DOMINGA.– Los habitantes de los pueblos que vieron por última vez al Señor de los Gallos hablaron de encierro, de turismo en riesgo, de comer en sigilo y de dormir con las luces apagadas, incluso en los días después de los hechos. Ahora El Mencho no está, se fue, El Mencho se escapó de la vida.
El municipio de Zapopan dio la primera señal. Lo hizo sin fecha, sin lugar exacto ni otra pista que pudiera verificar la autenticidad del mensaje. Pero era claro: “Mordiste la mano que te da de tragar y mandaste la Marina a Chelo porque robaron tu camioneta”. Estaba escrito en una lona blanca, colgada de un puente, mencionando uno de los tantos apodos que recibió Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, también conocido como el Señor de los Gallos por su afición a la crianza y pelea de gallos, un pasatiempo común en su natal Aguililla, Michoacán.
Era el capo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una organización criminal con presencia en la mayoría de los estados de México, salvo por Sinaloa, Sonora y Durango. El Mencho tenía redes que, según reportan las autoridades, lograrían extenderse hasta en algunos puntos de Centroamérica y América del Sur. Por lo que su líder era considerado un objetivo estratégico.
Aquel mensaje iba dirigido a una joven de nombre María Julissa. Las menciones que circularon en redes sociales surgieron especulaciones, indicios de que era una persona que dedica su vida a la generación de contenido y que tenía cercanía a personas presuntamente relacionadas con el CJNG. A pesar de la falta de información oficial, la influencer @MariaJulissa13 respondió: “Quiero dejarlo absolutamente claro: yo no tengo nada que ver con esa situación [la captura y abatimiento del capo]. La información que está circulando es falsa y carece de fundamento. Les pido que no compartan contenido sin verificar”.
Por ese motivo aquí en la central camionera de Zapopan rumbo a Tapalpa, hasta llegar a Colima, comienza un viaje en carretera para tratar de entender lo que ocurrió luego del abatimiento al Mencho y los bloqueos e intentos de presión que realizó el CJNG tras los hechos; que dicen las autoridades dejó más de 70 personas muertas, entre las que resalta la de aquel líder criminal en la que, supuestamente, una pareja sentimental habría colaborado en su detención.
“Por trabajo de inteligencia militar central, se localizó al asociado confiable de una de las parejas sentimentales de El Mencho, quien la trasladó a una propiedad en Tapalpa y permitió confirmar la presencia del líder criminal en ese sitio”, dijo Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, la mañana siguiente.
Nos trasladamos a la carretera estatal 401, esa que conecta Guadalajara con Ciudad Guzmán, el poblado con mayor habitantes antes de llegar a Tapalpa, el lugar en el que cientos de tapatíos recurren para celebrar onomásticos o simplemente descansar, y donde ocurrieron los hechos. Una ruta de paso libre en Jalisco que enlaza distintas localidades y sirve como alternativa a la autopista 54D que usa la gente para llegar a Colima. Una arteria regional de uso cotidiano, articulando economías locales.
Pero hoy no es así: camiones calcinados, negocios derruidos y la falta de transporte público son el cuadro que vio salir los primeros rayos del sol del aterrador lunes 23 de febrero de 2026.
La carretera a Tapalpa que cose economías agrícolas
El operativo federal, que capturó y abatió a Oseguera Cervantes en Jalisco, detonó bloqueos, disturbios, quema de vehículos y ataques en varios puntos de Guadalajara, así como el cierre de instituciones y carreteras del estado. Hoy lunes ya hay presencia de coches, camiones urbanos y autobuses; la ciudad parece normalizar su ritmo.
Al salir de Guadalajara, al mediodía del lunes 23, en la carretera 401 ya había movimiento, pero había algo distinto. La gente no pasaba de los 100 kilómetros por hora. Todos avanzaban a buen paso pero contenidos por si algún suceso se presenta, como si la prisa se hubiera vuelto sospechosa.
