DOMINGA.– La generación Z creció sin ver las imágenes de los pacientes con sida en los noticieros, cuando en los años ochenta era sentencia de muerte. Ahora se tienen tratamientos preventivos, además de anticonceptivos y apps que hacen posible un encuentro sexual tan fácil como pedir un Uber. Pero otras infecciones de transmisión sexual han vuelto a ganar terreno. Esta es una crónica sobre lo que ocurrió con el condón cuando el miedo que lo volvió indispensable comenzó a desaparecer.
Desiré, una mujer trans de veinticuatro años, procura dejar clara su única condición antes de acostarse con alguien: siempre con condón. Pero le ha ocurrido en más de una ocasión que el hombre con quien tiene sexo decidió cambiar el acuerdo, jóvenes que se retiran el preservativo sin avisarle y continúan como si nada hubiera ocurrido.
“Es una violación a mi confianza y a mi cuerpo”, dice, una mujer trans de veinticuatro años que utiliza Tinder para conocer –sobre todo– a hombres mayores de cuarenta, “solventes y maduros”, específica. En la app aparece como ‘MusaTrans’ y su perfil va directo: “Niña trans. Invítame un café con sugar daddy”.
No se define como trabajadora sexual ni establece una tarifa por encuentro. Prefiere hablar de “acuerdos” con hombres que pueden pagarle gastos, darle regalos, invitarla a viajar o establecer algún apoyo económico a cambio de compañía y una relación en la que puede haber sexo. Las aplicaciones de citas (como Tinder, Bumble o Grindr) se volvieron una alternativa para ganarse la vida.
Con sus parejas mayores suele tener menos dificultades para utilizar preservativo. Cree que muchos pertenecen a una generación acostumbrada a cuidarse. El conflicto aparece con los jóvenes que ocasionalmente llegan a su perfil. Los describe como más insistentes cuando quieren practicar bareback, sexo sin condón. Algunos intentan convencerla; otros aceptan inicialmente su condición y después se retiran el preservativo a escondidas, rompiendo el consentimiento.
Ese riesgo fue una de las razones por las que comenzó a tomar profilaxis preexposición, mejor conocida como PrEP. Desiré la llama su “chaleco antibalas”. La expresión revela la tranquilidad que le produce el medicamento, pero también la manera en que organiza sus temores, con el VIH al centro. Otras infecciones le preocupan menos. Cuenta que ya tuvo clamidia en dos ocasiones y las atribuye a estos hombres que se quitaron el condón. Sabe que puede tratarse y no le provoca miedo.
La experiencia de Desiré ocurre mientras las cifras oficiales confirman el crecimiento de algunas infecciones de transmisión sexual (ITS) en México.
De acuerdo con el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica de la Secretaría de Salud, hasta la semana epidemiológica 32 de este año se habían registrado 15 mil 631 casos de sífilis adquirida: 24% más que los 12 mil 603 contabilizados en el mismo periodo de 2025. Pero el incremento venía de antes: durante 2025 se reportaron más de 21 mil casos, frente a 18 mil 384 en 2024. La gonorrea también mostró repunte: en un corte de 2025, Salud contabilizó 3 mil 487 casos, 14% más que en el periodo comparable anterior.
La historia no cabe en el lugar común de una juventud irresponsable. La medicina consiguió reducir el miedo que durante décadas acompañó a las ITS y ese éxito cambió también la forma de calcular otros riesgos. El embarazo puede prevenirse y el VIH cuenta hoy con herramientas extraordinarias de prevención y tratamiento, mientras infecciones que parecían relegadas al pasado siguen circulando.
El desafío consiste en entender qué ocurrió con el condón cuando dejó de estar asociado, como para otras generaciones, con la posibilidad inmediata de morir.
Sin globito no había fiesta
Verónica Maza Bustamante, periodista y educadora integral de la sexualidad, comenzó a hablar públicamente de sexo cuando el VIH era sentencia de muerte. Durante los ochenta y noventa no existían los tratamientos actuales y las imágenes de personas jóvenes enfermas de sida formaban parte de la memoria colectiva. “En aquellos tiempos decías: si me contagio de esto me voy a morir”, recuerda.
El preservativo adquirió entonces un peso que no provenía únicamente de las campañas de prevención. El miedo hizo buena parte del trabajo y quienes eran jóvenes en los noventa incorporaron el condón a su vida sexual con una urgencia que las generaciones siguientes ya no conocieron.
