Cultura

Geney Beltrán después del porvenir: la literatura como feudo de lo posible

Literatura

Entre el ensayo y la crónica, este texto explora la amistad y las posibilidades de la literatura. Surge una pregunta: ¿se puede ser simultáneamente sutil y feroz en la escritura?

En el feudo de lo posible (este que aquí se describe) se puede abrir o empujar la puerta hacia lo verosímil de lo irreal jalando un hilo de esta o aquella esquina textual, bordando con nudos narrativos una dirección al mar o al desierto, a la periferia de la Ciudad de México o a la sierra de Durango, o bien a Culiacán. El narrador puede decir: “Fue sábado ese día. Su padre se pegó un balazo en la sien derecha”, y emprender así un viaje a la semilla y hacer repaso a un camposanto en la memoria asolado por la violencia más atroz; o decir: “Marioralio regresó con la mano derecha amputada”, y sin llanezas prosísticas inaugurar un laberinto de conspiraciones e intrigas con sabor a apocalipsis en formato de cartas y distopía. Y se puede empezar por decir: “—¡Qué la chingada contigo!”, sin que interlocutor o lector podamos sospechar que estamos a punto de sumergirnos en un conjunto de hechos en apariencia parte del transcurrir de lo cotidiano en la vida rural, que revientan concordias y armonías de la morosa costumbre y por donde de pronto se asoma y luego salta en pleno la depredación y el abuso, con intervenciones del despertar de la inocencia empapada de paraíso perdido.

Así se colma el hambre allí, ese lugar, desde el feudo de lo posible del escritor Geney Beltrán. Se aloja ahí un puñado de almas medio muertas apelando a la resurrección del porvenir con nombres extravagantes, Emarvi, Marioralio o Narsia por ejemplo, a fin de tantear en el origen del Mal, que extiende su mantel de sombras y seductora destrucción sobre un poblado llamado Chapotán o sobre la Gran Ciudad. Uno puede ser lo que quiera, o bien bueno-malo, o bien malo-bueno, en amasiato con el gozo con que prodiga la ficción. Lo ominoso se ofrece en bandeja de plata, o en cornucopia de pasiones y vaivenes de suerte y fatum.

Alguien, el autor seguramente en investidura de narrador, arroja con catártica violencia un grano de escritura encima de una hoja de papel en blanco o de una pantalla y puede hoja o pantalla expandirse ya en lenguaje en altas montañas, en cerros con el más lustroso blanco y negro de la desolación y el abandono, o en ríos donde jugarse la infancia, cordilleras y socavones y fuerzas naturales encarnadas en hombres y mujeres que se debaten en amores nacidos de una mera explosión hormonal o bajo el amparo de una melodía en boga.

Lo que aquí enmarca la experiencia de la flor existencial en el ser (flor muy pronta en identificar su marchitez y en querer procurarse agua), dígase el hombre ya no en busca del padre ausente sino de una salida de sus propias tribulaciones en el ejercicio de la paternidad; dígase la joven apertrechada por las violencias del machismo; dígase el agónico por los males de lo ordinario que no le permiten cruzar el umbral hacia el acto creativo escritural deseado; dígase la madre ejerciendo cuartazo reprensivo en la educación de los hijos; dígase la pareja en combate de espadas verbales por resistencia al hastío y la claudicación pasional, es la clara contaminación de la vida por obra de la descomposición social (con verificación bastante oportuna en el carácter veraz de lo visible en el exterior), la pauperización de casi todo, el desplazamiento en reto desesperado por “otro” futuro o en su defecto la resignada incorporación delictiva con que tienta el hampa y la criminalidad en un territorio, un país, una ciudad, un pueblo, una comunidad, en entrada forzada a los ámbitos-tiempos de corrupción, ahora sí que espejeada a nivel nacional, pero con anhelos y muy posible floración y ejecución de anarquías, en donde lo que extraliterariamente pudiera calificarse de aberrante se pasea como un ente de extravagancias múltiples mostrando que también merece ser contado. ¿Es que acaso toda vida, real o inventada, no tiene sus periodos o episodios aberrantes, su necesidad de salirse del camino?

