Cultura

“Soy hija de los silencios”: Donatella Di Pietrantonio

Entrevista

La autora de ‘La edad frágil’ es una de las presencias más esperadas en la FIL de Guadalajara. El miércoles 3 participará en la mesa “Territorio de afectos, silencios y encuentros”, junto con la irlandesa Jan Carson y la finlandesa Sofia Chanfreau.

Italia será el país invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2026, pero para la edición 39 que se inicia esta semana envió de avanzada a una de sus escritoras de mayor renombre internacional en la actualidad, la ganadora de los premios Strega y Strega Giovani 2024, Donatella Di Pietrantonio.

“Soy hija de los silencios”, se define Di Pietroantonio (Arsita, 1962) en entrevista con Laberinto. Es una odontóloga pediátrica que hasta después de cumplir 50 años comenzó a publicar sus historias ambientadas en el mundo rural de los Abruzos como Mia madre è un fiume (2011, Mi madre es un río), Bella mía (2013), L'Arminuta (2017, La retornada), Borgo Sud (2020, Las hermanas de Borgo Sud) y L'età fragile (2023, La edad frágil), esta última basada en el caso real de un doble feminicidio.

Di Pietrantonio cierra la edición del Festival de las Letras Europeas, el miércoles 3 de diciembre, a las 19 horas, con la mesa “Territorio de afectos, silencios y encuentros”, junto con Jan Carson (Irlanda del Norte) y Sofia Chanfreau (Finlandia). Un día antes, el martes 2 (11 horas), estará en Ciudad de México para un encuentro con estudiantes del Centro de Lenguas Extranjeras (Cenlex) del Instituto Politécnico Nacional, en el Casco de Santo Tomás, organizado por el Instituto Italiano de Cultura y Claudia D'Orazi.

¿Qué expectativas tiene de la FIL?

Es la primera vez que viajo a México. Mi expectativa es tener encuentros bellos con el público e intercambios con otros escritores, además de conocer esta feria tan importante y famosa en el mundo, aun en Italia. Es un gran honor que el Instituto Italiano de Cultura y Gianni Vinciguerra me invitaran.

Aunque escribe desde niña, empezó a publicar después de los 50 años. ¿Tanto silencio literario todo ese tiempo ha repercutido en esos silencios que se encuentran en sus novelas?

Es una pregunta maravillosa. Sí, en algún modo, los silencios han sido determinantes en mi vida. Puedo decir que soy hija de los silencios, hija de una cultura campesina en la que la palabra tenía un lugar limitado. Por ejemplo, no había palabras para los amantes, no había palabras para el amor. En mi lengua madre, que es un dialecto campesino, la palabra amor casi no existía o era muy poco usada. Así que también he sufrido un silencio de ese tipo y he crecido con los silencios.

Y también en la literatura: hubo este silencio largo en el que yo no me autorizaba a entrar al mundo de la literatura, que me parecía tan lejano de mí, lejos de mis orígenes y de mis posibilidades. Pero cuando llegó el momento, porque la vida y los años pasaban, he sentido la necesidad de contar esos silencios en los libros. Así que mi desafío fue contar los silencios de mis personajes, tan ligados también a un territorio y una cultura silenciosa. Contar sus silencios con palabras.

De Mi madre es un río a La edad frágil la relación madre-hija es su leit motiv, sus protagonistas son madres e hijas. ¿Qué busca con estos juegos de espejos, esta confrontación generacional?

Está haciendo preguntas muy profundas, muy bonitas. Tiene razón al definirlo un juego de espejos. He buscado en mis libros y en mis protagonistas, en las madres y en las hijas, la historia de mi difícil relación con mi madre y elaborarla a través de la literatura y de mis personajes. Ella era una campesina que ha vivido lejos de mí, no físicamente lejos. Cuando yo era niña, mi madre siempre estaba en los campos, trabajando y me llevaba con ella, me dejaba bajo la sombra de un árbol, mientras trabajaba. Podía verla, pero su mirada nunca estaba sobre mí, siempre estaba en el trabajo, en los cultivos o en los animales. Siempre tenía esa atención muy fuerte al trabajo que era obligada a hacer por los hombres de la familia, primero su padre y después del matrimonio, no tanto su marido, mi padre, como su suegro.

