Cultura

Mil bolsas de lona

Toscanadas

Los festivales literarios dejan recuerdos tan variados como sus regalos, pero son los libros, los que perduran y terminan marcando la vida de un escritor.

No sé cuántas bolsas de lona tengo. En cada festival literario o feria del libro suelen entregarle al participante una bolsa de lona con algún contenido. A veces contienen camisetas que por suerte dan con la talla. Las uso en casa. O bajo la camisa. Ni siquiera para ir a correr, pues no me gusta llevar ningún aviso. “Si no lees, te quedas bruto, Feria Internacional del Libro de Acaponeta”.

En los buenos días de la FIL Guadalajara me recibieron con una flamante botella de Don Julio. En Yucatán nos regalan una botella más pequeña con el bálsamo del Doctor Castro. Ha de ser mejor que el tequila, pues “es el mejor alivio para dolores musculares, tensión muscular, golpes y contusiones diversas”, además de curar “dolores de chikungunya y dengue” y mitigar el pie de atleta, los calambres, las jaquecas, el dolor de panza y las picaduras de mosquito.

Las libretas y plumas son incontables. Uso las libretas, pero las plumas no suelen ser a mi gusto, y no me hacen falta plumas con indicadores láser, tres tintas y tapón con memoria USB. En mi nacura escrituril, prefiero una Pilot que una Montblanc.

He recibido varias gorras, un zarape, una botella de ron, llaveros, cederrones con música local, charales, aceite de oliva, vino, tajín, dulce de tamarindo, queso, termos, tazas al por mayor, café, monos de peluche, Ferrero Rocher, sal de mar, agendas, postits. Siempre dentro va el gafete, conocido en Sudamérica como escarapela.

Con frecuencia, la bolsa de marras contiene el libro de versos de la poeta local, con nombre en diminutivo, quizás Amparito o doña Doloritas; y la historia del H municipio editada por el ayuntamiento. En la primera página está la foto del alcalde.

En cierto festival, había un pastelote de chocolate en las habitaciones de todos los escritores con una frase embetunada de bienvenida. Todos acabaron en manos de las mucamas, salvo el de un novelista muy goloso cuyo nombre no mencionaré.

Ojalá en la Feria de Monterrey nos dieran medio kilo de carne seca. Aunque sea unas Glorias de Linares.

El mejor regalo me lo dieron en una feria en Belgrado allá en 2004. Dos libros de Ivo Andrić. A Bridge on the Drina y The Damned Yard and Other Stories. A Ivo lo había leído en español, pero admito con desazón que me gustaron más sus traducciones al inglés. Además, entre los cuentos hay uno que nunca se ha publicado en español; una obra maestra que mucho me ha influido. The Climbers, se titula en esa edición. El original serbocroata es Osatičani. Que no significa sino “la gente de Osatica”. Una historia en la que se impone la mentira, y la verdad acaba por olvidarse.

Un buen vino es un buen regalo; mejor aún es un buen libro.

​AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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