DOMINGA.- “Parece que estamos ante una primicia”. Fue el mensaje que escuchó Jorrit van den Berg de un agente de la unidad especializada en el desmantelamiento de narcolaboratorios en Países Bajos. El veterano químico de profesión, que antes descubría falsificaciones de obras maestras a través de la composición de la pintura, se había integrado hace más de veinte años al Instituto Forense del gobierno holandés.
Ahí se convirtió en un experto en rastrear el origen de las drogas sintéticas analizando sus ingredientes y el método de producción, lo que se conoce en la jerga científica como “la ruta de la síntesis”. Siguiendo ese camino, Van den Berg es capaz de dar con un perfil bastante preciso del “cocinero” que fabricó un lote de pastillas, así como la región o el país en donde podría estar operando.
El viernes 10 de mayo de 2019, la policía antinarcóticos lo había llamado de emergencia: en la bodega de un buque de carga, el Arsianco, se ocultaba un laboratorio clandestino de anfetamina. Estaba atracado en el puerto de Moerdijk, un importante punto de llegada de contenedores pegado a una zona industrial a cuarenta kilómetros de distancia de Róterdam.
Cuando llegó al lugar para realizar el análisis de pruebas, Van den Berg percibió un aroma desconocido, no era dulzón ni ácido como ocurría en otros sitios similares que había examinado. Había más aspectos que eran inusuales: eran raros los laboratorios de metanfetamina en Países Bajos en esos años, ya que a diferencia de otras drogas de síntesis, como el éxtasis (MDMA) y el speed (anfetamina), el ice o cristal era difícil de producir y menos rentable. Además, durante el operativo policiaco de Moerdijk habían sido arrestados tres cocineros, cuyo origen agitó todas las sospechas: eran mexicanos provenientes del estado de Sinaloa.
Este pasaje forma parte de una ambiciosa investigación del periodista Arthur Debruyne, excorresponsal en México de medios belgas y holandeses como Het Financieele Dagblad, que fue recientemente publicado en formato de libro bajo el sello Aguilar de Penguin Random House, El narco mexicano en Europa. Cocineros mexicanos en los Países Bajos: la nueva cara global del tráfico de drogas.
“Fue un trabajo muy arduo, con fuentes que no soltaban la información en el primer encuentro”, explica Debruyne desde Buenos Aires, Argentina, a donde se mudó tras seis años de vivir en México.
El periodista belga entrevistó a fiscales, policías antinarcóticos y algunos de los 24 cocineros mexicanos detenidos en Países Bajos y Bélgica en los últimos años; además, tuvo acceso a expedientes judiciales y asistió a varios de sus juicios. Esa investigación, que le tomó unos tres años con idas y venidas entre México y Europa, no hubiera sido posible sin el apoyo de un fondo neerlandés y otro belga que aportaron al proyecto periodístico 25 mil euros (poco más de medio millón de pesos). El libro, publicado originalmente en holandés en 2023, expone el poco documentado fenómeno criminal –el de cocineros mexicanos del cristal– que se extendió en Países Bajos, Bélgica y, desde al menos hace dos años, a Polonia y Francia.
Pero sobre todo, el reportaje de investigación de Debruyne muestra de nueva cuenta cómo, para infortunio de la sociedad, el narcotráfico se vuelve más astuto e innovador cuanto más se le persigue.
Una “revolución mexicana” en el mundo holandés de las drogas
Arthur Debruyne se enteró del laboratorio de Moerdijk el mismo día que salió un comunicado de la policía marítima holandesa. “Desmantelan gran laboratorio de drogas en un barco de carga”, leyó con mucha atención en su departamento en la Ciudad de México. Le sorprendió saber que unos meses antes, en febrero, las autoridades ya habían allanado otro laboratorio de metanfetamina en Wateringen, un pueblo al lado de La Haya, la capital política de Países Bajos. En esa ocasión también habían detenido a otros tres cocineros. Otra vez mexicanos, otra vez sinaloenses.
Lo extraordinario se convirtió en un patrón inquietante. “La policía neerlandesa –recuerda Debruyne– comenzó a desmantelar un laboratorio de cristal tras otro, siempre con mexicanos involucrados”. Y luego fue en Bélgica, donde también arrestaron a cocineros de México. A los sinaloenses se sumaron michoacanos de la zona de Tierra Caliente.