Antes del kilómetro 40 un coche yace incinerado hacia un lado del camino, como un recordatorio todavía humeante de la madrugada anterior. El asfalto, en ese tramo, que había sido dañado por los delincuentes, ya había sido levantado para renovarlo; algunas máquinas trabajaban con lentitud casi ceremonial, como si no quisieran tocar demasiado el suelo. La escena era extraña: obra pública y violencia reciente compartiendo el mismo carril.
En el autobús nos levantamos a ver qué pasaba. Todos nos alertamos. Nadie decía nada en voz alta, pero las miradas iban de la ventana al celular y del celular al camino. Era un silencio de evaluación constante.
Pasamos por Acatlán y justo en una gasolinera había unas 20 patrullas o más de la Secretaría de Seguridad haciendo guardia, como si esperaran algo, algún tipo de ataque, algún tipo de ingreso. Cerca de ahí algunas patrullas de la Guardia Nacional se sumaban a la espera. No había intercambio de palabras entre los oficiales y los conductores, sólo presencia, la presencia era el mensaje.
Seguimos hasta el kilómetro 18, donde se detuvo el tráfico. Movían un par de vehículos que se habían volcado en la madrugada del domingo. Ahí estuvimos casi media hora detenidos. Al principio no sabíamos qué ocurría. Siempre con esa incertidumbre: si ya se estaba quemando otro coche, si ya algún local estaba siendo atacado, incluso alguna posible secuela de enfrentamiento con militares y la Guardia Nacional. El temor arroja todos los escenarios posibles.
El chofer nunca dijo nada. En las redes sociales veíamos que estaban haciendo la remoción de vehículos que ni siquiera estaban quemados. Uno de ellos se quedó allí prácticamente todo el domingo, el lunes siguiente y después supimos que hasta el día martes. Luego avanzamos bordeando las lagunas de San Marcos y Sayula. Todo parecía tranquilo. No hubo mayor incidente. Pero esa tranquilidad no era confianza: era cautela. Cada curva se toma como si escondiera algo más que paisaje.
Llegamos rápido al entronque del libramiento. Ahí empezamos a notar más presencia de policías. La municipal resguardaba los restos de un camión quemado. El ingreso estaba desalojado. Ese entronque que estuvo bloqueado hasta el martes a primera hora era un pasillo vigilado. Se podía pasar pero no se podía olvidar. Llegar a esa zona implica atravesar capas de una normalidad fracturada. Implica entender que la carretera 401 es una línea que cose economías agrícolas y turismo de montaña, pero que en cuestión de horas podría convertirse en un corredor de peligro o por lo menos así fue horas antes de este trayecto.
La ciudad que apenas despierta del impacto, la carretera que se contiene, los pueblos que miran desde la banqueta.
Tapalpa no estaba lejos, estaba aislado
A las dos de la tarde, Tapalpa respira la quietud luminosa de un poblado dedicado al turismo. El sol cae vertical sobre los tejados rojizos del centro y las calles empedradas devuelven un resplandor tenue que obliga a entrecerrar los ojos o usar sombrero.
El aire, todavía frío debido a la altura, desciende desde la Sierra Madre Occidental con olor a pino donde cultivan salmón y a leña recién cortada. En la plaza el murmullo es bajo, casi doméstico, como si el pueblo hablara en voz contenida. Las cabañas de madera y los portales blancos guardan sombra mientras los visitantes caminan sin prisa, café en mano, y los comercios familiares sostienen la economía con una cortesía antigua.
A esa hora, Tapalpa parece suspendido entre el turismo que lo mantiene y la memoria rural que lo define: un equilibrio frágil, sereno, donde el tiempo no corre, apenas avanza. En este municipio el aire es distinto al de Guadalajara o Zapopan. El bosque, las cabañas y los ríos configuran otro escenario. Sin embargo, después del operativo en el que capturaron al Señor de los Gallos, el arribo aquí es inspección. Por la gente y por la vigilancia oficial. Patrullas en las entradas, negocios abriendo media jornada, conversaciones que bajan de volumen cuando alguien menciona el nombre que todos conocen.
