Foxy es un perro pomerania, tiene catorce años, ha vivido conmigo desde sus tres meses. Cuando le hablo mueve la cabeza hacia los lados, pone atención, me escucha. Le encanta jugar con su pelota, salir de paseo. Se anticipa, lee mis movimientos, cuando me acerco a la puerta sabe cuándo saldré sola o lo llevaré conmigo. Si toca paseo ladra, brinca, se emociona. Si iré sola, sentado, quieto, me observa, no se mueve, me mira y creo percibir en su rostro una interrogación: ¿qué vas a hacer? Su veterinario y etólogo me dicen “él no pregunta, solo conoce tus hábitos. Por los años de convivir contigo, identifica tus movimientos, así sabe cuándo irán a pasear o cuándo tú irás a la calle sin él”.
No sabemos si solo los humanos hacemos preguntas, ¿también fomularán interrogantes los demás seres sintientes? Los seres vivos somos un conjunto de sistemas e interactuamos con otros sistemas, esa es nuestra complejidad. Los órganos del cuerpo son parte de un sistema, somos un sistema de sistemas. La interacción de los sistemas es impredecible en su totalidad, aunque podamos identificar patrones conductuales.
En las interacciones reina el azar, el caos, aunque tengamos costumbres, está latente lo inesperado, las probabilidades, el misterio. Sabemos de la sensibilidad consustancial a la vida, pero algunos seres solo sienten, los humanos percibimos. Es decir, interpretamos las sensaciones, les damos un sentido. No nos limitamos a sentir el aire frío, usamos esa información para pensar: me voy a cubrir, no me quiero enfermar o, soy resistente, no pasará nada y mil ideas más. Las sensaciones no son solo vivencias, las convertimos en ideas, mensajes, creamos paradigmas. Por eso nos cuesta habitar el presente. Al pensar generamos una narración, una historia.
Foxy, mi perrito, al parecer no se cuenta a sí mismo historias, como lo hago yo conmigo misma todo el tiempo. La mayoría de los seres humanos mantenemos una conversación continua con nosotros mismos. No sé si un diálogo, porque ¿nos escuchamos, tratamos de comprendernos? Esa conversación varía en grado de profundidad, por momentos experimentamos una conexión interna fuerte, cuando atendemos a nuestro sentir; otras solo nos reprendemos o nos damos una lista de quejas. En fin, las formas de relacionarnos con nosotros es misteriosa, infinita, intrincada.
En la atención plena, en el aquí y ahora, no hay diálogo ni preguntas, solo observación, solo sensaciones. Foxy vive en atención plena. Las preguntas nacen de la mente discursiva, de las narrativas, del análisis, de las historias que nos contamos.
El lenguaje es la vía para la conversación. No sé si Foxy platica con su hermano Chip, mi otro perrito. Tampoco sé si se dice algo a sí mismo. Es probable que solo sienta, quizá por eso a pesar de las adversidades es feliz, como los monjes zen. No le da vueltas en su cabeza a las cosas, se recupera pronto del dolor, vive intensamente, es alegre.
El cerebro es un órgano predictivo
El diálogo, las preguntas, las respuestas, el conocimiento, son parte de una historia, es decir, de una interpretación de los hechos. No somos capaces de ver las cosas tal cómo son. Al hablar o pensar relacionamos pasado, presente y futuro, filtramos todo a través de conocimientos previos, en el proceso también influye la historia de vida de cada uno y tantos factores más; el resultado es: cada cual tiene una percepción distinta, concibe una realidad única.
Al formular o escuchar preguntas, la mente organiza los eventos, el cerebro requiere una cronología. Esa secuencia le permite analizar factores, identificar relaciones, causas, efectos, evalúa, asigna valoraciones, hasta llegar a conclusiones o dar respuestas. Foxy quizá no hace todo eso, porque no juzga, no piensa si hago bien o mal, nunca me desaprueba, siempre mueve la cola y es cariñoso.
La filosofía de la mente y la fenomenología advierten: las preguntas son un acto de ruptura con el presente. Cuando estamos completamente inmersos en el “aquí y el ahora” (en la experiencia pura o flujo), no hay espacio para la duda, porque no hay distancia entre quiénes somos, la realidad y el todo. Quiénes meditan lo pueden experimentar.
El cerebro es un órgano predictivo, evolucionó para asegurar nuestra supervivencia. Recibe información a través de los sentidos, pero no toma los datos del entorno en tiempo real, eso sería lento y peligroso para la supervivencia. El cerebro en lugar de limitarse a esperar para recibir estímulos, anticipa qué sucederá. Utiliza experiencias pasadas y modelos internos para calcular trayectorias, movimientos, peligros inminentes antes de que ocurran. Por ejemplo, podemos esquivar un objeto que vuela hacia nosotros sin detenernos a pensar. Nuestro cerebro es muy bueno para predecir, pero a veces malinterpreta, se equivoca, tenemos sesgos cognitivos.
