Cultura

La realidad que aprendimos a habitar

Ensayo

Somos parte de una época, una lengua, una familia, una clase social, un cuerpo, una educación, una historia, incidimos en los demás y ellos en nosotros.

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Abres los ojos cada mañana, tus objetos de siempre te acompañan, te espera en el buró tu celular. Quizá adormilado aún no percibes si sientes frío o calor. Pero hay piso bajo tus pies, la ropa sobre tu cuerpo, los rayos del sol, el olor a café. El mundo está ahí, los sonidos de la calle lo constatan. Nada parece depender de ti; creemos: todo tiene existencia propia. La realidad parece algo independiente, anterior a nuestra consciencia, como si nuestra única tarea fuera recibir qué nos ofrece el entorno.

Pero basta considerar una pequeña variación para descubrir cómo influimos a cada paso, en cada instante. La misma ciudad puede ser amable una mañana y hostil otra, entonces, en reciprocidad, seremos con ella agresivos o le daremos nuestro agradecimiento. La casa donde vivimos un día es refugio y otro encierro. Alguien inspira confianza o miedo, si estamos enfermos, perdimos el trabajo o nos sentimos enamorados. Una noticia nos indigna o permanecemos indiferentes ante ella; la información previa, el estado anímico, influyen, a veces determinan. Cada acto y objeto adquiere valor dependiendo de cuánto sabemos sobre él, si nos aporta, ofende o perjudica. Nos aproximamos a las personas, los acontecimientos, las cosas, desde cómo vivimos. Hacemos juicios con base en nuestra historia de vida y las circunstancias específicas de cada momento. Al interactuar, el mundo se manifiesta como permanente y en cambio continuo, ambos estados al unísono.

La realidad es una trama viva entre mundo, cuerpo, memoria, lenguaje, historia y poder.

Lo que vemos antes de mirar

En Roma el uso del color púrpura era un privilegio del emperador. En el Imperio bizantino, a los herederos legítimos al trono se les llamaba “nacidos en la púrpura”, porque llegaban al mundo en la cámara imperial decorada con ese tono. Durante la Edad Media y el Renacimiento el púrpura siguió siendo símbolo de poder y riqueza. Lo portaban solo reyes y altos jerarcas religiosos.

Para producir un manto se requería pescar miles de caracoles marinos. La escasez era brutal: unos 10,000 a 12,000 ejemplares de moluscos para obtener apenas un solo gramo de tinte puro. Las especies Bolinus brandaris (cañadilla) y el Hexaplex trunculus eran aniquiladas en un proceso extremadamente laborioso. Esos caracoles tenían fama de poseer una solidez inquebrantable y olor nauseabundo, casi una alegoría del poder en esos tiempos.

En tanto, los mixtecos de la costa de Oaxaca, también desde tiempos remotos, practican el método de “ordeñar” el caracol Plicopurpura pansa (conocido en lengua mixteca como tixinda). Pero la técnica mixteca extrae el tinte sin matar ni lastimar al animal. Para los pueblos originarios en México ha sido vital la búsqueda de equilibrio con el entorno, no su dominio. Los textiles teñidos con púrpura tenían como principal destino actividades ceremoniales. El color fue símbolo de conexión espiritual.

En ambos casos el púrpura estuvo ligado a la religión, clases privilegiadas y al poder, pero el modo de obtener la tinta y las técnicas para procesarla son una imagen poderosa de cada grupo humano: dominar hasta la aniquilación, o ser respetuoso y, con cuidado, tomar solo lo necesario.

No somos seres separados del mundo, capaces de observar desde una distancia limpia, sin intervenir o alterar. Somos parte de una época, una lengua, una familia, una clase social, un cuerpo, una educación, una historia, incidimos en los demás y ellos en nosotros. También, antes de decidir qué esperamos de la vida, ya asimilamos qué se espera de nosotros. La realidad es interacción.

El conjunto de creencias, valores y conceptos, heredados por cada uno, son un referente para interpretar los hechos, los fenómenos, y orientar nuestras acciones. Habitamos el encuentro entre un mundo anterior a nosotros, la percepción del presente, la memoria, el lenguaje y las narrativas aprendidas para comprender todo lo anterior. Aprendemos a interpretar qué ocurre; esa es nuestra pauta para actuar y relacionarnos.

