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  • Rita Segato: “Para escribir literatura hay que enfrentarse al drama humano”

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La antropóloga, activista, escritora y poeta Rita Segato. (EFE)

Después de una carrera dedicada a la crítica de la masculinidad y el poder, Rita Segato publica su primer libro de poesía, ‘El camino de regreso’, de cuya génesis habla en esta entrevista.

Se llama Rita Laura Segato, aunque algunos editores han abreviado el nombre en sus obras —fundamentales para el pensamiento crítico en lo que va del milenio—, entre ellas Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. En 2026 cumplirá 75 años. Con cierta timidez, cuenta, desde su casa en Brasil, que acaba de salir de la clandestinidad poética, porque la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM le ha publicado su primer poemario, El camino de regreso (2025). Su autobiografía, confiesa.

Fue un “descuido” suyo, porque en 2024, durante una plática en la Feria del Libro de Guadalajara, se le salió comentar a la escritora, editora y funcionaria universitaria Julia Santibáñez, que escribía poemas.

El poeta es un sujeto misterioso. Y, en mi caso, vivía en el sótano; o sea, como un fantasma”, refiere la feminista, que, en otro descuido, revela que también escribe cuentos, pero no tiene plan de publicarlos.

Lee y escribe poemas desde los seis años de edad, solo que dejó de mostrarlos a los 29, cuando viajó de Venezuela a Nicaragua, después del triunfo de la revolución sandinista. Incluso cita de memoria y en su idioma sus dos versos preferidos, de “Mar português”, de Fernando Pessoa: “(Valeu a pena?) Tudo vale a pena/ Se a alma não é pequeña” ([“¿Valió la pena?] Todo vale la pena/ Si el alma no es pequeña”).

Para la intelectual argentina, que dejó su país en 1974, esos versos del poeta lisboeta son “los más hermosos y más importantes de la especie”, aunque admite que es un poco exagerada. Explica la razón con su poema “Declaración de fe”, con el que abre el volumen publicado en la Colección Trayectos: “Poeta es alguien a quien uno le cree desde la primera palabra”. Casi su dogma. Y justifica por qué optó por una obra analítica, con libros y ensayos polémicos e iluminadores, como La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez (Tinta Limón, 2013), La crítica de la colonialidad en ocho ensayos (Prometeo, 2016) o La guerra contra las mujeres (2017).

Aunque subraya que la violencia de género nunca fue un tema que haya elegido, también ahí se le vino encima el drama humano desde otro ámbito ajeno a la poesía; no pudo evitarlo. Todavía hoy lo ve. Y enfurece cuando se le pregunta cómo vincula sus libros sobre violencia de género al hecho de que la opositora venezolana María Corina Machado haya regalado su Premio Nobel a Donald Trump. “Ese personaje muestra el error brutal [de dar] el Premio Nobel de la Paz a una mujer que es vasalla por vocación”, enfatiza Segato su postura sobre Machado, criticada igual por otras escritoras latinoamericanas como Gioconda Belli y Laura Restrepo.

Anuncia que abordará el caso del pederasta Jeffrey Epstein y su nexo con políticos de Estados Unidos. “Es una cosa que tengo pendiente, lo he hablado, pero necesito parar para escribir. En el caso Epstein vimos la absoluta articulación de esa fratia, esa corporación y la política. El caso Epstein demuestra que la masculinidad y el poder político están profundamente articulados”, agrega la autora de Contrapedagogías de la crueldad y de Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres.

Un poco en eso del “Yo es Otro” de Rimbaud, ¿la Rita Laura Segato de El camino de regreso es Otra a la Rita Segato de sus obras de antropología, sobre violencia de género, feministas?

No, no. Por mucho tiempo dudé y pensé en editar algún día mi poesía con un seudónimo. Mi poesía permaneció inédita entre mis 29 años y el presente. Son muchos años. Algunas veces pensé que si quisiera publicar lo haría con seudónimo, pero al final lo hice con mi nombre verdadero y completo.

Su poemario se llama El camino de regreso. ¿A dónde regresa?

Cuando tenía 23 años, se aproximaba la dictadura en Argentina, ya estaban los asesinatos en la calle. Y me fui de mi país. Desde el primer día, mi recuerdo de mí misma, tan jovencita, yéndome, era que desde la primera vez que coloqué un pie fuera de mi país buscaba el camino de regreso, cómo y por dónde iba a volver. Por eso el libro se llama así, porque es cada una de esas paradas, cada uno de esos destierros. En realidad, el libro es una autobiografía, pero escrita poéticamente.

