Hay lectores, siempre los habrá, algunos ávidos, incesantes, otros ocasionales, de un solo libro, casuales o de infinidad de gustos e intereses, monotemáticos o infinitos como la inabarcable producción editorial. Lo difícil es convocarlos, provocar el encuentro entre el lector y el libro indicado. Pocas editoriales logran dos hechos fundamentales para convertirse en un referente obligado: el primero, sin siquiera advertir el logo, al ver la portada, se reconoce de inmediato quién publica, tienen identidad gráfica. El segundo y más importante, aun cuando el lector no conozca al autor o el título no lo seduzca, compra el libro, confía. Decide adentrarse en esas páginas porque está seguro de aproximarse a una experiencia gratificante. Sabe de la autoexigencia de la editorial para construir un catálogo donde cada obra aporte renovadas formas de acercarse a la realidad. Ese es el sello del editor, así se construyó Tusquets Editores, mejor conocida solo como Tusquets. La marca de Beatriz de Moura (1939-2026) ¿qué hay detrás de su magia?
Beatriz ante todo fue lectora, su afirmación constante era: “un editor busca, escucha, encuentra, es un inconforme: lee, lee, lee”. Verla, cada año, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en escasas ocasiones en la Ciudad de México o en España, para mí era un gran acontecimiento. Hablaba con naturalidad, sin pudor, de sus hallazgos, inquietudes, placeres. Escuchaba con atención a cualquier persona. Un día le agradecí su generosidad al hacerle una consulta: “gracias por escuchar”. Me maraville con su respuesta: ¡qué agradeces!, tú me das.” No pude reprimir mi curiosidad: “¿qué te puede dar alguien como yo?, ¡tú eres experta!”. Soltó una gran carcajada “¡qué dices!, por conversaciones así me han sucedido grandes cosas. Un día, una traductora, me dijo: “¿sabes que Milan Kundera cambiará de editorial?”, de inmediato le escribí y le mandé mi catálogo. Él respondió con una llamada telefónica, vio entre los libros de Tusquets a muchos amigos suyos, eso le dio confianza, a los pocos días conversamos personalmente”.
Así se describió así misma en Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz: “…he sido siempre infinitamente curiosa, he metido las narices en todas partes, he aprendido y he vivido mucho las experiencias que la vida me ha ido planteando. He corrido riesgos y me he metido en cualquier situación (…). Por carácter, por manera de ser, he conseguido que mi vida y los conocimientos que iba adquiriendo se fueran tejiendo, fueran formando un pensamiento, una manera de ser”.
El sello del editor
Para los editores independientes publicar es resultado de un equilibrio muy frágil. Necesitan ser fieles a una propuesta cultural, un modo de vida donde la lectura es el centro, una búsqueda sin tregua para aportar títulos con el deseo de enriquecer las formas de ver el mundo, el aprecio por la vida, perspectivas de comprensión y con eso ganar dinero. Es ineludible la rentabilidad de una editorial, mantener una empresa, convertirla en negocio, es necesario si se quiere conservar la independencia de escoger con libertad libros vitales, estimulantes para el editor. La aportación del editor necesita ganar eco, generar recursos para seguir haciendo más libros. Es una constante disyuntiva entre la radical independencia de criterio, los sueños e ideales, y el compromiso de lograr dividendos. Los grandes editores son seres únicos, con una sensibilidad muy fina, tanto para seleccionar qué publicar, como para entender de negocios y estar comprometidos con las finanzas, sin ese balance la tarea es imposible.
Una editorial con propuesta da elementos para configurar la realidad, ¿podríamos entender la Italia bajo Mussolini sin Einaudi, sin autores como Cesare Pavese, Norberto Bobbio o Natalia Ginzburg?, qué sería de Argentina sin Sur (la editorial y la revista) donde confluyeron, gracias a Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, María Rosa Lida y Pedro Henríquez Ureña, entre tantos más.
Beatriz de Moura tuvo la valentía de ser honesta consigo misma y actuar en consecuencia. Escribió una novela, al leerla reconoció: “No soy la escritora que quiero ser. Entonces lo acepté: mi deseo sería imposible, tenía que trabajar para ganarme el pan”. Su pasión por la literatura, sin proponérselo del todo, tomó otro cause: ser editora. Creó uno de los sellos editoriales más icónicos en español: Tusquets. ¿Cómo, con qué? con gusto literario, pero ¿qué es eso?, para ella era simple responder, pero todo lo sencillo encierra una gran complejidad. Más de una vez la escuché nombrar qué hacía: “cuando leo un libro y me gusta, porque algo transformó en mí, me reveló otra forma de comprender o me sacudió a tal punto que no hay modo de volver al estado anterior, lo sé, debo publicarlo”. Si ese criterio viene de alguien con una vida coherente, admirable, y con cientos de lecturas como respaldo, el resultado es contundente: el sello del editor.
