NOVIEMBRE 14 DE 1847
¿Cómo es la Ciudad de México?, te preguntarás seguramente querido Steve. El Altiplano de Anáhuac es un territorio por demás plácido, aunque en verano llueve casi a diario. Goza de un clima suave incluso en invierno, aseguran, pues por acá nunca nieva. El resto del año transcurre con un clima suavizado por la brisa que baja de las montañas. Se trata de una de las cuencas más deliciosas del mundo, y es una de las razones por la cual mucha gente de las provincias elige este valle para avecindarse y huir del azote de la canícula. El resto del país, lo he probado personalmente, es inhóspito.
En cuanto al trato de la gente, ¿qué te podría decir si no es que resulta por demás gentil? Los mexicanos son personas muy amables y plenas de diminutivos. Aquí todo es chico e infantil. La limonada es “agüita” de limón, la siesta es un “sueñito” y los difuntos son “muertitos”. A ratos pienso que esta sociedad se desenvuelve en una suerte de infancia inconmovible que se niega a madurar.
Encima debo mencionar que la sociedad mexicana está dividida en castas (aunque no lo reconocen abiertamente) no obstante que sus leyes han abolido la esclavitud. Existen tres tipos de personas cuyo trato cotidiano es un tanto hipócrita y desigual. Por una parte están los criollos, la casta superior, que son los dueños reales del país. Son la tercera parte de los mexicanos e integran una suerte de “herederos españoles” propietarios de las casas, las haciendas y el gobierno. La segunda casta es la de los mestizos, que quisieran ser criollos (aunque imposible) y reniegan de su vínculo con la tercera casta, la de los indios, que se podría casi equiparar con los parias del Indostán, que a ratos son casi invisibles: hablan poco (no dominan el idioma español) y no hacen ruido al desplazarse. Sus propiedades son cerriles, ausentes de la civilización.
FEBRERO 2 DE 1848
Hace frío, sopla el cierzo, la noche se presenta como la más triste de la historia mexicana. Miércoles había de ser. En español es el día de mierda, “shitty-day” porque ha sido firmado, por fin, el acuerdo de paz. Lo han llamado, para gloria nacional, el Tratado de Guadalupe-Hidalgo ya que fue signado frente a la basílica del milagro guadalupano. Ella misma, la Virgen de Guadalupe, ha sido la primera testigo de ese acuerdo ignominioso. Hubo celebración de misa bajo su altar.
El acuerdo fue firmado esta tarde por los tres delegados mexicanos (Luis Gonzaga Cuevas, Miguel Atristain y don José Bernardo Couto) y el buen Nicolás Trist quien, si fuera por el presidente Polk, lo treparía al cadalso. De hecho le pidió que retornara a Washington el mes pasado, pero se ha hecho tonto con tal de suscribir el compromiso y acabar de una vez con el estado de guerra que imperaba entre las dos naciones. ¿Y qué decir del general Scott (Pompa y Fastidio) quien debido a su prodigiosa victoria militar ha despertado los celos políticos del presidente Polk y ha cesado la correspondencia con él?
La aritmética esclarece mejor las cosas. Intentaré hacer un análisis sucinto. A resultas del Tratado han sido cedidos a los Estados Unidos algo así como 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados de territorio a cambio —en compensación— de 15 millones de dólares plata. Esto es, el botín nos ha costado algo así como 16 hectáreas por dólar. Buen negocio, me parece. Ahora que si lo contabilizamos en vidas humanas, los mil 800 soldados americanos muertos en combate, dan como resultado 130 mil hectáreas a cambio de cada alma en el cielo. Excelente inversión.
Y todo por California. No por Arizona, ni Colorado, ni Nevada ni Nuevo México que son puro desierto. En esos territorios habitan, por cierto, algo así como 100 mil mexicanos que desde ayer han pasado a ser extranjeros en su propia tierra. Y encima se estipula que ambos gobiernos se comprometen a evitar las incursiones “de los indios rebeldes”, apaches y comanches. O sea, los indeseables de la Historia.
California es un paraíso bíblico equiparable al mediodía de Francia y toda Italia juntas. Y para colmo de bendiciones ahora “se han descubierto” raudales de oro en sus ríos y montañas. Es el motivo por el que ha iniciado una avalancha de aventureros siguiendo esa fiebre que ya duplica a la población original mexicana (ahora también gringa). Y todo sin que haya aún llegado el Tratado de la Virgen de Guadalupe a manos del despótico presidente Polk.
A tu tierna edad te lo estarías preguntando: ¿Por qué ganamos tan fácilmente la guerra?
La respuesta no será la de este corresponsal del New York Herald sino más bien la del veleidoso voluntario del 17 Regimiento de Rifleros de Tennessee. Yo diría que cinco han sido las razones de la derrota mexicana: 1- La artillería, 2- el revólver Colt, 3- los fusiles Springfield, 4- el desorden de la milicia mexicana y, 5- la corrupción de sus dirigentes.
