DOMINGA.– Siendo un niño que nació y creció en Coapa –la región más americanista del mundo ubicada al sur de la Ciudad de México– la mayoría de las peleas con mis vecinos se centraban en un tema: quién sería Cuauhtémoc Blanco cuando jugábamos una cascarita en la explanada de nuestra unidad habitacional.
En el futbol del barrio no hay defensas, volantes ni laterales. Todo se reduce a dos posiciones: porteros y delanteros. Impedir y meter gol. Los primeros siempre elegían a Jorge Campos y los segundos al Temo, el ídolo del Club América y figura de la Selección Mexicana. Si dos niños o más pedían ser Cuauhtémoc Blanco, la disputa se dirimía con una tanda de penales. El ganador se quedaba con el privilegio de ser, aunque fuera por unos instantes, el portador de la emblemática playera 10.
Cuauhtémoc Blanco gustaba en Coapa por muchas razones: su toque, su desparpajo, su precisión. A mí, por su juego de barrio. No me identificaba con un junior como Luis Roberto Alves Zague, un güero de apellido compuesto como Alberto García-Aspe o un sateluco como Luis García. Me gustaba El Temo por haber nacido, como yo, en una unidad habitacional, pero del Instituto Mexicano del Seguro Social en la colonia Tlatilco, hoy alcaldía Azcapotzalco, donde las porterías también estaban hechas con dos piedras, sin red y un travesaño imaginario.
Su historia resonaba con millones: hijo de madre soltera, crecido en el barrio bravo de Tepito, niño incorregible de la temible vecindad ubicada el número 42 de la calle Jesús Carranza, estudiante de la s –“el reclusorio 120”, aún le dicen– junto a la colonia popular Santa Julia. Un delantero que antes de ser venerado por millones dormía en casas de lámina, vendía perros callejeros como si fueran de raza, comerciaba casettes de Juan Gabriel y lavaba autos ajenos.
Creativo, rabioso, alburero. Nadie en mi barrio hubiera imaginado que, antes de cumplir cincuenta años, Cuauhtémoc Blanco se volvería una diana de escarnio y vergüenza. Su historia como deportista está ampliamente documentada. La de su paso por la política no tanto. Pero así es cómo en Coapa haríamos un recuento rápido de su primera faceta: a los dieciséis años fue descubierto por el promotor deportivo Antonio Coca González, debutó con el Club América tres años más tarde y bajo la dirección del director técnico Leo Beenhakker comenzó el ascenso al estrellato.
En 1995, con veintidós años, debutó como seleccionado nacional ante Uruguay sin saber que entraría al exclusivo club de los goleadores en tres Copas del Mundo: Francia 1998, Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010. Sólo faltaría Alemania 2006 por una disputa con el director técnico nacional, Ricardo La Volpe, una decisión que se sintió casi como una traición a la patria.
Para el 1996 era ya era goleador de los azulcremas y ganador de la Copa Oro. En 1998 creó la “cuauhteminha” –eludir a dos defensas saltando entre ellos con el balón atrapado con ambos pies– que le dio fama a nivel global. En 1999 ganó la medalla de oro de la Copa Confederaciones. En 2000 recibió una patada artera de un defensa de Trinidad y Tobago que parecía que lo jubilaría de las canchas… sólo para volver más fuerte que nunca. El ave fénix del futbol se alimentaba de garra, gloria y grandeza: en 2005 se inmortalizó como campeón con el Club América y hasta se volvió estrella de televisión en 2011, cuando interpretó a Juanjo, un humilde bombero hijo de la actriz Carmen Salinas en la telenovela El triunfo del amor, transmitida en horario estelar por Televisa.
El Temo era odiado por cualquiera que no fuera americanista, pero amado por todos cuando saltaba a la cancha con el jersey tricolor. Ante cualquier selección, lograba el milagro del gol que cambiaba los partidos, así jugara contra Sudáfrica, Brasil o Martinica. Por diecinueve años fue la esperanza de México hasta que en 2014 colgó el jersey de la Selección Nacional para siempre. El Estadio Azteca se hincó ante él con una larga ovación de pie durante un juego amistoso contra Israel. Miles de niños y adolescentes le rindieron honores, los mismos que, como yo, crecimos viéndolo driblar, anotar y festejar como un torero que usa sus tachones como estoques o un perrito que orina la portería ajena. El ídolo se despedía del pasto para transformarse en leyenda. Su barrio ahora era el Olimpo del futbol.