Todo implica riesgo: cada decisión es una aventura
Beatriz de Moura construyó una estrecha relación con sus autores, ella lo sabía, una editorial es una empresa, pero también una casa para los escritores, sin autores no hay editorial, por eso se dice: casa editorial. En la aventura de publicar un libro se embarcan: autor, editor, lector. El editor arriesga su patrimonio, pero el escritor se juega la vida, para dar algo valioso al lector. Por eso Beatriz acogía a los autores en una convivencia y diálogo continuos, permitía y favoreció la retroalimentación en todos los aspectos implicados en publicar. La creación literaria se liga de manera íntima al cotidiano del creador: si tiene dinero para pagar la luz, la comida, si su vida es equilibrada o de excesos; todo influye en el proceso creativo y modo de percibir. Se vuelve inevitable para el editor quedar envuelto en esas minucias.
Contó cientos de anécdotas al respecto, siempre entre risas. Cuando Milan Kundera aceptó publicar en Tusquets, su esposa preguntó al ver por primera vez a Beatriz de Moura y Antonio López Lamadrid: “¿Quién de los dos maneja el dinero?”, Beatriz señaló a Tony, su esposo. Věra Hrabánková se llevó a Antonio de inmediato a otro cuarto para acordar con él detalles del pago. Dejó a Kundera y Beatriz solos en una habitación. En ese momento Kundera, con desconcierto le dijo a Beatriz “mi esposa es mujer y está sola con su esposo, usted es mujer y está sola aquí conmigo”, Beatriz respondió con naturalidad: “¿Cuál es el problema? Hagamos cada cual lo que nos corresponde”. Entonces sacó de su bolsa una copia en francés de La insoportable levedad del ser, para mostrarle desde su punto de vista las inconsistencias de la traducción. La versión en español se basó en la francesa.
Las ideas de Beatriz sobre la edición tenían soporte en su particular modo de percibir el entorno. Su objetivo de construir un catálogo de excelencia, coherente, la llevó a juntar una constelación de ideas, estilos y voces plurales, en apariencia discordantes, pero en diálogo. Editar es un quehacer complejo, no se aprende en universidades, implica gran rigor. Ella fue una autora invisible, su compromiso en la selección de autores, la atención al diseño, hizo de su trabajo lo que Roberto Calasso llamó La edición como género literario.
Beatriz de Moura trascendió por su capacidad de escuchar al autor y al lector, desde esa empatía con ambos construyó un contexto para cada libro, un cauce para la recepción de la obra. Una muestra entre cientos, es lo que contó sobre cómo dio con la portada para El amante de Marguerite Duras. Tuvo múltiples encuentros con Duras para hablar de los pormenores de la publicación. En una de tantas conversaciones le preguntó si tenía fotos de la época de la novela. Entonces la escritora puso muchas fotografías de sí misma y su familia sobre una mesa, Beatriz vio en una esquina, bajo otras, un pequeño retrato de una jovencita y lo tomó. La autora francesa al ver su interés le dijo con pesar “¿verdad que no me parezco?, no hay ningún parecido entre mi yo de entonces y quien soy ahora. Esa foto es justo de la edad cuando me ocurrió lo que cuento. Míreme, hoy tengo la cara completamente devastada”. Entonces lo acordaron: esa imagen sería la portada de las ediciones de El amante. El impacto en los lectores de ese detalle de la foto de Duras adolescente, conocer el rostro de la protagonista, influyó en la recepción del libro.
La edición independiente es un género literario donde el narrador es silencioso, acompaña a los autores, los escucha, potencia el valor de su escritura ante el lector. Moura se negó a ser considerada una intelectual, decía: “soy editora, elijo libros que a mí me gustan y quiero que los demás disfruten, esa es mi función. Lo vi muy pronto, en todos los sitios donde trabajé, antes de crear Tusquets”.
