerra. Lamenta la superficialidad y el descuido del lenguaje empleado por muchos de sus autores. Su blanco predilecto era precisamente Agatha Christie. Por un lado, admite haberse quedado embelesado con su Death Comes as the End (La venganza de Nofret), y quedarse boquiabierto ante la revelación de la identidad del asesino, que a él se le había escapado. Por el otro, acusa a la escritora de reducir sus personajes a meras máscaras que cumplen funciones narrativas; a lo sumo, una ficción similar al truco de un hábil ilusionista. Pero esta ilusionista, concluye con mordacidad, carece de elegancia. Simple y sencillamente, nos aburre.
Algunos lectores se pronuncian estar de acuerdo con él en sus argumentaciones; otros, procuran consejos: “Que el crítico lea libros mejor logrados y cambiará de idea (de hecho, La venganza de Nofret, ambientada en el antiguo Egipto, no es precisamente una obra maestra). Wilson vuelve a tocar el tema tres meses después. Ha leído a varios autores y no tiene la más mínima intención de cambiar de opinión. A los apasionados de las novelas policiacas les solicita que se abstengan de contactarlo para sugerirle propuestas de lectura. A aquellos que le han escrito para agradecerle haberlos ayudado a desintoxicarse del pernicioso habito de leer noveluchas “que hacen perder el tiempo y degradan el intelecto” les expresa: “No hagan caso de aquellos que andan por allí proclamando que hasta un intelectual del calibre de André Gide ama la novela policiaca. Amigos, somos minoría, pero tenemos de nuestro lado a la literatura. Hay tantos libros hermosos e importantes para leer, que no vale la pena perder el tiempo con esta basura”. Y como la guerra sigue su curso, ahorremos el papel, que es más sensato. Christie nunca viene citada en el artículo. Pero el título es de una claridad que no deja dudas: “¿A quién le importa quién asesinó a Roger Ackroyd?”. Está de más subrayar la referencia a la celebérrima novela en la que Christie, subvirtiendo todas las reglas del género, le da la palabra al asesino.
Lo confieso: durante muchos años me sentí tentado en darle la razón a Wilson. Con mi total y absoluto respeto por su gran renombre, y con la cabal convicción del papel estratégico que Christie desempeñó en la difusión de la novela policiaca, sus obras me transmitieron, alternativamente y a veces acumulativamente, inquietud y aburrimiento. Más que nada, me dejaron frío. Encontré situaciones que se desarrollaban en el límite entre lo improbable y lo grotesco. Giros argumentales imposibles. Una metafísica rígida que se sentía perteneciente a una época tan congelada que parecía anticuada al plasmarse en el papel. De manera particular, sentía una abierta hostilidad hacia Miss Marple, una encantadora ancianita que resuelve intrincados casos en el pequeño pueblo de St. Mary Mead, amena localidad de la campiña inglesa que el fascismo transformó en Santa Maria al Ruscello. ¿Acaso será posible, me preguntaba, que en este olvidado agujero ocurran tantos delitos como para hacer palidecer los bajos fondos de la Londres en tiempos de Jack el Destripador? Es como si el Gotha del crimen se reuniera, en el atrio de la casa parroquial o en la cocina de la pastelería donde preparan tartas de manzana, con el único propósito de terminar atrapados por la diabólica Miss.
Pero persistí, no me rendí, seguí leyendo y estudiando: incluso el esnobismo de Wilson, en cierto momento, me pareció frío e irritante. Me sucedió igual que al Premio Goncourt Pierre Lemaitre, empuñé una pistola para disparar sobre la Cruz Roja Christie para luego terminar emocionado. Primero lo acepté. Luego me convertí. Intuí la trama subterránea que Christie tejió incesantemente bajo la superficie de la trama aparente. Acaso también, a causa del paso del tiempo, comencé a compartir aquella que un estudioso agudo y de mente abierta como Alberto Del Monte, en los años sesenta, definía como “una obra anticonformista y sin prejuicios, fermentada con una genuina y doliente humanidad”. Es verdad: los personajes de Christie son máscaras. Pero máscaras de la verdad, no meras ficciones al servicio de una trama más o menos (a menudo más que menos) genial. “Las apariencias engañan, los hombres son máscaras, nuestro conocimiento de uno y del otro es una convención”.
Christie es una escritora radical. Aborda la cuestión de manera frontal. La eterna pregunta sobre la naturaleza del mal, presente en todo el mundo, “tanto en el simpático atleta como en la inofensiva ancianita”. Esto resulta en una visión “pesimista e iconoclasta” de la vida. Centrada en el misterio de los misterios: la naturaleza humana. Un misterio que, hasta el día de hoy, nadie ha logrado resolver. Así que gracias, Lady Agatha, por al menos habérnoslo contado.
Traducción de María Teresa Meneses.
Texto tomado de Il Venerdí di Repubblica, sábado 27 de diciembre de 2025.
MCB