***

Alguien dice (quizá yo): informando, informando, carriles cortados, conchas chinas esparcidas en el asfalto para ponchar llantas, pero conozco el camino, no se preocupen; mira esas fotografías con jerga norteña canturreando de cara al cielo, aquí Radio Badiraguato, o bien: Operación Topia, cambio, ya va a llegar la avioneta a Tamazula o a Tayoltita. Alguien dice: es este sudor la prueba de que ya estamos bien infectados de fin de mundo y el cansancio que nos provoca el Mal es lo que ahora nos impone un alto en un tenducho próximo a la bruma del río o al pie de la montaña, para comprar agua y tortillas de harina, y saciar nuestra sed y atersar el avance apocalíptico con algo en el estómago. En el traspatio del tenducho alguien avista hombres destazando cerdos ofrecidos en holocausto por veneración a morongas y por posterior preparación de longanizas y chorizos para el jefe del Negocio que no tardará en arribar al Triángulo Dorado. Los cráneos de los puercos serán luego expuestos parapetados en palos a la intemperie a modo de espantapájaros, una señal para la cuadrilla que resguarda al jefe de jefes (al que, a propósito, nadie conoce y nunca conoceremos porque no es el propósito en indagar y ensalzar la vida de los criminales, como si se tratara de la composición de un corrido por comisión, sino captar la voz de la maltrecha humanidad de los afectados por aquel), que viene quizá a inspeccionar cosechas de amapola o mariguana.

—No tengas miedo, conozco estos caminos —me dice el Geney Beltrán mientras pisa el freno de la pick up en que llegamos a San Ignacio, Sinaloa, para allí tomar una avioneta rumbo a Tayoltita, mi lugar de nacimiento, y de Tayoltita proseguir a Tamazula, su lugar de nacimiento.

—No tengo miedo, loco —le respondo—, pero nomás acuérdate de cuando en 2011 me confundieron en Tijuana con uno de los de la estirpe de los Arellano Félix, y tuve que salir huyendo de allí.

Soltamos la carcajada.

Ah, pero te confundió su gente. Y por eso te dieron trato de jefe –me responde el Geney, acomodándose con una mano el sombrero—. ¿No me contaste que hasta te escoltaba una todoterreno cuando te ejercitabas trotando por las mañanas cerca de la playa? ¿No me contaste que a cada rato se te acercaban en grupo unos batillos con cuernos de chivo y te preguntaban “¿todo bien, jefe?”. ¿Y tú qué les respondías? ¿No me dijiste que les respondías: “¡todo bien, muchachos!?”.

—¡Es cierto! —le digo—. Pero de todos modos, me daba cosa. Por eso salí huyendo de Tijuana.

Nos bajamos de la pick up. Caminamos, sudorosos, por el pedregoso sendero que conduce a la pista de aterrizaje.

Es el viaje que, desde el más puro realismo límbico, emprendimos el Geney y yo desde el feudo de lo posible.