Pero Cuautémoc Blanco no se halló a sí mismo fuera de los reflectores. Quería de nuevo el calor de las masas, como escribió Gustavo Cerati. Y buscando volar cerca del Sol, como Ícaro, quemó sus alas y cayó de bruces en el lugar donde las leyendas se degradan a mortales manchados de lodo: la política.
De futbolista a político de un “chiquipartido”
Un año más tarde de su retiro como seleccionado nacional, Cuauhtémoc Blanco sorprendió al país al presentarse como candidato a presidente municipal de Cuernavaca, Morelos, por un “chiquipartido”, hoy extinto, llamado Partido Socialdemócrata (PSD). Y polémico como es, desde el primer momento El Temo fue motivo de controversia: no había quien lo reconociera como vecino en la ciudad de la Eterna Primavera. Sus contrincantes le reclamaban que era un tepiteño disfrazado de cuernavaquense. El exfutbolista respondió fiel a su estilo a quienes criticaban que no cumplía con el requisito legal de la residencia: “Me tienen miedo”.
Un año más tarde, un diputado local de su propio partido, Julio César Yáñez, aseguró que Cuauhtémoc Blanco cobró siete millones de pesos para participar como candidato y que no tenía intención de gobernar, sólo de capitalizar su fama. El favorito para ganar era un perredista, seguido de una priista, y el PSD sólo quería usar la reputación del Temo para conservar el registro. Para sorpresa de todos, el delantero en retiro ganó la elección. Su argumento conectó con un electorado harto de la política tradicional: yo ya soy rico, no vengo a robar, estoy aquí porque quiero ayudar al pueblo que me hizo ídolo de las masas.
Las imágenes de sus fiestas en yates con mujeres del mundo del espectáculo, como la modelo Liliana Lago La Nacha Plus, y su paso por la Selección Mexicana, fueron la mejor campaña a su favor. Como sea, Cuauhtémoc Blanco había entrado a la cancha de la política con el pie izquierdo. De pronto, era el alcalde de una ciudad capital que en su primer día ya arrastraba polémicas. Y el estilo bronco que lo caracterizó en las canchas lo llevó al palacio municipal: de inmediato se peleó con otros ediles y políticos locales, pero su mayor disputa fue contra el entonces gobernador perredista Graco Ramírez, a quien acusó de corrupto por querer quitarle el mando de la policía municipal para construir una sucia policía de mando único estatal. Los cuernavaquenses aplaudieron a su alcalde brusco, aunque fuera poco efectivo para la administración de la ciudad. El Temo tiraba codazos y en lugar de tarjetas amarillas cosechaba aplausos.
Luego, vino su primer intento de juicio político. En diciembre de 2016, el Congreso del Estado de Morelos inició un proceso legislativo para desaforarlo, acusando que nunca fue elegible para ser alcalde, pues habría falsificado documentos para aparentar una residencia de cinco años en el estado. El proceso se aprobó con el voto de veintisiete diputados locales. El Temo, fauleado, se negó a irse a las regaderas. Acusó una persecución política y realizó una huelga de hambre frente a la Catedral de Cuernavaca. Dos días después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó la suspensión del juicio político por considerarlo inconstitucional. A todas sus facetas sumó la de mártir.
En Coapa también contamos que sobrevivir a un desafuero lo puso en la mira de Andrés Manuel López Obrador, quien conoció esa barrida por detrás cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México. En 2017 comenzaron pláticas entre los dos para aliarse y en 2018 hicieron público su acompañamiento: el tabasqueño iría al frente para convertirse en presidente y el tepiteño seguiría su paso a la gubernatura de Morelos, ambos por la coalición Morena-PT-PES.
A ochenta días de las elecciones, Cuauhtemoc Blanco triplicaba la intención de voto de su más cercano competidor gracias a su reconocimiento entre la gente y a su duelo con Graco Ramírez, impopular entre los morelenses. El 1 de julio de ese año hicieron una mancuerna ganadora: ambos arrasaron en las urnas y conquistaron el Poder Ejecutivo.
Y ahí empezó el descenso del Temo. Tropiezo tras tropiezo, autogol tras autogol. Primero, colocó en su equipo de gobierno a amigos sin experiencia, como los exfutbolistas Germán Villa e Isaac Terrazas. Luego, llegaron las auditorías que apuntaban a empresas fantasmas que cobraban millones para hacer obras inconclusas. Y cuando más faltaba el dinero más onerosas eran las vacaciones del político: a 88 días de tomar posesión del cargo fue visto en una tienda de Disney en Nueva York. Y volvió a tomar días libres para festejar la Navidad y Año Nuevo 2022 en Brasil, mientras Morelos registraba un histórico incremento en la violencia.
