Nuestra tierra, la más reciente película de Lucrecia Martel, comienza con una invocación. Se ve a nuestro planeta desde el espacio y suena la plegaria: “Señor, ten piedad de nosotros”. Sin estropear la película, hay que decir que el momento más sublime es cuando los indígenas ven este mismo documental que habla de sus luchas primero con España y luego con el Estado argentino. Es una narración dentro de otra narración que justifica el inicio de carácter teológico.
Martel se está poniendo fuera de su documental en un nivel que solo había logrado Reggio con su trilogía Quatsi: Powaqqatsi, Naqoyqatsiy Koyaanisqatsi. Con esa intensidad visual y musical comienza Nuestra tierra, pero pronto se transforma en la historia real de este pueblo originario de Argentina, este país en el que a menudo sus habitantes presumen de que no hay indígenas y en el que oficialmente se declaró que las poblaciones originarias se habían extinto en 1807. Pasamos entonces de la potencia visual a un documental de juicio. Algo similar a lo que se hizo en México con Presunto culpable que dirigieron Roberto Hernández y Layda Negrete y que tuvo notable influencia en nuestra sociedad.
Pero sigamos con la lectura cósmica que otorga Nuestra tierra. En cierto momento hay un discurso ficticio que se dirige al juez del caso. En la secuencia, vemos en contrapicada a una motocicleta viajando en la oscuridad. Sobre esta imagen escuchamos la frase: no tengas miedo, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre? Sin anunciarlo, Martel está utilizando la frase que le dice la Virgen María de Guadalupe a Juan Diego, de acuerdo con el relato del Nican Mopohua. Un historiador lanza la frase evangélica: ¿qué es la verdad? Todo ello puede pasar desapercibido. Podemos centrarnos en el juicio por un asesinato que tuvo lugar en estos parajes en que unos quieren la tierra de sus antepasados y otros civilización para explotación minera.
Por otra parte, se hace mucho hincapié en las preguntas que hace siempre la juez: ¿cree usted en Dios?, ¿tiene usted algo por qué jurar? No se trata de preguntas retóricas o parte de un documental de crimen; es una cuestión que articula la forma en que se ha contado la historia del mundo desde el siglo XVI: la civilización contra la barbarie. En la Iglesia donde vemos a estos indígenas —que sí creen y veneran a las imágenes cristianas— hay pinturas que muestran a ángeles y arcángeles lanzando fuego contra los indígenas argentinos y apoyando activamente a los conquistadores españoles. Sucede como en México, solo que aquí, por predicadores como Pedro de Gante, las poblaciones originarias pasaron en menos de diez años de ser unos bárbaros a ser ángeles de inocencia. Allá no. Y la película de Martel utiliza el hecho de que esta lucha que apenas se inicia en Argentina tenga un carácter político.
También sin explicitarlo se citan las frases de Zapata: “La tierra es de quien la trabaja”, y de Lucio Cabañas: “Es pueblo quien se vive la vida del pueblo, quien viste como ellos”. No es una cuestión étnica o genética, se trata, más bien, de participar en la vida en la sierra, de sus costumbres y música, de sus fiestas patronales. Y con esto, Martel, quien resultó tan influyente en el cine latinoamericano con La ciénaga, ha producido una continuación de su primera película y da razón a la lucha en todos los países y regiones que fueron dominados por Europa: Japón, China, África, todos aquellos a quienes los Estados modernos no reconocen ni siquiera como ciudadanos.
¿Dónde ver Nuestra Tierra?
El nuevo largometraje de Lucrecia Martel está disponible en la cartelera de la Cineteca Nacional y algunas salas independientes.
Nuestra tierra
Dirección: Lucrecia Martel | México, Argentina | 2025
AQ / MCB