Cultura

“Estamos normalizando cosas brutales”: Enrique Díaz Álvarez, autor de ‘Lo intolerable’

Entrevista

En su último libro, ‘Lo intolerable’, Enrique Díaz Álvarez vuelca su mirada hacia la responsabilidad y la vergüenza colectiva ante la crueldad, el abuso de poder y la indiferencia.

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Profesor de Pensamiento Político Contemporáneo en la UNAM, Enrique Díaz Álvarez propone recuperar la incomodidad corporal, los afectos, la vergüenza y la responsabilidad colectiva de la que habló Hannah Arendt, ante la “política de crueldad que está en marcha” con el auge de la ultraderecha. “Estamos normalizando cosas brutales”, sostiene en charla con Laberinto a propósito de su reciente libro de ensayos, Lo intolerable (Anagrama, 2026), en el cual pasa de las prisiones que exhibió Michel Foucault al encierro de los migrantes en cárceles privadas o a Gaza.

Fundador y extitular de la Cátedra Nelson Mandela de Derechos Humanos en las Artes en la UNAM y director de los documentales México-Barcelona. Tránsito literario (2005) y Café con Shandy (2017), Díaz Álvarez (Ciudad de México, 1976) sostiene asimismo que hoy la acción política pasa por la estética. “Buena parte de la política hoy en día se juega en el campo de la percepción. La imagen ya no es posterior a la política, sino que la imagen es parte de la lucha política”, dice el también ganador en 2021 del Premio Anagrama de Ensayo con La palabra que aparece. El testimonio como acto de supervivencia.

En Lo intolerable —que recupera el título de la serie Intolerable que el Grupo de Información sobre las Prisiones (GIP), formado por Foucault, difundió en cuatro folletos en 1971—, dedica algunos capítulos a John Berger y su libro Un séptimo hombre (1973) o a la cámara-arma del artista visual Richard Mosse, con la que muestra campos de detención de refugiados en Grecia y Turquía en la década pasada “y cómo la óptica biopolítica animaliza a los cuerpos migrantes”. En el libro aparece también Emmanuel Carrère y su decisión de no contar lo que vio en 2016 dentro de la Jungla, centro de detención de migrantes en Calais, a pesar de que escribió Calais (Anagrama, 2021). Abundan referencias a las filósofas Hannah Arendt, María Zambrano y Judith Butler, a sus colegas Giorgio Agamben y Baruch Spinoza, a la activista Angela Davis y al narrador judío-italiano Primo Levi, a quien Díaz Álvarez estudia en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

La bibliografía en Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea abarca más de quinientos años, de Spinoza a Susan Sontag, de Rita Segato a Valeria Luiselli, de George Orwell a Antoni Domènech, de Gilles Deleuze a Pankaj Mishra...

El autor de El traslado. Narrativas contra la idiotez y la barbarie (Debate, 2015) recuerda la paradoja de la tolerancia que Karl Popper planteó en La sociedad abierta y sus enemigos (1945), sobre poner límites a la tolerancia, sobre no ser tolerantes con los intolerantes.

Cuando en el mundo se defiende la tolerancia, su libro habla de lo intolerable. ¿A qué responde?

El título viene de esta incomodidad, física incluso, corporal, ante lo que somos testigos. Hay una política de la crueldad que está en marcha con la deriva autoritaria, con el ascenso de la extrema derecha, que ya ni siquiera tiene el reparo de ocultar. Me preocupa que estemos aclimatándonos a ello, normalizando cosas brutales. Parto de la idea de que quizás habría que replantear la tolerancia en el sentido de que es una virtud que ya no alcanza.

La tolerancia como principio, con Voltaire, con los ilustrados, nació contra el fanatismo religioso. Pero hoy la tolerancia se asemeja más a la indiferencia, a hacer la vista a un lado. Por eso planteo que quizás es tiempo de pensar más en una ética de lo intolerable; es decir, qué cosas no podemos soportar, como la crueldad, como la humillación de los más vulnerables, como el abuso de poder, qué cosas no podemos tragar sin hacernos daño a nosotros mismos.

‘Lo intolerable: Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea’, de Enrique Díaz Álvarez. (Anagrama)
Portada de ‘Lo intolerable: Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea’, de Enrique Díaz Álvarez. (Anagrama)

En Lo intolerable, el cuerpo cobra mucha relevancia. He visto que en el arte contemporáneo y en las artes escénicas el cuerpo se resignifica. ¿Qué diría que representa en este momento el cuerpo para unas sociedades como en las que vivimos?

