Héctor Cobá nació en Campeche, pero tiene varios años radicando en Cancún, Quintana Roo, desde donde ha consolidado su carrera como periodista, pero también como andariego amante de la vida, de las cantinas y la buena comida. Reportero de El Despertador de Quintana Roo, Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Divulgación del Patrimonio Cultural por el Club de Periodistas de México, es autor de Sed de chela y hambre de botana. Crónicas de la vida culinaria en el Caribe mexicano (Beyond Dimensions/Editorial La Confianza, 2025), libro fraguado al paso de los años en diferentes escenarios de Campeche, Yucatán, Quintana Roo y Tabasco, sobre el cual trata esta entrevista.
¿Qué lo lleva a escribir este libro? ¿Cómo surge su interés por documentar la vida en las cantinas del sureste mexicano?
Se puede decir que con el texto Botanas de cantina publicado en 1996, inicia la idea de un libro que hable de las botanas, de mis cantinas, de la historia de los lugares, los sabores, el ambiente. Su fecha de inicio de labores de cada lugar, dato imposible de conseguir, por cierto, debido a la desconfianza natural.
Nació con la idea de publicarlo enfocado solo en las cantinas tradicionales, sus botanas, su atención al público o comensal, el ambiente cultural como referente histórico en Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Tabasco y el antiguo Distrito Federal —hoy Ciudad de México.
Se consignan bebederos del municipio capital del estado de Campeche, de Mérida, Yucatán, y de Cancún, Quintana Roo, lugar donde resido desde hace casi 30 años, en total nada más se registran nueve oasis para calmar la sed, de las 214 páginas del libro.
Algo que sí puntualizo es que la gastronomía guio el contenido del libro, y rebasó la idea inicial de centrarse en las cantinas tradicionales o no y sus botanas.
El primer título pensado fue Mis cantinas, las que me gustan; luego se pensó Mis cantinas o Mis cantinas. Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Tabasco y el Distrito Federal. Al final decidí que lleve el nombre Sed de chela y hambre de botana, mientras la editorial Beyond Dimensions le puso el “apellido” Crónicas de la vida culinaria en el Caribe Mexicano.
Aclaro que mi amiga diseñadora y funcionaria cultural Iliana Pozos, de Champotón, Campeche, siempre jugaba con la frase “tengo sed de chela y hambre de botana”, que ella escuchó de su progenitora. Le pedí permiso para usarla como título de mi libro y me respondió que la expresión era de todos...
En Sed de chela... solo hablo de lugares de la península de Yucatán. Llevaba organizado el 90 por ciento de los escritos, cuando se echó a perder mi computadora. Entonces, en el libro me faltaron los de la Ciudad de México: el del Santander, junto a la Ciudadela, aunado al del Salón Palacio; de Villahermosa, Tabasco, el Bruno’s, ya desaparecido. Un lugar del puerto de Veracruz, y mi lugar favorito de Campeche: El Chesmerito, que cerró el 30 de diciembre de 2025, tras 70 años de historia.
La realidad gastronómica de los lugares citados —y aun de los que no— rebasó la idea, desde el puerto de observación de este reportero, de hablar solo de Cancún y alrededores. Lo que obligó, sin pensarlo más, a incluir otros textos y otros temas, eso sí de talante inclinado a la gastronomía.
¿Cómo recrea la atmósfera de los sitios que visita, qué es lo que más le llama la atención?
De entrada, trato de narrar la oferta botanera o gastronómica de los lugares que me gustan, la variedad de minúsculos platos con guisos de pollo, de cerdo, y a veces de res; algunas veces de mariscos, como los viernes cancunenses del bar Las Kanoas —con casi 23 años de botanero, y antes fue una coctelería— donde dan un micro coctel de camarón mediano, lleno de un sabor exquisito, digno de las mejores coctelerías.
Existen libros, crónicas de las cantinas y cabarets de la Ciudad de México, de Guadalajara o Tijuana. ¿El suyo es el primer libro que registra la vida en las cantinas del sureste de nuestro país? ¿O qué otros títulos nos podría mencionar?
No es el primero, el mío es un registro parcial de bebederos-comederos de Mérida, Cancún y Campeche. Entre los títulos precedentes, al menos, en Yucatán, están Las cantinas de Mérida, de Alberto Cervera Espejo, de 1984; Poesía etílica y anécdotas de cantinas, de Mario Bolio García, de 2013; y Anécdotas de las cantinas de Mérida, de Sergio Grosjean Abimerhi, de 2016. Si hay otros publicados de Tabasco y Campeche, lo desconozco.
Un aspecto fundamental en su libro es “…la vida culinaria en el Caribe Mexicano”. ¿Qué nos puede decir al respecto, qué es lo que más destaca?
Sobresalen los sabores y olores, es larga la lista. Van tres ejemplos: uno dulce (Cancún) y un par de amargos, uno de la zona norte de Quintana Roo (Solferino), y otro de la zona sur (Chetumal, Bacalar y Xcalak). De dulce, una escultura de arte de la diosa griega Atenea, hecha de chocolate, llamó la atención, epígono de cultura y gastronomía e historia. Realizada en cinco días de junio de 2023, en la escultura se utilizó 70 por ciento o más de puro chocolate y pesó de 10 a 12 kilogramos, tenía una estructura interna, el 30 por ciento, para soportar el peso del producto de cacao. El fin de la Atenea: “murió” por el calor y la humedad caribeña cancunense.