Quince años atrás, en la Ciudad de México, en una ocasión yo le había pedido me permitiera tomarle unas fotografías, hacerle un retrato (nada había de extraño en aquella petición mía, en tanto extensión de mis empecinamientos en cazar imagen para la pintura). Accedió sin pedir explicaciones. Hice algunas fotos en la calle y después arribamos a mi pequeño espacio de pintor. Era de mañana, el Geney vestía unos vaqueros, una camisa rojo quemado y portaba un sombrero. No hubo necesidad de que yo le diera indicación alguna, tomó asiento en un destartalado sillón. Y yo hice clic y clic y clic. Le mostré luego algunas de aquellas fotografías y luego las archivé. Pasado el tiempo, vuelvo a verlas. Hay una en particular, en la que el escritor aparece en tres cuartos de perfil, los codos apoyados en las piernas, las manos formando ángulo con su rostro, en el dedo medio de la mano derecha porta un anillo, las yemas de los dedos en encuentro sígnico. La contemplo ahora y me preguntó en que estaría pensando en aquel instante. Se cancela la especulación de inmediato pues la respuesta me la da su vista posturada hacia un punto indiscernible. Ni hacia fuera ni hacia dentro de ese tiempo, sino hacia más adelante. Creo que estaba avistando el porvenir, el suyo y el de su escritura. ¿Vislumbraba el avance de la criminalidad narca en Sinaloa como representación contundente de destrucción social e ingobernabilidad y que más tarde recrearía en algunas de sus novelas y relatos?, ¿o veía el impulso suicida que mueve a varios de sus personajes como resolución libertaria? ¿Esbozaba ya paternidad de las historias que se alojan en esa especie de frescos con que ha elegido erigir al menos dos de sus novelas: Adiós, Tomasa y Crónica de la lumbre?

***

¿Se puede ser simultáneamente sutil y feroz en la escritura? Sí. Y tal oxímoron ni obstruye ni cancela la buena hechura prosística de obras trazadas con monumentalidad y fortuna en desarrollo temático. Aludo a dos términos contrarios porque creo que describen el doble carácter de algunas de las narraciones de Geney Beltrán: la sutileza, a través de la mirada infantil, de la expresión del amor maternal, de la solidaridad en el pacto amistoso, y en contraparte: la ferocidad de lo violento atizada por la imposición circunstancial de sobrevivencia.

¿Cómo y en dónde ubicar novelística y cuentística de Geney Beltrán cuando ya los raseros teóricos o críticos han claudicado por imposición de tendencias ideológicas o a capricho de conveniencias mercantiles a la celeridad o a franca decadencia de la práctica lectora; a prejuicios que a primeras de cambio devienen sordera ante lo que no cuenta con certificación temática y estilística centralizada de lo literario, sito la capital del país?

Ni en intención de competencia con la novela citadina ni pretensión de que novela rural regrese por sus fueros, ni relato fantástico versus el relato de raigambre realista, sino apegado a otro trayecto de veracidades literarias es que ocurren las ficciones de este autor. A otro borde, aunque del mismo radio mental y de empeños corresponde el resto de su obra crítica, ensayística o aforística, que lo convierte en polígrafo.

***

El Guillermo vivía en Tayoltita, un pueblo duranguense rodeado de cerros donde el polvo se levantaba con cada paso y la música sonaba en alguna casa. Tenía 10 años de edad y un verano sus padres decidieron mandarlo con sus compadres don Lencho y doña Luisa a Tamazula, otro pueblo duranguense. Decían que ahí el chamaco podría aprender a tocar el acordeón y que así podría integrarse algún día a una banda musical y hacerse de un oficio digno y no caer en tentaciones de ser cooptado por El Negocio.

Tamazula era distinto a Tayoltita pero no tanto como para que el chichí se sintiera extraño. Ahí fue donde el Guillermo conoció al Geney, un morrillo de su misma edad que destacaba por bailar música norteña como si la llevara en la sangre. El Geney movía los pies con una seguridad que sorprendía a todos, y cuando sonaba el acordeón, parecía que el suelo mismo lo guiaba.

Con el paso de los días los dos chamaquillos se hicieron inseparables. Se iban a pasear por la sierra cercana a Tamazula, chiroteaban entre pinos y piedras y hablaban durante horas. A veces platicaban de música y de sus sueños; otras, se quedaban en silencio, pensando en el vacío que mostraban en sus rostros los adultos y se preguntaban qué sentido tenía la existencia humana. Ninguno tenía respuestas claras, pero gustaban de compartir esos pensamientos.

