Cultura

Gustavo Sainz: Padre y cuñado/ I de II

Fragmento

Los hermanos menores de Rosita, su primera esposa, tuvieron una gran cercanía con el autor de ‘Obsesivos días circulares’. Uno de ellos narra esta historia que nos adentra en lo más íntimo del escritor.

—Hola, Gustavo. ¿Cómo estás? Habla Fernando.

Al otro lado de la línea estaba Gustavo Sainz, quien me contestó como siempre, con esa voz tan suya y la alegría de reconocerme.

—Muy bien, Pollo. Gracias por regresar la llamada.

—Sí, dime, ¿qué se te ofrece?

—Mira, la Feria del Libro de Guadalajara comienza dentro de un mes y quisiera que me acompañes. Vamos a estar como una semana. Pero también me gustaría que te vinieras a vivir conmigo.

La última parte de su propuesta ya me la había hecho en dos ocasiones. La primera fue cuando mi familia —siete hermanos y mis padres— pasaba por una mala racha económica; yo tenía 11 años. La segunda, cuando vivía en Los Ángeles y acababa de graduarme de la preparatoria. Las dos veces, esa invitación cambió mi destino.

Gustavo Sainz entró en mi vida cuando empezó a salir con mi hermana Rosita. Vivíamos en la colonia Del Valle, en Gabriel Mancera, junto a la fábrica de cosméticos Max Factor. Nosotros vivíamos en el departamento 11, al fondo de la privada. Gustavo, en el departamento A. Casi siempre llevaba una cámara fotográfica y, de vez en cuando, tomaba fotos de mi pandilla de amigos con quienes jugaba en la calle. Esas imágenes, que aún conservo, son las únicas de mi infancia.

Cuando Gustavo y Rosita llegaban de la preparatoria, se sentaban en la mesa del comedor a hacer la tarea. Gustavo, mis hermanos y yo teníamos un juego: en una hoja de cuaderno, Gustavo nos pedía que dibujáramos un garabato, y de ese garabato él sacaba una imagen reconocible. Por más que intentábamos dibujar algo irreconocible, él lograba convertirlo en un gato, un perro, una cara con sombrero, una muchacha caminando. ¡Era algo mágico!

Más adelante, cuando vivíamos en Río Nazas, el padre de Gustavo le entregó una carpeta negra, de dibujante, con una historieta que él había hecho en su adolescencia. Me sorprendió lo bien que dibujaba y la nitidez de su letra. En ese tiempo descubrí en la biblioteca de Gustavo la antología de Flash Gordon, y sus dibujos tenían la misma calidad que los de un artista reconocido.

Rosita y Gustavo se casaron y se fueron a vivir a Río Po 5; los dos le sugirieron a mi mamá que mi hermano Jorge y yo nos fuéramos a comer a su casa al salir de la escuela. La primaria a la que asistíamos, Alberto Correa, se encontraba en la colonia Roma. A la salida caminábamos por Medellín, cruzábamos la avenida Chapultepec y continuábamos por Varsovia hasta llegar a Paseo de la Reforma. Rodeábamos la glorieta de El Ángel de la Independencia, donde estaba el Sanborns. Ya estábamos cerca…

