Cultura

Cuando Ramones tomó el cielo por asalto

Música

Hace cincuenta años, el 23 de abril de 1976, el cuarteto neoyorkino lanzó su primer álbum en el que, lejos de la amargura y la rabia gratuita, hay un toque lúdico que no impide la celebración.

De acuerdo con Friedrich A. Kittler, la escritura mecánica implica el fin del espíritu hegeliano y de la interpretación romántica del acto de escribir. En su ensayo Gramophone, Film, Typewriter, señala que el usuario más célebre de la Malling-Hansen Writing Ball o “bola mecánica”, el primer modelo de máquina de escribir, Friedrich Nietzsche, cambió su estilo de escritura tras recurrir al teclado. Al pasar de la argumentación a los aforismos, su filosofía adquirió un carácter explosivo, como si una batería de bolas de metal sometiera un obstáculo a un incesante golpeteo.

Una de las leyendas urbanas del rock reza que un crítico describió los primeros conciertos de Led Zeppelin como si cayeran bolas de metal pesado. En Commando, autobiografía de Johnny Ramone (Malpaso, 2014), el guitarrista recuerda que Warner Bros rechazó sus canciones con el argumento de que sonaban “como Led Zeppelin pero en malo”.

Para definir al punk, suele invocarse la espontaneidad como antagónica a la elaboración del rock progresivo que por entonces dominaba la escena musical como alguna vez lo hicieran los dinosaurios en el planeta. Como las historias del surgimiento de Ramones y Sex Pistols demuestran, este movimiento no tuvo nada de espontáneo. Brevedad, contundencia, voluntad y energía, sí; pero sobre todo una gran confianza en el talento e ideas propias para enfrentar un panorama hostil.

Al igual que los entrenadores deportivos analizan los juegos para detectar los errores propios mediante películas, Johnny miró muchas veces el cortometraje de una de las primeras actuaciones de la banda para localizar sus defectos escénicos. Tras ello, concibió una nueva imagen en la que el principio rector fue la uniformidad. Todos llevarían atuendos similares: chaqueta de cuero, camiseta, pantalones de mezclilla, zapatillas de lona. Un vestuario que, además de uniformar al conjunto, buscaba empatizar con el americano promedio, para el que los afeminados atavíos del glam —como los que usaban The New York Dolls— resultaban equívocos, pero que en cambio sentía natural el uso de jeans, camiseta y tenis. Ramones fue el primer grupo indie, no únicamente por su filosofía DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo, el cimiento de la ética punk) y su concepción de la grabación sin trucajes —o lo-fi, como la consideró Tommy Erdélyi, baterista y productor del primer álbum—, sino también por presentarse con la ropa de todos los días. No querían ser “más grandes que la vida”, sino que sus seguidores los vieran como iguales.

A la uniformidad visual, siguió la escénica. En vez de diversificar la atención individualmente, deberían funcionar como una unidad compacta, que se distribuiría por el proscenio asumiendo roles específicos, con los movimientos reducidos al mínimo. El concepto era “eficacia”: actuar como una mole. “Avanzar y retroceder por el escenario sincronizadamente”, revela Johnny en su autobiografía de significativo título. Su objetivo era la muralla erigida por el rock progresivo y por el pop mainstream, en el que no existía el menor resquicio para la presencia de un hatajo de músicos amateurs y ostentosamente feos. Si uno de los monstruos de esa corriente cantó a los ladrillos que se van sumando al muro hasta aislar al artista, las presentaciones de Ramones eran auténticas incursiones guerrilleras destinadas a derruir el emparedamiento para que el rock respirara nuevos aires.

“Demoler, demoler, demoler” coreaban Los Saicos, los limeños que, al igual que los de Forest Hills, se inspiraron en el surf para destilar su estilo garage y protopunk. La pandilla neoyorquina se despliega en escena de modo compacto, a la usanza del “cristal de masa” sobre el que reflexionara Elias Canetti en Masa y poder: un grupo pequeño, rígido y altamente organizado que sirve como núcleo de cristalización para que la masa crezca a su alrededor.

Cuando graban el epónimo álbum Ramones, publicado el 23 de abril de 1976, el cuarteto está completamente en forma. La manera de tocar de Johnny es tensión pura: las venas y los músculos parecieran a punto de romper la pálida carne que los contiene. Por su parte, un febril Dee Dee, con la mirada extraviada en la ciénaga de su mente, marca el tiempo con un grito que recuerda al de un personaje de dibujos animados: “One, Two, Three, Four”, y Tommy coge los palillos con precisión de tambor guerrero. Tras prepararse durante dos años y después de incontables apariciones en el tugurio de la Bowery, en el Max’s Kansas City y otros bares del país, el comando está listo para asaltar el mercado discográfico. Al igual que los primitivos The Beatles (“ese era el grupo que nos apasionaba a todos”, confesó Tommy Ramone en una entrevista con la revista Mojo), cuando probablemente fueran la mejor banda en vivo del mundo por el dominio de su repertorio y el manejo del público, Ramones ansiaba plasmar la energía y furia de sus conciertos en vinilo.

Por ello, aun cuando han transcurrido cincuenta años, ese primer álbum continúa siendo referencial, una obra clásica por la madurez que despliega: aquel sonido crudo y repetitivo se había transformado, en unos pocos meses, en una metralla sonora. Insisto, aunque la música resulte inaudita para los oídos acostumbrados al rock y al pop mainstream, en realidad no hay improvisación. El gran patriarca del punk, Johnny, impone un régimen castrense. Al igual que la distribución sobre el proscenio había sido planeada, también lo fue la secuencia de las canciones.