Las ciencias cognitivas y la neurobiología actuales explican al cerebro, humano y de otros animales, como un órgano dedicado, de manera constante, a la predicción y mapeo con el objetivo de garantizar la supervivencia. No podemos separar el conocimiento del dónde, es decir el espacio, del cuándo, el tiempo. Tanto para mis perritos, como para los seres humanos, las respuestas ante el mundo nacen de generar coordenadas, el cerebro procesa la realidad y crea una especie de GPS interno. El cerebro aprende de su experiencia, de la de otros, hace síntesis: el fuego quema, una llave abre una puerta. El conocimiento surge unido al cuerpo, es experiencia, propia y heredada. Nuestro estar en el mundo, es físico, tenemos una noción de espacio y también, por la forma como nuestro cerebro procesa la información, sentimos un discurrir, experimentamos un tiempo lineal. El cerebro busca recursos para satisfacer nuestras necesidades, actúa con rapidez (tiempo), para ahorrar energía y así preservar la vida.
Los perros, y otros seres vivos, dominan su entorno porque sus sentidos están calibrados para responder de inmediato a cambios en su entorno (espacio): olores, movimiento, sonidos lejanos. Su tiempo no es un discurrir, como el nuestro, depende de sus ritmos biológicos. Los humanos hacemos conscientes el espacio y el tiempo, al darles una delimitación: tenemos medidas precisas para ambas dimensiones. Además de la noción de tiempo y espacio, añadimos a esa ecuación una capa conceptual: la interpretación de los hechos y la capacidad de viajar, gracias a la imaginación, a espacios donde nunca hemos estado y tiempos que aún no existen, desde esas acciones tratamos de diseñar el futuro. Foxy y Chip no hacen planes, solo viven el momento.
Las preguntas y el conocimiento
La lucha por la supervivencia, por alargar nuestro tiempo de vida, impone retos, los planteamos como problemas a resolver. El desafío de permanecer vivos desencadena preguntas: ¿cómo curar enfermedades?, ¿cómo proteger la integridad física, emocional, la identidad?, ¿qué hacer para contar con aliados y facilitarnos tareas? Y un sin fin de preguntas más. Karl Popper sostenía: el conocimiento progresa gracias al planteamiento de nuevos problemas. Cada respuesta a una pregunta genera dificultades nuevas, abre fisuras, muestra errores. Cuando una pregunta es buena abre cientos de posibilidades para la vida, pero también pone en entredicho todo lo que creímos haber comprendido. Resolver un misterio abre la ventana a muchos más. En ese sentido, el conocimiento no es un edificio a construir, sino un horizonte, y se aleja conforme caminamos.
De pequeños aprendemos: la inteligencia consiste en responder correctamente. La escuela premia a quién sabe la respuesta; los exámenes miden la rapidez para encontrarla; la autoridad suele presentarse como quien posee certezas. Así, poco a poco, dejamos de hacer preguntas porque confundimos madurez con seguridad. Pero la inteligencia quizá sea exactamente lo contrario.
Cuando somos niños preguntamos sin descanso, después nos comenzamos a reprimir, nos damos cuenta de cuándo generamos molestia, incomodidad. Aprendemos a someternos, a conciliar, a no cuestionar, a ser correctos. Los niños son excelentes formuladores de preguntas, porque su mente opera en una dimensión temporal y cognitiva muy distinta a la de los adultos. Mientras el adulto usa el pensamiento para automatizar procesos y ahorrar energía, el niño usa su pensamiento para construir el mundo desde cero. Así nació la filosofía en todas las civilizaciones, desde el afán de hacer preguntas para comprender y asegurar la supervivencia.
¿Cuáles son las buenas preguntas?
Una buena pregunta funciona como un motor de conocimiento: destruye la pasividad, fuerza la transformación en el futuro. No valida el conocimiento previo, expande las fronteras de la comprensión.
Las buenas preguntas se construyen al evitar la ambigüedad; no aceptan respuestas simples o binarias: como sí o no; van directo al centro del misterio. Provocan a la mente: desatan infinidad de interrogantes, desafían nuestros supuestos, por eso son profundamente incómodas, a veces las rechazamos, porque obligan al cambio. Aquí un ejemplo práctico de una mala pregunta ¿el tiempo es lineal? Y su opuesto quizá podría ser ¿de qué manera nuestra percepción del tiempo influye en nuestras decisiones?