Me explico. Es un hecho que la “artillería volante” de nuestro ejército (copiada de los regimientos prusianos) ha sido determinante en las batallas. Obuses ligeros transportados por una recua de tres caballos sobre los que van montados los artilleros. Remolcan a galope el armón con los proyectiles además del propio cañón Howitzer de Montaña (también conocido como “el doce libras”). Llegan al punto elegido, sitúan el bastión de tiro y luego hacen fuego en cosa de un minuto. La efectividad es de cinco disparos por cada uno de la artillería mexicana, que está compuesta por los viejos cañones Griveaubal, pesados como un buey muerto. Piezas de la época de Napoleón adquiridos como equipo de segunda (y pagado como nuevos por los administradores del gobierno).
Algo similar ocurre con el revólver Colt-Paterson que llevan al cinto los oficiales. Es un arma novedosa de calibre 0.44 que lo mismo aniquila a un soldado de caballería que a su montura. Los mexicanos cargan, por lo general, pistolas y mosquetes “de chispa” que ante un revólver con cinco tiros disponibles… no tienen mucho que hacer.
El mosquete de nuestro ejército es el clásico Springfield calibre 0.69 que logra blancos a cien yardas. Muchos de estos rifles son de fulminante de casquillo (a diferencia de los fusiles mexicanos que disparan con mecanismo “de chispa”, totalmente inefectivos bajo la lluvia). Además que su recarga es sencilla y logran cadencias de tiro tres veces más rápida que los mosquetes mexicanos.
En cuanto a la anarquía reinante en la milicia mexicana, ¿qué puedo añadir? En lo que va del conflicto han tenido cinco presidentes, un gobierno itinerante, y comandantes que pelean unos contra otros porque unos se consideran “moderados” (los que buscan firmar la paz) y otros “puros” (que desean perpetuar la guerra). “O paz inmediata o guerra indefinida, ese es el verdadero dilema”, declaró nuestro embajador plenipotenciario, Nicolás Tirist, dándoles a entender que por su parte cedía ante una de las exigencias de Polk, que era arrancar a México la península de Baja California.
Respecto al desorden del ejército mexicano, debería plantear una pregunta: ¿Qué fidelidad se puede esperar de un ejército que no les proporciona alimento suficiente, paga, uniforme ni abrigo en época de frío?
Lo de la corrupción se constriñe a un hecho: El administrador militar del general Scott (por órdenes del presidente Polk), lleva un cofre con miles de dólares plata que, en las pláticas y treguas con los generales mexicanos, se va aligerando al parejo de las contraórdenes que se dan al otro lado de la línea de combate, con el resultado que conocemos. Los mexicanos no han ganado una sola batalla de las más de veinte que hemos sostenido desde que iniciamos la expedición de conquista. Todo un misterio, ¿verdad?
Finalmente hay algo de lo que no he hablado hasta ahora. Se trata del “Destino Manifiesto” que ha sido la filosofía de la nación americana apenas independizarse. En Estados Unidos se tiene la conciencia (yo cada vez menos) de que nuestra misión es gloriosa y tiene por objetivo salvar de la barbarie al resto del continente. En este país derrotado el futuro no existe; lo que sí, cantar al compás de una guitarra y gritar de gusto con una botella de mezcal en la mano.
Hace una semana que no veo a Leonor. Ha dejado de asistir como traductora a las juntas de negociación. Lo último que hicimos juntos fue contratar la venta de aquel predio junto al Río del Consulado (tres acres), donde quedará ubicado el cementerio americano que permitirá ofrecer sepultura a los 752 soldados que perdieron la vida en los combates del Valle de Anáhuac.
Sueño con ella. Me temo lo peor. ¿La habrá matado su marido, el licenciado José de la Macorra, apenas retornar?
FEBRERO 17 De 1848
Esta mañana preparaba mi equipaje cuando alguien llamó a la puerta de mi aposento. El sábado partiré en el convoy de carretas que enfila hacia Veracruz, para de ahí embarcarme. Saldremos 400 efectivos, entre ellos vamos los 160 rifleros que quedamos del Regimiento de Tennessee.
El último despacho que envié al New York Herald fue un reportaje sobre los renegados irlandeses del Batallón de San Patricio, que desde los primeros combates se pasaron al bando mexicano. Casi todos resultaron prisioneros en la Batalla del Convento de Churubusco, y la mitad de ellos fueron ejecutados en la horca o fusilados. Su líder, el capitán John O’Reilly, por cierto salvó la vida gracias a su grado militar aunque fue marcado con una “T” de hierro en el rostro, como estigma de TRAIDOR. Envié la gacetilla pero tengo noticia de que no la publicaron. A nadie en América le interesa demasiado la historia de un puñado de traicioneros que pusieron en jaque a las tropas del general Scott. Eran “voluntarios”, después de todo, porque eso son la mitad de los integrantes del ejército de ocupación: gente nacida en Europa (alemanes, franceses, italianos y muchos irlandeses) que recién desembarcados en América vieron muy conveniente enrolarse como reclutas del ejército en movilización. No se les tiene demasiada confianza, pero han combatido como el mejor.