Entre los acontecimientos y la experiencia de vida hay un espacio: la percepción. Percibir es interpretar. Ahí comienza la versión de cada quien del mundo. Durante mucho tiempo fue tranquilizante imaginar a la percepción como una especie de fotografía, pero no es así. Somos copartícipes del mundo donde habitamos: alguien en la calle, sin conocernos, nos saluda. Responder o ser indiferentes cambia todo. Podemos ver amenaza en el desconocido o agradecer su amabilidad.

A veces nos concebimos como meros receptores, como si los sentidos fueran antenas del cuerpo; esa creencia nos permitió construir la idea de ser capaces de una mirada objetiva. Hoy sabemos: el observador modifica lo observado; estamos compenetrados con el entorno, somos tejido. La mente moldea al interactuar. Eso no implica convertir a un perro en vaca con solo pensarlo, es aceptar: no interactuamos con entes, nos relacionamos con significados, intereses, etcétera. Vemos al entorno a través de nuestros deseos, necesidades, y tantas mediaciones más, usamos todo lo aprendido para comprender, no tenemos acceso al mundo tal cual es. Hasta hace algunos años parecía lógico pensar: primero está la realidad y después nuestra interpretación. Concebir al mundo como algo externo, ajeno, nos liberó de muchas responsabilidades.

La percepción encuadra y da sentido

El famoso ejercicio de Daniel Simons y Christopher Chabris fue una de tantas pruebas de cómo nuestra percepción está condicionada. En el experimento conocido como “el gorila invisible”, se les pidió a los participantes observar un video y contar los pases de una pelota. En medio de la escena, una persona disfrazada de gorila atravesó el campo visual. Una parte considerable de los asistentes no lo vio. El gorila estaba ahí. No era invisible. No lo vieron porque su atención se dirigió a donde estaba su interés.

El experimento del Gorila Invisible, diseñado por Daniel Simons y Christopher Chabris, pone a prueba la percepción humana. (YouTube)
El experimento del Gorila Invisible, diseñado por Daniel Simons y Christopher Chabris, pone a prueba la percepción humana. (YouTube)

El experimento no demuestra que veamos solo lo que queremos ver, es una evidencia más inquietante: podemos mirar algo directamente y no percibirlo, si nuestra atención está orientada hacia otra cosa.

Quien vivió expuesto a muchos peligros detecta antes una amenaza. Esa capacidad lo protege, pero también se puede equivocar, ver riesgo donde no lo hay. El cerebro es predictivo: utiliza experiencias previas para anticipar qué sucederá, necesita modelos relativamente estables para funcionar. Si cada mañana tuviéramos que interpretar desde cero todo, gastaríamos una cantidad enorme de energía. Por eso algo tan arbitrario como el color púrpura, con la repetición, termina advirtiendo: “estás ante una persona importante”. Asociamos los colores con estados anímicos, con situaciones o conceptos, con base en nuestras experiencias. Lo aprendido simplifica el mundo y nos permite actuar con rapidez, pero también es un condicionamiento. Esta es una de las tantas razones por las cuales cambiar es tan difícil.

El aprendizaje, el condicionamiento, permite habitar el mundo con más seguridad, pero a veces nos encierra en un esquema desde donde queremos explicarlo todo.

Por eso, en ocasiones, para deshacernos de patrones inoperantes, no basta con recibir información nueva. Necesitamos una experiencia demoledora para alterar nuestro mundo, incluso algo que lo destruya. La fuerza de un impacto tan brutal, donde las ideas se aniquilan, obliga a mirar de nuevo, a replantear todo otra vez. La literatura, el arte, nos ofrece cientos de posibilidades para vivir esas experiencias, sin sufrirlas en carne propia.

Pensar en cómo Margaret Atwood construyó la arquitectura de El cuento de la criada es revelador. Se propuso no inventar, su ejercicio de ficción especulativa consistió en reunir prácticas de control y violencia de distintos regímenes reales. Aplicó una regla estricta: no incluyó en su relato ninguna ley, castigo o atrocidad que no tuviera un precedente documentado en la historia de la humanidad. Atwood utilizó lo conocido para construir una situación donde nos obliga a reconocer: preferiríamos no ser los humanos de esa historia, pero la humanidad así ha sido, así es, no es ciencia ficción.

