Cultura

Quiero hablar de La Semana de Bellas Artes | Un testimonio en defensa de Gustavo Sainz

Fragmento

Entre escritores, excesos culturales y censura política, una crisis editorial terminó convirtiéndose en una injusta condena pública contra Gustavo Sainz, cuya figura sigue marcada por un episodio que no provocó.

Para Alessandra, Claudio y Marcio

En mis tiempos de estudiante de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, tuve maestros extraordinarios: Manuel Buendía, Julio Scherer, Alberto Dallal, Froylán M. López Narváez, Miguel Ángel Granados Chapa, René Avilés Fabila y una pléyade de sudamericanos exiliados en México. Con quien más acercamiento tuve fue con Gustavo Sainz y, con el paso del tiempo, llegué a ser su profesor adjunto.

Gustavo impartía varias clases; me entusiasmó la de Literatura y Sociedad, porque nos hacía leer con voracidad novelas europeas, norteamericanas, latinoamericanas y mexicanas, con orden y disciplina. Para mí fue un deslumbramiento, pues hasta entonces leía en forma caótica; sobre todo, historietas y libros obligados de distintas materias. Gustavo fue, con Avilés Fabila, mi director de tesis de licenciatura, y me abrió las puertas de su extraordinaria biblioteca (40 mil volúmenes) en dos departamentos hechos uno solo en Río Nazas. Lo inaudito es que me prestaba libros especializados, algo que jamás había hecho con nadie.

Porfirio Muñoz Ledo invitó a Sainz a hacerse cargo de la Dirección de Literatura del INBA, y este llevó consigo a dos de sus alumnos; a mí me invitó a apoyarlo en sus funciones de asesor literario de la Editorial Grijalbo. Le hacía dictámenes de lectura, que me pagaba de su bolsillo. Sus oficinas estaban en un viejo edificio de la calle de Dolores. Me incorporé formalmente a su equipo cuando Literatura se mudó al tercer piso de la Torre Latinoamericana. Por obra y gracia de Gustavo se hizo la Librería del Palacio y se fomentaron las presentaciones de libros. En la Sala Manuel M. Ponce creó el ciclo de conferencias que se hicieron masivas a raíz de la presencia de autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Mario Benedetti, José Donoso y de mexicanos como Carlos Fuentes y Luis Spota. Pero también porque se ofrecían cocteles espectaculares de barra libre con whisky, ron, vodka y vinos de buenas marcas, además de canapés de calidad indiscutible. Eran los tiempos en que el presidente José López Portillo se ufanaba de la bonanza nacional, la cual debíamos aprender a administrar. Las presentaciones constantes de libros no fueron poca cosa, porque antes se hacían solo para los amigos en casas particulares o en bares —asistí a la de La princesa del Palacio de Hierro, del propio Gustavo, que se efectuó en una galería de la Zona Rosa—; de ahí en adelante, las instituciones educativas y culturales se sumaron a esa práctica: la UNAM abrió las puertas, para tal efecto, de su librería de Insurgentes Centro.

Pero sin duda, el proyecto mayor que encabezó Gustavo Sainz fue La Semana de Bellas Artes, un suplemento cultural que se insertaba cada miércoles en cuatro o cinco periódicos de circulación nacional, con un tiraje de 300 mil ejemplares. En el semanario se daban cita las mayores expresiones del arte nacional y extranjero, con alguna frecuencia se hacían números monográficos sobre poesía polaca o brasileña, o en torno a una materia determinada, como cuentos de Navidad y Año Nuevo. El equipo estaba formado por jóvenes recién salidos del cascarón universitario y entre los ilustradores estaban tres de los hermanos Castro Leñero. Ahí publicaron sus primeros textos escritores que ahora son figuras del mayor nivel.

La Semana de Bellas Artes se volvió una lectura socorrida porque, además de la calidad de sus materiales, tenía la frescura de incluir desnudos femeninos y “malas palabras” cuando eran indispensables. Una vez se publicó el cuento “Únete pueblo” de Emilio Carballido, que abordaba el asunto del Movimiento Estudiantil del 68, en el cual el gobierno no salía muy bien parado. La respuesta indignada de periodistas de distintos medios fue inmediata: ¿Cómo es posible que en un medio oficial se publiquen estos ataques? Respecto de las palabras altisonantes, se recibieron cartas de protesta de la Presidencia, de Gobernación, etcétera; en cuanto a los desnudos, Bremer se vio obligado a revisar todo el material gráfico antes de que fuera publicado. Por otro lado, hubo aciertos editoriales por lo menos curiosos: se publicó la novela Obliteración, de Rodolfo Usigli, prácticamente inédita hasta entonces, exactamente el día en que el autor murió. Luego, un cuento y retrato en portada del casi desconocido Luis Zapata, quien dos días más tarde fue anunciado como ganador del primer Premio de Novela Juan Grijalbo con El vampiro de la colonia Roma, un hito en nuestra literatura.

Es de un episodio grave y de consecuencias nefastas para La Semana de Bellas Artes de lo que quiero hablar.

