Desde hace una década se ha esperado del director y guionista David Pablos la adaptación al cine de Los detectives salvajes (1998), la novela de Roberto Bolaño, pero, a cambio, en ese lapso ha estrenado tres filmes premiados donde aborda la trata de mujeres, la homosexualidad, el machismo... y el amor. “Los detectives salvajes está completamente pausada. Eso no significa que no pueda suceder en el futuro, pero no hay claridad en el panorama”, refiere David Pablos (Tijuana, 1983) a Laberinto después del estreno de su más reciente película, En el camino, en el Mes del Orgullo LGBTQ+.
En el camino (2025) es una historia que transita por las carreteras desérticas de Chihuahua, en la que Veneno (Víctor Prieto Simental), un joven que se prostituye con hombres mayores que él, se encuentra en un restaurante a un trailero solitario y adicto, Muñeco (Osvaldo Sánchez), con el que se une en una aventura más allá del road movie. Se trata de la película más personal del cineasta.
“Mi única certeza al aventarme en este proyecto es que no podía ser tibio a la hora de explorar el deseo masculino; quería hacerlo sin tapujos”, expone el realizador tijuanense sobre su película ganadora de los premios Orizzonti a Mejor Filme y Queer Lion en el Festival de Venecia 2025. También en el Festival Internacional de Cine de Morelia pasado ganó premios a Mejor Fotografía y a Mejor Actor para su protagonista. En Guadalajara obtuvo otro reconocimiento en cine LGBTQ+.
Desde su cortometraje La canción de los niños muertos (2008), David Pablos ha participado en festivales internacionales como Cannes, Venecia y Morelia y ha cosechado premios como sus cinco Arieles (de trece nominaciones) por Las elegidas (2015), película ambientada en Tijuana sobre la trata de mujeres para servir como prostitutas, que adaptó al cine a partir de una historia del narrador y ensayista Jorge Volpi.
En aquel 2015 se anunció, antes del estreno de Las elegidas, que David Pablos y la productora Canana llevarían al cine Los detectives salvajes, la gran novela de fin de siglo, con guion suyo, de Pedro Peirano y Mauricio Katz, en un segundo intento de adaptación luego de que en 2009 la viuda de Bolaño echó abajo el proyecto del cineasta Hari Sama de filmar la historia con guion del poeta Luis Felipe Fabre.
Después de Las elegidas vino El baile de los 41 (2020), ganadora de cuatro Arieles (de doce nominaciones), a propósito de la redada policial durante una fiesta de homosexuales durante la dictadura de Porfirio Díaz, en la que, por cierto, participó el yerno del presidente, Ignacio de la Torre y Mier.
Otro lustro pasó y ahora vuelve con En el camino, en el que retoma el leit motiv de su filme anterior.
Producida por Diego Luna, Inna Payán, Enrique Nava y Luis Salinas, con Animal de Luz Films, La Corriente del Golfo, EFD Studios y Producciones Año Bisiesto, En el camino cuenta con fotografía de Ximena Amann, música de Andrea Balency-Béarn y edición de Jonathan Pellicer y Paulina del Paso.
¿Por qué arriesgarse a poner a su filme un título con una connotación literaria tan fuerte, vinculada con Jack Kerouac? En 2012, Walter Salles ya hizo una película sobre la novela.
Precisamente por todas las connotaciones es que dudé respecto a dejarlo o no. Es el título que, me parece, hace mejor homenaje a lo que es la película, el que mejor la encapsula. Al principio, lo pensé como un título de trabajo, pero, por más que buscaba otros nombres posibles, ninguno me convenció como este. Hablo de mi equipo creativo principal: nos enamoramos de este título.
Al final, hay una referencia inevitable a la novela de Kerouac, un cierto espíritu de ella que permea la película, aunque sean historias distintas. Así que asumí las consecuencias de repetir el título.
En sus películas busca historias límite y romper límites. ¿Influye haber nacido en la frontera?
Haber crecido en la frontera me marcó. Tijuana está presente en todas mis películas. Hay algo de lo que aprendí de la vida, de lo que entendí como mi realidad inmediata, que es bastante peculiar, incluso surrealista.
¿Qué buscó con En el camino?
Cada película nace a partir de una búsqueda, de un deseo, y surge desde lugares distintos. Lo que tenía claro con En el camino es que hablaría del deseo masculino, de la masculinidad, del machismo. Mi única certeza al aventarme en este proyecto es que no podía ser tibio a la hora de contar estos temas y a la hora de explorar el deseo masculino. Quería hacerlo sin tapujos, y no con un afán de provocar o de incomodar, sino de ser fiel a mi visión y a lo que veo de estos espacios, y cómo interactúan.
Yo vi algo diferente en su filme. Me pareció una extraordinaria historia de amor, casi un rito de paso en busca del amor en todas sus facetas.