La versión oficial habla de inteligencia federal pues el alcalde reconoce no haber estado enterado del operativo. El camino habla de humo, retenes y silencio. Pero los habitantes no comparten esa impresión.
Claudia Gutiérrez, quien nació y creció en Tapalpa dice apenada: “Esto para nosotros es una mancha en el expediente, ¿sabes? Este es un pueblo tranquilo, la gente aquí no está acostumbrada a esto y tengo el temor de que la gente no lo entienda, dependemos del turismo y no es nuestra culpa”.
Lo que se sabe, no consta, replica Gutiérrez. “Lo que vimos estuvo en la lejanía, nosotros no fuimos testigos de nada porque ocurrió en las afueras de la ciudad. También es importante aclarar que jamás se metieron con el pueblo”.
Otra vecina de Claudia, que prefirió el anonimato, certifica lo anunciado. “Se cuenta que en Tapalpa Country Club dos cosas eran comunes: durante las fiestas decembrinas circulaban regalos, canastas con fruta, hasta botellas de champagne en las cabañas de vecinos e inquilinos. Pero fallaba el servicio de internet”, dice refiriéndose al presunto escondite de El Mencho. Aunque no lo podemos corroborar, no ocurrió con todos, “este es un pueblo tranquilo”, insiste la vecina.
Subir las serranías que llevan a Tapalpa ese día implicaba medir tiempos, combustible y paciencia. Bajar, esperar confirmaciones. Entre curvas y pinos, el olor no era sólo a tierra húmeda: también a metal quemado que el viento arrastraba desde los puntos de cierre. La montaña, más que paisaje, operaba como perímetro. Y el lunes 23, Tapalpa no estaba lejos: estaba aislado.
Suficiente sierra para ocultarse y costa para abastecerse
De regreso en la carretera 401 habrá que hacer una pausa en Ciudad Guzmán para tomar gasolina de manera segura. Y continuar por la carretera Cuatro Caminos rumbo a El Grullo, el punto final del operativo federal. Venimos de los camiones calcinados y las velocidades contenidas. Pero en el libramiento de Ciudad Guzmán ardieron tres vehículos; quedaron manchas negras y olor a alquitrán. En la autopista a Colima, quedan los restos de un camión, es cráneo abierto y costillar retorcido.
Un policía levanta las manos para bajar la velocidad. El domingo, Ciudad Guzmán se quedó sin salidas. Primero un camión rumbo a El Grullo, a la altura de Los Depósitos; luego el libramiento y la entrada a la autopista; al norte, la libre hacia San Sebastián del Sur. Dentro de la ciudad, hay dos sucursales del Banco del Bienestar y una pensión de camiones urbanos en El Fresno.
En la radio escuchamos: “¿Qué hay del Grullo a Tuxpan?… Al parecer ya todo está libre hasta Autlán de Navarro”.
Juan Ramón conduce escuchando audios. “Gracias a Dios, dentro de todo lo malo, pues no estuvo tan cruel aquí como en otros lados, pero sí llega el miedito: exactamente aquí, en esta glorieta, le quitaron la camioneta a una muchacha y la usaron los que quemaron los bancos”. Dice que el caos empezó a las 10:30 dentro de la ciudad. Otros relojes marcan antes.
“A las ocho de la mañana recibí una llamada de uno de los conductores de la Ruta del Fresnito: nos secuestraron un camión. Le bajaron el pasaje”, dice José Rodríguez Chavira, jefe de la pensión, refiriéndose al camino que sube al volcán de Colima. Llamó al 911. No contestaron. En vialidad le dijeron que no era su asunto. El camión fue interceptado en el periférico sur; el chofer vio a unos muchachos rociando combustible a otra unidad; apareció una patrulla estatal y escaparon. De regreso, montaron guardia.