Te decía, esta mañana alguien llegó a la puerta de mi cuarto, y al insistir la reconocí. “Señor Warner… don Simoncito”. Era, indudablemente, Petra, la sirvienta que siempre acompaña a Leonor. Le abrí y me dijo que portaba una carta secreta que ella de inmediato disculpó. No sé leer sus letras, señor; me dijo.
Invité a la “dama de compañía” a que bebiera un vaso de agüita de limón, que es la mejor manera de tener alejados a los catarros. Tomamos asiento alrededor de la mesa y fue cuando ella descubrió los preparativos de mi viaje.
El viernes parto para mi país, le dije. Ya hemos dado demasiada guerra por acá. Y ella sí, dijo: “Nos han rompido la madre, pero sobrevivimos”.
Entonces comenzó a darme noticias de Leonor, a la que no he visto en semanas. Dijo que su marido, el licenciado De la Macorra, había retornado por fin de su exilio en Querétaro “y ahora que la guerra ya se arregló y ustedes los gringos ya se van, todo volverá a estar como antes en esta patria rompida”.
Petra es, con todo, una mujer prudente. No quiso hablar de más ni abundar en ironías. Lo que sí, dijo al final, es que la señora Leonor está haciendo cosas extrañas que no debiera. Como loca. Tira por la ventana las tazas del café, pinta los espejos con agua de cal. Cosas raras, y el señor José sólo se ríe. Debe ser por tantos días de separación, la disculpa él.
Después se tomó otra limonada y al final me pidió un cigarro. Abrió el postigo del balcón y mirando la explanada de La Ciudadela, donde está acantonado el último cuerpo de caballería de nuestro ejército, dijo: “Es que fumar me pone contenta”, y me entregó la carta que guardaba en el seno.
Luego se puso a cantar esa linda melodía, “…y al apurar la copa del placer con loco frenesí”. Es lo que me dice Leonor en su carta:
“Simón, capitán mío. Creo que ya nunca más nos veremos y las lágrimas que me quedan, todas, te pertenecen. Mis labios se han marchitado sin tus besos, mis ojos no hacen más que buscarte en los demás rostros, mi cuerpo está como suspendido en el vacío que dejan tus manos. Mi cuerpo que va marcado ya por tu simiente. Sí, me has dejado cruzada como una perra en celo. Perdona, perdona.
“La guerra ha sido lo mejor que nos pudo haber ocurrido. Sin ella no te hubiera conocido, aunque desde siempre supe que se trataría de una pasión desbordada. Al aceptar tu cercanía comprendí que lo siguiente sería el abismo, y me precipité contigo. O sin ti.
“Ha regresado mi marido. Es un señor que me trata con cariño, que recuerda muchas historias de mi juventud, que ama a su Patria primero que nada. Esta patria destrozada que no supimos defender. José quiere que tengamos muchos hijos ahora que la República hallará por fin sosiego. Y se afana todas las noches en eso; y tendrá, ya verás, a su hijo de la Macorrita. Pero no será más que un señor que me acompaña en los días como laberinto en que se ha convertido mi existencia. Estoy muerta, Simón. Sin ti estoy simplemente muerta.
“Esta tarde soplaba el viento. Le pedí que me llevara con él, y ahora habito en el aire. No se lo digas a nadie. Y cuando la brisa toque tus labios, sábelo de una vez: soy yo besándote por siempre y hasta lo último.
“Tuya y perdiendo el seso, Leonor”.
Leí la carta varias veces, luego que se despidió la criada. No sé qué más decir. Aseguran que el vapor que nos recogerá en Veracruz el domingo será el Mary Fog. Así que debo aligerar el equipaje pues el baúl está repleto de regalos, manteles, collares y abalorios. Voy a cumplir dos años de ausencia en Jersey City, donde lo primero que haré será visitar tu tumba, Steve hijo mío.
Hay que aligerar. Quemaré estos papeles. El capitán Warner del 17 de Fusileros se despide llorando de rabia. Tenía razón Petra, esta mañana cuando en mi balcón cantaba “…y si al apurar la copa del placer con loco frenesí, te sonríen la dicha y la ventura; olvídate de mí, olvídate de mí…”
Simón T. Warner,
sargento del 17 Regimiento de Rifleros de Tennessee.
AQ / MCB