Cuando Sócrates recorría Atenas no iba en busca de respuestas, enseñó a hacer buenas preguntas. Por eso lo mataron. Cómo hoy a los periodistas. Podía desmontar las respuestas de los demás, eso hizo temblar el orden establecido. Se le acusó de corromper a los jóvenes, de dudar de los dioses. Las buenas preguntas son peligrosas para quien tiene el poder porque con facilidad puede perder su legitimidad. El método de Sócrates permitió mostrar: sabemos mucho menos de lo que creemos, todo conocimiento es contingente.
María Zambrano nos enseñó a habitar el mundo desde las preguntas, con una razón poética. La vida, nuestro ser, el entorno, los percibimos con la mente y las entrañas. Las vísceras: el corazón, los intestinos, el cerebro; y los sentidos, actúan al unísono y en armonía, sin nosotros ser conscientes de sus actos y decisiones. No controlamos quién somos y tampoco tenemos una idea cabal de qué somos, sentimos miedo, incertidumbre. Para relacionarnos con nosotros mismos, los demás y los otros necesitamos hacer buenas preguntas, ellas conducen a la conciencia, al conocimiento en general y el autoconocimiento. Para María Zambrano la filosofía es encontrarnos a nosotros mismos a través de las preguntas. La poesía, el arte, nos permiten pensar y permanecer en una zona donde todavía no existe claridad suficiente para concluir. La poesía permite preguntar sin sentirnos carcomidos por la incertidumbre, gracias a ella podemos deshacernos de la urgencia de respuestas cerradas y eludir la tentación de crear doctrinas.
Las preguntas que importan nunca desaparecen, al contrario, se afirman: ¿qué es lo humano?, nos lo hemos preguntado siempre y hoy ante la inteligencia artificial es más urgente ir más profundo. Las grandes preguntas no clausuran el mundo, lo mantienen abierto, inacabado, combaten la prisa por tener una verdad absoluta. Así dan guía, sentido, propósito.
La costumbre de expresar el conocimiento en juicios y no en preguntas
En la vida cotidiana es más común afirmar que preguntar. Las preguntas suelen ser incómodas. Cuando escuchamos un juicio con un mal planteamiento, poco ético, con sesgos o abiertamente agresivo, a veces sentimos pudor de desmantelarlo. En un buen número de casos, si nos decidimos a actuar, confrontamos con otros juicios, pocas veces con preguntas. Suele tener más peso la necesidad de sentirnos seguros, tener la razón, que la curiosidad, el genuino deseo de comprender y saber.
Un juicio, en términos sencillos, es un acto mental que afirma o niega algo sobre un objeto, persona o situación. Es la operación cognitiva mediante la cual unimos conceptos para declarar una supuesta verdad. Por eso dije antes que Foxy no juzga, él solo observa. Pero los humanos, al procesar la información, interpretamos, damos sentido, con frecuencia lo hacemos en función de un interés, así aparece el propósito. Siempre vale la pena preguntarnos ¿qué interés hay detrás de una afirmación?, ¿quién se beneficia y cómo con esa creencia? Cada idea, mensaje, conclusión es el punto de vista de un observador, no la verdad.
Los sistemas complejos, explicó Edgar Morin, tienden a generar observadores. La biología lo acredita. Los seres vivos, como ya mencioné, somos multisistemas, somos sensitivos, interactuamos con nosotros mismos y lo demás, tendemos a generar consciencia.
Las respuestas apenas nacen comienzan a envejecer. La ciencia las corrige, la historia las desmiente, la experiencia las matiza. En tanto, las preguntas importantes atraviesan siglos, mantienen su relevancia e intensidad, con la misma fuerza de la primera vez. No envejecen, no pertenecen a una época, individuo o figura de poder, acompañan a la condición humana. Algunas de esas infinitas preguntas trascendentes son: ¿qué significa amar?, ¿qué puedo conocer?, ¿qué es la vida?, ¿quién soy cuándo cuento mi historia?
La ciencia no avanza acumulando certezas. Avanza al formular mejores preguntas gracias al conocimiento previo. Lo mismo sucede con el arte. Ninguna gran novela fue escrita para demostrar una tesis. Dostoyevski no responde qué es el bien; Virginia Woolf no explica qué significa el tiempo; Clarice Lispector no resuelve el misterio de la identidad; Herta Müller no ofrece una teoría sobre el miedo. Todos ellos escriben para permanecer dentro de preguntas imprescindibles, el lenguaje apenas consigue sondear su misterio.