Estas mujeres campesinas, no solo mi madre, todas, pasaban de la sujeción a los padres, a la sujeción a otros padres indirectos, que eran los suegros. Y en este mundo en el que el único verdadero valor era el trabajo, el sufrimiento, el sacrificio, a las mujeres les quedaba muy poco tiempo, cero, para sí mismas, pero también muy poco para los hijos y las hijas. Entonces, me sentí como una hija no amada, y he trabajado muchos años para entender a mi madre y para entender que en ella no había culpa, que ella misma era obligada a no estar cerca de mí. Siempre he buscado en mis libros, a partir de Mi madre es un río, el más autobiográfico, representar estas maternidades malhechas, estos desamores de las madres, y también las consecuencias que tenían sobre las hijas, que yo misma he vivido en mi vida.

¿Qué es la geografía para usted: una inspiración o una prisión?

Ambas. Para mí la geografía de los lugares de nacimiento es siempre determinante en la vida de las personas, no en un modo absoluto, no digo que no se pueda escapar, que no pueda una liberarse, emanciparse de las constricciones que un lugar de nacimiento puede determinar en la vida de las personas. Pero seguramente nos influye muchísimo y seguramente estamos muy ligados a los lugares en los que crecimos, por lo que la atadura siempre existe, es fuerte, y a menudo ese lugar puede convertirse en una prisión y nos puede encadenar si no tenemos la fuerza para romper esas cadenas.

No digo que deba ponerse una distancia física entre sí y un lugar de nacimiento doloroso, pero es importante romper esas cadenas en la mente. En mi vida he tenido que trabajar mucho en esto y, aunque me quedé en mi región, tengo una relación con ella muy ambivalente, muy dialéctica. A veces he sido acusada de representar mi territorio de manera muy dura, muy despiadada, pero el objetivo de la literatura no es hacer tarjetas postales, así que nunca escribiré postales de los Abruzos y siempre buscaré, si los mantengo en mis libros, representarlos en su complejidad y sus contradicciones.

Desde Gabriele D’Annunzio usted se ha convertido en la escritora de los Abruzos. ¿Cómo se siente ser la historiadora actual de la vida privada de esa región de Italia?

Lo vivo siempre con una cierta ambivalencia. Nunca me he sentido muy cerca de D’Annunzio y de su celebración de los Abruzos y los aspectos más arcaicos de este territorio. Habiéndolo vivido en lo profundo, ¿qué significa pertenecer al mundo y a la cultura campesina? No me siento cercana a esas narraciones de quien al mundo campesino lo cuenta desde arriba, desde afuera, como si fuera un paisaje exótico, ancestral. No me siento cercana a esas narraciones, aunque admiro, desde un punto de vista formal y estilístico, la literatura dannunziana. Me siento mucho más cerca de un escritor como Ignazio Silone, quien también ha contado, pero desde otro punto de vista, el mundo campesino. Ha contado el mundo de los cafones (campesinos), su sufrimiento real, su subordinación. En su novela más famosa, Fontamara (1930), hay una terrible escala social en la que los cafones están realmente en el fondo, pero muy, muy en el fondo, y vienen mucho después los perros del príncipe. No soy más de esa parte.

Las catástrofes también son protagonistas silenciosos de sus novelas: pandemias, guerras, terremotos. ¿Cómo puede trabajar con tanto pesimismo sobre el mundo?