La ciencia cambió ese escenario. Los antirretrovirales transformaron la expectativa de vida de las personas con VIH y la PrEP añadió una herramienta preventiva que modificó la relación con el virus. Conforme disminuía el temor, también “se relajaba el uso del preservativo”, primero entre hombres que tienen sexo con hombres y después en personas de distintas orientaciones sexuales. Lo plantea como un cambio cultural: los jóvenes actuales no crecieron con el pánico que acompañó la sexualidad de quienes vivieron la epidemia en sus peores años.
La anticoncepción también modificó la negociación sexual. Para muchos jóvenes, explica, el embarazo no deseado tiene más presencia que las ITS. La píldora de emergencia se sumó a métodos que permiten separar la prevención del embarazo del uso del preservativo. Cuando esa preocupación parece resuelta, el condón pierde uno de sus motivos inmediatos. Eso no significa que antes se tuviera menos sexo ni que las generaciones anteriores hayan sido más prudentes. La diferencia está en el contexto en el que midieron el peligro.
Las apps también cambiaron la velocidad de los encuentros. Tinder y Grindr no inventaron el sexo casual, pero hicieron posible que dos desconocidos pasaran del match a la cama en unas horas. Durante la pandemia, recuerda Verónica, esa urgencia adquirió otra dimensión: conoció a jóvenes que aprovechaban cualquier oportunidad para romper el aislamiento y encontrarse, algunas veces sin haber conseguido antes preservativos. La sífilis y la gonorrea, que a finales del siglo pasado podían parecer enfermedades de otra época, resultaron que no se habían ido.
La gonorrea añade una dificultad adicional. Es una infección bacteriana y la resistencia a los antibióticos ha complicado su tratamiento. Eduardo García Castrejón, médico internista e infectólogo, lo observa desde la consulta.
Una vida sexual libre no representa por sí misma un problema; la dificultad aparece cuando la prevención queda fuera. “El condón siempre va a ser el rey”, dice. Aun con vacunas, PrEP y nuevas estrategias preventivas, sigue siendo la principal barrera frente a buena parte de estas infecciones.
El infectólogo advierte además sobre el uso indiscriminado de antibióticos. Todavía encuentra ceftriaxona recetada para padecimientos que no necesariamente la requieren y tratamientos más largos de lo indicado. Esa exposición puede favorecer la resistencia. En su consulta, cuenta, ya aparecen microorganismos que obligan a realizar estudios más específicos, combinar fármacos y prolongar tratamientos. La medicina dispone de más recursos, pero utilizarlos mal puede reducir su eficacia.
Aprender sobre sexo en TikTok
Felipe Hurtado Murillo, doctor en Psicología, sexólogo y presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Sexual, sitúa parte de la explicación mucho antes de que alguien decida ponerse o no un preservativo. Cuando la escuela no responde las preguntas que aparecen durante la adolescencia, alguien más termina haciéndolo y esas respuestas llegan directo al celular.
Tener información disponible no equivale a estar bien informado. Internet resolvió lo primero de manera espectacular. Lo segundo sigue dependiendo de la calidad de la fuente. Durante años Verónica Maza vio a jóvenes buscar respuestas en foros y ahora observa el mismo fenómeno multiplicado en las redes sociales y algoritmos que ofrecen contenidos relacionados con aquello que cada usuario mira, busca o comparte. Una respuesta equivocada puede repetirse infinitas veces.
Felipe identifica otra fuente de aprendizaje entre algunos varones: la pornografía. Su preocupación no consiste en atribuirle conductas sexuales de riesgo, sino en que ocupe el espacio que dejó vacío una educación sexual insuficiente. Un video porno hecho para estimular podría interpretarse cómo la manera en que deben ocurrir las relaciones; y el preservativo, señala, ya no aparece.
A eso se suma un mito que todavía escucha en consulta: creer que una infección “se nota”. Muchas ITS pueden cursar sin síntomas visibles y una apariencia saludable no dice más que una prueba realizada.
La PrEP aparece otra vez en esa percepción del riesgo. Felipe reconoce su enorme importancia para prevenir el VIH, pero ha observado a personas que la interpretan como una seguridad más amplia y tienen encuentros sin preservativo mientras siguen expuestas a sífilis, gonorrea u otras infecciones.
La respuesta tampoco consiste en pedir a los jóvenes que tengan menos sexo. Felipe Hurtado dice que es importante la educación sexual antes del inicio de la vida sexual, con información sobre prácticas de riesgo y herramientas para tomar decisiones cuando llegue un encuentro real. La educación sexual existe en leyes, programas públicos pero su aplicación depende de presupuesto, personal capacitado y voluntad institucional. Hablar de sexualidad con niños y adolescentes, sostiene, no provoca que comiencen a tener relaciones antes. Ninguna clase de Biología reproduce lo que ocurre en una habitación: conocer un preservativo es sencillo; sostener su uso frente a alguien que no quiere ponérselo exige información, autonomía y límites.