El camino de regreso, Rita Segato. Libro de poesía publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Portada de ‘El camino de regreso’, primer libro de poesía de Rita Segato. (Universidad Nacional Autónoma de México)

Carlos Fuentes decía que los novelistas eran poetas frustrados, que el primer acercamiento a la literatura es la poesía. ¿Qué la inclinó entonces al ensayo?

Escribo poesía desde los seis años y también cuentos. Ahora estoy abriendo esa parte de mí. Pero un día, en la infancia todavía, me di cuenta que para ser poeta o para escribir literatura, era necesario enfrentarse al drama humano, al sufrimiento, encararlo y sumergirse de una manera que yo no quería. La escritura analítica, el ensayo, es una escafandra, un blindaje. Y opté por el blindaje porque venía de una infancia compleja y de una familia con dolores de infancia, mi mamá fue huérfana a los siete años. Y dije: “Yo quiero ser feliz, no quiero vivir teniendo que encarar el drama humano como lo había visto”, porque de niña y adolescente leía mucho, más que ahora. Y partí entonces para la escafandra racional.

Sus ensayos no son ajenos al sufrimiento. Pienso en su libro sobre Ciudad Juárez.

La violencia de género nunca fue un tema que elegí. Pero se me vino el mundo, se me vino el drama humano y el sufrimiento me atacó por otro lado, y se hizo inevitable, aunque lo quise evitar. Pero sí me consta que, aunque mis temas son muy dolorosos, porque trabajé en muchas situaciones de guerra en Guatemala, en El Salvador, ahora en Colombia, en Ciudad Juárez, haciendo peritajes sobre las nuevas formas de la guerra, el drama humano se me vino encima. Pero el análisis continuaba siendo un blindaje, una distancia que pongo entre lo que analizo y la vida. El autor, con el análisis racional, coloca un blindaje, una armadura.

En algunos momentos, esa armadura se abrió. En Guatemala, por ejemplo, donde hice un peritaje sobre la guerra, que no es una guerra sino el genocidio indígena en la década de 1980. Ahí la armadura se vulneró, se rajó un poco. Y tuve evidencias en mi físico del contacto con ese dolor tan grande. Pero, en general, analizo racionalmente y encuentro las ecuaciones que consiguen explicar, por ejemplo, la masculinidad o la violencia de género.

¿En qué momento decidió no publicar su poesía?

A los 29 años, cuando hice un viaje a Nicaragua y escribí un poemario que está incluido en el libro (Diario de un viaje de nueve horas entre Managua y Caracas) y que entonces decidí no publicar. Vivía yo en Venezuela y había allí un joven poeta cubano, que editaba la revista Contextos, en la que ya había publicado siete poemas. Me ofreció publicar este cuaderno que traía desde Nicaragua. Opté por no publicarlo. A partir de ese momento, mi poesía quedó en la clandestinidad. Y gracias, o no sé, a la intervención de Julia Santibáñez, salí de la clandestinidad poética en que me mantuve entre los 29 y los 74 años, la edad que tengo.

Ahora que ya está circulando el libro, ¿se siente vulnerable al abrir este tipo de experiencias que ya conoció en otras personas a través de sus ensayos, del análisis?

Claro, porque hay muchas preguntas que todavía no me he hecho, porque fue un sacudón brutal en mi vida y no tiene nada que ver con los temas sobre los que escribo. No habla de violencia de género, no habla del problema de la masculinidad. Solo hay un poema, uno, que vincula mis dos campos.

El dedicado a Zoilamérica Ortega Murillo (“Coda y aprendizaje”).

El de Zoilamérica, solo ese poema. Está escrito después de ese cuaderno del viaje de nueve horas, en el año del primer aniversario de la revolución sandinista. Ese último poema es casi un pedido de disculpas por no haber entendido lo que debería haber entendido en aquella fase juvenil en que teníamos creencias que respaldaban proyectos equivocados para la historia. Eso es lo que pienso hoy. El primer poema del libro, escrito recientemente y dedicado a Chile (“Petitio principii. Elogio de la incerteza”): “Elijo/ el proceso ante el producto/”. En Chile hay el error tremendo de lectura de que el gran levantamiento, la gran insurgencia, se perdió. Porque se espera solo esa utopía final que es un retrato del futuro hecho en el presente, lo cual considero una estupidez suprema. Nos hemos educado así en mi generación: hacemos un dibujito del futuro de cómo debe ser. Y producimos realidades del presente que son pésimas, o sea, dolorosas, malignas, porque no se puede saber cómo será el futuro. El proceso es muchísimo más importante.

