M+.- El olor a quemado ya no invade como aquella tarde, pero no se ha ido. Permanece adherido a los muros, a los restos de ladrillo que aún yacen sobre el suelo y a las estructuras que no han terminado de levantarse. En la esquina de Acueducto y Camino a Las Vegas, en la colonia Álamo Industrial, en el sur de Guadalajara, el tiempo parece haberse detenido desde aquel 30 de abril de 2025.
Visitada por MILENIO, la fábrica de aerosoles Petromaq, donde se originaron las explosiones, sigue en pie, pero no en funcionamiento. Lo que queda es una estructura herida: paredes ennegrecidas, boquetes cubiertos con al menos cuatro mallas ciclónicas y un perímetro que hoy luce abandonado.
La maleza ha crecido en algunas zonas y el exterior se ha convertido en un tiradero improvisado: botellas, cartón, bolsas de basura y hasta una escoba conviven con restos de escombro. Entre ellos, algunas latas de aerosol permanecen como testigos de lo que ocurrió.
Ese día, una serie de explosiones sacudió la zona y alcanzó las viviendas cercanas. El saldo fue de cinco personas fallecidas : José de Jesús, de 35 años; Gloria Sánchez, de 56; Jorge Octavio; Janeth Berenice y Gaudencio. Además, Jorge Octavio Rivera, quien trabajaba como montacarguista en la empresa, permanece desaparecido a un año del siniestro.
Ventanas y heridas abiertas
A unos metros de la fábrica, un terreno familiar resiste. Detrás de un portón, lo que antes era un espacio habitado por cinco familias hoy es un escenario de reconstrucción, ruina y ausencia. Casas a medio levantar conviven con otras que siguen quemadas, abiertas, sin ventanas, como si el incendio hubiera ocurrido hace apenas unos días.
El terreno pertenece a cinco hermanos. Cada uno, con los años, construyó su patrimonio. Era un lugar compartido, familiar, construido desde cero: “Son cinco familias las que se encontraban en el domicilio… es un terreno por herencia… de los cinco quedan dos familias aquí, y en reconstrucción las casas que se encuentran dañadas”, explica para MILENIO Miriam Sánchez, hija de uno de los dueños.
Hoy, solo dos familias permanecen ahí. Las demás se fueron, algunas por decisión, otras porque ya no hay a dónde regresar de la misma forma.
El día de la explosión, Miriam no estaba en casa: “Me encontraba laborando en la empresa; en el domicilio se encontraba mi hijo, mi abuelita y una de mis tías”. La detonación fue repentina. El estruendo obligó a salir sin tiempo para pensar: “Al ocurrir la explosión, pues, lo que hicieron ellos fue salir… pero al salir, pues, todos tomaron camino diferente… en realidad, no supimos para dónde se fue uno o el otro”.
La escena fue de confusión total. Cada quien huyó como pudo: “Salgo del trabajo para venir a mi casa a buscar a mi hijo… pero al salir, pues mi hijo ya estaba fuera… esperando que yo saliera”.
Ese momento marcó el inicio de un año que no ha terminado de cerrarse. Las viviendas quedaron dañadas, algunas con pérdida casi total. Techos colapsados, muros fracturados, ventanas inexistentes: “Protección Civil y todos ellos, pues sí dicen que tiene reparación”. Sin embargo, la posibilidad de reparar no significó una solución inmediata.
Las familias tuvieron que abandonar sus casas durante meses: “Todos tuvimos que salir a rentar. Nos fuimos, que fue de abril hasta diciembre; tuvimos que rentar por fuera… algunos nos fuimos lejos”.
Durante ese tiempo, la vida cotidiana se fragmentó. Cambiaron de colonia, de rutas, de dinámicas: “Nos quedamos ocho meses… lo que estuvimos rentando”. Aunque la empresa cubrió parte de los gastos de renta, la realidad fue más compleja: “Aquí cerca no íbamos a encontrar una casa en renta con lo que nos estaban dando”.
El proceso con la empresa no fue inmediato. Tras el incendio, hubo acercamientos, pero el acuerdo tardó meses en concretarse.
