Al director Cristian Magaloni le gusta escuchar que Ángeles en América, la obra de siete horas de duración con la que Tony Kushner ganó el Pulitzer y el Tony en 1993 es “un monumento”, pero también la considera el retrato de una época, el drama de un profeta y la semilla de muchas batallas vigentes todavía, como las luchas por las identidades sexuales y contra el machismo y la homofobia.
“Me encanta la palabra ‘monumento’, porque el texto es mucho eso y también lo que habla el texto. 'Monumento' me parece la palabra acertada para definirla”, asiente el también productor tras estrenar completa Angels in America: A Gay Fantasia on National Themes (1991), con las dos partes en que su autor dividió la pieza,“El milenio se aproxima” y “Perestroika”, ambientadas en Nueva York en 1985, en lo más álgido de la pandemia de VIH/sida, la debacle de la URSS y el gobierno de Ronald Reagan.
Aunque ya en 2018 Martín Acosta había montado“El milenio se aproxima”, de tres horas de duración, ahora Magaloni no sólo estrena en el país “Perestroika”, de cuatro horas, sino que presenta en el Teatro Helénico las dos partes, en sendas funciones, que tendrán temporada del 19 de junio al 12 de julio, con opción de ver solo una en una jornada (viernes, sábados o domingos), o ambas los domingos, en coincidencia con el Mes del Orgullo LGBTQ+ y con el Pride Parade de este sábado 27 de junio.
“La duración es parte de la identidad de Ángeles en América”, expone Magaloni a Laberinto mientras reconoce que llevarla completa al escenario como una sola pieza representa el mayor reto de su carrera.
Ángeles en América tiene como eje en sus dos partes a Prior Walter (Pablo Marín), homosexual y último miembro de un linaje que se remota a 43 generaciones atrás, que contrae VIH/sida y enfrenta el deterioro de su salud, el abandono de Louis Ironson (Aldo Guerra), su pareja, quien seduce y saca del clóset al abogado mormón Joe Pitt (Lucio Giménez Cacho), esposo de una joven insatisfecha sexualmente y adicta a las pastillas Harper Pitt (Assira Abbate). Pero también goza de la amistad de Belize (Jesús Delgado), ex drag queen enfermero que tiene que hacerse cargo de Roy Cohn (Enrique Arreola), el temible abogado gay con VIH, amigo en la vida real de Donald Trump y Joseph McCarthy.
“Esos mundos donde el amor es juzgado y puesto en un lugar de prejuicio me interesa muchísimo, donde el amor no es permitido, donde la compasión no tiene lugar. Que alguien pueda ser violento con un acto de amor de otra persona me parece lo más atroz que puede haber en el mundo”, dice Magaloni.
Con los protagonistas deambulan por “El milenio se aproxima” y “Perestroika” una tribu de personajes surrealistas, tan cercanos al Fausto de Goethe o a su heredero El maestro y Margarita, de Mihaíl Bulgakov, interpretados por Carolina Politi (el rabino Isidor Chemelwitz; el bolchevique Aleksii Antedilluvianovich Prelapsarianov; la espía ejecutada en la silla eléctrica Ethel Rosenberg; Henry, el doctor de Roy Cohn; y Hannah Pitt, la madre de Joe); por Vicky Araico (Un ángel; la enfermera Emily; Martin Heller; Una indigente; la mormona Ella Chapter...) y por Delgado (Mr. Lies).
El mismo Kushner adaptó su obra a una serie, que después de muchas vicisitudes se estrenó en 2003 en HBO, dirigida por Mike Nichols, con Al Pacino como Roy Cohn y Meryl Streep en varios personajes.
“Es una obra que siempre quise montar desde que la leí. Y es un privilegio poder montarla y trabajarla. Estos meses que hemos pasado ensayando ha sido una gozada tanto para el equipo de actores, creativos y para mí, porque ha sido tratar con este texto de Kushner, que a mí me marcó desde la primera vez que lo leí y me influenció profundamente. Después vi la serie de televisión. Se ha ido convirtiendo en una de las obras clásicas del teatro contemporáneo y montarla ha sido un regalo”, comparte Magaloni.