El pequeño departamento de Rosita y Gustavo estaba en el tercer piso. Al abrir la puerta, a la izquierda, una puerta blanca decorada con grabados de Alberto Durero, daba acceso a la cocina. El pasillo conducía a una habitación, con una ventana amplia a la izquierda. La pared blanca de la derecha estaba llena de marcos negros con fotos de escritores y dibujos de amigos; nunca había visto una pared como esa; en mi casa lo único enmarcado era al Arcángel San Miguel. Gustavo tenía “El Beso”, un grabado de Posada, impreso en papel verde; un collage de Arnaldo Coen muy colorido, hecho de papeles en tonos azules, morados y rojos, que era una propuesta para la portada de El tambor de hojalata, de Günter Grass. Lo que más llamó mi atención fue que pegó algodón en el tambor. También había un dibujo en línea negra de Arnaldo, que aún conservo. Una mesa redonda con sillas de piel café, estilo colonial, ocupaba la mitad del cuarto, y frente a la ventana había un pequeño sillón. El espacio se dividía por un mueble hecho a medida, donde estaban el estéreo y dos grandes bocinas que nunca dejaban de sonar. Las paredes restantes estaban cubiertas por libreros de piso a techo, con libros perfectamente acomodados. En el escritorio, también de estilo colonial, había una máquina de escribir Olivetti; detrás de él una silla giratoria de piel blanca. Al fondo, un corredor a la izquierda conducía al baño, a la recámara, donde un póster de la película francesa Alphaville cubría media pared. Tengo una foto que Gustavo me tomó frente a ese cartel; me comentó que la usó para la portada de un libro.

Gustavo Sainz
Gustavo Sainz, 1940-2015. (Especial)

En esos años, Gustavo dirigía la revista Caballero, con entrevistas, crónicas y una sección fotográfica al desnudo. Rosita, siempre dedicada al estudio, asistía a clases de inglés, biblioteconomía y muchas otras cosas. Cuando llegábamos, Rosita ya tenía la comida lista y, en su afán por practicar sus clases de cocina, nos servía platillos que nunca había visto ni probado antes. Así, disfruté la sopa de cebolla, crema de zanahoria o champiñones, ostiones al horno. Y, por supuesto, las enchiladas suizas, el platillo favorito de Gustavo, acompañadas de pan recién horneado, que Jorge y yo íbamos a comprar a la panadería Elizondo, en Río Lerma.

Gustavo llegaba alrededor de las dos y media de la tarde; lo primero que hacía era darle un beso a Rosita, gesto que presencié durante todo el tiempo que viví con ellos y que me sorprendía. En mi casa esos actos de cariño no se demostraban. Después de lavarse la cara y las manos, nos sentábamos a comer y la conversación giraba en torno a los acontecimientos del día. Tras el postre, Rosita se iba a lavar los trastes y Gustavo se sentaba en su escritorio a revisar correspondencia y a escribir alguna carta. Para entonces, ya eran las tres y media, momento en que Jorge y yo comenzábamos a prepararnos para regresar a casa. Gustavo sacaba dos pesos de un cajón de su escritorio y nos los daba para cubrir el pasaje del camión de regreso y del día siguiente, que costaba treinta centavos. Nos quedaban 40 centavos para comprar algo durante el recreo.

Con la mochila a la espalda, salíamos del edificio y caminábamos hacia la esquina del cine Insurgentes, donde abordábamos el camión Popocatépetl. El trayecto era largo: salíamos del edificio, llegábamos a la esquina de Río Po y Río Lerma, girábamos a la izquierda hacia Río Danubio, cruzábamos Paseo de la Reforma y seguíamos por Amberes hasta Liverpool, donde girábamos a la izquierda y caminábamos una cuadra más para llegar a Génova, que cruzaba con avenida Insurgentes. Hicimos esa caminata por casi año y medio. Ese recorrido nos permitía explorar toda la Zona Rosa. Observábamos a la gente joven en los cafés y restaurantes. De vez en cuando, entrábamos a la galería Misrachi a ver exposiciones. Allí descubrí con asombro a José Luis Cuevas y a Pedro Friedeberg, cuya silla de mano tallada en madera me fascinaba. En Los Ángeles pude comprar una de sus bellas esculturas.

Si teníamos suerte y el camión no venía lleno, el viaje era rápido; pero normalmente duraba unos 45 minutos, con gente subiendo y bajando, y jalando el alambre del timbre para pedir parada. Dependía de qué tan cansados estuviéramos y, si conseguíamos asiento, uno de los dos cerraba los ojos y tomaba una siesta, pero el otro debía estar atento para no pasarnos de nuestro destino. Cuando el camión giraba en avenida Coyoacán hacia José María Rico, era momento de prepararnos para bajar; al pasar Amores, nuestra parada era la siguiente, y llegábamos a Gabriel Mancera.

