Cultura

El espíritu universal de Luis Villoro

Ensayo

Aurelia Valero coordinó el libro ‘Herencias y rupturas’, una serie de aproximaciones a la vida y obra del autor de ‘Creer, saber, conocer’, quien fue discípulo de José Gaos y formó parte del Grupo Hiperión.

Me emociona que Aurelia Valero me haya invitado a participar en la presentación de Herencias y rupturas (El Colegio Nacional/ UNAM, 2026) un libro sobre Luis Villoro, primer director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Iztapalapa de la UAM, y de seguro, uno de los artífices del proyecto que dio origen a esta Universidad. Aunque desde finales de los años sesenta, Luis Villoro, acompañado por Alejandro Rossi y Fernando Salmerón, se convirtió en uno de los campeones de la filosofía analítica en México, la División a su cargo tuvo un sesgo incluyente que por fortuna se refleja hasta nuestros días. Al integrar los departamentos de Antropología, de Sociología, de Historia y de Filosofía, lo hizo invitando a participar a destacados intelectuales de estas especialidades, y siempre procuró que estuvieran representadas todas las corrientes de pensamiento, incluyendo el marxismo y la teología de la liberación. Este espíritu universal, me parece, corresponde a la propia formación de Villoro. Aunque nacido en Cataluña, hijo de un padre español y de una madre mexicana, Villoro hizo sus estudios de primaria y de secundaria como interno en el Colegio jesuita de Saint-Paul, en Godinne, Bélgica, escuela en la que aprendió griego, latín, francés y alemán, y en la que destacó por su dedicación y sus dotes para la oratoria. La derrota de la República en España y el inicio de la Segunda Guerra Mundial se confabulan para que su madre, María Luisa Toranzo, viuda ya para entonces, decida regresar con sus hijos a México en 1939. El avezado joven europeo que ya era entonces Luis Villoro tiene 17 años, y el país que lo recibe lo impacta con la fuerza de la otredad. Inicia estudios de medicina pero después de dos o tres años descubre que esa no es su vocación. Entonces se produce el gran encuentro de su vida. Ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y conoce a quien desde entonces será su maestro absoluto, el pensador español transterrado José Gaos, con quien concluye su formación. Al lado de Emilio Uranga, de Ricardo Guerra y de Joaquín Sánchez MacGregor, entre otros, integra lo que pasará a la historia como el grupo Hiperión. Son los tiempos del existencialismo y Gaos traduce El ser y el tiempo de Martin Heidegger, pero los Hiperiones se rebelan y prefieren optar por el existencialismo francés que encabezan Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty y Gabriel Marcel. Inspirados por las clases de Gaos, descubren todos ellos el tema del “ser” del mexicano, con el que arman gran revuelo, pero Villoro, que difiere en esto de sus colegas, prefiere escribir Los grandes momentos del indigenismo en Mexico (1950), al que ha de seguir otro texto notable, La revolución de Independencia. Ensayo de interpretación histórica (1953). Estos dos títulos se inscriben dentro del historicismo que profesaba Gaos. La devoción por este maestro la confirma Villoro cuando dedica sus siguientes libros a dos filósofos que son decisivos en la evolución de Gaos: René Decartes y Edmund Husserl. De esta devoción surgen La idea y el ente en la filosofía de Descartes (1965) y los Estudios sobre Husserl (1975). Poco antes de que falleciera Gaos, en 1969, Villoro ya había optado por la filosofía analítica, cuyos desarrollos últimos tienen lugar en los Estados Unidos, siempre a la sombra del Círculo de Viena y de las aportaciones de Bertrand Russell, Alfred Ayer y Ludwig Wittgenstein, aunque sin renunciar a la brújula crítica que lo acompaña siempre. Como fruto de este giro epistémico publica lo que será para muchos su gran obra de madurez, Creer, saber, conocer (1982). Pero se equivoca quien piense que Villoro es un sabio de gabinete. Comprometido con su tiempo, y con sus problemas, participa de modo activo en las asambleas de maestros que tienen lugar durante el movimiento del 68 que será reprimido por el gobierno, y cuando Heberto Castillo alcanza salir de la cárcel de Lecumberri, donde había sido compañero de José Revueltas y de Eli de Gortari, Villoro lo acompaña en la creación del Partido Mexicano de los Trabajadores, que habrá de ser una opción válida de la izquierda independiente de esa época.