Su regreso a México fue amargo. El 4 de enero de 2022 se volvió viral una fotografía de Cuauhtémoc Blanco con tres narcotraficantes que trabajaban para el clan Beltrán Leyva: El Ray, El Profe y La Tripa, todos sonrientes y abrazados en una iglesia en Yautepec. No era una imagen de campaña, cuando hay que fotografiarse con todos, sino una instantánea tomada en un recinto cerrado que sugería que todos se conocían y habían buscado un espacio privado para tener un encuentro a solas. Al día siguiente aparecieron narcomantas por el estado acusando que el gobernador morelense no estaba cumpliendo con los pactos sucios que consolidó para llegar al poder. Otra vez apareció el fantasma del juicio político y de nuevo el exfutbolista dijo ser víctima de un contragolpe. Un supuesto complot.
Cuauhtémoc Blanco apareció en la repudiada lista de plurinominales
Ese 2022, Cuauhtémoc Blanco conquistó una medalla negra: las encuestas lo ubicaban como el gobernador peor evaluado del país con sólo 18% de aprobación. El hombre acostumbrado a la ovación de la grada ahora sufría el abucheo de miles. “¡Fuera, Cuauhtémoc!”, gritó la militancia morenista en febrero de 2024 durante un mitin en el que compartió templete con el presidente López Obrador, quien tuvo que calmar al gentío. El Temo sonrío desencajado. Y sí: una cosa es la rechifla del rival y otra muy distinta es que tu propio equipo exija tu salida del campo.
El cargo de gobernador se acercaba a su final en la primavera de aquel 2024 y Cuauhtémoc Blanco buscó refugio en el lugar más impopular del país: el Congreso de la Unión. Sus pocos seguidores justificaron su decisión de ir por una diputación para darle continuidad a su proyecto político, mientras que sus muchos detractores advirtieron que le urgía conseguir fuero constitucional para no ser detenido por una desastrosa gestión estatal. Morena le abrió un espacio en la Cámara de Diputados, pero esta vez no lo mandaron a hacer campaña –conscientes de que en las plazas el exdelantero ya no ganaría nada– sino a la repudiada lista de plurinominales. El primero de septiembre ocupó una curul sin que nadie emitiera un sufragio a su favor.
Llevaba medio año como diputado y El Temo no había redactado una sola iniciativa ni tenido participación alguna en el pleno, pero sí había cosechado otro escándalo: en marzo de 2025, su media hermana Nidia Fabiola Blanco lo denunció por abuso sexual ocurrido en sus tiempos como gobernador y por amenazas de muerte. Otra vez apareció la gambeta del juicio político y, de nuevo, el exfutbolista salió bien librado gracias a la férrea defensa de sus compañeros de partido, quienes le coreaban con el entusiasmo de una barra brava: “¡No estás solo! ¡No estás solo!”.
La última vergüenza de Cuauhtémoc Blanco lo pone en un alto riesgo de tarjeta roja: La Tripa, uno de los narcos con los que se fotografió, fue detenido el 6 de junio y el actual alcalde de Cuernavaca pronto confirmó que ese criminal cobraba en la nómina del ayuntamiento durante la administración del Temo. El exdelantero ahora está a sólo un grado de separación del crimen organizado en los tiempos en que Estados Unidos busca narcopolíticos que llenen sus cárceles.
Hoy, el mítico 10 de la Selección Nacional es una estrella apagada. Acusado de delitos sexuales, peculado, ejercicio indebido del servicio público. Vinculado al narcotráfico, a grupos extorsivos y factureros. Frívolo, hueco, defenestrado. Guardado en los rincones, gambateando en las sombras de San Lázaro, incapaz de reclamar la gloria que alguna vez ganó por su ingenio.
Esta semana volví a mi nido, que es el mismo de Cuauhtémoc Blanco. En la vieja explanada con cancha de cemento de la unidad habitacional encontré niños jugando. Todo parece igual: las porterías aún se arman con dos mochilas, la cancha se acaba en el jardín del vecino y las diferencias se resuelven con penales. Aunque si afino el oído y la mirada puedo ver un cambio poderoso: en Coapa ya nadie quiere ser como El Temo y el mural en su honor junto a una escuela primaria está cubierto con pintura blanca.
El rey plebeyo juega a solas. El ídolo del barrio se volvió de barro.
GSC/ATJ