Gazapo se publicó en diciembre de 1965. Yo tenía 11 años y, como era costumbre, Gustavo y Rosita llegaban a la casa a comer por ser domingo. Gustavo le regaló a mi mamá un ejemplar de su libro. Me sorprendió ver la cara de mi hermana, plasmada en la portada, con esa sonrisa tan suya. No tenía ni idea de lo que significaba ser escritor, pero al escuchar a Gustavo decir que las críticas de su novela eran muy favorables, me hizo pensar que ya era famoso. Le pregunté qué significaba gazapo. Me respondió que es el nombre que se utiliza para referirse a los conejos recién nacidos. Cuando mi hermana Rosita comenzó a salir con Gustavo, ella se refería a él como mi conejito.

Con grandes sacrificios, mi hermana y Gustavo lograron ahorrar para dar el enganche de su primer auto, un Volkswagen color crema claro. De vez en cuando, nos daban un aventón a la parada del camión o nos llevaban hasta Gabriel Mancera, mencionada en Gazapo. Ese paseo terminó cuando les robaron el carro frente a su edificio. Cuando llegamos a su casa a comer, Gustavo se encontraba un poco triste; el auto no apareció y el seguro no cubría todo el costo del coche.

Mi padre ya se encontraba en Estados Unidos, y era momento de comenzar a tramitar los papeles para que toda la familia emigrara. De un día para otro, dejé de ser mexicano y me convertí en estadunidense. Mi madre, quien desde niña tuvo una vida muy difícil, fue la salvación para que mis hermanos y yo pudiéramos vivir en Estados Unidos sin miedo a ser deportados. Cuando más lo necesitábamos, mi mamá sacó del ropero su acta de nacimiento, donde constaba que había nacido en Estados Unidos. La ley establece que cualquier hijo de mujer estadunidense es reconocido como ciudadano. Fue en esos días cuando Gustavo, por primera vez, nos invitó a Jorge y a mí a vivir con ellos. Aceptamos. El argumento que utilizó Gustavo para convencer a mi mamá fue muy sencillo: planteó que emigrar toda la familia al mismo tiempo sería complicado, que era mejor que ellos se fueran primero; cuando ya estuvieran bien establecidos, Jorge y yo los alcanzaríamos.

No nos fue difícil aceptar esa invitación; ambos sentíamos un profundo cariño por Gustavo y Rosita. Nos dieron las llaves del departamento. Además, llegar a su casa era como abrir un baúl lleno de sorpresas, donde cada cosa que hacíamos era reconocida, celebrada e impulsada a crear más. Por ejemplo, el día en que mi hermano y yo, con las prendas de vestir de Rosita —botas, medias, suéter, falda, sombrero y otras—, hicimos el maniquí de una mujer acostada en su cama. Cuando Gustavo llegó a comer, le dijimos que entrara con mucho cuidado a su recámara, porque alguien reposaba en su cama. La carcajada de Gustavo fue tan grande que se escuchó por todo el departamento.

Un día, cuando entramos al departamento, el suelo estaba cubierto de pilas de revistas Playboy y de la revista francesa Lui. Rosita no estaba, y Jorge sacó dinero del cajón y salió a comprar el pan. Yo, de inmediato, me arrodillé en el piso y comencé a hojear las revistas, especialmente la página doble del centro, donde un gran desnudo abarcaba el espacio. Estaba tan concentrado que no escuché entrar a Gustavo; se paró detrás de mí. No lo sentí hasta que me preguntó qué estaba haciendo. Volteé a verlo y respondí:

—Nada—. Y me quedé callado.

—Está muy bonita esa foto, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

—¿Puedes decirme dónde puso la cámara el fotógrafo?