En mi libro está la importancia de pensar el cuerpo desde una perspectiva poético-política; por eso recupero las premisas de Foucault en su definición de poder, que es muy revolucionaria porque puso al cuerpo en el centro. Es decir, para Foucault el poder es aquello que reprime, alejándose de los léxicos jurídicos. Foucault piensa esto después del 68, de haber sido testigo de cómo se reprimía, se perseguía a estudiantes, extranjeros, activistas políticos, y se les encarcelaba, y cómo muchos de ellos hacían huelgas de hambre en prisión. Foucault se da cuenta de que se sabe muy poco de las prisiones, que son cajas negras. Y ahí Foucault crea el GIP con la necesidad de penetrar en las prisiones y saber qué poder se muestra desnudo en ellas. Hoy en día, el poder se exhibe crudo, sin máscaras. Por ejemplo, en los centros de detención de migrantes, gestionados por empresas privadas. Recuperando esa herencia de Foucault, planteo que necesitamos saber qué comen esos cuerpos y cómo duermen, para reconocer la cara brutal del ejercicio y despliegue del poder autoritario, neofascista.

¿Por qué traslada sus ensayos de la prisión que estudia Foucault a los centros de detención de migrantes? Hay cierta paradoja, porque la prisión es detención y la migración es movimiento.

A los migrantes que no importan, a los migrantes pobres, se les desacelera todo el trayecto, se les hace esperar al otro lado de los muros. Y sí, es una paradoja que en una época en la que se celebran los flujos (de divisas, de información), no pase así con los flujos de personas que buscan cambiar de vida.

No obstante esa contradicción, ¿cómo se incorpora ahora el migrante, que siempre ha sido tratado como mercancía, a los mercados en países volcados a hacer dinero?

Esos países siempre se han beneficiado de los cuerpos migrantes. Hay mucha hipocresía para reconocer los beneficios económicos que han supuesto a las economías desarrolladas el trabajo de millones de gentes sin papeles. Lo que pasa es que el miedo, el odio, el resentimiento, se instrumentalizan y se busca un enemigo útil, que es el migrante. Es fácil reconocer discursos neofascistas porque tienen al migrante como chivo expiatorio, aquel hombre, mujer, incluso niño, que se debe sacrificar para recuperar la supuesta armonía originaria, una especie de extraña nostalgia.

Pero aun detenidos, los migrantes siguen siendo mercancía. Son un negocio los centros de detención en Estados Unidos o las cárceles que ofrece Nayib Bukele en El Salvador, gestionadas por empresas privadas como Geo Group y CoreCivic.

Son un súper negocio. En estos días hemos visto denuncias sobre las muertes y los malos tratos a migrantes durante esta segunda administración de Donald Trump: migrantes que han muerto en condiciones muy opacas. Por eso esta necesidad de entrar y conocer qué pasa en esas nuevas cajas negras, varias gestionadas por empresas privadas, que generan ganancias millonarias. Hay abusos y violaciones de los derechos humanos.

Parece que el odio antiinmigrante es un odio con fines comerciales.

No me gusta enmarcar a la migración como suele hacerse: como un problema o una solución. No conviene instrumentalizar así un hecho como es el migrar, que nos resulta consustancial. Las fronteras son arbitrarias. Hay muchas razones para migrar: la violencia, la miseria, la desigualdad. La miseria provocada por el cambio climático viene de circunstancias globales, va más allá del ámbito de un solo país, por eso tenemos que pensar en soluciones que vayan más allá de la parroquia. Lo que pasa es que es difícil reconocer esa interdependencia, falta mucha imaginación en la política para diseñar un futuro posible en el que no veamos a un niño de cinco años encarcelado.

¿Desde cuándo la acción política tiene que ver con la estética, como plantea en Lo intolerable?

Me preocupa la normalización de la violencia. Nos estamos aclimatando a esta crueldad, a esta brutalidad, a esta humillación, a este abuso de poder. Buena parte de la política se juega hoy en el campo de la percepción. La imagen ya no es posterior a la política, sino que la imagen es parte de la lucha política. Hay discursos que se crean, imágenes que se crean y que movilizan. La extrema derecha es obsesiva y exitosa en movilizar las pasiones tristes, y tenemos que buscar marcos alternativos, ver, pensar y sentir de otra forma a la que nos cultivan, como el miedo al migrante. Por eso en el libro me detengo en ciertos periodistas o escritores, como John Berger o la organización Forensic Architecture, que usan el poder de la imagen y de la palabra para combatir discursos abiertamente racistas, xenófobos, misóginos. Además, para plantarle cara a esta ola neofascista y de ultraderecha no solo tenemos que apelar a buenas razones y buenos principios, sino movilizar otra clase de afectos que sean comunes, y eso lo hace muy bien la estética.