No creo que sea tan pesimista, porque lo que voy a buscar en el fondo es la energía, los recursos, la resiliencia, la resistencia que el ser humano puede poner en marcha también frente a las catástrofes. Ha usado una palabra muy justa para mí, “catástrofe”, como la del terremoto que vivimos en el 2009 (una palabra que suelo escuchar también a propósito de México). Lo que fui a buscar en Bella Mia es qué se puede poner en marcha en la experiencia de la pérdida, del luto, del dolor. Quizás, como pasa con la protagonista, que siempre se ha sentido una persona muy débil, disminuida respecto a su gemela que era, en cambio, solar. ¿Qué descubre esta mujer en el momento en el que muere la gemela mejor, aquella de la que siempre fue su sombra? Descubre que es su turno, que le toca a ella el trabajo sucio, tomar la vida en sus manos sin alguien que la proteja. Es cuando descubrimos que tenemos recursos que no sospechábamos poseer. En eso no soy tan pesimista: lo que nos ocurre en términos de catástrofes o traumas nos puede aterrar, pero también nos puede hacer descubrir nuestra fuerza secreta.

En Mi madre es un río, la madre de la protagonista sufre Alzheimer; en La edad frágil, la sociedad es la que ha perdido la memoria. ¿Cómo el olvido cumple una función en su literatura?

Nunca soy favorable al olvido, a los secretos, a lo no dicho. Pienso que hacen muchos daños. La política sí, la política sí que suele usar instrumentalmente el olvido en ciertos temas que son incómodos en nuestras sociedades. La política intenta orientar la palabra y elegir qué debe ser nombrado y qué no debe ser nombrado. Pero nosotros, escritores, periodistas, intelectuales, debemos oponernos al olvido siempre, porque es una sustracción de la verdad y de la complejidad respecto a la vida social, a la vida individual. El olvido siempre es una forma de eliminación, de negación, y todo lo que se elimina es negado; luego vuelve a la superficie pero tal vez en formas que no son correctas, porque tal vez se crean tensiones, con el tiempo traen frutos envenenados, como pueden ser las guerras en gran escala.

En La retornada los padres biológicos y los adoptivos han olvidado sus responsabilidades frente a la hija. En varias de sus novelas me da la impresión que busca llenar vacíos en las historias de sus personajes, esos vacíos, esas responsabilidades. ¿La literatura es para usted llenar vacíos?

No sé si quiero llenar un vacío. No creo. No creo que haya tenido posibilidades humanas y literarias para llenar un vacío. Lo que seguramente quiero hacer es, en estos vacíos, que a menudo son oscuros, encender una luz en ellos y con esa luz iluminar todas las piezas. Porque creo que es el objetivo de la literatura. No creo que la literatura pueda ser salvífica en una escala social, amplia. Pero lo que puede hacer es indicar dónde está ese vacío y describirlo, escribir ese vacío, para que se convierta en un tema. Y, tal vez, las soluciones puedan ser buscadas, encontradas o no encontradas. Pero, mientras tanto, ese vacío finalmente sube a la consciencia.

El personaje de Fioravante, en Mi madre es un río, es un veterano de guerra, de una guerra que perdió su país, está en el bando de los perdedores. ¿Fioravante es Italia para usted?

Su pregunta es hermosa, nunca nadie me la había hecho. Fioravante era una parte de Italia que vivió la Segunda Guerra Mundial. Él representa a los hombres, a los jóvenes que vivían en los territorios de la campiña, de las montañas, de los que el Estado no sabía nada, de los que nunca se preocupaba, y que nunca habían tenido ningún beneficio por parte de Italia, porque vivían en estas zonas aisladas. Y desde que eran niños, estos chicos, pero también las mujeres, como pasó en mi familia, hacían una vida de sufrimiento, de sacrificios, para sacar un pedazo de pan a la tierra. Y en cierto momento llega el Estado y los llama a la guerra. Y entonces, de verdad, se escaparon de ese pequeño mundo y fueron enviados a combatir en una guerra que para ellos no tenía ningún sentido. Y si debo responder a su pregunta: sí, es verdad, Fioravante representa a esa Italia que era obligada a participar y a combatir en una guerra que no sentían propia, que no tenía sentido para ellos, arriesgando su vida, las vidas de miles de jóvenes.