De acuerdo. Es totalmente cierto. El corazón de la película, su esencia, más allá de los temas que mencioné, es una relación de amor, de intimidad entre dos hombres, y cómo se permiten la posibilidad de vulnerarse, de conectarse y mostrarse sus heridas.
El set es una cabina de tráiler, un sitio de encierro muy teatral. ¿Cómo encontró ese escenario ideal para contar su película?
Hace años me subí por primera vez a un tráiler en Oaxaca. Me tocó transitar una carretera arriba de un tráiler acompañando al fotógrafo Luis García, que estaba retratando traileros. Primero conocí el contexto trailero, luego me subí a un tráiler de la tarde hacia la noche. Me di cuenta de que algo me conectaba de raíz con este contexto, y de lo rico que es visualmente.
Recuerdo muy claramente la sensación de un espacio desolado, y que eso puede generar inquietud o una sensación de alerta, aunque el tráiler me resultaba reconfortante. Sentía que estaba en una especie de vientre, un espacio que envuelve y protege. Recuerdo que en ese momento tuve la claridad para imaginar una película que se desarrollara en este mundo.
¿Y cómo repercute eso en las vidas de los traileros?
El tráiler se vuelve una especie de casa, una extensión del trailero, sobre todo si es el dueño del tráiler. Es lo que en el oficio llaman “el hombre camión”. Me pareció muy interesante ver cómo este espacio era una extensión de los traileros, pues ahí es donde pasan la mayor parte de su vida, mucho más que en sus hogares con sus familias. Hay algo también de la vida itinerante y de la camaradería que se crea en esa itinerancia, que me conmovió muchísimo.
¿Conoció otra definición de soledad?
Hay algo que me encanta del mundo trailero y los traileros, que son personas, en general, bastante solitarias, pero ellos mismos dicen que no cambiarían por nada este oficio. Lo ven como un llamado, un salto hacia una aventura, hacia algo desconocido. Hay un elemento de exploración, casi de conquista. La carretera tiene muchas connotaciones, y la soledad se vive de muchas formas. Ante todo, son personas que aprenden a habitar su soledad.
En la novela Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, hay una frase que determina el curso de la historia: “En la soledad, todo está permitido”. ¿En el cine y en la soledad, qué está permitido para David Pablos?
En un proceso creativo, uno inevitablemente debe convivir con la soledad, que tiene muchas connotaciones, algunas incómodas y otras que resultan placenteras. Para llegar a una hay que transitar por la otra. Para lanzarse a un proceso creativo, hay que convivir con esa soledad, y cuestionar y reflexionar. Hay una soledad que he aprendido a disfrutar. Así como soy muy cuidadoso con mis espacios y mis tiempos, también me importa balancearlos con el estar con los demás. Para cualquier proceso creativo que sea profundo, hay que mirar hacia adentro, hay que incomodar, incomodarse con uno mismo y lidiar con el bagaje que uno trae, aceptarlo y abrazarlo. Es un proceso que se dice fácil, pero es muy complejo. Mientras uno indaga más en uno mismo, mientras acomoda y revisa, más libertad creativa tiene.
En ese proceso creativo, ¿cómo logra que sus películas tengan esa suerte de contradicción de abordar temas sociales o políticos de una manera sutil, pero al mismo tiempo brutal, problemas como la trata de mujeres, el machismo, las adicciones, la homofobia, el desarraigo?
Algo importante para mí en el proceso de escritura es evitar ser discursivo. Con discursivo me refiero a elaborar un tema de manera obvia, proselitista o donde las intenciones estén evidentemente puestas, que se vuelvan propaganda. Eso he querido evitarlo a toda costa porque, como espectador, cuando veo una película o leo un libro que me resulta discursivo me alejo de inmediato.
Lo importante está en cómo hilvanar un discurso, porque evidentemente hay un discurso en toda obra, cómo lo hilvano a través de los personajes, de los hechos, de la historia, que todo lo que quiero decir se retrate de forma vivencial, que dé espacio para que el espectador reflexione, asimile y se involucre de manera activa con la ficción. El cine discursivo no da espacio al espectador para que pueda volverse creativo. Por otro lado, mientras más habla uno de la intimidad del personaje, más poderosa se vuelve la historia, y, por lo tanto, termina el discurso mismo.
¿Y qué pasó con llevar al cine Los detectives salvajes?
Hay proyectos, esto es algo que he aprendido, que tienen su momento. Hay proyectos que tienen que esperar muchos años para ver la luz, hay proyectos que simplemente se caen, y uno tiene que aprender a soltar. Eso es lo que pasó con Los detectives salvajes: fue un proyecto que en dos momentos estuvo a punto de suceder. Finalmente se cayó. No significa que no pueda suceder en un futuro, pero ahora no hay claridad en el panorama.
Los paisajes de En el camino me recordaron un poco la búsqueda de Los detectives salvajes.
No es Sonora, es Chihuahua, pero hay ciertos paralelos. Ese desierto es muy poderoso y evocativo.
AQ / MCB