Con el tiempo, relata, “en la prisión de Ter Apel –donde criminales extranjeros purgan sus condenas para después ser deportados– se reunió un grupo considerable de mexicanos que habían llegado a Países Bajos para fabricar metanfetamina”. Esos cocineros no habían viajado hasta Europa para producir cualquier metanfetamina. No. Habían pasado diez horas atravesando el océano Atlántico para crear un tipo único de metanfetamina cristalina, uno que significó una revolución en el mercado de las drogas de Países Bajos… y del mundo.
Debruyne lo explica con detalles técnicos en el libro pero, en términos básicos, lo que consiguieron los químicos al servicio del narco mexicano fue producir cristales de alta calidad sin tener que generar de forma simultánea otra variante inútil de metanfetamina. Hay que saber que para los cocineros europeos era y es todavía una tarea muy complicada separar las dos variantes de la sustancia. Al final, tienen que quedarse con la mitad de la producción como residuo. Y así no es rentable.
Lo que sucedió fue que el narcotráfico mexicano, dando muestras de un increíble ingenio, aprendió a usar un componente natural que hay en las uvas y otras frutas –el ácido tartárico– para separar ambos tipos de metanfetamina. Y dieron un paso más allá: sus expertos químicos lograron transformar el ice “malo” en “bueno”, duplicando como por arte de magia su rendimiento.
Nadie más que los mexicanos tenía la receta, que pronto se conoció en el bajo mundo internacional como “el método mexicano”. “El cristal era la última droga sintética que los holandeses no habían podido producir masivamente”, explica Debruyne. Gracias a los mexicanos, ahora podrían también dominar ese mercado.
Trabajadores “desechables” para el crimen organizado de Europa
Los hermanos Diego y Víctor, en sus treintas, y su primo mayor Candelario fueron los mexicanos detenidos en Moerdijk. Durante su enjuiciamiento se reconoció que ellos no eran los “jefes” del laboratorio. Fueron condenados a cuatro años de cárcel. Debruyne, que siguió de cerca sus casos y el de otros cocineros mexicanos, asegura que todos ellos comparten el mismo recorrido, uno muy alejado a la imagen que se les atribuye en Europa. Diego y su hermano provienen de una familia de campesinos. Por necesidad tenían que cultivar marihuana y amapola –con la que se produce la heroína– en su rancho de Durango, en la región montañosa conocida como el Triángulo Dorado que se extiende a los estados de Chihuahua y Sinaloa.
Con la entrada del fentanilo, el precio que les pagaban los narcotraficantes por sus cultivos se desplomó y la familia tuvo que mudarse a Culiacán. Ahí fue donde los hermanos comenzaron a trabajar en laboratorios de metanfetamina, que pululan en la zona. Hasta que un día de mediados de 2018 un broker (intermediario) les propuso hacer lo mismo pero por un tiempo corto y una mejor remuneración en Países Bajos.
“El narco mexicano en Europa está compuesto por trabajadores del escalón más bajo: son cocineros y gente encargada de deshacerse de los residuos; son realmente los peones del narcotráfico. Y sí, son indispensables, pero a la vez son desechables, reemplazables”, refiere Debruyne. Ese personal no tiene formación en química. Saben ejecutar con singular talento las recetas pero, si surgía algún problema, por ejemplo, sustituir un componente, ellos tenían que pedir y seguir instrucciones de los especialistas vía mensajes de texto.
Los mexicanos fueron contratados por redes pequeñas de narcos holandeses como mano de obra importada. El periodista lo ilustra así: “Es como contratar un plomero: viene a tu casa, repara lo que sea, le pagas y se va. Con los cocineros es igual: operan por su cuenta, trabajan algunas semanas en una bodega, producen una tonelada o más de cristal, se les paga 10 mil o 20 mil dólares a cada uno y adiós, se van a trabajar con otro narco local”. No son propietarios de la droga que producen. Y es así porque los químicos, los precursores, las bodegas y los contactos para vender la mercancía lo tienen los holandeses. “Los cocineros ni hablan el idioma”, agrega Debruyne.
El libro da luz sobre las insalubres condiciones de vida de esos mexicanos, que incluso apuntan a la explotación: dormían en el laboratorio, en colchones tirados en el suelo a lado de tambores con químicos. Respiraban gases tóxicos día y noche. Cuando la policía irrumpía en esos lugares, era común encontrar tiras vacías de medicamentos contra el dolor de cabeza.
Debruyne comenta que, en comunicaciones interceptadas por la autoridad, los traficantes holandeses se referían peyorativamente. Los llamaban “los taquitos”, “los sombreritos” o “los españoles”. “Se molestaban porque los mexicanos exigían comida o cosas sencillas. Tenían que producir ice y callarse la boca”.