¿Por qué le resulta más importante el proceso ante el producto o el trayecto ante el proyecto?

Despreciar el proceso si no llega a una meta de realización de un futuro pretendido es un error muy grande de lo que llamábamos las izquierdas. Yo no uso más esos nombres. Me considero pensadora del campo crítico, y mi poesía es crítica, crítica del dolor, crítica de la imposibilidad del afecto en algunas circunstancias, crítica de la imposibilidad del regreso a la patria, no entendida patria como nación, sino como país, conceptos totalmente diferentes. Claro que mis conceptos están dentro de las palabras que uso. Las palabras que uso en los poemas no traicionan mis conceptos porque salen de la misma persona, de la misma comprensión del mundo. En eso no hay traición.

Ese poema es conceptual y crítico de las formas en que nos enseñaron a pensar la construcción de un futuro, el camino hacia un horizonte más benigno para más gentes. Pensemos en el paso a paso, en el cuerpo a cuerpo, en la existencia, en el proceso. El poema es muy importante, por eso lo puse en la primera página. Es autocrítica a las muchas cosas que nos enseñaron y a la idea de que la insurgencia chilena fue un fracaso. Yo no lo pienso así, al contrario: fue lo mejor de la historia. El resultado está en tránsito, todos los resultados están siempre en tránsito.

El libro es su autobiografía, pero también es la geografía de su exilio. Y es historia, la de los países donde estuvo y la personal. ¿Cómo se asume dentro de esos contextos?

Ese es el problema, porque, en realidad, mi actividad racional, analítica, y ese otro ser que es, sin duda, mucho más vulnerable, se encuentran en tensión. O sea, ya conseguí huir de esa vulnerabilidad, porque soy una persona muy hipersensible y detesto sufrir, pero la hipersensibilidad nos lleva inevitablemente a un gran sufrimiento, a una gran abertura. Sí, los poros se abren al sufrimiento general de la vida de las otras personas, al sufrimiento con que nos cruzamos, con que nos encontramos. A mí, por ejemplo, el tema Gaza me causa inmenso dolor. Me despierto en las mañanas y lloro. Entonces, ¿cómo hacer? Si permito a mi sujeta poética tomar mi ser, ocupar todo mi espacio, me expongo a aquel sufrimiento que cuando era niña quise evitar.

¿Y cómo concilia ese dilema?

Es una decisión que tomé hace muy poco. El libro fue publicado en diciembre. Tengo muy poco tiempo de decisión como para pensar qué quiero. Los dos caminos no son precisamente compatibles. Son dos personas, dos espacios. Usted habló del espacio geográfico que voy recorriendo, sí. Pero también hay el espacio del trabajo, de la casa. Y esa misma persona no puede ocupar al mismo tiempo los espacios que habito, por los que atravieso, las conferencias a las que voy. O es uno o es el otro. Hay una disonancia cognitiva fuerte entre esas dos sujetas que son la yo analítica y la yo poética. Cuando una entra, la otra sale. Es un problema que tengo y debo resolver.

El libro contiene epigramas. Entiendo que los escribió por la influencia de Ernesto Cardenal. ¿Por qué eligió una forma poética en la que autores clásicos escribieron con misoginia?

Son problemas en los que tengo que pensar. Fui a Nicaragua desde Venezuela, donde vivía, porque el presidente venezolano de aquel entonces, Carlos Andrés Pérez, a pesar de no ser de izquierda, apoyaba el movimiento sandinista. Y cuando se da la victoria, envía a dos profesoras a Nicaragua, antropólogas y etnomusicólogas: María Teresa Melfi, que ya falleció, y yo, que entonces tenía 29 años, para formar a los jóvenes que se harían cargo de las casas de la cultura. Los talleres sucedían en el Ministerio de Cultura, que había sido la casa de Anastasio Somoza, y el ministro era Ernesto Cardenal.

Quizás eso tuvo un papel. No son muchos los libros de poesía que me gustan. Amo los epigramas de Cardenal. Y el único libro de Pablo Neruda que me gusta, soy un poco exigente, es de poemas de amor, no recuerdo si también son epigramas. En la poesía el silencio es fundamental, es casi más importante que lo dicho; saber en qué momento hacer el corte para que entre el silencio, y ahí el lector se vuelve también poeta. El epigrama tiene algo de humor a pesar de que hay sentimiento, drama, dramaticidad, tristeza, pérdida. El poeta de epigramas mantiene una distancia consigo; o sea, se ríe de sí. Y yo en ese cuaderno estaba escribiendo y sintiendo que me reía de lo que sentía.

AQ / MCB

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José Juan de Ávila
  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.
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