Política
  • ‘Redada en la fiesta hippie’: la noche en que detuvieron a Jodorowsky en las Lomas

  • En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso. Hoy el expediente policial revela pocas certezas de lo que realmente ocurrió.
PORTADA La noche en que detuvieron a Jodorowsky y otros ‘hippies’ en las Lomas | Especial

Este es un fragmento de la crónica ‘Redada en la fiesta hippie’, de Rafael Cabrera, que publica Debate. Disponible en librerías de México.

DOMINGA.– La historia es sencilla: un joven de clase alta decidió hacer una fiesta en su casa, la primera que organizaba en toda su vida, aprovechando que sus padres estaban fuera de México. La invitación pasó de boca en boca entre amigos y conocidos, y a la noche de la cita llegaron más de 150 personas. Unos llevaban alcohol, otros marihuana, algunos cargaban dosis de LSD. Un grupo de rock animaba la fiesta y, pasada la medianoche, la policía irrumpió con pistola en mano y arrestó a todos los invitados.

Una fiesta que sale mal, como tantas. Podría ocurrir en cualquier sitio, en años pasados o en días futuros. Pero una fiesta siempre será única. Si la filosofía griega nos enseñó que un hombre puede sumergirse dos veces en un río pero nunca será el mismo hombre ni el mismo río, lo mismo pasa con las fiestas. Puedes asistir a todas las fiestas de tu tiempo pero ninguna será como todas las fiestas del mañana.

Una fiesta se rige por el azar, el caos, por una combinación improbable de canciones, pasos de baile, palabras, gestos, personas, ausencias y sorpresas. Un futuro promisorio, dos vidas que se separan, una traición, un crimen, la muerte. Todas las posibilidades danzando alrededor de la misma llama, de la misma noche. Pero la simplicidad de la anécdota es sólo aparente, pues hasta la historia más frívola también puede tener una dimensión profunda. Todo depende de hasta donde se mire.

En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso.
En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky | Archivo General de la Nación

Una historia está hecha de recuerdos y mentiras, de rencores que aún arden, de olvidos y contradicciones, y algunos hechos que pueden comprobarse como este:

La madrugada del 12 de febrero de 1971 fueron arrestadas más de 140 personas durante una fiesta organizada en Paseo de la Reforma 935, en la colonia Lomas de Chapultepec, una de las zonas más ricas del entonces Distrito Federal. Entre los detenidos había gente de teatro, cine y la televisión, artistas plásticos, extranjeros, músicos e hijas e hijos –incluidos menores de edad– de familias de dinero y apellidos respetables. La policía decomisó drogas y pornografía y clausuró la casa. La historia salió en las primeras planas de todos los diarios nacionales del país bajo un nombre en común: una orgía, una fiesta hippie. Un escándalo. 

A casi 55 años, se sabe muy poco de qué pasó en aquella fiesta, cómo se gestó y cuáles fueron sus consecuencias. La memoria es caprichosa y el olvido es un tránsito, como el sueño profundo que antecede al despertar. Porque todo se olvida, pero sólo por un tiempo, a veces nomás falta un chismoso que comience a preguntar.


Un expediente de Jodorowsky elaborado por la policía secreta

Una tarde a finales de 2013, viendo las noticias en internet, leí que el director Alejandro Jodorowsky iba a lanzar una nueva película después de décadas de silencio cinematográfico. La danza de la realidad era el título que el director planeaba presentar en México, un país donde vivió en los años sesenta y setenta. Fando y Lis, El Topo o Santa Sangre son títulos que erigieron a Jodorowsky en un autor de cine de culto calificado como provocador, indecente o pornográfico.

Sin embargo, también hay otras razones para su inmensa fama: su teatro experimental, los años que leyó el tarot a miles de personas en un café de París y por ser el creador de la “psicomagia”, una mezcla de psicología, arte, misticismo y chamanismo, con fines terapéuticos y emocionales, y por la que millones de personas lo sigue en redes sociales. Una especie de gurú digital nacido en Chile en 1929.