Anne Carson describe el eros como la distancia entre el conocimiento y aquello que ignoramos. El artista y el científico no temen a esa distancia, la convierten en creatividad, gracias a la imaginación. Ambos crean no desde lo ya comprendido, sino desde el deseo de aprender, indagar, en el misterio que se resiste a ser revelado.
Las grandes civilizaciones se fundan en preguntas
Tal vez el sello identitario de una cultura se reconoce por las preguntas que hace y decide conservar. Los griegos se preguntaron, con particular insistencia ¿qué es la justicia?, la época moderna quiso entender ¿qué es y cómo funciona la naturaleza?, los pueblos mesoamericanos vivieron en torno a la pregunta de ¿cómo mantener un equilibrio con el universo?
Las respuestas producen conocimiento; las preguntas nos revelan más lo humano. La historia del conocimiento puede ser un recuento de las preguntas que nos negamos a abandonar. Aristóteles ¿habría podido imaginar la inteligencia artificial?; Darwin ¿podría haber intuido la existencia del ADN?; Einstein ¿habría considerado posible una fotografía de un agujero negro? No vieron esos avances tecnológicos pero nos heredaron preguntas vigentes y abrieron cientos más.
Si las preguntas son más importantes que las respuestas, por qué no acercarnos en lo cotidiano, entre individuos y naciones, desde la curiosidad, desde el deseo de comprender, desde las preguntas y no desde el juicio ¿a qué le tememos?
Las tecnologías modifican y amplían las posibilidades para la vida plena, pero no eliminan la necesidad de preguntarnos ¿qué debemos hacer con ellas?, ¿cómo actuar?, ¿cómo proteger la vida? Cada avance científico abre dilemas, no los hace desaparecer. ¿Qué significa actuar justamente? ¿Qué responsabilidades tenemos hacia los otros? ¿Qué clase de humanidad queremos construir? Las respuestas dependen de un espacio y tiempo determinados. Responder exige experiencia, evaluación, responsabilidad. Las preguntas ¿seguirán sobreviviendo en el tiempo? Preguntar es un acto de humildad y también de valentía.
Hacer una buena pregunta implica reconocer: la realidad tiene más relaciones y aristas de las que alcanzamos a ver. Abandonar la comodidad de las certezas es difícil. Toda pregunta auténtica desordena la identidad de quien la formula. Después de hacerla ya no somos los mismos, aunque ignoremos la respuesta.
Diferenciar una pregunta auténtica de un juicio disfrazado es clave para mantener la curiosidad viva y evitar convertir a las conversaciones en tribunales. La diferencia entre un juicio y una pregunta no son los signos de interrogación. Una pregunta abre el espacio mental, explora posibilidades. Un juicio disfrazado de pregunta tiene una intención clara de conducir hacia una determinada conclusión. Quién advierte ¿no crees que es demasiado tarde para hacerlo?, en lugar de abrirse a preguntar ¿qué necesitaríamos para lograrlo?, nos tiende una trampa.
Las sociedades autoritarias desconfían de las preguntas porque desestabilizan, el pensamiento consrvador defiende el orden a cualquier costo, no quiere correr riesgos. Ahí aparecen consignas, dogmas, respuestas únicas. Las preguntas introducen incertidumbre, libertad, en ese espacio es imposible la obediencia ciega. ¿Cuánto la educación actual se enfoca en enseñar a preguntar y cuánto se entrena a repetir?
Cada generación responde de manera distinta. Dice Susan Sontag en su ensayo “La estética del silencio”: “Cada época debe reinventar para sí misma el proyecto de ‘espiritualidad’. (Espiritualidad = planes, terminologías; normas de conducta encaminadas a resolver las dolorosas contradicciones estructurales inherentes a la situación humana, a la consumación de la conciencia humana, a la trascendencia).” Las preguntas están vigentes: ¿qué es la libertad?, ¿cómo debemos vivir?, ¿qué lugar ocupamos en el universo? Cada cultura, generación, grupo humano, hereda preguntas y las volvemos a formular desde el lenguaje de nuestro tiempo y espacio.
Vivimos en una época obsesionada con responder de inmediato, ChatGPT, Claude y todas las formas de inteligencia artificial lo hacen en segundos. Nunca había sido tan fácil obtener respuestas. Por eso hoy las preguntas son aún más valiosas. La tecnología puede procesar datos pero no despertar la conciencia. Las preguntas imperecederas al parecer, todavía, nacen de nuestra experiencia de vida. Acaso sea esa la diferencia entre acumular información y tener sabiduría, capacidad de discernimiento. ¿Qué preguntas quieres heredar?, ¿cuáles interrogantes son tu faro?
AQ / MCB