Enriqueta Lerma es doctora en Antropología por la UNAM, institución de la que es investigadora en el Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur. Entre sus libros se encuentran Los reptilianos y otras creencias en tiempos de Covid-19. Una etnografía escrita en Chiapas (UNAM, 2021) y Raigambres del alma (Soconusco Emergente, 2026) una novela —motivo de esta conversación— en la que a través de un viaje, en realidad una huida en una combi del Distrito Federal a Tijuana, una joven y su maestro prácticamente lisiado van reconstruyendo momentos, alegrías, sinsabores, ideales, reflexiones sobre el movimiento estudiantil que paralizó a la UNAM entre 1999 y 2000.
¿Por qué esta novela, por qué ahora?
Esta novela es resultado de un proyecto que empezó con la huelga el 20 de abril de 1999. En realidad, mi idea era escribir un diario de lo que iba aconteciendo, día a día, pero las tareas eran demasiadas y no me fue posible darle continuidad. Alguna vez alguien en la puerta uno de la ENES Acatlán empezó una bitácora colectiva, la cual se perdió. Esa bitácora era un documento invaluable de lo que vivíamos. Sentí que me quedé con una deuda porque casi no escribí en la bitácora y tampoco hice el diario. Esta novela pude haberla escrito antes, pero creo que no tenía la madurez intelectual para hacerlo y, además, requería cierta distancia. Esa distancia la dio el tiempo. Me di a la tarea de escribir la novela porque noté que mis alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales no conocían el significado que tenían las siglas del Consejo General de Huelga y tenían una idea difusa, prejuiciosa y muy parcial, a través de la película Güeros; para muchos su único referente.
Sin duda, era momento de escribir esta historia con una trama atractiva. Sobre todo, es momento, considerando que, en muchas sesiones de la conferencia matutina en Palacio Nacional, la presidenta habla del movimiento en defensa de la educación gratuita en que participó: la movilización del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), en 1986; sin embargo, omite la trascendencia que en la gratuidad actual tuvo la huelga del CGH.
Esta novela es una manera de decir quiénes éramos los estudiantes participantes del CGH, no solo desde sus distintas ideologías sino también en cuanto a la vida cotidiana que se vivía en las escuelas durante el paro.
¿Por qué decidió escribir una novela en vez de una crónica o un ensayo para contar lo que sucede en Raigambres del alma?
Existen ya numerosas publicaciones sobre este tema. La primera crónica la escribió María Rosas, Plebeyas batallas: la huelga en la Universidad en 2001, una publicación bastante temprana y que, en mi opinión, aportó una mirada profunda y sensible de las distintas corrientes al interior del movimiento estudiantil. María Rosas es mi amiga y valoro mucho su trabajo. De alguna forma quise emularla, aunque ofreciendo mi versión personal desde dentro, como participante. Pienso que, de algún modo, la crónica de María Rosas, era ya la crónica de la huelga. Me habría resultado imposible recabar tantos testimonios como ella hizo, sobre todo de primera mano y con el proceso todavía a flor de piel. Más tarde surgieron otros textos con un corte más académico, por ejemplo, ¡Cuotas No! El movimiento estudiantil de 1999-2000 en la UNAM (2019) de Marcela Meneses, otra amiga entrañable. Con esta publicación me pareció que la cronología y la influencia de las disputas de los partidos políticos durante el conflicto era ya una tarea realizada. Un texto más, con un enfoque desde la militancia fue Memorias del CGH: a 20 años de la huelga en la UNAM (2022). En esta obra participaron compañeros de distintas organizaciones; entre ellos, Alberto Pacheco Guízar, “El Diablo”, Mario Benitez, Leticia Conteras y Argel Pineda, con quienes compartí otros procesos de lucha antes de la huelga. Y claro, Francisco Retama, quien era el líder de la Juventud Socialista, donde yo militaba. Hay algunos indeseables, como Bolívar Huerta y Fernando Belauzarán. Bueno, a una obra como la última había poco que cuestionarle, puesto que hablaron quienes impulsaron la huelga de principio a fin. ¿Qué más podía decir yo, siendo alguien que participó, también de principio a fin, pero desde una mirada muy local y situada, desde la FES Acatlán?