Un día, mientras jugaban en un claro, el cielo comenzó a oscurecerse. El viento se detuvo y un profundo zumbido llenó el ambiente. Los chamacos se sintieron envueltos en oscuranas. De pronto, apareció una nave extraterrestre que descendió lentamente. No tenía forma de platillo, sino que parecía tener el rostro de una señora gorda, con mejillas enormes y una boca descomunal.

El Guillermo y el Geney se quedaron paralizados. La nave abrió la boca y sin hacer ruido los absorbió como si fueran hojas secas.

Dentro de la nave todo era extraño. Las paredes brillaban y una voz suave, casi maternal, resonó a su alrededor. La nave les habló del universo, que observaba permanentemente a la humanidad, y de cómo los humanos siempre buscaban respuestas a preguntas que quizá no tenían final.

—Es como cuando tú y yo hemos intentado contar las estrellas, loco, después de una tocada nocturna, dijo muy quedito el Guillermo al Geney.

Esa noche, cuando regresaron misteriosamente al mismo lugar del que habían desaparecido los plebes volvieron a acostarse bajo el cielo estrellado. Intentaron contar las estrellas, pero como siempre no lo lograron.

Sonrieron. Después de todo, habían aprendido que hay cosas que no se pueden medir ni entender del todo.

Todo esto que ha pasado parece puro cuento —le dijo el Guillermo al Geney, al tiempo que sentía la presión de una medialuna en el pecho.

—No —respondió el Geney—. En la navesota esa una voz me dijo que se llama el feudo de lo posible.

—¿Y qué significará eso, loco? —preguntó el Guillermo.

Es como darse el gusto de creer en lo que nunca ha pasado pero que pudo haber ocurrido, y está ocurriendo —contestó el Geney.

Ni el Guillermo ni el Geney contaron nunca a nadie lo sucedido.

***

Hay aspectos de lo literario a lo que ni desde teoría ni desde análisis meticuloso con raigambre académico se puede acceder. Aparecen entonces como alternativas de intuición para vislumbrar procesos o cimentación literarios los entrevisos metafísicos, los asomos del desprestigiado, en otro tiempo detentador de poderío, enunciado oracular, que alude siempre desde lo orgánico de la vida misma (léase si no el relato de Beltrán “El sudor”, que en mucho se adelantó a la llegada en lo real de la pandemia del 2020).

Pienso en la novela de Geney Beltrán Adiós, Tomasa, una especie de cordillera de un tiempo pasado en un territorio, receptor idóneo para cultivo de un entrelazado de violencias que siguen asolando el presente en versión de la realidad; un trozo muralístico de la raíz de la agresión, es decir desde la entraña, de lo instintivo del ser en connivencia con desigualdad social, educativa y económica, con la intervención del narcotráfico, la corrupción casi unánime y la ausencia de voluntad gubernamental: la seducción del poder (en sus variados niveles) que rezume opresión sobre persona, comunidad, justicia, en alianza estacional, es decir de un periodo determinado de la historia de una sociedad, un país, un sistema en morosidad justiciera e igualitaria. En el trasfondo de este paisaje de corrupción moral y material respira y palpita siempre la posibilidad y las razones suficientes para dar rienda suelta al caos. Y aquí la atmósfera literaria camino de un presunto infierno nos remite a una novela anterior de Beltrán: Cualquier cadáver, del mismo modo que Cualquier cadáver nos remitirá a una más, la primera del autor, Cartas ajenas. Tanto en la una como en la otra, la gran maquinaria del desorden, de la destrucción social e individual, pende también del movimiento y los procesos insondables de la pasión y las emociones personales en pos de redención-sobrevivencia del individuo y su sentido que otorgaría lugar en el mundo. Todo lo cual alcanza su punto culmine, o de mayor estrépito vivencial tras la abducción de entornos hiperviolentos, en su novela Crónica de la lumbre, que vaticinó, desde el feudo de lo posible en que se alza lo literario, la actual situación de confrontaciones entre grupos criminales en el estado de Sinaloa y sus consecuentes efectos victimarios sobre la población.