Llamadla estrategia. Blitzkrieg es el término alemán para la guerra relámpago, la táctica con la que el Ejército nazi invadió varios países. Al bombardeo inicial, seguía una incursión sorpresiva de pequeñas unidades destinadas a destruir las líneas, permitiendo el avance de los tanques. Y eso es precisamente la pieza de apertura, “Blitzkrieg Bop”, un asalto rápido: contundente. Compárense las interpretaciones en vivo y en el sencillo con la versión final del álbum y se notarán las diferencias, en especial, en la batería. Tommy, quien aprendió a tocar los tambores con el objetivo de incorporarse a la banda, no pretende regular los compases sino comandar la carga. Sus golpes son secos, sus acentos refrendan la marcialidad de los acordes, que evocan a una columna avanzando a paso redoblado. Solo después del estribillo, que resuena como una orden de ataque, “Hey Ho! Let’s Go”, brota el borbotón sonoro de los acordes mientras, los platillos coronan cada verso con estrépito, como si rubricaran cada carga. Los versos son mandatos, arengas, voces intimidatorias y a la vez tan celebratorias como el tema que inspiró los riffs y el cántico: “Saturday Night” de los Bay City Rollers.

Si bien “Beat on the Brat” es de las canciones que menos ha atraído la atención crítica, es una pieza crucial porque apuntala el concepto del álbum. Aun cuando, como la anterior, comience de manera instrumental, con las guitarras, el bajo y la batería marcando el ritmo, hay una diferencia: la síncopa de la percusión. Esta alteración rige la arquitectura musical. En el puente, cambia el compás y la melodía adquiere tintes melancólicos: “What can you do? / What can you do? / With a brat like that always on your back”, canta el coro. Más profunda de lo que parece, sus lacónicas palabras expresan toda la ironía y distanciamiento que poetas como Nicanor Parra otorgaron a la poesía. Por si fuera poco, Dee Dee, fiel aprendiz del magisterio de Paul McCartney, acomete sutiles variaciones en el bajo.

Una de las críticas al cuarteto es la uniformidad de sus estructuras; acusación que solo revela desconocimiento del cancionero ramoniano o sordera. “Judy is a Punk”, tercera en el orden, es distinta a las anteriores. En vez de los acordes marcando el tempo para la incursión en el territorio hostil, con su pegadiza melodía y un fraseo juguetón, como si anunciara la buena nueva del punk a los corintios, es una obra maestra de la sensibilidad pop. Detrás de ese sonido novedoso, que no recuerda ni a The New York Dolls ni a MC5 o The Stooges, se perciben en los coros y el manejo de las voces las no tan ocultas lecciones de The Beatles y de los conjuntos femeninos, como The Ronettes o The Shirelles, además de elementales pero efectivos trucos de producción: la voz y la guitarra dobladas con grabación multipista —en canales separados— a la manera de los primeros discos de los Fab Four, para acentuar la densidad sonora. Es no solo un himno, sino una perfecta pieza de artesanía que debió ser un gran éxito. Quizá la historia haya destacado a esta como insignia de la generación vacía —con “Blank Generation” de Richard Hell—; y a “I Wanna Be Your Boyfriend”, como la melodía romántica favorita de los frikis y el antecedente de la recuperación camp de las melodías de los sesenta que hará The Smiths unos años después —Morrissey ha sido siempre un gran fan—, pero en las catorce piezas que integran Ramones refulge la gran novedad que el cuarteto trajo a la música: la cotidianidad de los adolescentes de la Gran Manzana —por entonces, ligeramente podrida—, educados por padres que los golpeaban con un bate; cuyas drogas son baratas (la alusión al pegamento en “Now I Wanna Sniff Some Glue”, que seguramente atrajo a la banda, la manifestación lumpen juvenil de la periferia de la Ciudad de México, que entronizó a Ramones como ídolos imperecederos) y que, si los tiempos son duros, deben prostituirse (“53rd & 3rd”). No hay eufemismos ni ensueños, sean angelicales o demoniacos, al estilo del rock pesado y el progresivo, cuyas mitologías eran equidistantes del cielo y el infierno. La realidad de este cancionero es sucia, cruda, visceral, como la que caracterizaba ese perímetro ahora envuelto en el oro de la leyenda —el Lower East—, aunque no exenta de humor ni, paradójicamente, de esperanza. Encarna toda la visceralidad del punk, pero también la exultación que hizo del rock ’n’ roll uno de los grandes inventos de la humanidad —“con el beisbol”, acotaría el refunfuñón Johnny Ramone—. Contrariamente a la propuesta punk en versión inglesa de Sex Pistols o The Damned, aquí no hay nihilismo, sino realismo. Compuestas en su mayoría por Tommy y Dee Dee, estas canciones registran la vida callejera con una óptica irónica, a la manera en que las películas de serie B, a la que todos eran tan aficionados, emprendían la crónica acerba de la América profunda: con escenas escalofriantes y chocantes, no obstante, llenas de matices sarcásticos. Por eso Ramones continúan vigentes: porque lejos de la amargura y la rabia gratuita, detrás de la fachada hay un acento socarrón y un toque lúdico que no impide la celebración. Aunque el júbilo solo dure dos minutos. Nunca un álbum debut ha registrado la plenitud ni expuesto todo el potencial de un grupo. Este es el auténtico legado del comando más eficaz que ha visto el rock: una relampagueante incursión en los territorios de la profundidad.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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