Margaret Atwood revela mecanismos en apariencia invisibles. El cerebro individual predice a partir de lo aprendido, inventa una historia, el grupo social hereda ese relato como una certeza y podemos compartirlo durante generaciones.

La realidad tiene historia

Natalia Ginzburg comprendió como pocos la relación entre vida, lenguaje y memoria. En Léxico familiar reconstruye una familia a través de las palabras de sus miembros. Expresiones en apariencia intrascendentes, sin gran valor, vemos cómo dibujan y encuadran la existencia. La familia se vuelve reconocible por el idioma privado que construyeron juntos sus miembros. Las narrativas son poderosas, se solidifican como creencias, se vuelven certezas, axiomas desde donde leemos el mundo. Al compartir qué nos sucede usamos esos paradigmas para crear una narrativa. La familia es la primera en enseñarnos a ponerle nombre a qué sentimos. Cada interpretación encierra una historia. De alguna forma vivimos dentro de las historias que contamos y nos contaron.

Hay familias donde decir “ten cuidado” es una recomendación amorosa. En otras es advertencia, se asocia con miedo, amenaza. A algunos nos dijeron: “eres fuerte”, como una forma de reconocimiento, para otros fue una condena porque significó: “nadie acudirá en tu ayuda, estás solo”. Nuestra historia personal está hecha de la historia de nuestros ancestros, desde sus experiencias aprendemos a interpretar.

Annie Ernaux dedicó buena parte de su obra a ir más lejos. Nos muestra cómo la memoria individual es una construcción social, la subjetividad no es exclusivamente individual. En sus libros, donde convierte su vida en objeto de estudio; la clase social, el género, la educación, el consumo, el lenguaje y las transformaciones de Francia son marcas en el cuerpo y estructura intelectual de quienes comparten una época. En Los años Ernaux escribe: “Todas las imágenes desaparecerán”.

Las fotografías, los rostros, las casas, las modas, los objetos, las voces, todo cuanto alguna vez parecía inseparable de nuestra identidad desaparecerá, porque es solo un modo de percibir. El “yo” de cada uno no permanece intacto. Somos, en buena medida, el resultado de la interacción con un mundo que ya no existe. Teñirnos el pelo, llevar un tatuaje, no abandonar la vestimenta tradicional, son la punta del iceberg de un modo de estar en el mundo. Ernaux hizo de su memoria íntima conocimiento social. Su vida no le pertenece únicamente a ella. Solemos pensar en la subjetividad como algo exclusivamente nuestro, interior, pero no lo es, se alimenta de experiencias compartidas. La sociedad entra en nosotros, nos habita, y nosotros habitamos en ella.

Si la memoria familiar y personal son un modo de mirar aprendido, cabe preguntarse: ¿existe una mirada limpia, podemos tenerla?

No hay ojos inocentes

Donna Haraway cuestiona la aspiración a la objetividad, descree de la idea de una mirada fuera de toda circunstancia. Su propuesta del conocimiento situado parte de una afirmación fundamental: todo conocimiento se produce desde alguna posición. No existe una mirada neutral. Miramos desde un cuerpo, una historia, desde las relaciones con el poder y el lugar que creemos tener en el mundo. Dice Haraway: No hay una posición desde la cual pueda verse todo.

La afirmación anterior vuelve ineludible reconocer: no hay ojos inocentes. ¿Qué historia hace posible nuestra mirada?, ¿qué cosas consideramos normales porque crecimos dentro de ellas pero causan daño?, ¿cuándo algo resulta insoportable es porque contradice nuestra educación y quién creemos ser?, ¿qué está fuera de nuestro campo de atención?

Las preguntas no conducen a considerar si nuestras afirmaciones son correctas o no. La toma de conciencia comienza cuando sospechamos de las certezas. El camino es tratar de descubrir: ¿qué forma de ver el mundo sostienen mis juicios?, ¿quién se beneficia con mis creencias?, ¿qué recompensa me ofrecen mis certezas?

La transformación comienza cuando el mundo contradice nuestra versión de él. Cuando la experiencia demuestra lo obsoleto en nuestras creencias, se derrumban las cosmovisiones; ante ese golpe podemos entrar en una actitud de negación, o abrirnos a la posibilidad de comprender. Podemos recordar: mis ideas no describen al mundo, mi percepción está hecha de todo lo aprendido, mis creencias son una interpretación circunstancial. Cada consciencia establece una relación singular con la realidad compartida, las interpretaciones de alguna manera describen a quien mira.