“En ese lapso de media hora se quedó solo, brincaron la reja e incendiaron el camión dentro de las instalaciones. Quiero pensar que por represalia”, dice. Otro camión resultó quemado por radiación. “Me siento abandonado por el ayuntamiento. Mis respetos para los conductores porque aquí estuvimos desde que empezó”.
Un poco más adelante de Zapotlán el Grande, atravesando los poblados de La Mesa, Sayulapan y Los García, se encuentra el municipio El Jazmín, una localidad conocida en Jalisco por ser el lugar donde el escritor Juan Rulfo había cursado sus primeros estudios escolares, y donde la tranquilidad es inexorable. Algunos campesinos de San Gabriel comentan, incluso, que ellos no se dieron cuenta de nada.
Continuando por la misma carretera, pasando los poblados de Apulco, Tonaya y El Limón, llegamos a nuestro destino. Estamos a poco más de 900 metros sobre el nivel del mar en El Grullo, conocido coloquialmente por algunos lugareños como El GruYork. La geografía aquí no es ornamental: es estrategia. Barrancas, cañaverales, brechas que conectan con Autlán de Navarro, Villa de Purificación, Casimiro Castillo y, más abajo, el corredor hacia Manzanillo en el estado de Colima. Un lugar con suficiente sierra para ocultarse y suficiente costa para abastecerse. Quien controla estas curvas, administra las rutas.
Rutas en una franja de sierras y cañaverales rumbo a Colima
“Entendiendo las condiciones geográficas de El Grullo, podemos entender por qué estaban tan interesados en nuestra región”, dice María Elvira mientras mira hacia el poniente, como si desde ahí pudiera verse el mar.
María Elvira habla de la cercanía con el Puerto de Manzanillo, no como dato técnico sino como destino. Ese puerto es el más importante de México en movimiento de contenedores y uno de los principales de América Latina. En 2025 registró alrededor de 3.89 millones de TEU (Twenty-foot Equivalent Unit, la unidad de medida del comercio marítimo internacional). La cifra lo confirma como liderazgo nacional y pieza estratégica del Pacífico mexicano. En otra escala, continental, el puerto de Los Ángeles supera los diez millones de TEU anuales y el puerto de Nueva York y Nueva Jersey ronda los seis millones. Pero aquí no se habla de estadísticas, se habla de rutas. Y las rutas, en esta franja de sierra y cañaverales, explican muchas cosas.
María Elvira continúa explicando, por ejemplo, el por qué las cosas en su pueblo se agitaron tanto esa noche de domingo que escuchó disparos a lo lejos y que terminarían con el abatimiento de Hugo César Macías Ureña, alias El Tuli o El Tulipán; identificado por las autoridades mexicanas como coordinador de células armadas y operador financiero del CJNG, y como el autor intelectual de los bloqueos y disturbios que siguieron a la muerte de El Mencho, en los que 25 miembros de la Guardia Nacional y tres civiles fallecieron por disturbios en la zona Costa sur y Colima.
El Grullo huele a caña recién cortada y a café de olla. También a pólvora que no termina de llevársela el viento. María Elvira, campesina y madre, reconstruye lo ocurrido desde la cocina de su casa. “Sí, entonces estábamos allá en la fiesta familiar y decidimos venirnos el mismo día porque Marcos [su hijo] se había quedado solo en casa”. Volvieron el sábado por la noche. El domingo, “como a las siete y media, ocho”, comenzaron los bloqueos.
“No sabíamos por qué todavía, pero empecé a ver que empezaban los bloqueos”. A las tres de la tarde aparecieron los helicópteros. “Estaban muy bajito, los árboles se movían así, temblaban las puertas, ventanas”. Luego las ráfagas. “No duró ni diez minutos… primero uno largo y luego cuatro, cinco cortos”.