Dicho lo anterior, hacía falta una narrativa que, aunque ficcionada, permitiera mostrar las partes que la bibliografía anterior no abordaba: ¿Quiénes éramos? ¿Quiénes éramos en nuestras emociones, sueños, pasiones, deseos, malestares, disputas? ¿Cómo vivíamos la huelga y cómo construíamos nuestras posiciones políticas, lealtades personales, fugas y disidencias? Considero que una crónica habría aportado mucho, pero habría sido una continuidad de las producciones anteriores. Mi intención era ofrecer esto como un regalo para quienes vivimos la huelga y para las nuevas generaciones. Quería obsequiar un viaje al pasado desde una especie de presente, sin la cortina del discurso académico.
He escrito algunas crónicas para el suplemento cultural Laberinto, de MILENIO, esa experiencia me convenció de que dicho estilo me resultaba asible si hablaba en tiempo real de lo que veía en la calle, durante el trabajo de campo. Hablar de la huelga era difuso al paso de más de veinte años. Había que reconocer que escribir algo en la actualidad implicaba una reconstrucción medida por la nostalgia. Visto así, la novela era el mejor formato para abordar la memoria, reconociendo sus engaños.
¿Cuánto tiempo le llevó planearla y después escribirla?
El plan siempre estuvo ahí. Tenía borradores, frases escritas en libretas, algunos esquemas de la trama e ideas vagas de cómo entrarle a la historia. Me lo tomé en serio cuando llegó la pandemia. Entonces me prometí que no me volvería a pasar lo mismo que pasó con el diario no escrito de la huelga. Escribí un diario de las primeras quince semanas de confinamiento durante la crisis del covid-19, de donde saló el libro Los reptilianos y otras creencias en tiempos del covid-19. Una etnografía escrita en Chiapas. Mientras escribía esta experiencia la huelga volvía a mí constante, con esa culpa de no haber dicho nada sobre ella. Había una Lola, la protagonista de Raigambres del alma, apareciendo en distintos momentos en mi mente y diciéndome: “Ya quiero que me escribas!, ¡quiero vivir!”.
Cuando terminé Los reptilianos… tomé algunos cursos con Óscar de Borbolla, Martín Solares y Miguel Ángel Acosta, en línea, porque vivo en Chiapas y todo me queda lejos; pedí un año sabático en la UNAM y me inscribí al diplomado en escritura creativa en la Escuela de Escritores de la SOGEM. En estos espacios adquirí herramientas literarias y pude dialogar los avances de la historia. Eso fue clave para encontrar la mejor forma de pensarla y escribirla. Digamos que, ya en serio, tardé en escribir esta novela unos cuatro años.
Su libro es una memoria, en momentos dolorosa y crítica, del movimiento estudiantil de 1999 y 2000. ¿Qué se logró con ese movimiento? Muchos de sus dirigentes estuvieron en el PRD y ahora están en el poder. ¿Cuál es su balance?
El movimiento del CGH despierta en quienes participamos una memoria configurada de muchos sentimientos: de alegría, de fuerza, de camaradería, y —en ocasiones— de dolor, sin duda, porque al final nos encontramos solos en nuestra lucha. Los medios de comunicación se encargaron de difamarnos y de poner la población en nuestra contra, pero siempre tuvimos organizaciones solidarias que nos dieron la razón y nos acompañaron hasta el final. Hasta la fecha estamos convencidos de que conseguimos parar las reformas neoliberales que trataban de expandir una educación elitista y con altos cobros; como sucede en Argentina o Chile. No logramos todo lo que nos propusimos porque el congreso refundador de la UNAM, nuestro punto más ambicioso del pliego petitorio, jamás se ha realizado. Eso ha permitido que las élites de la UNAM sigan al frente y sigamos teniendo una universidad sin toma de decisiones democráticas, poco incluyente y de la que sus estudiantes no sienten orgullo. Es tristísimo que los actuales alumnos rechacen echarse un goya porque consideran que es una porra institucional, de las autoridades universitarias y opten por no reclamar la universidad como un espacio propio, plural y sostenido con recursos públicos.