El director y productor, que en el último lustro trajo a México obras contemporáneas como Los perros (2022), del argentino Nelson Valente (1971); Indecente (2015), de la estadounidense Paula Vogel (1951), o Anatomía de un suicidio (2017), de la británica Alice Birch (1986), adelanta que repondrá la primera en julio y La gaviota, de Anton Chéjov, en septiembre; y en octubre estrenará en el país Labio de liebre (2015), del colombiano Fabio Rubiano (1968), sobre la violencia y el perdón en Colombia.
Magaloni cuenta que mientras el domingo 21 de junio se llevaba a cabo la primera jornada con las dos obras en un solo día, él estaba al pendiente de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia y expresa su preocupación por la supuesta victoria del candidato de Donald Trump, Abelardo de la Espriella, con una diferencia de apenas 302 mil 637 sufragios sobre el oficialista Iván Cepeda quien, igual que el presidente Gustavo Petro, rechazó reconocer un triunfo del ultraderechista.
“Qué miedo lo que está pasando en Colombia, de verdad me aterra. Estuve muy pendiente de lo apretadas que estuvieron las elecciones. A ver qué nos depara el futuro con este señor De la Espriella, que parece terrorífico. Y es aterrador que en América Latina no se pueda parar esto, me asusta”, apuntó.
¿Por qué esta diferencia entre “El milenio se aproxima”, más en tono de drama, y “Perestroika”, más comedia? ¿Cómo llevar una misma obra en dos géneros en 7 horas?
Exacto. La primera deja el drama planteado para que se desborde y llegue la locura como llega el Ángel. A partir de la aparición del Ángel todo vuelve a un lugar de locura y absurdo que es muy bonito, muy rico, muy teatral. Y sí, exacto: tiene dos tonos muy distintos cada texto. Y es muy bonito de ver que el mismo Kushner ideó y pensó así la obra.
El leit motiv en ambas es el VIH/sida. Sorprende que en plena crisis Kushner se aventara a abordar el tema cuando todo mundo callaba, los artistas; o los políticos y gobiernos, lo ocultaban.
Ángeles en América no habla tanto del VIH, sino de lo mal que lo trataron en una época, de cómo la sociedad lo estigmatizó. Habla de eso: de los estigmas, de los prejuicios, de las identidades que ya no nos sirven y que tenemos que soltar para aprender a mirarnos mejor los unos a los otros. Y también de soltar las ideas que ya no nos dejan avanzar, que nos estancan para encontrar cosas nuevas que nos permitan vivir mejor. Y todo eso está situado en un contexto muy particular, que es 1985, en Nueva York, con la pandemia del VIH y con el gobierno de Ronald Reagan.
“Y por eso la montamos ahorita, porque, desgraciadamente, como que estamos viviendo un momento, tal vez no en cuanto al VIH, pero sí en lo político, muy parecido. El conservadurismo republicano-estadounidense está haciendo estragos en el mundo. Y eso viene desde ahí, desde Reagan. Hay un personaje maravilloso, que es Roy Cohn, que fue una persona real, muy cercana a Trump y aprendiz de McCarthy, por eso le escogió Kushner, porque encarna ese hilo conductor de la derecha norteamericana que gobierna el mundo ahorita mismo”.
Basta ver lo que pasó ayer (domingo 21 de junio) en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia.
¡Uy, qué triste! Sí, Colombia, Estados Unidos, América Latina, donde estábamos peleando contra las derechas fascistas que empiezan a surgir. Pero con Javier Milei (en Argentina) y lo que acaba de pasar en Colombia, estamos ya pareciéndonos a Europa, cómo está surgiendo la derecha en todo el mundo. Estamos retrocediendo políticamente muchos años. Esa es la sensación interna que tengo.
A propósito de Roy Cohn (uno de los grandes papeles que ha encarnado en su carrera Enrique Arreola), está también abordado en El aprendiz (2024), el extraordinario filme de Ali Abbasi, curiosamente dirigido por un iraní, que retrata la relación de Roy Cohn y Donald Trump.
Sí, es exactamente esa película donde vemos a Roy Cohn y a Donald Trump, y su relación. Y es muy interesante de ver. Roy es un personaje mítico en la cosmología gringa de los personajes republicanos. Y es el gran villano de esta historia y de un momento político muy particular. El gran villano.
No obstante, en la obra de Kushner hay una muestra de compasión hacia él, con Belize.