“En algún momento, cuando ocurrió todo, la empresa se acercó con todos… llegaron a un acuerdo para hacerse responsables en lo que se llegaba a un acuerdo”. Fue hasta diciembre de 2025, ocho meses después del siniestro, cuando finalmente se definieron los montos: “Fue que se les dio una cierta cantidad para que puedan hacer la reparación de cada casa”.
Las familias tuvieron que tomar una decisión: aceptar o iniciar un proceso legal que podría prolongarse por años. Optaron por lo primero. Ese dinero permitió comenzar la reconstrucción, pero no borró lo vivido.
Hoy, el terreno muestra distintas etapas: casas terminadas, otras en obra negra y algunas que siguen intactas en su deterioro: “Poco a poco se han ido construyendo las casas nuevamente… algunas apenas van empezando también”.
En una de las viviendas, los muros nuevos contrastan con los restos de lo que quedó. En otra, las paredes siguen abiertas, sin vidrios, con el interior expuesto. Hay espacios donde el silencio pesa más, especialmente donde ya no volverán quienes habitaban ahí.
Una de las pérdidas más cercanas fue la de Gloria Sánchez. “Una de las casas era de mi tía, Gloria Sánchez”, quien falleció a consecuencia del incendio. Su ausencia no solo se refleja en la casa que dejó, sino en la dinámica familiar que se rompió.
A pesar de la reconstrucción, el arraigo también se pone en duda. No todos quieren volver, no todos pueden. Pero para quienes se quedaron, la historia es más compleja.
Miriam ha vivido ahí toda su vida. Regresar no ha sido sencillo. Habitar el mismo espacio implica convivir con el recuerdo constante: “En realidad es algo muy difícil, y más porque se van llegando las fechas y es como algo difícil… es como revivir lo que pasó”.
Dolor intacto
La ausencia de Jorge Octavio Rivera permanece intacta. No hay cuerpo, no hay dictamen concluyente y tampoco certeza. Solo indicios: restos calcinados, objetos incompletos y un proceso legal que avanza lento, condicionado por trámites que hoy mantienen en pausa el acceso a la verdad.
Jorge, originario de Sinaloa, llegó a Jalisco en busca de mejores oportunidades laborales. En Tlajomulco construyó una vida junto a María Guadalupe Ibarra, su pareja sentimental, con quien compartía hogar y responsabilidades familiares. Durante más de cinco años trabajó como montacarguista en la empresa donde ocurrió el siniestro.
Para María Guadalupe, el tiempo no ha traído respuestas. A finales de 2025, la Fiscalía de Jalisco la llamó para informarle sobre el hallazgo de algunas pertenencias que podrían estar relacionadas con él.
Sin embargo, nada ha sido confirmado: “No se ha encontrado nada verdaderamente que indique que son o que pertenecían a su cuerpo, a él. En este año, no ha habido ya noticias en cuestión a eso”, relata a MILENIO.
“Era un cascarón, se podría decir, de celular, un par de botas y un pedazo de camisa encontrados y, al parecer, eran dientes; esos son los que, pues, los que me podrían indicar más si pertenecen a él, pero hasta ahí se quedó, solamente eso”.
Los restos, según le informaron, estaban calcinados, lo que dificulta los estudios periciales. Sin embargo, más allá de la complejidad forense, el acceso a la información también está condicionado por un proceso legal.
Para poder recibir las pertenencias localizadas y conocer los resultados oficiales, María Guadalupe debe acreditar jurídicamente su relación con Jorge mediante una carta de concubinato: “Para yo recibir lo que ellos habían rescatado de la búsqueda en la empresa, necesito tener una carta de concubinato, que es la que está en trámite y hasta entonces poder yo, pues, consumar esto”.
El trámite no es inmediato. De acuerdo con lo que le ha explicado su abogado, se trata de un procedimiento que requiere la integración de diversas pruebas documentales que acrediten la relación de pareja y la convivencia.
