El aislamiento de los adultos mayores ante la pérdida de audición y visión empieza en silencio y con discreción. Durante las pláticas familiares, sus rostros reflejan interés genuino por el tema, su mirada es atenta e incluso asientan con la cabeza para reafirmar la postura de alguien más.
Pero tarde o temprano son descubiertos. Usualmente por el silencio y el semblante perplejo que muestran ante las preguntas “¿Qué dijo, mamá?” o “¿Sí qué, abuelo?”. Y aunque dicha situación suelta algunas risas momentáneas, ese actuar es sólo "la punta del iceberg" de un fenómeno complejo y cotidiano: el aislamiento sensorial.
“El silencio puede ser un mecanismo de defensa para proteger la autoestima. Sin embargo, esta negación retrasa la búsqueda de ayuda, el uso de apoyos técnicos y la implementación de estrategias de adaptación; agravando el aislamiento”, expuso el psicogerontólogo, Elizeth Altamirano, en entrevista con MILENIO.
¿Por qué los adultos mayores se aíslan?
Es una realidad que el sentido auditivo y visual se deteriora conforme la edad. Según estudios realizados en México, alrededor del 10.7% de personas presentan algún grado de pérdida auditiva entre los 50 y 59 años de edad; mientras el 20% lo registra después de los 70 años.
Y si bien esta situación— y otras más relacionadas con la salud— no es sinónimo de una vida sin dignidad ni bienestar, las y los adultos mayores se ven orillados a aislarse tan pronto dejan de identificar al amigo que lo saluda de lejos; de escuchar las pláticas de sus nietos, o de ver con claridad la pantalla del autocobro en el supermercado.
Así, se genera un efecto de bola de nieve. Por vergüenza o miedo a la inutilidad, comienzan a evitar actividades sociales y grupales; lo cual genera daños que van más allá de lo físico o incluso cognitivo, cayendo al campo de los duelos no reconocidos.
“La pérdida progresiva de la audición y la visión suele vivirse como un duelo: duelo por la pérdida de capacidades, de independencia y de la imagen que la persona tenía de sí misma”, explicó Altamirano.
Privarse de las actividades grupales no es una decisión que se toma de manera repentina. Según Elizeth, es un proceso gradual que suele ser una estrategia de autoprotección ante los estigmas sociales, culturales y emocionales que rodean a la vejez.
“Muchas veces no es la pérdida sensorial en sí la que aísla, sino la falta de adaptaciones sociales, la impaciencia de los demás, la escasa empatía y la ausencia de apoyos adecuados”.
Las razones más comunes que pueden llevar a una persona mayor a aislarse son:
- No logran seguir conversaciones, lo que les genera confusión y frustración.
- Temen hacer el ridículo al responder de manera incorrecta o pedir que les repitan constantemente.
- Se sienten excluidas, ya que el ritmo de la comunicación no se adapta a sus necesidades.
- Reducen su movilidad por miedo a caídas, accidentes o desorientación.
- Evitan actividades sociales que antes disfrutaban porque ya les resultan estresantes o agotadoras.
Asimismo, estas ideas falsas sobre la también llamada “época dorada” deriva en una intervención tardía, pues algunos no notifican a sus familiares o cuidadores que han comenzado a dejar de escuchar o ver.
La negación es una de las principales causas, pues “para muchas personas, aceptar una pérdida auditiva equivale a ‘aceptar que están envejeciendo’”. Sin embargo, también deciden esconder sus síntomas por miedo a la dependencia, y con ello a perder su autonomía; porque normalizan el deterioro, al pensar que “es normal a esa edad” y, por ende, “ya no hay nada más que hacer”; por vergüenza de sentirse como una carga, o debido a experiencias previas negativas (burlas, falta de paciencia o minimización de su problema).
¿Cómo afecta la autoestima del adulto mayor?
El deterioro auditivo y visual no sólo implica dejar de escuchar sus canciones favoritas o de leer los mensajes del grupo familiar. También conlleva dificultades para usar los cajeros automáticos; captar las instrucciones de algún trámite, o saber cuántos segundos quedan antes que las puertas del autobús se cierren.
Esto no sólo acelera el deterioro de ambos sentidos— así como el cognitivo—, también perjudica gravemente a la identidad de la persona mayor, así como su manera de relacionarse con el mundo.
“Desde la psicogerontología, se reconoce que estas pérdidas sensoriales afectan la percepción de control sobre la propia vida”, señaló Altamirano. Y como consecuencia de ello, las y los adultos mayores se vuelven más propensos a experimentar sentimientos de:
- Tristeza y frustración, al no poder realizar actividades que antes eran cotidianas.
- Ansiedad, por el miedo a equivocarse, caerse, no entender lo que otros dicen o depender de alguien más.
- Vergüenza, especialmente cuando la persona no logra seguir una conversación o responde de manera incorrecta.
- Baja autoestima, al sentirse una carga para la familia o percibirse como “inútil” o “incapaz”.
¿Qué hacer como familiar?
La desinformación y los estigmas pueden llevarnos a perjudicar a nuestros adultos y adultas mayores, en lugar de ayudarles. Y si bien fortalecer su autoestima es un trabajo integral, desde el núcleo familiar se pueden aportar con acciones simples, pero significativas:
- Hablar claro y de frente sin gritar y respetando los tiempos de respuesta
- Adaptar actividades: usar buena iluminación, reducir ruidos de fondo o elegir espacios accesibles.
- Incluir activamente. Es decir, no asumir que “ya no pueden” o decidir por ellos
- Fomentar la participación, preguntando su opinión y validando sus aportaciones
“La pérdida de audición o visión no implica una vida sin dignidad ni bienestar”, resaltó Altamirano. “La clave está en comprender que la calidad de vida no depende únicamente de las capacidades físicas, sino del nivel de inclusión, apoyo y sentido de pertenencia que la persona tenga”.
ASG