Sí, eso es lo que hace a Kushner grande. Cuando escribe sobre Roy, lo intenta entender profundamente y nos lo presenta en su patetismo y en su dolor y en su vulnerabilidad. A este personaje tan denostable nos lo presenta casi con una compasión abrumadora y hace que nos estremezcamos con él. Y eso es lo maravilloso del texto. Kushner tiene una visión y una postura claras, pero al mismo tiempo intenta comprender a la otra parte, desde donde surgen sus ideas y sus comportamientos.
Pero el personaje central que dispara esta obra es Prior Walter, ¿cómo trabajar desde la dirección con un personaje que entra a la vida de todos los demás y a las dos partes de la obra, que aunque es una tragedia, él nunca pierde la esperanza?
Sí, es un personaje que, ante todo, quiere vivir. Y eso es lo que en el Cielo, en su fantasía, nos reclama y acaba recuperando su vitalidad, sus ganas de vivir, que finalmente es lo que nos hace humanos. Y esa es la cosa que nos plantea Kushner: sí, podemos estar enfermos, estar en el peor momento de nuestras vidas, pero las ganas de vivir son las que no podemos perder. Y eso es lo que va a hacer que busquemos mejores maneras de vivir y que podamos romper con los paradigmas que nos están llevando a lugares donde la vida en conjunto como sociedad se está volviendo muy difícil.
“Entonces es importante romper los paradigmas sobre quién soy, quiénes somos como sociedad, y dejarnos de conservar cosas que ya no nos sirven. Prior Walter es un personaje que lucha, que está liberado en su época con su sexualidad, pero lucha contra una sociedad donde la homofobia está profundamente instalada. Hemos dado pasos en esa dirección (de liberación), pero no los suficientes. Y Prior Walter en esta representación del Ángel acaba luchando contra esa homofobia que también él trae internalizada y contra ese sentido de la pandemia del VIH que quisieron dar y estigmatizar en un lugar muy concreto, en un sector de la sociedad muy concreto. Prior viene a decir eso, por eso es un profeta”.
La obra lo plantea, ¿pero por qué para usted Prior es un profeta?
Porque viene a enseñarnos también que esa pandemia (del VIH/sida) se va a acabar y que la manera de vivir nuestra sexualidad y el género va a cambiar, y tenemos que romper con eso. Por un lado, es muy bonito ver cómo esas cosas que planteaba Kushner hace 35 años están pasando ahorita y son peleas que estamos peleando ahorita, pero, por el otro, también es terrorífico ver cómo eso que planteaba Kushner hace 35 años (la homofobia, el machismo) sigue presente y ha crecido también.
En algún momento, Harper (interpretada extraordinariamente por Assira Abatte) dice: “Uno viene al mundo para ser sanado”. Para usted, ¿de qué tenemos que sanarnos, según la obra?
Exactamente de lo que estamos hablando. Esa es una de las frases clave de la obra. Vinimos al mundo a sanar, a sanar de estas estructuras sociales que nos están ahogando en nuestras propias identidades, que no nos dejan crecer. Para sanar hay que crecer, hay que soltar, hay que comprometer aquello que uno es en lo que uno está haciendo, para poder vivir un poquito mejor. Tenemos que crear un lugar donde valgan mucho más nuestras acciones más allá de las ideas de lo que somos y de lo que queremos ser, y eso tiene que ver con las fronteras, con los nacionalismos, con los prejuicios, propios y ajenos, los internos, sobre mí mismo, sobre la sexualidad. Como vemos con Joe, esas cosas que no nos dejan crecer y no nos dejan encontrarnos a nosotros mismos en este mundo a través del vivir y del acto en sí, del día a día y del encontrarnos con el Otro, sin que veamos a los demás con los filtros de ideas viejas aprendidas y que nos aíslan en cambio de que nos ayuden a encontrarnos los unos con los otros.
“El milenio se aproxima” arranca con el sermón de un rabino en un funeral judío; y “Perestroika”, con la arenga de un anciano bolchevique contra las reformas políticas en la URSS. Religión y política. ¿Cómo permean ambas en la concepción de Ángeles en América?