Ciertamente muchos de los participantes de la huelga estuvieron en el PRD y ahora ocupan cargos en el gobierno actual de la 4T. No nos sorprende, para muchos ese era su objetivo: algunos iniciaron su trayectoria política durante la huelga y la extendieron hasta posicionarse. Pero solo se trata de una parte muy identificada de los cegeacheros. Los miembros del CGH nos encontramos en distintas partes, más allá de los cargos de gobierno y de los partidos políticos: muchos están en el movimiento sindical, en organizaciones comunitarias y populares, otros trabajan en organizaciones no gubernamentales, sostienen casas de cultura, desarrollan actividades de promoción cultural, se involucraron en otros movimientos sociales; quienes trabajamos en educación superior, ahora como docentes y en tareas de investigación, impulsamos una academia comprometida con una mirada crítica sobre la realidad actual.
La novela no aborda la cuestión de quiénes somos ahora, pero sí muestra cómo germinaron las distintas tendencias y cómo las diferencias entre los entonces llamados “ultras” y “moderados” desde entonces mostraba distintas formas de hacer políticas y distintas perspectivas de futuro.
Dice José Emilio Pacheco: “Ya somos todo aquello contra lo que luchábamos a los veinte años”. ¿Está de acuerdo?
No comparto esa idea. Afortunadamente, como comenté antes, se trata de la minoría. En realidad, puedo sentir mucho orgullo de mi generación: la mayoría seguimos manteniendo una actitud crítica ante situaciones de injusticia y opresión, seguimos indignándonos ante la manipulación mediática y la violencia.
Es curioso, pero cuando los cegeacheros nos encontramos nos reconocemos; sabemos que somos personas con quienes podemos construir un frente y, aunque tengamos distintos balances, estrategias y objetivos, sabemos cerrar filas.
No satanizo a quienes participan ahora en la 4T, sí a quienes pudieran haberse colocado en el PRI o en el PAN, aunque realmente no conozco ningún caso. Por ejemplo, Sayuri Herrera, quien hasta hace poco ocupó el cargo de fiscal de feminicidios, merece todo mi respeto. No la conocí durante la huelga ni la he tratado después, pero conozco su trayectoria y sé que en el fondo algo nos hermana.
Por otro lado, el juicio de la banda del CGH es muy rudo, es difícil moverse de sitio también. Hay una cierta presión social de seguir luchando por lo que consideramos justo, con las herramientas e ideología correctas y con las personas adecuadas. De modo que irse a la derecha jamás será una opción.
¿Por qué decidió hacerla una especie de road novel? Una historia que se cuenta mientras una joven viaja con su maestro del Distrito Federal a Tijuana.
Me gusta ese género. En este momento tengo presente tres novelas con ese estilo: En el camino de Jack Kerouac, Lolita de Vladimir Navokov y Lodo de Guillermo Fadanelli. A diferencia de la primera —que leí siendo muy joven y ahora simplemente no logro avanzar en su lectura— las otras dos me parecen maravillosas: podría leerlas y releerlas. A Fadanelli me tardé en leerlo, a propósito. Ya había avanzado en la escritura de Raigambres del alma y, algunos colegas que sabían que estaba con lo de la novela, me decían que debía leerlo. Lo hice cuando ya casi terminaba el primer borrador porque no quería influenciarme y tampoco desanimarme con mi propia escritura, ante alguien ya consagrado.
Tengo dos motivos para haber recurrido al estilo road novel. El primero porque quería contar dos historias al mismo tiempo. Cuando leí La insoportable levedad del ser de Kundera, quedé impresionada con Sabina, una personaje pintora. El arte de Sabina es que había convertido un accidente, una gota de pintura que escurrió y machó su lienzo, en un estilo: había usado el escurrimiento para pintar una trama detrás de la imagen principal, de modo que tenía dos pinturas: en primer plano el kitsch como paisaje principal y la realidad detrás de la obra. Como yo no sé pintar me dispuse a usar esta estructura en mi novela. El estilo road novel me permitió contar la historia del viaje de Lola y su maestro, huyendo de la policía, en un recorrido del Distrito Federal a Tijuana (primera historia), mientras recordaban lo que había pasado durante la huelga y en los años posteriores de sus vidas (la segunda historia), en forma de recuerdos.