Ginebra Solferino, reconocida en 2025 como una de las seis mejores del mundo, ganadora de medalla de oro en los World Gin Awards 2025, resulta ser el primer destilado de Quintana Roo, destacado por su sabor caribeño gracias a la inclusión de botánicos locales, cortados al amanecer aún con el rocío matutino, como zacate limón, hierbabuena, hoja santa, pimienta negra y piel de toronja. La destilería sita en la comunidad de Solferino, en el municipio Lázaro Cárdenas, a 130 kilómetros de Cancún.
Las cervezas artesanales del sur, de Chetumal, Xcalak y Bacalar: Tarpon Tale Pale Ale, Permit Me-1 Porter, Costa Maya Sunrise Ámbar Ale, una IPA de Xcalak; la Curvato de Chetumal que se elaboraba —ya desapareció— con agua de lluvia y miel orgánica en Chetumal; y una de barril stout que ha ganado varias medallas de oro, sin marca. El año pasado, el mismo cervecero artesanal, Johan Desprez, reunió a dos mundos con la cerveza Zazil, que nació para unir dos pasiones: el arte cervecero y el cacao, en Bacalar. Todas, parte invaluable de la gastronomía quintanarroense.
¿Cuánto tiempo le llevó escribir este libro?
Desde 1996 hasta el cierre de la corrección de estilo del contenido en noviembre de 2024. Recalco: no hubo planeación en el contenido de mi libro, la gastronomía agarró el timón.
¿Cuántos sitios de los que registra han desaparecido y de los cuales sólo queda su testimonio?
Dos como tal, que al morir su fundador y propietario, desaparecen o se reinventan como El Compadrito, permanece el nombre, pero la imagen impulsada desde su origen en 1966 desapareció en 2016. Caso similar es el de la cantina Bar Paco el Pobrecito (más conocida por los asiduos como Ojo de Pulpo; el escritor y autor de El Rayo Macoy, Rafael Ramírez Heredia, era un visitante frecuente del lugar), donde Vicente Quirate, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, presentó el poemario Cuaderno de Aníbal Egea publicado en 1990; nombre también usado para la revista cultural Ojo de Pulpo, que solo publicó un número. Hoy el lugar llamado La Pelotera es el heredero natural del Ojo de Pulpo.
En la Ciudad de México la botana en las cantinas casi ha desaparecido. ¿Sucede lo mismo en el Sureste? ¿Cómo son las botanas allá, cuál es su importancia para convocar a los parroquianos?
Los sabores y la novedad combinada con guisos nativos de la cultura maya, en un recuento, apresurado suman unas 50 opciones, como la botana de filete de caracol blanco en escabeche, solo en temporada, en el Caribeño’s de Cancún; el chilpachole de camarón seco en La Pelotera de Campeche, de entrada; un clásico peninsular es la considerada la monarca, reina y princesa de las botanas de cantina, algunos la llaman sikil pak (en maya significa: ha’-sikil-p’aak, de ha’, agua, sikil, pepitas de calabaza, y p’aak, jitomate), dzikilpak, o sicli p’aac (se refiere a pepita de calabaza molida con tomate tamulado), mezclada con naranja agria, chile habanero asado y de remate cebollín picado, también llamado sikil Pa’aak, en La Ruina de Mérida y otros lugares peninsulares. Esto es apenas una probadita de las botanas de las cantinas tradicionales.
¿Cuál es su siguiente proyecto literario? ¿Continuará documentando la cultura popular en el Sureste? ¿Quiénes en aquella región lo acompañan en esta aventura?
Sí, ya hay 11 textos más con la vocación del Sed de chela y hambre de botana... Pienso en un segundo volumen o en una edición corregida y aumentada. Además, que sea traducida al inglés.
Considero que mis textos son cercanos a la gastronomía y a la historia, ya que entre los que se sumarán hay uno del histórico Café París —en su cuarta sede— de la Ciudad de México, un texto nuevo de Campeche, y otros exclusivos de la gastronomía cantineril, si se vale el término; ya sean de Cancún, de Tabasco y otros lugares. Lectores y presentadores del libro coinciden que este da hambre o puede usarse como guía de donde ir a comer... un presentador afirmó que ese uso le da. Además de alocar las papilas degustativas —esto está escrito en el prólogo.
Algo más que se pretende hacer es un recorrido histórico-cultural-gastronómico en botaneros o cantinas, o bares con botana campechanos, cancunenses y de Mérida (un registro de cinco lugares por cada uno), acompañado del parroquiano de prosapia, reportero y corresponsal en Yucatán de La Jornada por más de 30 años Luis Antonio Boffil Gómez, y de Rafael Gómez Chi, autor de Crónicas Delirantes en redes sociales y hace poco incluidas en la televisión yucateca. Crónicas Delirantes son historias bien documentadas sobre las cantinas de la Ciudad de Mérida, así como de sus sitios históricos.
A lo mejor con lo recopilado y bebido entre los tres; digo, investigado, hacemos un libro sobre el tema. Los dos me acompañaron en la presentación de mi libro en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (Filey), el pasado 21 de marzo. Los tres tratamos de construir una metodología que no deje fuera ningún dato histórico y gastronómico de los lugares a visitar.
Ya está en puerta mi segundo libro, de reseñas, aparecidas de 1993 a 2025, son 23 —y hay dos extraviadas. El tercero sería uno con fotografías a color, relativo a los tianguis de Cancún (colores, sabores y olores), del cual hasta ahora llevo varios textos escritos en la computadora.
AQ / MCB