La cuarta y última etapa del pensamiento de Villoro se produce a raíz del levantamiento zapatista de Chiapas en los años 90. Simpatiza de inmediato con este movimiento que le permite recuperar las preocupaciones que le había suscitado su inicial contacto con México: el sustrato campesino de la nacionalidad mexicana, así como la otredad de las comunidades indígenas que no cesa de retarnos con sus opacidades y con sus formas ancestrales de tomar decisiones en las que el pensador ve lecciones de una democracia posible que nos aguardaría en el porvenir. De esta etapa son testimonio cuando menos cinco títulos de su bibliografía.

La historiadora y filósofa Aurelia Valero me había sorprendido hace tiempo con su libro José Gaos en México: una biografía intelectual, que es su tesis de doctorado en El Colegio de México. Estimo que su admiración por la obra y la persona de Gaos la tenía que conducir, de modo casi inevitable, a estudiar ahora al mejor y al más riguroso de sus discípulos: Luis Villoro. Su libro Herencias y rupturas. Aproximaciones a la vida y la obra de Luis Villoro, a cien años de su nacimiento[1], se inscribe, o se arraiga, sería mejor decir, en esta tierra paradójica del transterrado que misteriosamente echa raíces en otro transterrado, menor que él en la cronología, pero guiado por parecidas obsesiones.

El libro de Aurelia Valero está dividido en siete partes: “Por un conocimiento situado”, “Más allá del lenguaje”, “Comprender al otro de la historia”, “Alteridades indígenas”, “Pensar desde la izquierda”, “Futuros posibles” y “Apuntes para una biografía”. Aunque la mayoría de los textos han sido escritos por destacados especialistas de la academia, la compiladora nos sorprende al incluir documentos de carácter más íntimo que atisban en el lado humano del personaje. Los testimonios de Carmen y de Renata Villoro, hijas del filósofo, el de Miguel Limón Rojas, así como, sobre todo, el del bibliófilo y erudito Adolfo Castañón, le otorgan al libro un carácter inusitado, y que lo vuelve, en cierto sentido, excepcional. La aportación de Castañón es triple, porque consiste en la transcripción una entrevista que él mismo le hiciera hace años a Luis Villoro para un programa de TV UNAM, Los maestros detrás de las ideas, en el rescate de una traducción que realizara Villoro en 1950 de esa joya de Saint-Exupéry llamada El principito, que publicó el periódico Novedades, y porque nos propone, como asunto final, que el itinerario de Villoro como pensador y ensayista tendría que ser inseparable de su trabajo como traductor.

Acto seguido, Castañón aporta una lista de sus traducciones. Villoro tradujo en realidad pocos textos, caben todas en una página y media, pero se adivina que lo hizo por obediencia a un gusto y una necesidad personal. La lista se abre con la traducción de un libro de Gabriel Marcel, representante francés del existencialismo cristiano; incluye varios artículos de Jean-Paul Sartre, alguno de Merleau-Ponty, y otro más, una significativa sorpresa, de Emmanuel Lévinas, que llegaría a ser con el tiempo el gran filósofo de la alteridad. Esta traducción es de 1949, y todo indica que es la primera vez que se traslada un texto de Lévinas a lengua castellana. Del alemán destacan sus traducciones de Theodor Lessing, Estudios acerca de la axiomática del valor, y de Edmund Husserl, de quien vierte al español su libro Lógica formal y lógica trascendental. Del latín, Villoro traduce Dos opúsculos, de René Descartes.

No quisiera concluir sin citar este pequeño párrafo que encontré en el libro que comento, y que son algunas de las palabras pronunciadas por Luis Villoro en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional. Ahí sostuvo, en un claro resumen del pensamiento que lo acompañó toda la vida: “La filosofía no es una profesión. Es una forma de pensamiento, el pensamiento que trabajosamente, una y otra vez, intenta concebir, sin lograrlo nunca plenamente, lo otro, lo distinto (…) Lo otro, nunca alcanzado…”.

Herencias y rupturas. Aproximaciones a la vida y la obra de Luis Villoro
Portada de ‘Herencias y rupturas. Aproximaciones a la vida y la obra de Luis Villoro’. (El Colegio Nacional/UNAM)

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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