Desconcertado, volví a mirar la foto y con el dedo le indiqué donde creía que estaba.

Su segunda pregunta me pareció aún más confusa:

—¿Puedes decirme de dónde viene la luz?

Observé la foto y distinguí que la luz venía de arriba y a la derecha, ya que una sombra muy tenue en el rostro de la modelo caía suavemente sobre su pecho. Con el dedo le indiqué de dónde creía que provenía.

Con una sonrisa me respondió:

—Claro, tienes razón. Y por eso, la composición de la foto es muy bella, ¿verdad?

Sin más se dirigió al baño para lavase cara y manos. En unos minutos me dio una lección de estética que cambió la forma en que veo un desnudo; incluso, una pintura.

Más tarde, cuando Gustavo comenzó a publicar la revista Eclipse, siguiendo el formato de Playboy, continuó colaborando con el fotógrafo Aníbal Angulo, con quien ya había trabajado antes. Gustavo consideraba innecesario comprar los derechos de las fotos publicadas en revistas extranjeras porque en México había mujeres muy bellas. Y también existía el talento suficiente para competir, en cuanto a fotografía de desnudos, con cualquier publicación internacional.

Así fue como empecé a estar presente en esas sesiones fotográficas, ayudando a Aníbal con la iluminación. Nunca se lo conté a mis amigos; ellos verían ese trabajo con morbo. Para mí, era una experiencia artística. Además, Aníbal me prestó su cámara y me invitaba a su casa, donde tenía su cuarto oscuro y me enseñó a revelar.

Recientemente, pude comunicarme con Aníbal; vive en La Paz, Baja California, y le pregunté si todavía tenía el negativo de la sesión con Helena Rojo, en la que le pintó todo el cuerpo con pintura dorada para la portada de Eclipse, imagen que considero arte puro. Me dijo que sí, que me lo enviaría y que podía imprimirla del tamaño que quisiera. La imprimí en gran formato y ahora es parte de mi colección.

El departamento de Río Po era muy pequeño y solo tenía una recámara, por lo que, en menos de un mes, Gustavo alquiló un departamento de dos recámaras, a media cuadra de donde vivían. El edificio de Río Lerma 136 tenía grandes ventanales que daban a la calle. El camión de la mudanza movió muebles, ropa y bultos grandes. Los libros se trasladaron de Río Po a Río Lerma en pilas de diez, cargados por Jorge, Rosita, Gustavo y yo. En ocasiones, también Balmori. Gustavo, Jorge y yo medimos las paredes y la distancia del piso al techo. Con esas medidas, Gustavo se sentó en la mesa del comedor —con papel en blanco, dos escuadras, regla y lápiz— y comenzó a diseñar cada librero a escala.

Quienes tuvieron el privilegio de estar en su casa recordarán lo bien organizados que estaban los estantes del librero: no eran solo tablas horizontales y verticales, sino que cada espacio estaba diseñado para acomodar libros de cierto tamaño, espacios para revistas y, sobre todo, para su gran colección de discos. En una ocasión, tomé un libro para hojearlo, Gustavo me dijo:

—Mira, Pollo, como puedes darte cuenta, todos mis libros parecen como nuevos —y tomó el libro que estaba leyendo con mucho cuidado—. El truco es que no hay que romperles el lomo. Con su dedo me indicó a qué se refería. A continuación, me dio toda una lección sobre la anatomía de un libro:

—Mira, esta página es la portada, y la de atrás es la contraportada; esto se llama la solapa, y las hojas de adentro, páginas interiores.

Escribiendo esto me doy cuenta de su éxito como maestro de la Universidad. No solamente fue su habilidad de comprender la curiosidad de cada alumno sino que, sin pensarlo, le salía esa claridad para explicar con suma paciencia.