Ese trato de subordinación contrastaba con la extrema preocupación que su presencia despertó en las fuerzas de seguridad, los medios de comunicación y la opinión pública de Países Bajos. Se expandió la idea de que ellos “eran la avanzada de las poderosas organizaciones criminales de la droga de México, que llegaban para apoderarse de una parte del mercado”, expone Debruyne, que recuerda titulares sensacionalistas dando por hecho que “el sangriento Cártel de Sinaloa” se estaba asentando en el país.
La realidad era completamente distinta. Ni en las mencionadas escuchas policiacas y menos aún en las investigaciones realizadas se dejaron ver amenazas por parte de los mexicanos en contra de los holandeses, como tampoco ninguna indicación para actuar con violencia. “Es más –concreta el periodista–, nunca se les encontró un arma”.
Un “fenómeno pasajero” que no termina: los cocineros mexicanos
En la primavera de 2022, escribe Debruyne en su libro, las policías neerlandesa y belga intercambiaron “buenas noticias”. Los laboratorios de metanfetamina que estaban desmantelando en ambos países seguían produciendo la droga usando el “método mexicano”. Pero en esos espacios –y aquí venía lo “positivo”– trabajaban exclusivamente holandeses, dando por sentado que la fórmula mexicana ya “circula libremente entre los cocineros locales”.
El periodista explica que “los mexicanos realmente hicieron todo para resguardar su receta. Sabían que ésta sostenía todo el valor comercial de su actividad”. Y es que los holandeses intentaron de muchas formas copiárselas. Por ejemplo, solían poner en los laboratorios a uno de los suyos al lado de los mexicanos para poder observar sus procedimientos y memorizarlos.
“Al final sí pudieron hacerlo y los pocos mexicanos que quedan en Países Bajos o Bélgica están en la cárcel”, puntualiza Debruyne. De hecho, hace unos meses que él visitó a uno de ellos, Pavel N. G., alias Pablo Icecobar. Detuvieron a este broker michoacano en Países Bajos, condenado en noviembre de 2023 a casi 15 años de prisión, el doble de la pena que recibió el narcotraficante holandés que utilizó sus servicios para montar laboratorios de metanfetamina y traer cocineros de México. En el libro, su autor lo resume de este modo:
“No hubo un gran plan detrás de la proliferación de la metanfetamina en los Países Bajos y Bélgica. No fue el resultado de [la decisión de] un cartel con aspiraciones de dominio, sino de actores individuales persiguiendo sus propios intereses”. En una parte al final del mismo ejemplar se plantea que los cocineros mexicanos fueron un “fenómeno pasajero” y “útiles mientras se les necesitó”.
Pero Debruyne tampoco es ingenuo. Considera que, si bien no hay más detenciones de mexicanos, “eso no significa necesariamente que ya no estén presentes en el submundo criminal”. Y mientras permanece latente una reaparición de cocineros mexicanos en Europa, en otros estados europeos enfrentan su incursión.
En septiembre de 2024 y septiembre de 2025, la policía de investigación de Polonia anunció que había desmantelado dos laboratorios de producción de metanfetamina a gran escala. En el primero, en un pequeño pueblo al este del país, arrestó a cuatro cocineros mexicanos. En el segundo, cerca de la frontera norte con Alemania, detuvo a dos más.
En junio de 2024, en Francia se descubrió un laboratorio de ice en una zona rural cerca de la Costa Azul. Fueron detenidas dieciséis personas, la mayoría franceses, pero también un mexicano-estadounidense. Un jefe de la policía de Marsella, encargada del caso, manifestó a la televisión pública nacional que el grupo criminal había recibido “apoyo logístico y técnico del Cártel de Sinaloa”, y que constataron “la presencia de especialistas en química venidos desde México”.
El libro de Arthur Debruyne ya no alcanzó a registrar este desplazamiento del negocio a otros mercados. Pero para él hay una explicación lógica: “En Países Bajos la persecución de los cocineros mexicanos se volvió una prioridad de la policía porque empeoraban la reputación del país: la de ser un centro de producción de drogas sintéticas; no querían agregar el cristal”. No por nada, cuenta Debruyne como anécdota, los policías belgas llaman a Países Bajos “el México de Europa”.
Para el periodista, el fenómeno simplemente se ha movido a países europeos donde las redes locales del narcotráfico todavía necesitan el conocimiento de los cocineros mexicanos. “Pero te apuesto a que los detenidos allá son como los de Países Bajos: simples trabajadores y no capos”, concluye Debruyne.
GSC