Cultura

La lluvia y Tchaikovsky: una noche inolvidable en Hidalgo

Crónica

En el auditorio de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo se llevó a cabo un concierto para celebrar los 25 años de la revista ‘Algarabía’; esta es la crónica de ese día.

Las verdaderas emociones parece que siempre se cortan con las mismas contingencias, con los mismos cuchillos del azar o de la buena fortuna. Lo primero: tomar una ruta alterna para llegar a Pachuca desde la Ciudad de México, pues a la autopista, en reparación, nos tomaría cuatro horas superarla. Sirvió el nuevo itinerario para entrar por Zempoala y recordar la gigantesca masa de agua en la que concluía el sistema pentalacustre del Valle de México y también para contemplar los fríos y elevados cielos, dolorosamente limpios, constelados de nubes del territorio hidalguense. Íbamos con tiempo, y llegamos holgadamente al Centro de Extensión Universitaria (Ceuni), que aloja al auditorio de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, donde su Orquesta Sinfónica tocaría dos programas: uno sería el raro, rarísimo, “Primer concierto para guitarra y orquesta”, del mexicano Eduardo Angulo, a ejecutar por el malagueño Rafael Aguirre y el otro la “Patética” de Piotr Ilich Tchaikovsky. Y ahí estábamos, observando y oyendo a los instrumentistas afinar, en los momentos previos a la interpretación, sentados en unas butacas que circundaban el foso de los músicos, Victoria García Jolly, Arturo Gallegos y Pilar Sicilia, de la revista Algarabía, a la que estaba dedicada la audición para celebrar sus 25 años de mantenerse circulando en librerías y puestos de periódicos.

Vicente Martínez, el director de la Sinfónica, pidió a Angulo una explicación de su obra, en tres movimientos, que trata del misticismo y remata en un par de huapangos rediseñados en su estructura por la sensibilidad de un mago. Pronto llegó Aguirre, abriéndose paso entre sus pares y abrazó la guitarra en lo que tomaba asiento junto a Martínez y a un lado de Pepino, como apodan cariñosamente al Primer Violín del conjunto orquestal. A partir de ahí, todo fue sacudida, leve tensión interna que se fue incrementando conforme Aguirre atacaba las cuerdas, las empuñaba, las soltaba, las golpeaba, tiraba de ellas. Fue casi media hora de una experiencia guitarrística no tan común en un concierto, pero que cobró la forma de un preludio a la interpretación de la Sinfonía “Patética” de Tchaikovsky, cargada de una neurosis premortuoria, llena de enfrentamientos personales y contradicciones del espíritu.

Ya calientes los violines, los cellos, las diferentes trompas de metal con sus sonidos antiguos y espectrales, fue entrando esa Sexta Sinfonía cuya motivación el maestro ruso nunca reveló, pero que algunos aventuran que se trata de la Pasión de Cristo, con sus escenas bucólicas del primer movimiento y el insólito allegro molto vivace no al final de la pieza sino en el penúltimo sitio, para hacer creer que ha terminado todo y no alertar sobre el inicio tenue del último: un adagio lamentoso que se inspira en la cromática descendente del barroco, donde los instrumentos desarrollan semitonos para, literalmente, abrir en canal a ese cordero divino que es la música y reflejar lo más fielmente posible el sufrimiento de amor, de muerte, de abandono; el sufrimiento en sí, en carne viva, tratando de alzarse por encima de sí mismo, pero fracasando, cayendo una y otra vez hasta que todo se empieza a suspender y los nueve minutos del último de los movimientos se vuelven, se volvieron, en la batuta de Vicente Martínez, ese suspiro contenido que lo mismo puede ser un adiós que una leve, levísima esperanza ¿de qué?, ¿de resucitar?, ¿de volver a empezar?, ¿o de finalmente despedirse para siempre de todo lo que alguna vez amamos o nos amó? Todo eso, sin duda, pero en particular el desgarramiento que acompaña al cambio, a las mutaciones cotidianas que lo mismo atañen al ciclo pasional cristiano que al alma común del conjunto de los seres vivos de este planeta. Vicente, gran conocedor de la pléyade rusa de compositores románticos, supo detener entre los dedos índice y pulgar los segundos postreros, liminares, con que acaba esfumándose esta Sinfonía “Patética”, provocando un suspenso que solo las lágrimas pudieron romper.

Luego vinieron las fotos, los abrazos, las felicitaciones. Fuimos a cenar acompañados por Corina Martínez, organizadora de esta noche de celebración por el cuarto de siglo de las páginas divertidas y cultas de Algarabía, y gran promotora de la cultura hidalguense, y quien además se desempeña, ya desde hace varios años, como directora de Fomento a la Lectura en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Llovía, por cierto. Era indispensable que lloviera.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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