¿Cómo surge o cómo se erige un texto en edificio literario?, ¿en urdimbre prosística de ensamble en historias verosímiles y a la vez en significados en mutación significante? Ciertamente, no arrumbando sus intenciones a un mero y único propósito temático o de conveniencia para entrar en tendencia.

Tratando de esclarecerme con sus propias palabras le pregunté a Geney Beltrán si podía discernir si sus procesos fabuladores tienen inicio en palabra o imagen, me respondió: “Suelen ser imágenes, o secuencias de imágenes. Algunas vienen de sueños o pesadillas y otras de quién sabe dónde, quizá de ese laboratorio donde la memoria se vuelve alquimia y deja de reconocerse como memoria pero sigue siendo manantial”.

Beltrán mismo ha expresado ya en entrevistas varias la incorporación a conciencia de lo límbico en sus arrestos narrativos, del mismo modo ha planteado en un ensayo la importancia de que el escritor mantenga en vigencia lo que él ha llamado el feudo de lo posible, para la consecución narrativa. El feudo de lo posible: el espacio-tiempo que el escritor debe preservar y activar para ejecutar ficción y donde dar veracidad a lo irreal sin menoscabar la probabilidad real; como si fuera el feudo de lo posible el territorio donde repercute la porción de imaginación realista que interviene y determina todo artefacto literario o artístico.

***

En el amplio espectro temático que Geney Beltrán ha desarrollado en su obra literaria la paternidad, la infancia, la violencia y la inevitable caída humana o apocalipsis social en ciernes son ramas que penden de un mismo tronco: el del origen del Mal, trátese en espacios como la sierra duranguense, Culiacán, o la Ciudad de México. ¿Pero qué es aquí el Mal con mayúscula? Ciertamente no la inmaterialidad de la acción humana, no la manifestación metafísica totalizadora que al respecto tenía la escritora e indagadora de misterios Esther Seligson (maestra y amiga de Beltrán), sino la clara fractura de destinos (sea a partir de alguno de nuestros sentidos, una mirada por ejemplo, o por un acto irreversible), el torcimiento de lo llano, y luego la irrebatible amenaza y ya en realización fatal el muy orgánico quebranto de los soportes de la existencia:

esta mujer, tan podrida como todos los que tienen el perro mando, no podrá mover un músculo: unas doscientas personas han forzado la entrada y, armados de cuchillos, estacas y pistolas, lanzan alaridos. En pocos segundos queda ella rodeada de una veintena de hombres mientras los demás suben las escaleras, ingresan en los cuartos y sacan al esposo, a los hijos, los nietos, los asistentes y guardias, y durante unos cinco, unos ocho minutos, ¿lo están viendo?, durante esos minutos por los ojos de esta mujer pasan los hombres estuprando a jovencitas los hombres degollando a vigilantes los hombres apaleando huesos y cabezas, y ella, vuelta ya un sordo bloque de hielo, siente que le jalan la bata, la avientan al piso, la yerguen, le pegan en las piernas, en la espalda, en el tórax con los puños o los palos, y una vez desnuda, la vista neblinosa ya por el dolor y la sangre que le llueve la cara, observa cómo el cuerpo ensangrentado de su esposo se halla extendido sobre una mesa, ve a uno de sus nietos esconderse detrás de unas cortinas, y a ella empiezan a cortarle con cuchillos trozos de carne, como si fueran ebrios matarifes dedicados a destazar carnavalescamente una res inútil. (De Cartas ajenas)