En El procedimiento silencio, Paul Virilio critica que artistas contemporáneos recurren al horror en instalaciones, performances... ¿Recurrir al horror no es contribuir a ese horror?

Depende. Voy a concordar con Virilio en que hay que evitar la espectacularización de la crueldad, que es mucho de película estadounidense. Hay que huir de esa espectacularización que es incluso hacer pornográfico el horror. Yo me detengo en narrativas y contranarrativas muy modestas: periodistas que hacen historias a fuego lento, que acompañan a migrantes durante mucho tiempo; fotógrafos, como Richard Mosse, que adquirió una cámara militar que registra el calor para ver con ella, a treinta kilómetros de distancia, los campamentos de migrantes que no podemos ver con nuestros propios ojos. Es como revertir la tecnología con la que se vigila y se persigue a los migrantes para revelarnos las condiciones inadmisibles de los campamentos en Grecia o Turquía. Parto de la no espectacularización de la violencia o del horror; busco esas imágenes, esas palabras que nos sensibilizan, que nos revelan lo que ocurre.

En Lo intolerable critica a quienes se conmueven de una situación como la que viven los migrantes o los palestinos en Gaza y luego pasan a otra cosa. ¿Cómo evitar caer en eso?

Esa es la gran pregunta. La mayoría se informa por lo que ve en las redes sociales y eso es un scroll infinito. Podemos pasar de una captura brutal perpetrada por agentes encapuchados del ICE a un niño muerto entre los escombros de Gaza, a un video del último gol del Mundial o a un perrito que cae a una alberca. Esa misma acumulación de imágenes tiende a anestesiarnos. Por eso apelo a la posibilidad de historias con más recorrido.

Confío en el trabajo de periodistas de investigación o de escritores que recelan de la vertiginosidad, de la nota rápida, y que nos revelan historias a fuego lento. En una época en la que se mercadea con el ruido, con la mentira, con el insulto, con la ofensa, la defensa del lenguaje bien cuidado, elegir palabras más precisas, incluso poéticas, es un acto de resistencia, porque los autoritarios maltratan el lenguaje.

¿En qué medida su crítica también va para la izquierda?

Hago autocrítica. Desde una perspectiva crítica, de izquierda o emancipatoria, hemos pasado por alto muchas situaciones. Me desespera que los autoritarios sean más conscientes del papel que tienen una historia o una película potentes. Platón, en el libro X de la República, expulsa a los poetas porque sabe que lo que proyectan tiene la posibilidad de rebelar, conmover o despertar algo en la ciudadanía. Y hoy en día, si se censura, si se persigue, si se asesina a escritores o periodistas, como en México, es porque lo que escriben importa e incomoda a la gente que tiene el poder. Desde la crítica de la izquierda o emancipatoria, no somos suficientemente conscientes del poder que tiene una historia bien contada o aspectos como la indignación, la vergüenza y la responsabilidad colectiva, a lo que apelo en Lo intolerable.

¿Por qué cree que de los tres principios emanados de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, la fraternidad ha quedado relegada?

La libertad y la igualdad, que siempre han estado ligadas al pensamiento progresista, son principios que habría que repensar o redefinir desde la perspectiva emancipatoria. Pero se ha abandonado ese tercer principio, que es la fraternidad, el único de los tres que es un afecto revolucionario. En una época en la que todos esos discursos, todas esas plataformas políticas que tienden a desvincularnos, a aislarnos, que invitan a que cada quien sea un empresario y pasar por encima de los demás, son muy importantes los discursos que tienen una ontología desvinculante que apelan a lo común.

Domènech pregunta en qué momento se eclipsó ese tercer principio, que hoy hasta nos parece cursi, rancio. En México suena horrible hablar de solidaridad después de Carlos Salinas. Pero es importante hablar de fraternidad, de solidaridad, de cooperación, de indignación, y en el libro planteo una que no pensamos demasiado: la vergüenza, quizás la emoción más social que existe. Puedes experimentar culpa por algo que hiciste, pero la vergüenza solo se da frente a otros, incluso nuestro cuerpo cambia de color, es de las pocas emociones que nos delatan. Hay que apelar a las emociones que nos vinculan.

Hablando de afectos y emociones, ¿por qué una frase como “Abrazos, no balazos” causa tanto escozor?