Vivimos en Río Lerma durante un año y nos adaptamos muy fácilmente a la nueva rutina, pues conocíamos bien el camino a la escuela y nuestros deberes, que no eran muchos. No sé con exactitud a qué se dedicaba Gustavo en esa época, ya que había dejado de dirigir la revista Caballero y aún no daba clases en la Universidad. Lo que sí recuerdo es que Rosita y él se levantaban muy temprano para ir a Cinematografía, cuyas oficinas estaban en el Monumento de la Revolución, donde le pagaban por ver una película, escribir un reporte y decidir si era apta para adultos, adolescentes, adultos o entrada general. Cuando estábamos de vacaciones, Jorge y yo íbamos con él. Además de películas, también se censuraban todos los programas de televisión; incluso, las caricaturas. Lupita Dueñas era la encargada de revisar los programas de televisión. Y el actor Manuel Rivera, junto con Gustavo, se encargaban del cine. Posteriormente, cuando Gustavo y Rosita se fueron a vivir por un año a Iowa, Gustavo propuso que Balmori ocupara su puesto de censor en la Cineteca, donde posteriormente llegaría a ser director.

El primer sábado que amanecimos en nuestra nueva casa, Gustavo nos dijo que tenía que ir a Bellas Artes y que le gustaría que lo acompañáramos. Los tres salimos y llegamos a Reforma, nos detuvimos frente a la embajada americana. Yo observaba, con asombro, a los choferes de taxi, que sacaban la mano e indicaban con los dedos uno o dos. Le pregunté a Gustavo:

—Qué significa eso.

—Son peseros. El que señala con un dedo va al Centro y cobra un peso; el de dos se sigue por toda Reforma y cobra dos pesos.

Nos bajamos en la Alameda y conocí a la hermosa Librería de Cristal.

Por esos tiempos, Gustavo escribía una columna para el suplemento cultural del periódico El Día, la cual Jorge o yo llevábamos a las oficinas de avenida Insurgentes, cerca del Parque de la Madre. Me gustaba llevar la columna; después de dejar el artículo, caminaba media cuadra para llegar a la nevería La especial de París, donde vendían la nieve de café más sabrosa que he probado. Compraba dos bolitas de helado, que iba disfrutando de regreso a la casa.

Recuerdo que, en una ocasión, Gustavo recibió la llamada de un director de un programa de lectura rápida y comprensión para niños; contrató a Gustavo para desarrollar el programa: nos utilizó a Jorge y a mí como conejillos de india haciéndonos leer y, luego, aplicándonos exámenes. Para mí, aquello era un verdadero calvario, pues, por más que me esforzaba, no obtenía buenas calificaciones. En esos años, la dislexia era un tema desconocido y, sin saberlo, yo la padecía. Es doloroso recordar la angustia que me causaba asistir a la escuela. Ese capítulo de mi vida fue muy confuso, ya que, aunque me esforzaba por sacar buenas notas, tanto las matemáticas como la lectura se me dificultaban, lo que me obligaba a esconderme detrás de los compañeros por la vergüenza de ser considerado tonto. En el salón de clases, siempre me sentaba en la última banca para que la maestra no me pasara al pizarrón o me pusiera a leer.

Esa época fue una exploración permanente para Jorge y para mí. Por ejemplo, los sábados íbamos con Gustavo a la librería de Polo Duarte, Libros Escogidos, en avenida Hidalgo 17, frente a la Alameda Central, a la cual llegábamos en un pesero. Polo siempre estaba detrás del mostrador y rodeado de varias personas. Cuando veía a Gustavo entrar, le hacía muchas bromas que todos le festejaban. Sé que estaban varios escritores reconocidos, pero nada más me acuerdo de Otaola, escritor español, a quien Gustavo quería mucho. Cuando Polo cerró la librería y necesitaba trabajo, Gustavo le pidió a Balmori que le diera trabajo como censor de programas infantiles.