***

Apartándome, aunque no definitivamente, del feudo de lo posible, la verdad (en riña con la posverdad) me exige entrar en el radio de la verosimilitud y hablar con respeto de lo cierto. Diré entonces que he conocido a Geney Beltrán en persona y en libros desde hace mucho tiempo y es él con quien más he dilucidado sobre lo que podría ser el futuro de la literatura, el arte, la cultura, en donde cada uno por su cuenta se ha dedicado a vivir a nado permanente. Recientemente hablé con él para comentarle de mi preocupación sobre la desaparición del ente llamado “lector”. “Se van a poner muy difíciles las cosas”, le dije; “pues la desaparición del lector, ha sumergido en una profunda crisis al gremio de escritores, poetas, periodistas y a todo aquel que ha hecho de la escritura su fuente vital. De hecho”, le comenté, “cuento con informaciones de que esta crisis de carencia lectora, ha fomentado la participación delictiva y ahora surgen bandas criminales que ofrecen a escritores el servicio a muy alto precio de capturar gente para convertirla en lectores.”

“¡Ah qué la canción!, loco, no serán puras herejías las tuyas?”, me dijo Geney. Le respondí: “No. Ya miembros de un cártel se han contactado con Sandoval, con Huacuja, con Menéndez, para ofrecerles servicios de secuestrar personas y mantenerlas en cautiverio y obligarlas a que lean sus manuscritos. Claro, les cobrarían un dineral por tales servicios”. “¡Ay, güey!”, replicó Geney; “aunque era de esperarse, yo he sentido que, efectivamente, estamos en el final de una época, en la literatura y el mundo. Hay formas que ya están muriendo y sin embargo ahí siguen, creyendo que están vivas. Ya nos lo había dicho la nave que nos abdujo cuando estábamos plebes en Tamazula, acuérdate que nos enseñó que hay cosas que no se pueden comprender del todo”.

***

Afín en sus planteamientos literarios acerca de la paternidad con el japonés Kenzaburó Ōe, y más próximo a Cormac McCarthy que a Rulfo en su indagación en la médula de la violencia como condicionante muy humano, Geney Beltrán pareciera articular su obra desde la incertidumbre de que no basta con salir de laberintos sino que hay cabalidad en aprender a merecerlos.

Más que ofrendar el qué como antesala de lo ominoso para llegar al artificio, dar entrada y sumergirse en el gran oráculo del cómo prosístico para arribar a la escritura como arte:

El trabajo de drenarles la flema y así ayudarlos a terminar de irse por entero hacia la nada, Claudio lo venía haciendo siempre y desde el principio con desapego: un cuerpo va, otro viene. Él lentamente pinchaba los trece puntos precisos a lo largo del cuerpo, hasta una profundidad variable donde el líquido espeso era succionado. Al terminar, si toda la flema había sido extraída, él veía en la piel un sutil ajarse, un irse hundiendo de la restante lozanía hacia la total palidez. (De “No nos vamos a morir mañana”)

***

La avioneta se elevó por los aires, el Geney iba tranquilo en su asiento y con el cinturón de seguridad bien ajustado; yo temblando y pensando: se va a caer, en cualquier momento se cae esta avioneta. Era un recuerdo del porvenir, de nuestro viaje en el más puro realismo límbico.

Cuando el Geney me indicó que estaba la avioneta a punto de aterrizar en Tayoltita, volteé a verlo a los ojos y le pregunté: “¿y qué hora será, Seco?”.

El Geney sacó de su camisa un reloj de bolsillo. Lo consultó. Volteó a verme y me dijo: “ya es 1976”.

“¡Qué temprano!”, alcancé a decir antes de que oyéramos y sintiéramos cómo la avioneta deslizaba y chirriaba sus llantas en la pista de aterrizaje en Tamazula.

***

Fue en 2006 o 2007 cuando, en una conversación telefónica, la escorpioniana Esther Seligson me preguntó “¿conoces a Geney Beltrán?”. Le respondí: “creo que no”. Me contestó: “pues deberías. Él es del signo Géminis como tu ascendente”.

AQ / MCB

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