Hay una visión del mundo muy particular de Kushner y una lucha que también él vivió profundamente, que es la Guerra Fría. La obra acaba en el 89-90, cuando ya había caído el Muro de Berlín. Kuchner ya veía que el paradigma mundial político iba a cambiar y esas dos fuerzas muy presentes durante toda la Guerra Fría, capitalismo y URSS, que marcaron a toda una generación, es lo que está ahí también moviendo la obra. Y por eso Kuchner nos pone la Perestroika, que fue este intento de la URSS de reestructurarse para ser más parte del mundo sin perder su propia identidad.
Regresamos a la visión profética. ¿Qué sentido profético ve en la actualidad de aquello que Kushner puso en Prior Walter hace 35 años, ante este conservadurismo que viene de regreso y la represión y politización de las identidades?
Vemos la semilla de muchas batallas que han estado en boca de todos últimamente y que llevamos años viendo cómo están cada vez más presentes en todos los ámbitos sociales: políticas de género, de identidad de género, de preferencias sexuales. La semilla de eso está en aquella época y en Kushner y en todos los que estaban ahí. Y, más allá de eso, también ahora lo que vemos, y lo profético de ahí es que la otra fuerza también es muy poderosa. También vemos los mismos temas, en el mismo texto de Kushner escrito a principios de los noventa ya estaban el tema de Irán y Estados Unidos, Israel, y todos los polvorines políticos que hoy están estallando. Y es terrorífico ver cómo desde hace 35 años sabemos para dónde vamos y no hemos podido parar el barco.
Nomás que en aquella época Estados Unidos apoyaba a Irán, acuérdese del escándalo Irán-Contras. Que justo en la obra lo alude Roy Cohn.
Pero es el inicio de lo que ahorita vemos, el principio de todo el conflicto que ahorita estamos viviendo. Y al final también mencionan, que están todos los mismos conflictos en los mismos lugares. Y es muy impresionante ver eso, cómo no seguimos avanzando porque estamos polarizando constantemente las ideas, y entramos en conflicto entre nosotros, pero no llegamos a acuerdos, simplemente es un estira y afloja.
Ángeles en América está ambientada en Nueva York, donde hay muchos registros no sólo lingüisticos, sino de culturas, religiones, que están representados en la obra, por ejemplo en el caso de Belize, de los judíos. ¿Qué fue lo más complicado de reproducir en español esos registros?
Pues muchas cosas. También estaba el tema de que pasara claro el asunto político estadounidense. O sea, entender ese conflicto entre estas dos fuerzas, la republicana y la demócrata, y, en ese momento, lo que implicaba Reagan. Eso es algo del texto que ahorita cuesta entenderlo y cuesta pasarlo, pero no lo puedes quitar porque es parte del contexto, del fondo y del trasfondo de la obra, y donde el mensaje llega más claro. Ángeles en América es una ficción espléndida, generosa, teatral, pero, al mismo tiempo, tiene un valor histórico importante: es un retrato de una época muy concreta, de un momento muy concreto y de una ciudad muy concreta que fue referente después y se convirtió en referente cultural del mundo occidental, no de otros mundos, porque hay otros, pero sí del nuestro occidental.
Cuando vino Paula Vogel a la última función de Indecente el año pasado, usted me adelantó que haría Ángeles en América. Ambas obras abordan el judaísmo, la discriminación, las identidades, la religión y la política. ¿Concibió montarlas por estos temas y en esa secuencia?
Indecente surgió como proyecto de compañía, con mi socia Ana Kupfer. Me han tocado mucho los temas de que hablas. Y también sobre la sexualidad. En Indecente eran dos mujeres; Anatomía de un suicidio también tenía que ver con el amor entre mujeres, la sexualidad entre mujeres. Y en Kushner obviamente es este mundo de hombres que se aman entre sí, que buscan encontrarse y que el mundo no se los permite. Esos mundos donde el amor es juzgado y puesto en un lugar de prejuicio me interesa muchísimo, donde el amor no es permitido, donde la compasión no tiene lugar. Que alguien pueda ser violento con un acto de amor de otra persona me parece lo más atroz que puede haber en este mundo.
En la obra de Kushner uno de los personajes reclama que ya no hay ángeles en América (Estados Unidos). ¿Y hay ángeles en México?