Construir un catálogo, una trayectoria
Su amor por la lectura la llevó a trabajar en diversas editoriales haciendo de todo. Sus primeras incursiones creativas fueron en Gustavo Gili y la formación decisiva la adquirió en Lumen, bajo las órdenes de Esther Tusquets. Entonces Lumen era una empresa de la familia Tusquets. Beatriz estaba casada con Óscar Tusquets, hermano de Esther. De Moura trabajó arduo para elegir autores, libros por publicar, bajo la dictadura de Franco era difícil sortear la censura. Configuró dos colecciones: Cuadernos Marginales y Cuadernos Ínfimos, no fueron aceptadas. Poco después Beatriz dejó Lumen. Óscar, su esposo, retiró sus acciones de la editorial familiar y con ese poco dinero Beatriz de Moura arrancó Tusquets, en la sala de su casa, con las dos colecciones rechazadas.
Su trabajo desde siempre fue: “Buscar, escuchar, encontrar… Y además, ¡leer, leer, leer! No había un solo segundo en el que no estuviera leyendo”. La edición es una actividad artística, como todo arte, navega en la contradicción. Quien busca una vida tranquila y estable no puede dedicarse a ser editor. Es el territorio de lo impredecible. Se vence una crisis y al poco tiempo se enfrenta otra, la economía y ganancias son precarias. El mercado es abundante, pero siempre en cambio, no hay fórmulas, cada editor debe tener vocación de reinventarse y estar abierto para sacar provecho de lo inesperado.
Desde el principio, con Cuadernos Marginales y Cuadernos Ínfimos, Beatriz de Moura se propuso tres metas, en sus palabras: “Uno: reivindicar las vanguardias literarias del siglo XX, la literatura marginada, minoritaria, incluso ‘maldita’ pero importante; dos: aportar elementos para un debate vivo, activo, polémico en el terreno de la cultura y las ideas, mediante textos refractarios a las graníticas ideologías de la época; tres: publicar la narrativa de autores noveles españoles e hispanoamericanos”. El resultado fue un catálogo de más de dos mil quinientos títulos en más de diez colecciones. Algunas de ellas son: Metatemas: libros para pensar la ciencia y filosofía con fines de divulgación; Tiempo de Memoria: biografías, memorias, diarios y testimonios; La sonrisa vertical: de literatura erótica, y la mítica Andanzas donde se reúnen sus autores de culto: Haruki Murakami, Georges Simenon, John Irving, Almudena Grandes, Milan Kundera, Marguerite Duras, Annie Ernaux, Natalia Ginzburg, Leonardo Padura y tantos más.
Fluir en la eterna crisis y contradicción
En su niñez sus padres cambiaban de residencia cada dos o tres años, eran diplomáticos, así aprendió varios idiomas, además estudió traducción. Lo compartió de forma reiterada: “lo único que se repetía en todas nuestras casas era la biblioteca, el sillón donde mi padre se sentaba a leer, eso fue lo que identifiqué como mi hogar: los libros”. Su hermana mayor se suicidó y poco tiempo después, a los diecisiete años, Beatriz decidió, para tener el derecho de hacer lo que quisiera, ganarse la vida por sí misma. Lo hizo en un medio hostil para las tareas culturales: la Barcelona bajo la dictadura de Francisco Franco.
Quizá por eso los avatares y penurias no le hacían demasiada mella. En una de tantas entrevistas reveló: “…no me quejo ante lo difícil, de ahí vienen los grandes aprendizajes”. Para mí una de sus múltiples aportaciones es su ejemplo de vida, ese fluir natural con la adversidad. Su obra marcó pautas, es nervadura donde se sostienen potentes estructuras, no grita, solo está, por eso al desaparecer se resiente tanto. No deja de sostener, inspira, marca rumbo, con sus decisiones y renuncias. En 2012 dejó la dirección de Tusquets, la fundó en 1969, estuvo al frente de ella más de cuarenta años. Lo dijo con esa valentía tan suya: “viene una crisis dura, larga, ya no tengo fuerzas. La lectura y el modo de acercarse a los libros cambiará de manera radical”, en ese momento tenía setenta y tres años. Tusquets, como Beatriz de Moura, pertenecen a esa casta de seres que hacen posible convertir las creencias en hechos. La cabeza de Beatriz de Moura, su imaginación, creó conjuntos de propuestas diversas: sus colecciones editoriales; para facilitarnos aceptar, rechazar, discernir, en suma contribuyó a brindarnos herramientas para pensar y vivir. Beatriz de Moura escuchó, leer es escuchar, comprender. Sin duda hay muchas formas de nutrición intelectual, pero la experiencia de lectura es insustituible: obliga a la concentración, a reflexionar, da empatía, aumenta la capacidad expresiva, abre puertas y ventanas, todos esos ejercicios son necesarios, urgentes, hoy y siempre. Sin ellos la vida se queda sin sentido. Beatriz de Moura es un referente para abrir horizontes.
AQ / MCB