El problema es que los esloganes de una campaña política, esos chispazos que no sé si surjan de un líder o de un grupo, no nos sirven de mucho. A mí me interesa una reflexión colectiva, un cultivo de otras emociones y otras pasiones que confronten pasiones como el odio y el resentimiento. Soy profesor de una universidad pública y apelo al poder que tiene la lectura. Cuando lees lo que le pasa a una migrante centroamericana que cruza México, con todas las vejaciones, extorsiones y riesgos que pueden llevarla hasta la muerte, si su historia está bien contada, puede tener un efecto político importante.

Una historia bien contada, con toda la fuerza del lenguaje, te conmueve, incluso más allá de la compasión, que puede ser algo paralizante. Puedes ser crítico y sentir vergüenza de lo que hacen las instituciones de tu país a esos migrantes centroamericanos, como a muchos paisanos que están en Estados Unidos. Uno puede sentir vergüenza por los sinvergüenzas que nos gobiernan. Esa vergüenza por el trato que les deparamos a los migrantes centroamericanos en México es prima hermana de la responsabilidad colectiva; es decir: no en mi nombre. Porque la responsabilidad colectiva surge de eso, de decir: no en mi nombre, no con mis impuestos. Apelo a la vergüenza, a la responsabilidad colectiva, incluso a la empatía, más que a la piedad y la compasión, que están más en el léxico de los valores judeocristianos.

¿Cómo llegar a esa vergüenza, a ese contrato con los afectos, en un ambiente como el actual?

El preámbulo de Lo intolerable se titula “Pensar con todo el cuerpo”. Nos han introducido una idea que es falsa: el dualismo antropológico que separa a la razón y a la emoción, al alma y al cuerpo, un dualismo platónico, una herencia tan fuerte, sobre todo de Descartes, que ha tendido en nosotros a no pensar lo que puede un cuerpo. Por eso retomo a Spinoza, que pensó seriamente en las emociones, en las pasiones, en los afectos, y a la filósofa española, exiliada, María Zambrano —cuando se persigue a los migrantes, tenemos que prestar atención a los pensadores y escritores migrantes—. Ella tiene una frase en Los bienaventurados, con la que arranco el libro y que hasta la fecha me vuela la cabeza: “pensar propiamente es arrancar algo de las entrañas”.

Tenemos la necesidad de contar con todo el cuerpo, porque no está desvinculado como nos han enseñado en la tradición dualista. Cuando vemos la crueldad, la brutalidad que nos muestran en redes, en memes, desde las cuentas oficiales del gobierno de Estados Unidos, el rechazo físico que sentimos al ver al niño ecuatoriano de cinco años aprehendido en Minnesota, esa repugnancia puede darnos motivos para no tolerar esa brutalidad.

¿Y de Auschwitz a Gaza?

En la universidad llevo muchos años estudiando a Primo Levi y en mi libro pasado abordo el Holocausto. En La tregua, Primo Levi habla de cuando llegan cuatro soldados soviéticos a liberar Auschwitz, y lo hace de una forma tremenda. Cuenta que reconoció en ellos ese estupor, una cara que él conocía bien: los chicos rusos sentían vergüenza. No era la cara de alegría que sacan en las películas de Hollywood. Levi dice que él y sus compañeros de encierro conocían bien esa clase de vergüenza, porque la habían experimentado ellos mismos: era la vergüenza “ante la culpa cometida por otro”, “la vergüenza del mundo”, la “vergüenza de ser un hombre”. Y eso es lo que tenemos que sentir ahora ante el genocidio en Gaza. Este libro surge de este mal cuerpo, de decir: hay cosas que no podemos tragar, como que haya niños de cinco años presos, no podemos tragar que haya miles de niños y niñas mutilados y asesinados. Esto nos hace daño a todos.

¿Y dentro de lo intolerable qué le resulta a usted lo más intolerable?

El abuso de poder, el cinismo, la exaltación de la fuerza bruta, de la violencia. Hoy vemos que poderosos hombres blancos alzan el brazo al estilo nazi, algo que hace una década era impensable. Y nos escandaliza quince minutos y al día siguiente ya hay otra noticia terrible. ¿Qué clase de condiciones tienen que pasar para que traguemos esto que no podemos tragar? Porque nos hace daño a nosotros, nos pudre como cuerpo social.

¿La tolerancia hoy es lo más intolerable?

Por eso no extraña que desde hace algunos años se recupere la paradoja de la tolerancia de Karl Popper, para decir: tenemos derecho a no tolerarlo todo, porque si no, nos lleva el carajo. Frente a los intolerantes no se puede ser tolerante, pues no se puede permitir que haya un niño encarcelado.

AQ / MCB

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José Juan de Ávila
  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.
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