La información no llegó por comunicado oficial sino por la red vecinal. “En los grupos de WhatsApp empezaron a circular audios”. Chats de ejercicio, de básquetbol, “uno donde la banda juega venciditas, como cuatrocientos chavos y chavas”. Una amiga suya compartía mensajes sin que nadie supiera con certeza qué ocurría. “Yo creo que esos días usan también los malos, generaban mensajes de miedo para que la gente se encerrara”. Cuenta de un vecino de casi 80 años que salió por tortillas y encontró todo cerrado. “Se topó con un joven que le dijo: ‘Señor, váyanse a su casa y cierre puertas y ventanas’”.
Domingo y lunes fueron días de encierro en El Grullo. “Dormimos en los cuartos que dan hacia dentro, luces apagadas y calladitos”. No se cortó la luz ni el internet; la normalidad técnica contrastaba con la tensión. Circularon rumores sobre el destacamento de El Corcovado. “Eso fue puro chisme”. Sí hubo incendios y balaceras en la localidad de Las Paredes: “dicen que duró como 20 minutos”. La economía quedó expuesta.
Otro de los problemas identificados por María Elvira es la alimentación. “Mucha gente está al día, no tiene refri y al día va preparando su comida por lo que sufrieron mucho”. El ayuntamiento pidió permanecer en casa y después anunció vía Facebook despensas y comida caliente. “Apenas se accionaron más o menos ayer”.
Hoy 23 de febrero es el primer día “medio normal”: negocios abiertos tarde, escuelas cerradas por decisión local. Sobre la ruta hacia la costa, María Elvira no duda. “Yo creo que es por el puerto. Porque todo con lo que ellos trabajan llega por ahí, es un corredor, hay un montón de caminitos que sí se usan”. Así, explica la relación de esta ruta con el tráfico de armas y precursores de drogas sintéticas que llegan por Manzanillo y pasan por su pueblo o por los poblados circundantes.
Escuchar radios portátiles y ver puertas aseguradas con muebles
Entre Tapalpa y el mar, la sierra ofrece altura y resguardo; la costa ofrece salida. En esa geografía se inscribe el operativo para detener a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. El nombre circula en voz baja. Algunos recuerdan que, hace años, se decía que había habitado el mismo poblado, El Grullo. Aquí la memoria es una forma de advertencia.
Caminar por estas calles es escuchar radios portátiles, puertas aseguradas con muebles, pasos contenidos al caer la noche. Los negocios al igual que en Tapalpa trabajan pocas horas. “Ya hoy me sentí relajada”, dice María Elvira, pero enseguida añade: “La gente está muy nerviosa… atraparon y mataron a algunos delincuentes en Tapalpa y Colima, pero qué va a significar realmente… cómo se van a reorganizar”.
El viaje que comenzó como una verificación al discurso oficial, terminó como una cartografía del miedo contenido: de la lona anónima en Zapopan a los camiones calcinados en la carretera 401; de la plaza luminosa de Tapalpa a las puertas cerradas en Ciudad Guzmán; de los audios de WhatsApp en El Grullo a la sombra estratégica del puerto que asoma detrás de la Sierra Madre Occidental. En cada tramo, la normalidad intentaba recomponerse –gasolineras abiertas, patrullas en guardia, comercios a media jornada– mientras el paisaje exhibía las grietas de la violencia reciente.
Los habitantes de los pueblos que vieron por última vez al Señor de los Gallos hablaron de encierro, de turismo en riesgo, de comer en sigilo y de dormir con las luces apagadas, incluso en los días después de los hechos. Entre curvas y cañaverales, el operativo dejó la certeza de que, en estas carreteras, la geografía no es decorado, es argumento para quienes pretenden ocultarse. Y que, cuando el Estado y el crimen se disputan un nombre propio, como Jalisco, quienes viajan –y viven– en medio aprenden a avanzar despacio, haciendo uso de la prudencia como única forma posible de seguir adelante.
El Mencho no está, se fue, El Mencho se escapó de la vida.
GSC