Uno de los visitantes más frecuentes al departamento de Lerma era Gabriel Careaga, profesor en la Facultad de Ciencia Políticas y Sociales en la UNAM; casi iba a diario. Estaba escribiendo su libro Mitos y fantasías de la clase media en México. Cada capítulo que él escribía, Gustavo lo editaba y hacía que lo reescribiera.

Gustavo estaba escribiendo Obsesivos días circulares. En las pláticas con sus amigos, él mencionaba a James Joyce y su novela Ulises. Yo también quería escribir mi novela. Le pregunté cómo comenzar y él me comentó que escribiera de lo que sabía y de lo que me pasaba. Con esta información, comencé a escribir sobre mi escuela, mis problemas por la dificultad de poder platicar con niñas; sobre todo, con la que secretamente me atraía. Todo lo escribí detrás de las hojas que Gustavo había descartado de su novela. Me festejó este intento; a tal grado que ante cualquier invitado, él sacaba mi novela y se la leía. Por ejemplo, Ofelia Medina —minifalda, botas y pelo corto— escuchó la lectura de mi novela. Cuando Gustavo terminó de leerle mis aventuras, la hermosa Ofelia exclamó:

—¡Pero lo más interesante es su ortografía! ¡Y la habilidad de olvidarse de puntos y comas!

Otro visitante era Luis Guillermo Piazza, escritor y creador argentino con un humor increíble; nos hacía reír como locos a Jorge y a mí. Cada vez que llegaba a la casa, nos traía un montón de cómics, ya que era uno de los fundadores de la Editorial Novaro. Bajo su dirección, y por ser un gran promotor de la literatura joven, le publicó a José Agustín su primera novela, La Tumba. Él fue quien se dio cuenta de cómo mi hermano y yo terminábamos nuestras oraciones.

Por ejemplo, cuando alguien preguntaba si Gustavo estaba en casa, Jorge decía:

—No, ahorita no está.

—Pero nos dijo que no tardaría —yo agregaba.

De ahí que nos apodó los sobrinitos del Pato Donald. Años más tarde, cuando yo tenía veinte años, siempre me encontraba a Luis Guillermo Piazza en la Zona Rosa, muy bien vestido y, por supuesto, haciéndome bromas sobre mi galanura. Entre sus anécdotas, mencionaba a escritores como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Benítez, así como al pintor Cuevas, a quienes llamaba La Mafia. A Piazza se le atribuye haber bautizado a la Zona Rosa con ese nombre.

José Mendoza Nemorio o Alfonso Tovar eran maquetistas y trabajaron con Gustavo en varias publicaciones; llegaban a la casa cuando él los necesitaba. Porque otro de sus negocios era diseñar portadas de libros que varias editoriales le encargaban. Leía el libro, escribía la solapa y le pedía a algún amigo artista una ilustración. Encargaba la tipografía a Becerril —su local estaba por el Reloj Chino— donde varias veces fui a recogerla, y armaban la maqueta que sería enviada a la imprenta. Ese proceso me fascinaba, pues veía cómo Nemorio utilizaba las escuadras, entintaba las dimensiones de la portada y me explicaba que una línea sólida de unos centímetros indicaba el corte; una quebrada, el doblez. Posteriormente, Gustavo, con lápices de colores, indicaba de qué color sería cada elemento y si la impresión fuera a cuatro, tres o dos tintas; si la foto, a todo color o a dúo-tono. Ver el producto final era, y sigue siendo, un momento mágico. Estos aprendizajes a tan temprana edad me fueron muy útiles para ganarme la vida como diseñador. Posteriormente, abrí mi agencia de publicidad; entre mis clientes estuvieron los estudios de Hollywood, para los que diseñé varios posters cinematográficos.

Un tremendo aguacero hizo que, de nuevo, tuviéramos que mudarnos. El departamento tenía un tragaluz en la sala, donde se encontraba un sillón azul. Cuando Gustavo se dio cuenta, tuvimos que mover muebles y, sobre todo, sus preciados libros. Al otro día comenzó a buscar un nuevo departamento. Así fue como llegamos a vivir a Río Nazas 77, departamento 6.