Gustavo recibió invitación de la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, para incorporarse a su plantilla docente. Bremer aceptó la renuncia de Sainz. Y nombró como director del semanario al oscuro “licenciado” Abraham Orozco, que no sabía ni de periodismo ni de literatura ni de nada. Su ignorancia era mayúscula, y nos burlábamos de él tratándole asuntos técnicos que por supuesto desconocía. “Ustedes resuélvanlo como mejor convenga”, solía ser su huida.

Cierta vez armamos un número dedicado a Fernando del Paso, quien vivía en Londres. Contendría una larga entrevista que le hice a propósito de su novela Palinuro de México, publicada en España por Alfaguara y que en México solo Sainz y yo parecíamos haber leído. Además, el maravilloso texto “Camarón, Camarón”, que habría de formar parte de la novela entonces en proceso Noticias del Imperio, que Fernando nos adelantó amablemente. El número estaba formado cuando llegó Orozco y ordenó que sacáramos “Camarón, Camarón” porque debían aparecer fotos de la Revolución sandinista en Nicaragua, tan de moda, pero ya muy manoseada por los medios. De nada valieron mis protestas, y en consecuencia renuncié a la redacción del semanario y pedí mi cambio a otra área de la Dirección de Literatura. Poco después renunció la otra parte del equipo, y el tal Orozco debió formar uno nuevo, con gente asimismo joven, pero más ignorante que él.

Se estaban preparando los números adelantados de las vacaciones de diciembre, alguien de ese equipo se dio cuenta de que en cartones de la diagramación había un hueco que debía llenarse a como diera lugar y fue a los archivos a buscar con qué hacerlo. Rescataron un texto que le pareció ideal. Lo mandaron “parar” en tipografía y se publicó sin saber de las consecuencias que eso acarrearía.

La Semana de Bellas Artes llegaba a las oficinas los martes, porque de ahí se reenviaba a las embajadas y otros lugares, y cuando los anteriores redactores leímos “La feria de San Marcos”, exclamamos en coro “Va a arder Troya. Y París. Y Pachuca”. Ardieron…

El texto no era ni cuento ni crónica ni nada, sino un panfleto horrorosamente escrito por una dama de cuyo nombre no necesito acordarme y que trabajaba en alguna parte del INBA. Nosotros habíamos tenido en las manos ese adefesio, y lo desechamos de inmediato. Quienes estudiamos periodismo supimos que en México la libertad de expresión era irrestricta, aunque había tres figuras que no podían ser ofendidas bajo ninguna circunstancia: el presidente de la República, el Ejército y la Virgen de Guadalupe (hoy, cualquier pelagatos puede denostar al presidente y aun a las fuerzas armadas; sigue incólume el respeto a la Virgen).

Y “La feria de San Marcos” era una blasfemia contra Carmen Romano, esposa del presidente López Portillo, se le ofendía, se le denigraba. Pero eso no lo pudo ver el ignorante Abraham Orozco, y alguien “rescató” el material que hacía falta no del “colchón”, como debía ser —ahí se guardaban textos atemporales que podían ser utilizados en algún momento—; pero el asistente del director del semanario fue a “la basura”, adonde habíamos confinado el texto de marras.

La reacción del gobierno federal fue inmediata. El mismo miércoles en que fue puesta en circulación el número 214 de La Semana de Bellas Artes llegó a las oficinas de la Dirección de Literatura, todavía acéfala, un grupo de militares que apresó a Orozco y a sus colaboradores. Los llevaron al Campo Marte, y aunque los jóvenes salieron libres de inmediato, aquel recibió un castigo severo. López Portillo despidió de inmediato de la Dirección del INBA al brillante Juan José Bremer, que estaba en Europa, y cuya única, grave culpa fue haber nombrado al multicitado pobre diablo.

En los medios se hizo un escándalo mayúsculo. Columnistas prestigiados y otros solo acomodaticios, afirmaron, furiosos, que se trataba de un complot encabezado por Gustavo Sainz para vengarse de que Bremer lo hubiera despedido de Literatura. Pobres. Ignoraban que el novelista y el funcionario habían llegado a un acuerdo civilizado de orden académico: Sainz tenía rato enseñando en New Mexico University, y no pudo haber colado el libelo porque el que fuera su equipo ya no trabajaba en La Semana de Bellas Artes, mas los ríos de tinta siguieron corriendo acusando al escritor. Se trató, clara y abiertamente, de una infamia.

Hasta la fecha, a raíz de la muerte de Sainz (el 26 de junio de 2015), algunos insisten en que él fue el culpable del suceso, y que si no volvía a México era porque pendía sobre él la sombra siniestra del miedo a la venganza. Falso: Gustavo venía al país con alguna frecuencia, para presentar sus novedades editoriales, a ferias del libro, a encuentros literarios, y siempre fue muy bien recibido por los medios de información, impresos y electrónicos. ¿Cuál miedo a la represalia?

Es lo último, la permanencia del infundio, lo que me lleva a esta tímida reivindicación de Gustavo Sainz: no es posible que, aun muerto, se le sigan cargando muertitos ajenos. Lo digo y lo sostengo porque estuve ahí, en medio del remolino, y por eso tengo los pelos de la burra en la mano.


* Texto publicado en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, número 139. Septiembre de 2015.

** Este texto de Ignacio Trejo Fuentes (1955-2024) forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.

AQ / MCB

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