María Guadalupe ya entregó actas, comprobantes de domicilio y documentación personal tanto de ella como de Jorge, además de elementos que demuestran que compartían un hogar. A esto se suman otros requisitos que buscan acreditar el vínculo, como registros del domicilio en común y pruebas de la vida en pareja.
El proceso es lento, pero avanza.
La obtención de este documento es clave: no solo le permitirá recibir las pertenencias encontradas, sino también acceder a información oficial sobre el caso y exigir una definición jurídica sobre el paradero de Jorge.
Mientras tanto, la investigación tampoco ha cerrado formalmente. De acuerdo con su testimonio, la empresa no ha reconocido responsabilidad en el siniestro y no existe aún un veredicto definitivo sobre las causas de la explosión.
En el plano personal, la ausencia de Jorge transformó por completo la vida de su familia. María Guadalupe lo recuerda como un hombre responsable, trabajador y comprometido con los suyos, alguien que disfrutaba los momentos cotidianos y asumía con seriedad su papel tanto en casa como en el trabajo. Hoy, ella sostiene sola el hogar.
A un año de la tragedia, lo que más pesa no es solo la pérdida, sino la incertidumbre: la imposibilidad de cerrar un ciclo, de nombrar lo ocurrido con certeza.
“Sí quisiera que ya esto terminara y que si me dijeran: ‘¿Sabe qué? Esto es lo que hay de él…’, para terminar ya un duelo de un año, pues, que no ha sido nada fácil, por el motivo de que no se sabe dónde está, o dónde quedó, o qué pasó con él realmente”.
En medio del desgaste emocional y legal, María Guadalupe mantiene la esperanza de obtener respuestas, no solo por justicia, sino por la necesidad humana de cerrar la herida.
Humo revela deficiencias
Una vez que se disipó el humo del incendio en la fábrica de aerosoles, quedaron al descubierto las deficiencias en el cumplimiento de medidas de seguridad. Autoridades municipales sostienen que, si bien no hubo un cambio en la normativa, sí se reforzaron los mecanismos de prevención, supervisión y acompañamiento a empresas, particularmente en sectores considerados de riesgo.
Sergio Herrera, director de Operaciones de Bomberos Guadalajara, afirma que tras el siniestro se realizó un análisis institucional que derivó en una estrategia de coordinación con distintas dependencias y actores del sector productivo, con el objetivo de fortalecer la cultura de protección civil.
A partir de este trabajo, se intensificó la socialización de los lineamientos que ya estaban establecidos, pero que en muchos casos no se cumplían de manera estricta; entre ellos, la obligación de que las empresas cuenten con un programa específico de protección civil, identifiquen sus riesgos internos y mantengan capacitado a su personal.
Aunque no se incorporaron nuevos protocolos de forma normativa, el funcionario señala que sí hubo un cambio en la forma de implementación, con mayor cercanía hacia las empresas, asesoría técnica y revisiones más focalizadas por giro.
Como parte de estas acciones, también se estableció la revisión específica por sectores industriales, lo que permitió identificar fallas recurrentes y áreas de oportunidad en procesos internos.
Desde la perspectiva operativa, el funcionario destaca que la principal lección que dejó el siniestro fue la necesidad de reforzar el enfoque preventivo por encima de la reacción ante emergencias: “Como experiencia, pues, todos los incidentes nos dejan un requerimiento por mejorar para nosotros en cuanto a todo lo que es desde la parte preventiva, principalmente darle otro enfoque más preventivo. Esa es la mayor experiencia en la que nos enfocamos actualmente”.
A un año del incendio, la fábrica sigue sin operar. No hay señales de rehabilitación ni de actividad. Solo una estructura cercada, deteriorada y parcialmente cubierta.
Afuera, la basura se acumula; adentro, el abandono es evidente. Mientras tanto, a unos pasos, las familias reconstruyen sus casas con el dinero recibido, pero también con esfuerzo propio.
Algunas han ampliado espacios; otras apenas levantan los primeros muros. La reconstrucción es lenta y profundamente marcada por lo que ocurrió. No se trata solo de volver a tener un techo, sino de rehacer la vida en un lugar que cambió para siempre.
MC
