Tenía unas cuantas semanas que la hermana menor de José había decidido independizarse. Él parecía no haber sufrido su ausencia, hasta que vio los cajones del cuarto vacíos: “Realmente ya no va a regresar”, le dijo a su madre antes de soltar en llanto.
La salida del hijo o la hija del hogar genera un cocktail de emociones, especialmente en padres y madres —de hecho, es el fenómeno popularmente conocido como el “nido vacío”. En tanto, y aunque también atraviesan un duelo, los hermanos y las hermanas suelen enfrentar el proceso desde el silencio e, incluso, sin ser totalmente reconocidos.
¿Es un síndrome de nido vacío?
La doctora psicoterapeuta, Maricusa Castrejón, explicó a MILENIO que la única circunstancia por la cual la separación de los hermanos (por independencia) puede ser referida como “síndrome de nido vacío”, es cuando hubo parentificación. Es decir, cuando uno de los hijos o las hijas asume la responsabilidad de la crianza.
De no ser así (o sea, que su papel y su rol se haya mantenido en la hermandad), la especialista prefiere señalarlo como un duelo por separación; por presencia; por transición familiar, o por una pérdida de convivencia fraterna.
“No se pierde al hermano, se pierde esta forma de relacionarse”.
Atravesar el duelo: recomendaciones para hermanos
La experiencia que los hermanos atraviesan tras la independencia de su par entra en la categoría de los duelos silenciosos o no reconocidos. Por lo que la obligación de mamá y papá con el o la hija que se queda en el nido es validar sus emociones sin intentar eliminarlas.
Sin embargo, no es necesario esperar a que la hija o el hijo salgan del hogar para que la familia se permita tener estas expresiones emocionales. Al contrario, Maricusa sugiere que, desde antes del duelo colectivo, cada integrante de la familia “ponga sobre la mesa cómo está viviendo” los procesos.
“Dar permiso a que cada uno extrañe, permitir esta vulnerabilidad y compartirla, hace el proceso mucho más ligero. (...) Cada quien puede extrañar a su modo y adaptarse, por supuesto, también a su modo. Hay que respetar el proceso de cada uno”.
Una vez reconocidas estas emociones, se pueden optar por estrategias más prácticas, como mantener rituales en familia (por ejemplo, tener una comida cada cierto tiempo o realizar actividades juntos) e incluso crear nuevas tradiciones.
“Eso es importante. La tradición siempre va a hacer que haya unión y comunión en la familia”, explica Maricusa, destacando que las nuevas rutinas deben respetar el proceso adaptativo de la persona que sale; más aún si ha comenzado a formar una nueva familia nuclear.
Asimismo, padre y madre deben evitar comparaciones entre el o la hermana que salió y quien se quedó en el nido, así como el relevo de roles y responsabilidades. “Cada uno tiene su espacio tanto físico, como emocional”.
¿Quién sufre más: padres o hermanos?
Las emociones son similares a la que padres y madres experimentan con el nido vacío, como nostalgia o tristeza. Y si bien hay casos donde el hijo o la hija siente cierto alivio al tener “un poco más de espacio físico”, esta sensación puede venir con culpa, al cuestionarse “¿Por qué siento alivio cuando ya se fue?”.
De igual manera, se experimenta una soledad en la casa, añoranza por las viejas rutinas y conversaciones, e incluso celo por “esa sensación de desplazamiento”. Asimismo, la situación puede generar preocupación no sólo por su igual, también por él o ella misma por cómo se adaptará al cambio dentro del nido.
ASG