La segunda cuestión para usar el estilo road novel es porque, al menos en estas tres novelas como referente, quienes conducen los autos son varones; y, en los mismos casos, las mujeres son personas con pocas ideas, manipulables y cautivas. En Raigambres del alma, Lola es quien conduce, quien tiene que recordarle a su profesor quién es él; es quien tuvo la iniciativa en muchos momentos de la historia y es quien sigue resolviendo durante la trama. Quería mostrar a esas mujeres que hemos decidido hacer nuestra historia. Por eso es que la Lola de Raigambres del alma no es Lolita, es Lolísima.
En la novela se recrea una época, con las contradicciones y aciertos de los jóvenes universitarios de entonces, con los movimientos populares y no solo estudiantiles. También se mencionan libros y canciones que se leían y escuchaban entonces. ¿Qué importancia tienen la música y la literatura en Raigambres del alma?
La cuestión de la música sí es muy personal en la novela. Alguna vez un amigo etnomusicólogo me preguntó cuál era mi música favorita. Le dije que a ciencia cierta no tenía ningún género favorito. No soy fan de ningún grupo, quizás solo de Todos tus muertos y de La gusana ciega, que por cierto no aparecen en la trama. Me gustan canciones sueltas de uno y otro grupo, de uno y otro interprete. Pero quise ponerme el reto de incluir canciones que en la época de la huelga eran mis favoritas y que aún ahora siguen dándome sentido. Me gustan distintas rolas de todo tipo, aunque no me entra por ningún lado la salsa, la cumbia, ni el reggaetón. Me di cuenta que soy medio rocker, aunque en los últimos años le he tomado un gusto enorme a la cumbia norteña, pero no más.
Curiosamente, quienes han leído la novela me han dicho que también se sienten identificados con la música que incluí en la trama.
Por cierto, ¿cómo y por qué eligió este título?
Uno de mis autores favoritos es Gilles Deleuze y Félix Guattari, digo autor porque ellos mismos dicen que “son uno”. Y me parece bastante sugerente su propuesta del rizoma, con la que apuntan a pensar heurísticamente las relaciones estrechas entre distintos elementos de diferente orden que, sin embargo, producen conexiones alternativas a las que hemos aprendido de la hermenéutica heredada. Imagino los rizomas como raíces de distintas plantas que subyacen a lo que se muestra evidente a simple vista. Aunque ellos le llaman rizoma, me parece que raigambre sugiere con más fuerza la idea de enredo profundo. Por ello, raigambres del alma busca sugerir las múltiples conexiones y fugas que configuran el alma humana, que pueden ser políticas, sentimentales, utópicas, religiosas, materiales, genealógicas u otras, todas al mismo tiempo.
¿Cómo se siente con el libro? ¿Han leído la novela algunos de sus compañeros de aquella época, además del editor Eduardo Briones? ¿Qué le han dicho?
Es mi quinto libro, pero todos antes fueron de antropología; esta es mi primera novela. Me siento satisfecha y entusiasta: a la expectativa. Siempre quise escribir narrativa y no quería morir sin hacerlo. Pienso que es una novela muy íntima y —como buen rizoma— al mismo tiempo colectiva.
Con relación a los comentarios que me han hecho quienes la han leído, la pregunta más recurrente es si se trata de una novela autobiográfica. No lo es. Sin duda está basada en mi propia experiencia de la huelga, pero todos los personajes son compuestos de distintos estereotipos que circularon durante el movimiento. También me han dicho que tengo muy buena memoria porque algunos detalles ya habían sido olvidados por las y los lectores. Me han felicitado por escribirla; me han dicho que era necesario contar lo que vivimos para que no se olvide.
Para algunos ha sido una sorpresa enterarse de cómo experimentamos la huelga en la ENES Acatlán porque esta se vivió de manera muy distinta en las diferentes escuelas y en los distintos grupos. Me encanta una cita que rescata María Rosas en Plebeyas batallas, donde un estudiante dice: “¿Quieres pelear con alguien? Empieza a hablar de la huelga”. Y, en efecto, así es: Raigambres del alma es una versión de la historia, pero, sin duda, hay muchas otras versiones.
Raigambres del alma se puede adquirir en las librerías Gonvill y en la editorial (teléfono 962 252 05 17), desde donde se enviará por correo postal.
AQ / MCB