México es un país en el que estamos en una crisis en muchos niveles, pero que tiene una fuerza identitaria más grande que Estados Unidos. No podemos perder la mística de nuestro país, que en Estados Unidos, por todas las culturas que hay—de eso habla el texto—, está difusa la mística identitaria. Y en México estamos en un lugar donde por la globalización y también por el momento histórico que estamos viviendo, todos empezamos a parecernos, todos los países occidentales ya empiezan a parecerse. Estamos viviendo un momento donde hay que recuperar también nuestra identidad y nuestro pasado místico y espiritual.
La Ciudad de México fue la primera en el mundo donde se aprobaron los matrimonios entre personas del mismo sexo, en 2010. Recuerdo que muchos parejas homosexuales extranjeras venían a casarse aquí. Sin embargo, 16 años después, sigue la homofobia, siguen los asesinatos contra homosexuales y transexuales. ¿Qué nos deja ver en México Ángeles en América?
Y no sólo homofobia o transfobia, también está la cantidad de feminicidios que hay. Somos un país con un sistema profundamente machista en nuestra psique, que se estructura en nuestra psique más profunda. Nuestro modo de pensar es profundamente machista y esos picos de violencia lo demuestran. Políticamente sí ha habido un gran avance. Y, en Latinoamérica, hemos sido bandera de inclusión y de políticas de inclusión, pero, en lo privado, en el día a día, el machismo y la violencia siguen imperando. Lo vemos en la ciudad y en el resto del país. Hace falta seguir hablando de los mismos temas porque no podemos dejar de visibilizarlos, porque no están cambiando y no van a cambiar. Tienen que cambiar en lo profundo, no solo en lo social, sino también en cada uno de nosotros. Es una lucha que tenemos que seguir haciendo generación tras generación hasta que este sistema machista y patriarcal en el que vivimos cambie.
Ángeles en América está en temporada en junio, mes de la diversidad, del orgullo LGBTQ+. Y el sábado 27 de junio será el Pride Parade en la capital. Todos los empresarios y negocios, que antes cerraban sus puertas a la comunidad LGBTQ+, ahora exhiben las banderas del arcoiris, abren sus negocios en todo Paseo de la Reforma. ¿Qué tanto daño o beneficio hace esa comercialización de una lucha por los derechos civiles como ésta, tema de la obra de Kushner?
Es un tema muy complejo. Es justamente de lo que hablábamos. Estas luchas, cuando se mediatizan o se comercializan, se vuelve peligroso. Pero, al mismo tiempo, está bien, es justo que sea un deber y sentido común el tener clara la igualdad en todos los aspectos, en género, en sexualidad. Es algo que el solo hecho de tener que pelear, demuestra que todavía no existe; el solo hecho de tener que seguir diciéndolo, demuestra que todavía no existe profundamente en nosotros y que no podemos dejar de decirlo hasta que ya no tengamos que decirlo. Tenemos que seguir nombrándolo y nombrándolo hasta que ya no haya necesidad de nombrarlo. Por un lado, que se siga nombrando es maravilloso; pero, por otro lado, que sirva como bandera para hacer dinero, es horrible. Es un tema muy complejo.
Las dos partes de Ángeles en América suman siete horas. ¿Consideró el riesgo de apostarle a una obra de siete horas? ¿A qué atribuye que una obra de más de dos horas asuste al público?
Asusta que sabemos que la gente tiene menos paciencia para la atención, quiere que le cuenten historias rápidas. Estamos acostumbrados a las historias, nos las están contando todo el rato, en televisión, en celular. Estamos ya consumiendo historias a un nivel y a un ritmo frenético, que cuando una obra nos obliga a parar y estar tres horas ahí sentados en una butaca, nos aterra. Sabía que esa iba a ser una de las grandes dificultades, y nos enfocamos mucho como equipo en que se refrescara todo el rato para que adquiriera ligereza, para que la obra fuera placentera de ver y de estar ahí, para que la historia pudiera pasar. Finalmente es una historia de largo aliento, una sola historia en siete horas, y la primera parte es ver un solo planteamiento del drama, y luego tiene que explotar y luego viene el mensaje. Es una historia que así está construida, y la duración es parte de la identidad de la obra.
¿Es el máximo reto de su carrera?
Sí, Ángeles en América es el reto mayor en mi carrera; había sido Anatomía de un suicidio hasta ahora. Y por las condiciones en que hicimos las dos partes, que las montamos como una sola, fue un reto magnífico, que todo el equipo, elenco y creativos, asumió con una generosidad y entrega brutales.
AQ / MCB