Cultura

Alfredo Zalce: El Maestro regresa a Ítaca

Arte

Tras una espera de 23 años, las cenizas del pintor y muralista reposan ahora en una de sus esculturas, ‘La Luna’, como aquí narra su hija.

Más de dos décadas duró la travesía, la odisea, del pintor michoacano Alfredo Zalce (1908-2003) antes de regresar a su casa, a su Ítaca, el pasado 19 de enero cuando sus cenizas fueron depositadas en una de sus esculturas, La Luna, redonda como todos los ciclos, blanca como los comienzos y los finales.

Aquella mañana del domingo 19 de enero de 2003 entraste a su cuarto para despedirte de tu papá. Tenías que viajar a la Ciudad de México. Él llevaba varios días en cama. Cumplir 95 años una semana antes lo había dejado muy cansado. Le pediste que te esperara a cenar, que nomás ibas y venías, que por favor te esperara. Lo besaste, te abrazó. Te volviste a despedir, a pedirle que te esperara a cenar. Te hizo un gesto con la mano, un gesto de despedida.

De pronto su mano ya no se agitaba en el aire: parecía haber tomado un pincel y estar haciendo trazos. Sus ojos miraban “aquello” que estaba pintando; su expresión era de felicidad, concentrado en lo que más le gustaba en la vida: pintar.

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Hizo su primer dibujo a los tres años, un retrato de Francisco I. Madero. Primero, un círculo. Dos puntos a modo de ojos y un garabatito para el bigote y la barba. Poco después se le ocurrió hermosear el patio de su casa, de mosaicos blancos y negros. En los blancos realizó un dibujo a carbón. Estaba contento, orondo, hasta que su mamá vio aquello, le dio una tunda y lo regañó porque había que volver a lavar el patio, tallarlo para dejarlo limpio.

Los tiempos eran álgidos y era más seguro estar en la capital. Era muy chiquito para llevarse recuerdos de su natal Pátzcuaro. Su familia se mudó a la Ciudad de México, frente al portal de Cartagena, junto a lo que ahora es Parque Lira. Le gustaba mirar la vida pasar desde el ventanal de su casa. Rumbo a la escuela, tomaba por una callecita donde los zapateros chiflaban una canción. Pero no todo era bonito; vio los muertos de la Decena Trágica y muchas cosas más.

A los 16 dijo que quería ser pintor. Su familia puso el grito en el cielo: eso no era de gente decente sino de viciosos muertos de hambre. Se hizo también grabador, escultor, ceramista, orfebre y muralista. Zalce es fruto de su trabajo disciplinado.

Fundó la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, la LEAR, en 1933, y, poco después, en 1937, el Taller de la Gráfica Popular (TGP), desde donde luchó contra el avance del fascismo en Europa. Apoyó aquí, en México, luchas obreras y campesinas. Participó en las Misiones Culturales fundadas por José Vasconcelos y recorrió el sureste. Toda su vida creyó en la importancia de la educación. Dos pasiones lo animaron siempre: la belleza y el compromiso social.

“Migrante interno” le dicen a aquel que se mueve por la geografía de su país. En 1949, Zalce decide dejar la Ciudad de México. En 1950 se establece en Morelia. A principios de los años sesenta empieza a construir su casa en Avenida Camelinas 409 en las afueras de la ciudad. Prioriza la entrada de la luz y los techos altos. La construye de a poco, de acuerdo a sus necesidades e ilusiones. El estudio es amplio; las habitaciones, chicas. En la cocina la voluta del diálogo se mezcla con el olor a café y el aroma del tabaco avainillado de su pipa. Se da gustos: una chimenea, una terraza, un jardín medio salvaje para que jueguen sus tres hijos.

A partir de 1966 la casa alberga la Escuela de Artes y Artesanías. Después del cierre de esta escuela el Maestro siguió dando clases y talleres.

En esa casa vivirá y trabajará quince, veinte horas de lunes a domingo todo el año. A lo largo de más de medio siglo, creará dibujos, cuadros, grabados, esculturas, diseños de joyas y de cerámica, de tapices, batiks. Ahí escuchará a Bach y a Mahler, a Peter Gabriel y a Los Folkloristas, releerá a Xavier Villaurutia y José Gorostiza, pero también a Baudelaire y a Oriana Fallaci. Ahí crecerán sus hijos y él con nosotros.

Decía que lo más triste de envejecer era sobrevivir a parientes queridos y a los amigos. La muerte se llevó a sus hijos mayores, Andrés y Xavier, y a sus nietos. Lo oíste decir que un dolor tan grande no podía durar mucho tiempo. Y así fue.

Murió en la tarde del domingo 19 de enero de 2003, después de pintar ese cuadro imaginario que supones es el más bello del mundo. Murió antes de que regresaras a cenar con él.

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No se trataba de arrojar sus cenizas a los cuatro puntos cardinales ni de regarlas en el Lago de Pátzcuaro. Fueron puestas a buen resguardo, en un hogar amoroso. Había que honrar al Maestro honrándolas, había que esperar el momento adecuado y, mientras, protegerlas.

Entre tanto, el mundo parecía caerse a pedazos. La casa se convirtió en manzana de la discordia, en botín de guerra. Fue cerrada, perdida, vendida al peor postor, intervenida, ultrajada, comprada por el gobierno del estado de Michoacán, convertida en bodega, en oficinas gubernamentales.

A la par, surgieron amistades que se han vuelto fraternas, gente bien intencionada que puso el hombro y ayudó y mucho. Luces que desprenden un buen calor. Abogados decentes. Un secretario de Cultura que ama la cultura. Un coro de más de quinientos voces amigas se unió a la exigencia de que la casa se usara para fines culturales y no para ser oficinas. Han surgido proyectos hermosos que se van realizando.

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El pasado 19 de enero volviste a abrazar a tu papá como aquella mañana de hace 23 años. Una caja de madera es la segunda piel de sus cenizas. En el jardín de la Casa se ha colocado la escultura La Luna, rodeada de flores blancas. Dos ramos de colores le dan vida. Al rostro de La Luna le encuentras parecido con el de tu padre. Era una de sus obras preferidas. Lo viste trabajarla, darle vida. Retrataste ese momento; un click espontáneo de una cámara fotográfica que él te regaló. Querías captar el proceso artístico del dios creador haciendo una luna a su imagen y semejanza.

Depositas las cenizas. Piensas en los ciclos de la luna, en los comienzos y en los finales que se renuevan. Evocas al Ave Fénix. Al regresar el Maestro a su Ítaca se renueva el compromiso con él y cobra fuerza.

La Casa Taller se ve honrada con sus cenizas. Su destino resguardado por su eterno habitante.

Alfredo Zalce, La Luna. Escultura donde se depositaron las cenizas del artista
Escultura ‘La Luna’, bajo la cual fueron depositadas las cenizas de su creador Alfredo Zalce. (Foto: Liu Kalen)

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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