Desiré ha vivido en carne propia que ni siquiera un acuerdo previo garantiza que el otro vaya a respetarlo.
El regreso de las viejas infecciones
Durante años la sífilis adquirió en el imaginario popular el aspecto de una enfermedad histórica. La eficacia de los antibióticos permitió tratarla y redujo la presencia que había tenido durante siglos. Verónica Maza recuerda la sorpresa que todavía provocaba, a finales de los noventa, escuchar que alguien tenía sífilis. Los datos actuales contradicen esa sensación de que ciertas infecciones pertenecen al pasado.
La salud sexual contemporánea carga así con una contradicción incómoda. Existen pruebas rápidas, tratamientos, vacunas para prevenir infecciones asociadas a ciertos tipos del virus del papiloma humano (VPH) y estrategias farmacológicas contra el VIH. También existen preservativos accesibles y décadas de experiencia acumulada. Sin embargo, disponer de recursos no garantiza utilizarlos.
Mientras los adultos discuten cuánto debe explicarse, los jóvenes resuelven sus dudas donde pueden. Algunas respuestas provienen de profesionales y otras de creadores de contenido sin formación. Felipe Hurtado recibe pacientes con mitos que llevan décadas circulando y que internet no eliminó; sólo les abrió nuevos canales. Por eso responsabilizar exclusivamente a una generación que “coge sin condón” sería una conclusión demasiado cómoda. En cada encuentro pesan la educación recibida, la percepción del riesgo, la relación con la pareja y, algunas veces, el dinero.
Eduardo García agrega una advertencia desde la medicina: las ITS no siempre se limitan a una molestia pasajera ni se transmiten sólo mediante penetración. Algunas pueden afectar garganta, genitales o vías urinarias después de distintos contactos sexuales. Pero su preocupación hacia el futuro está en las bacterias resistentes. “Me estoy encontrando bichos muy resistentes”, cuenta.
No describe una amenaza lejana, sino pacientes que ya requieren estudios específicos, combinaciones de medicamentos y seguimiento después de tratamientos fallidos. Para él, prevenir sigue siendo mucho más sencillo que intentar controlar después una infección que dejó de responder como antes.
Al cliente lo que pida
Julián tiene veintiséis años, es colombiano y llegó a la Ciudad de México seis meses antes de esta entrevista. Vive en un cuarto de azotea en la colonia Roma y encontró en Tinder una manera de ganarse la vida. Su perfil contiene una frase que funciona como primer filtro: “MSJS sólo solventes”. Cuando consigue un match y detecta interés, explica de inmediato que trabaja como escort y masajista. Después lleva la conversación a WhatsApp Business, lejos de la app donde encontró al cliente.
Convirtió el proceso en un pequeño negocio digital. Una respuesta automática envía una tabla que elaboró con ayuda de IA, con precios, duración y características de los servicios. El “masaje exótico” cuesta 2 mil 500 pesos por una hora e incluye contacto entre ambos cuerpos desnudos y estimulación manual. Otros servicios se cobran aparte. Prefiere dejar las condiciones claras antes de que el cliente llegue a su habitación. Con el condón, las condiciones pueden cambiar.
Julián toma PrEP y dice que eso le proporciona tranquilidad para trabajar porque su principal preocupación es adquirir VIH. También conoce las preferencias de sus clientes. Algunos le piden tener relaciones sin preservativo. Él sabe que la pastilla diaria no sustituye al condón y reconoce que, cuando el cliente paga bien, a veces decide no discutir demasiado. “Muchas veces no me complico la vida peleando por el condón si el cliente paga bien y quiere esa experiencia”, explica.
La generación de Verónica aprendió a asociar el condón con una enfermedad que podía matar. La de Desiré y Julián, en cambio, vive en un mundo distinto gracias a los avances médicos. Nadie tendría por qué añorar el terror de los ochenta. El desafío es conservar la prevención y entender que haber reducido el riesgo frente al VIH no hizo desaparecer las demás infecciones.
Julián seguirá buscando clientes en Tinder. Cuando el teléfono haya quedado sobre una mesa y la transacción digital haya terminado, habrá una decisión que ninguna ‘app’ puede automatizar. Si el cliente pide hacerlo sin condón y paga lo suficiente, Julián reconoce que “algunas veces” tiene que aceptar. Mientras lo confiesa, ríe discreto, como delatando que ese “algunas veces” ocurre bastante.
GSC/ASG