Nunca he sido muy fan de su obra, sin embargo he visto varias de sus películas y tengo claro su importancia y la de su obra. Jodorowsky es un personaje que polariza: para unos es un maestro de vida, para otros un charlatán egocéntrico. Yo siempre había estado en el equipo de los indiferentes, pero al ver la noticia de su regreso a México se me ocurrió pedir al Archivo General de la Nación una copia del expediente que hubiera sobre él y los años que vivió en México. Su “versión pública”, como se le conoce.

En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso.
La detención resultó en un escándalo. Las noticias al respecto eran amarillistas, exageradas, plagadas de prejuicios | Archivo General de la Nación

Tras unas semanas de espera, recibí una copia del expediente de Jodorowsky. Eran apenas unas 50 hojas. La mayoría eran recortes de prensa de los años sesenta o algunos reportes elaborados por la Dirección Federal de Seguridad, la policía secreta mexicana que sirvió como aparato de espionaje político y represión en la segunda mitad del siglo XX. En los documentos no aparecía nada grave, sólo datos generales de Jodorowsky y algunos reportes sobre su trabajo teatral y cinematográfico.

Pero cuatro hojas con el logo de la extinta Procuraduría General de la República llamaron mi atención. Era un listado de nombres. Primero venían anotados 103 hombres y después 41 mujeres. Algunos nombres los reconocí, la mayoría no me sonaron familiares y había decenas de apellidos que sonaban extranjeros pero que quedaron escritos cómo Dios le dio a entender al taquimecanógrafo. Alejandro Jodorowsky, por ejemplo, fue escrito como “Alejandro Todorunker”. Estos errores no son inusuales. Los reportes de la policía mexicana están llenos de errores ortográficos. Pueden cambiar una z por una s, o fueron escritos de manera fonética, y esos pequeños detalles pueden complicar las búsquedas.


En el archivo de Jodorowsky no había más referencias al arresto. Sólo esas cuatro hojas llenas de nombres que no explicaban por qué habían sido detenidas. Así que días después fui a la Hemeroteca Nacional, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era obvio que debía empezar por La Prensa, el diario que hizo de la nota roja una pieza de arte popular. Y ahí estaba, la portada del sábado 13 de febrero de 1971. Escrito en grandes letras negras, mayúsculas, la primera plana decía:

REDADA EN UNA ORGÍA HIPPIE

–Niños, artistas, escultores y escritores, en la fiesta.
–Había mariguana, LSD, pastillas y mucha pornografía.
–Jodorowsky, Isela Vega, José Alonso, etcétera, detenidos


Cuando leí y vi esa primera plana, debo admitir que sonreí. Fue amor a primera vista. Fue como contemplar un poema, como leer un cuadro. La portada tenía una extraña belleza. La frase era poderosa, contundente. El editor que puso esa cabeza sabía muy bien lo que hacía. Y décadas después, el efecto del título permanecía, como una droga, un veneno. Alguna vez leí que una portada debe ser tan bella que al lector casi casi le deben dar ganas de lamerla, aunque la de La Prensa sería más como lamer un papel impregnado con LSD.

Pedí todos los diarios disponibles de aquellas fechas para leer más sobre la redada y en todos se repetía la misma historia y, sin excepción, se hacía escarnio de las cabelleras largas femeninas– de los hombres y de sus barbas andrajosas; condenaban las minifaldas indecentes de las señoritas y ponían en duda su dignidad por asistir a semejante evento; o se burlaban de las vestimentas de algunos invitados pues no permitían identificar su género. Algo comenzaba a oler mal. Las notas eran ridículas. Dicho en latín: eran mamadas.

Las noticias eran tan absurdas que acusaban a los invitados de haber bailado al ritmo de “estruendosa música pop”, lo cual, no sé usted, querida lectora, lector, a mí me gustaría bailar con mis amigos al amanecer. Cualquier persona con sentido común podía observar que las noticias eran amarillistas, exageradas, plagadas de prejuicios. No voy a negar que el veneno de la portada surtió su efecto al inicio pero, al leer todas las notas del 13 de febrero de 1971 y de los días posteriores, era evidente que algo no cuadraba. Y después nada. Páginas y páginas de diarios viejos, días y días convertidos en papel reseco, y nada.