En cada cambio, su biblioteca crecía: había más paredes y más libreros que diseñar. Utilizando los libreros ya construidos, hacía modificaciones; esa vez, decidió poner todos los libros de arte —por ser los más altos— en el último anaquel del librero; así, unificó el diseño en todo el departamento. Nuevamente, los libros representaron el mayor desafío. Los transportábamos en grupos de, aproximadamente, 15 ejemplares, principalmente, entre Gustavo, Jorge y yo; en ocasiones, también nos ayudaban Rosita y Balmori. Esta vez, tuvimos que recorrer más de tres cuadras y media; además, subir tres pisos.

Gustavo nunca tuvo un trabajo de nueve de la mañana a seis de la tarde. Pero todo el tiempo escribía su columna, le llegaban guiones de películas para editarlos. O colaboraba con directores de cine como Alfonso Arau o Jorge Fons. En general, estaba en la casa, escribiendo o planeando cómo atraer capital para hacer realidad la infinidad de ideas que tenía para editar publicaciones: Eclipse, Casos Clínicos, Siete, Revista de Bellas Artes y el suplemento La Semana de Bellas Artes.

Gustavo me enseñó a jugar ajedrez. Sacó su tablero y comenzó a explicarme cómo se movía cada pieza. En la librería de Polo, encontró los libros Ajedrez para principiantes y Cómo dominar el centro del tablero. Jugábamos unas tres partidas mientras almorzábamos o comíamos. Al principio, me ganaba en tres o cuatro jugadas, pero entre más perdía, más quería aprender. Con el tiempo, un día pude ganarle.

Su espíritu infantil y creativo lo condujo a convertirse en maestro. Una escuela privada en la Zona Rosa lo invitó a impartir una clase de escritura para niños, experiencia que le fascinó. Tras ese semestre, le pidieron que diera clases a estudiantes de preparatoria, la mayoría mujeres, y nuevamente descubrió que disfrutaba mucho el vínculo con los alumnos. Fue cuando les pidió a sus amigos editores los libros que iba a recomendar en sus clases. Y se los vendía a un precio muy rebajado. Así, con el apoyo de Gabriel Careaga pudo impartir clases en Ciencias Políticas.

Gustavo tenía el don de recordar todo y de crear historias a partir de la nada. Cuando lo acompañaba a la UNAM y regresábamos a casa, el tráfico era desesperante. Para pasar el tiempo, yo le señalaba a alguna persona que caminaba o esperaba el semáforo y le pedía que me contara algo sobre ella. Su mente era tan rápida que inventaba todo un escenario: explicaba por qué esa señora estaba despeinada y por qué fumaba con ansiedad. Era tan ágil que lograba hacerme reír a carcajadas con sus historias. De alguna manera, ese ejercicio era parecido a cuando de un garabato él lograba ver algo que yo no veía. Ese don lo usaba para hacerse más interesante. Como cuando un estudiante de la preparatoria fue a entrevistarlo para el periódico de la escuela. Al terminar, el estudiante le pidió algunas fotos. Gustavo sacó varias de su archivo. El estudiante le pidió una descripción de cada foto. En una de ellas, Gustavo tenía diez años, con una bandera en la mano derecha. Le preguntó dónde había sido tomada y Gustavo, sin dudar, respondió que fue en París, el día que las fuerzas americanas liberaron Francia, y que su padre y él fueron a celebrar la liberación. El estudiante le dio las gracias y se fue. Yo le dije:

—Oye, Gustavo, tú nunca has ido a Francia.

—Ay, Pollo, si no te inventas tú, ¿pues quién?

Por eso, mi hermana lo apodaba Sainz Fiction. Hoy, leo algunos artículos sobre él y me doy cuenta de que siempre se estaba inventando.


* Este texto forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.

AQ / MCB​

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