Pero cuando esa posición, desde dónde miramos, deja de ser un punto de vista y se convierte en estructura, comienza a contribuir para crear cultura. El modo de vivir no cambia por el simple hecho de modificar la percepción individual.

Nacidos en la púrpura

“Nacidos en la púrpura” llamó Bizancio a quienes heredaban el trono, porque abrieron los ojos, por primera vez, en una habitación decorada con ese color. Un cuerpo, un ser vivo, ¿es más valioso que otro? El poder, las estructuras en medio de las cuales nacemos, nos asignan un lugar, valores, a veces logramos movernos, pero quedan marcas. Es ineludible ejercitar la consciencia para reconocer una y otra vez las heridas, los patrones conductuales, los prejuicios. Renunciar a la reacción impulsiva y actos automáticos lleva tiempo, las estructuras no se resquebrajan en un día, desarticular los condicionamientos es una tarea compleja.

Frantz Fanon mostró cómo el poder de la narrativa colonial convirtió la diferencia en jerarquía. En Piel negra, máscaras blancas escribió: “El negro no tiene resistencia ontológica a los ojos del blanco”. En ese sentido, quienes no nacen en la púrpura, además de carecer de privilegios, definen quiénes son a través del peso de la mirada de su opresor.

Tsitsi Dangarembga ha explorado en el cine y la literatura esa tensión de manera particularmente intensa. En Condiciones nerviosas, Tambu, la protagonista, narra su crecimiento en una sociedad marcada por el colonialismo, el patriarcado y las desigualdades educativas. Su consciencia se forma en un mundo donde las posibilidades de una mujer negra son discriminatorias en relación con los hombres negros; pero, además, sus opciones son más restringidas con respecto a las de las mujeres educadas bajo los parámetros de los colonizadores. La transformación de Tambu no fue descubrir quién era, consistió en reconocer qué fuerzas participaron en la construcción de su idea de sí misma. El principio de libertad no lo encontró en el autodescubrimiento sino en desmantelar una identidad que otros habían tejido para ella.

Abrazar el misterio para romper la estructura

Reconocer cuánto participamos en la construcción de la realidad puede ser aterrador. Las culturas son propensas a convertir en naturales conductas destructivas, discriminación y abuso. La historia está llena de narrativas donde se acepta como normal lo intolerable. Narrar organiza la experiencia humana, hace evidentes los valores detrás de las acciones, permite identificar a qué llamamos conocimiento. Contar historias, crear narrativas, crea una conexión particular con los hechos para darles sentido. Permite empatía, comprender a otros, pero también puede construir argumentos para deshumanizar a los demás y establecer relaciones de dominio.

Hay una pregunta muy incómoda de responder: ¿qué realidad ayudamos a sostener con nuestra manera de mirar, de interpretar? La libertad no es desprendernos completamente de nuestra historia. Eso sería casi imposible. Pero podemos permitir la entrada de un poco de luz.

La incertidumbre a veces actúa como un catalizador para obligarnos a la flexibilidad y apertura. Algunas formas de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos fueron aprendidas cuando todavía no teníamos capacidad para elegirlas, y menos para reconocer su repercusión, pero no somos meros espectadores. ¿Qué parte de la realidad pertenece al mundo y cuál depende de la forma en que hemos aprendido a mirar? No hay una respuesta definitiva.

La realidad es como un espejo: se rompe cuando dejamos de reconocernos en ella.

No conseguimos mirar el mundo sin filtros. Sin ellos, el miedo colorea el diálogo interno. Exponernos al misterio, a lo diferente, es una necesidad vital. Escuchar otras voces nos recuerda: nuestra perspectiva tiene límites. La diferencia introduce una interrupción en los patrones repetitivos, en las ideas ancestrales.

El mundo donde habitamos no dejará de tener dolor, pérdida, injusticia o incertidumbre porque cambiemos nuestra percepción. Pero renovar la mirada cambia qué hacemos. Los mixtecos aprendieron a ordeñar el caracol en vez de matarlo: extraer sin agotar, con respeto y cuidado. Encerrarnos en territorios conocidos, limita imaginar nuevas formas de habitar la realidad. Algunas veces descubrimos: el límite es nuestra visión del mundo. La esperanza está en lo incierto.

AQ / MCB

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