En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso.
Poco se sabe sobre esa noche. La historia quedó sepultada por varios años | Archivo General de la Nación

La noticia de la fiesta hippie desapareció de los periódicos después de cinco días. Un escándalo más que se desvaneció cuando una nueva desgracia, una nueva historia, apareció en las noticias, en un ciclo que se devora a sí mismo como una ola que se traga a otra en un mar oscuro. El olvido. Me dio curiosidad conocer la historia real detrás de esa portada, porque los diarios rara vez reflejan la realidad. Y supongo que ahí decidí comenzar a investigar, por lo extraño de la historia y los personajes que la protagonizaban.

Los Esquivel Obregón, una vieja familia porfirista

En las notas periodísticas aparecían dos nombres, dos hermanos, que habían terminado en la cárcel por la fiesta: Manuel y José Toribio Esquivel Obregón Moreno. Ellos eran los indicados para contar la historia, así que me dediqué a buscarlos. Manuel era un fantasma, pero de José Toribio hallé un teléfono y una dirección en la Ciudad de México. Durante días marqué y marqué sin éxito. Nadie. Nada. Así que decidí escribirle una carta contándole por qué lo estaba buscando y la dejé en su domicilio. En mi experiencia, las cartas siempre ayudan a conseguir entrevistas. Hay algo de gentileza, de cortesía, que convence a las personas para hablar con un reportero. Y resultó. A los pocos días, José Toribio me habló por teléfono y me citó en un restaurante que estaba a unas cuadras del Paseo de la Reforma.


Para entonces ya era abril de 2014. El día que nos encontramos hallé a un hombre pasados los setenta años, delgado, alto –sobrepasa el 1.85 de estatura–, y de cabello entrecano. Tiene una voz grave, muy seria. De modales sobrios. Nos sentamos frente a frente en una mesa al aire libre y ordenamos un par de cafés. Él comenzó a hablar. Yo asumí que era una entrevista formal y comencé a grabar. Pero cuando él vio la pantalla de mi teléfono con el botón rojo encendido, su rostro también se encendió y con una voz furiosa ordenó:

—¡NO! ¡Apague esa grabadora! Esto no es una entrevista. No le voy a contar nada, ¡nada!, hasta ver cuánto es su compromiso con esta historia. No le voy a decir nada de esto, que fue terrible, injusto, hasta que usted me demuestre su responsabilidad con la historia.

La orden cayó como un manotazo sobre la mesa. Paré la grabación y me hice chiquito en la silla, apenado. José Toribio tomó aire con fuerza y al exhalar soltó su enojo. Comenzó a contarme de manera vaga sobre él. Era abogado de formación y después estudió Filosofía en la Sorbona de París. Se dedicaba a las bienes raíces. Soltero, nunca casado, ni con hijos. La fiesta, dijo, fue organizada por Manuel, su hermano menor, quien vivía entonces en Guatemala.

Pero cuando se refería a él no lo llamaba por su nombre ni decía “mi hermano”. Usaba una frase distante: “Este tipo”. Comprendí que la relación entre ellos no era cercana. Seguimos hablando pero su relato sólo acariciaba la superficie, no ahondaba. Había en él una especie de freno interno que no le permitía contar todo. Era evidente que le incomodaba recordar. Y mientras lo veía hablar, algo en él me recordó a un árbol, quizá por el cliché de que las personas mayores son como árboles viejos, sabios. Quedamos en seguir en contacto y me dio su teléfono fijo y su correo electrónico. Sonreí cuando oí que su dirección incluía la palabra fresno, un árbol. Cuando nos despedimos, José Toribio insistió: si yo cumplía con mi parte, que era investigar en serio sobre la fiesta, él me contaría todo.

En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso.
‘Redada en la fiesta hippie’, de Rafael Cabrera, es una crónica que publica Debate. | Cortesía

No lo tomé a mal. Me gustó que me pusiera un reto, que tuviera que ganarme el derecho a conocer un secreto. Visto en retrospectiva, fue una lección: debía tener compromiso y responsabilidad con la historia que quería contar. Le prometí que tendría noticias mías pronto. Y entonces fallé. No una sino múltiples veces.