¿La edad frágil es la novela más personal para usted? En ella actualiza el lenguaje para adoptar el término feminicidio. ¿Por qué escribir con un lenguaje actual los hechos del pasado?

Fue un poco el objetivo de esta novela renombrar un hecho que no había sido bien entendido en su momento. Cuando estas dos chicas fueron asesinadas (aquí cerca, en mi región, puedo ver la montaña desde la ventana, a mis espaldas), no solo faltaba la palabra “feminicidio”, sino también una profunda conciencia de qué había pasado. En ese momento se consideró un caso de unas chicas que paseaban en la montaña, encontraron a su asesino y murieron por su mano. La incorporación, muchos años después, del término “feminicidio” ha cambiado todo, ha cambiado la relación causa-efecto.

Entonces, ese día en la montaña no fueron asesinadas dos personas que por casualidad eran mujeres; fueron asesinadas porque eran mujeres, si no hubieran sido mujeres aún estarían vivas. El lenguaje es necesario para definir con más precisión los hechos. Y necesité reescribir ese doble feminicidio después de todos estos años, con la sensibilidad de hoy y con las palabras de hoy. En el 97 cuando ocurrieron, ya era adulta, pero yo misma no había comprendido con profundidad qué había pasado. Y necesitaba una madurez de mi sensibilidad, también gracias a escritoras feministas, como Michela Murgia, que a veces llevando la madurez del lenguaje al extremo, contribuyeron a esa toma de conciencia.

Otro término actual, sororidad. ¿Qué pasa entre sus personajes femeninos, en las relaciones madres-hijas de sus novelas? ¿Dónde se halla esa sororidad?

eEste es otro tema muy importante para mí. Yo la llamo hermandad (sorellanza), pero me gusta mucho “sororidad”. Para mí, la hermandad o sororidad representa una posibilidad que viene dada cuando la relación madre-hija no ha funcionado bien. Cuando hay una carencia primaria, porque todos sabemos cuán importante es en las primeras fases de la vida que esa relación funcione bien, pero no siempre sucede. ¿Y entonces qué ocurre si no se da una buena relación, si las madres no pueden amar en un modo suficientemente bueno, como decía (Donald) Winnicott, a los hijos y las hijas en particular? ¿Todo se perdió? ¿La vida se acabó? ¿Seremos siempre víctimas de esta carencia originaria?

No, yo digo que no. Por supuesto, ninguna relación de sororidad puede completamente sustituir esa carencia primaria. Pero seguramente el apoyo, la proximidad de las “hermanas”, y no necesariamente biológicas, puede en parte compensar esa falta. Esto sucedió en mi vida, he sido hija única, así que no he tenido hermanas biológicas, pero en relaciones, en relaciones amistosas, he tenido mucho, mucho confort, una posibilidad de comunicación, de diálogo, de palabra, de hablar con las pares, con las hermanas, sobre los temas de la vida, sobre lo que enfrentamos, lo que encontramos en la vida.

Su profesión original es la de odontóloga. ¿Trabajar con dolor ajeno aporta algo a sus novelas?

Siempre espero que este trabajo, que ha tomado 38 años de mi vida, me haya dado algo. Ciertamente, me ha dado satisfacción y no reniego de él, pero también porque no he tenido el coraje de seguir la dirección correcta para mi vida, que es la escritura. Siempre digo que, siendo un trabajo de tipo quirúrgico, me ha dado esa actitud quirúrgica en la forma de mi escritura. Probablemente, en parte, me ha enseñado a quitar, a destripar, a escribir sustrayendo, quitando lo superfluo. Los libros de odontología son así: no hay nada superfluo, no hay un adjetivo superfluo. Y también en el trabajo he tenido que quitar mucho, quitar las infecciones, las caries. Algo se habrá pasado de ahí. O quizás me lo digo a modo de consolación, porque en realidad, quienes me han enseñado a quitar cosas superfluas han sido las lecturas de los grandes escritores en los que me he reconocido y cuyo estilo era para elevar.

AQ / MCB

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José Juan de Ávila
  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.
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