Por aquellas semanas de 2014 entré a trabajar a la radio. Durante meses mi atención estuvo puesta en la historia sobre la infame casa de un expresidente mexicano. Y después mi vida enloqueció un poco, o bastante, y la historia de la fiesta hippie se quedó un buen rato en el cajón. En la primavera de 2015 le mandé a José Toribio por correo electrónico las fotos de las portadas que había hallado. Quería demostrarle que, aunque lento, estaba cumpliendo con mi parte. No respondió. En 2016 lo volví a buscar. Tampoco tuve suerte. Entre 2017 y 2018, cuando lograba que me contestaran en su casa, recibía la misma respuesta: “El señor no está, deje sus datos”. Pero las llamadas nunca regresaban. José Toribio había desaparecido o quizá sólo no quería hablar conmigo de nuevo.

Aquellos fueron años extraños para mí. Y las malas decisiones personales y profesionales, que fueron muchas, se fueron acumulando. Incluidas algunas en contra de mi salud. Hacer periodismo se volvió algo oscuro, pesado. También vivir. Me aburría pensar que el periodismo sólo podía hablar de dinero, contratos, políticos horribles y muerte. Yo quería algo distinto, algo más ligero, con más vida. Irónicamente, pronto me di cuenta que, de alguna manera, otra vez estaba reporteando una mansión en las Lomas.

Y por esa simple razón seguí con la historia de la fiesta hippie, sólo para divertirme, para reencontrar esa emoción casi infantil, de juego, que es necesaria para reportear pero también para la vida. Mucho se habla de cómo el periodismo salva a los otros y nos enseña del mundo pero quizá, para quienes lo ejercemos, hacerlo también es una forma de conocernos y salvarnos a nosotros mismos. Y desde entonces, la historia se convirtió en una especie de flotador al que me agarraba cuando todo iba mal en la vida.


En julio de 2019 decidí buscar otra vez a José Toribio. Le envié un paquete con los documentos que había hallado sobre la fiesta, junto con una nueva carta pidiéndole hablar otra vez con él. Suena a la conducta de un acosador, pero yo prefiero llamarlo “hacer periodismo”. Unos días después, José Toribio me llamó por teléfono. La carta había cumplido su cometido.

—Recibí su mensaje. Venga para platicar. Ya tiene mi dirección.

Un viernes llegué a visitarlo por primera vez a su casa, cerca de Cuernavaca. Toda la colonia está sembrada con árboles frondosos cuyas sombras amainan el calor. Toqué el timbre y la mujer del servicio atendió el llamado. Tras caminar por un pasillo ligeramente oscuro, ante mí se abrió un patio soleado con palmas y una alberca estrecha. Pasé a la sala, una especie de cueva abierta al jardín, llena de muebles antiguos, plantas, pinturas al óleo, fotografías antiguas, espejos, libros y esculturas. Tres perros saltaban de sillón en sillón y del sillón al suelo. Los muros estaban pintados de un color naranja suave, como la carne de un melón maduro. Me senté a esperarlo y a los pocos minutos bajó a la sala. Alto y delgado, cómo un árbol, como lo recordaba. Iba vestido con un pantalón negro de vestir y una camisa blanca de manga larga, de tela ligera. Había pasado más de un lustro desde nuestro primer encuentro. Nos saludamos, pidió un par de vasos con agua y nos sentamos a platicar.

En 1971, una redada en las Lomas terminó con 140 jóvenes detenidos, entre ellos Alejandro Jodorowsky, Isela Vega y José Alonso.
En las notas periodísticas aparecían dos nombres, dos hermanos, que habían terminado en la cárcel por la fiesta | Archivo General de la Nación


—¿En serio nunca vino alguien a preguntarle sobre la fiesta? —pregunté.

Me parecía increíble que nadie en medio siglo hubiera hurgado en semejante caso. José Toribio guardó silencio unos segundos y, con la mirada cabizbaja, respondió con cierta melancolía:

—No. Nadie, nunca.

Le pedí permiso para comenzar a grabar y esta vez aceptó sin problemas. Fue la primera de muchas entrevistas. No sólo con él, también con varios asistentes de aquella fiesta en Paseo de la Reforma 935, fiesta que irrumpió el Negro Durazo y por la que él y su hermano Manuel llegaron a la cárcel de Lecumberri.

GSC


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