DOMINGA.– En octubre de 2013, Nemesio Oseguera Cervantes tenía 47 años y sus sueños de ser un gran capo de las drogas parecían haber topado con un abrupto final. Llevaba más de 24 horas en una casa de seguridad en la comunidad El Aguaje en Aguililla, Michoacán, esperando la llegada de un sicario que le diera un tiro de gracia. Creyó que sería asesinado y sólo un milagro lo salvaría.
Un día antes, El Mencho, apodado así porque siendo niño pronunciaba su nombre como “Ne-mencho”, se había trasladado con sus escoltas hasta su pueblo natal, pese a las advertencias de sus socios, Los Torcidos. Según el testimonio de Ramiro Pozos González, El Molca o El 07, Oseguera quería comer en la casa familiar y ver a sus amigos de la infancia, antes de seguir en su misión de coronarse como el nuevo rey del narcotráfico local. Era una pausa imprudente, le habían avisado que Aguililla estaba sitiada por sus enemigos a muerte. Especialmente por una tropa que respondía a las órdenes de un capo que se creía tocado por Dios.
El riesgo era alto para Mencho pero poco le importó. Eran tiempos de guerra en el Pacífico mexicano y cualquier movimiento era riesgoso, sigue la declaración ministerial de El Molca que –en poder de DOMINGA– reconstruye esta historia.
La razón por la que Mencho estaba secuestrado en un cuartucho se ubicaba varias décadas atrás, cuando el pegamento que por años unió a los narcotraficantes de Michoacán y Jalisco perdió adherencia: un veterano traficante de drogas llamado Armando Valencia Cornelio, El Maradona, fundador del Cártel del Milenio, fue detenido el 15 de agosto de 2003. Y cuando aquel hombre de cabello afro, con el mismo peinado que el ídolo del futbol argentino, cayó en un operativo militar, todas las piezas del tablero criminal comenzaron a tambalearse.
El puesto vacante lo ocupó Óscar Orlando Nava Valencia, alias El Lobo, quien mantuvo la cohesión del Cártel del Milenio hasta su arresto en 2009. El cargo pasó a su hermano Juan Carlos, El Tigre, pero un año más tarde, también cayó en manos del Ejército. La dinastía Valencia, viejos amos y señores de la frontera entre Michoacán y Jalisco, de pronto se mostraba vulnerable y presa fácil del gobierno federal. Sus subordinados demandaron nuevos liderazgos más jóvenes y sagaces.
El grupo de los veteranos postuló como líder a Elpidio Mojarro Ramírez, El Pilo, un hábil operador financiero. Pensaron que nominar por primera vez a alguien sin el apellido Valencia ayudaría a apaciguar los reclamos de los integrantes del cártel. Mientras que otro grupo, los rebeldes, liderados por Érick Valencia Salazar, El 85, querían un cambio de fondo y candidatearon a una “promesa” criminal: un tal Mencho, quien había demostrado ser sanguinario, temerario y con contactos en Estados Unidos tras su paso por una cárcel en California.
Una fisura en el Cártel del Milenio estaba a la vista. Dos tribus estaban colocadas en bandos contrarios. Los históricos contra los nuevos. Pilo contra Mencho. Las dos facciones sabían que debían llegar rápido a un acuerdo para evitar que la ruptura se convirtiera en una fractura incurable, así que Pilo convocó a una comida en algún lugar de Jalisco. Habría comida, bebida, drogas y un tablón para sentarse cómodamente en una larga sobremesa que debería acabar con un acuerdo que conviniera a todos. O, al menos, ese fue el ofrecimiento inicial.
Horas antes del encuentro, El 85 y Mencho recibieron información de que la comida era una trampa, los mataría antes de que pudieran probar bocado. Así despejaría su camino hasta lo alto del Cártel del Milenio. El dúo de rebeldes faltó al banquete, sigue la declaración ministerial, y días más tarde del desaire mandaron un mensaje: como señal de buena voluntad para llegar a un acuerdo querían la cabeza de un jefe de sicarios apodado Tecato, con quien Mencho tenía rencillas.
La respuesta fue una negativa rotunda. Tecato, furioso por el agravio, viajó hasta Colima y en Tecomán asesinó a tres amigos muy queridos del Mencho. Los secuestró, torturó con paciencia y asesinó con saña. El país no lo sabía aún pero ese triple homicidio cambiará la historia para siempre: la fractura se volvió guerra.
La guerra de La Familia Michoacana contra Los Zetas
El Cártel del Milenio se partió en dos: Pilo y su gente, como El 07, cuyo testimonio es la base de este texto, fundaron La Resistencia, mientras que Mencho y El 85 crearon a Los Torcidos, es decir, lo que se habían salido del camino original.
La Resistencia pronto notó que sus enemigos tenían una gran capacidad de movilización y fuego. Y en lugar de subestimar a Los Torcidos, buscaron alianzas para arrasarlos. El Pilo miró hacia el norte y el sur para ubicar a sus posibles aliados. Y finalmente decidió ir a Michoacán, donde encontró el apoyo de La Familia Michoacana, un cártel basado en principios pseudoreligiosos bajo el control de dos líderes carismáticos: José de Jesús Méndez Vargas, El Chango, y Nazario Moreno González, El Chayo o también El Más Loco, como ha consignado Insight Crime.
Ambos habían creado su grupo criminal bajo la idea de que los michoacanos estaban en una guerra santa contra los foráneos, Los Zetas de Tamaulipas, que habían querido apoderarse del estado. A los nuevos reclutas de La Familia Michoacana los convencieron de que eran cruzados y casi santos; que su guerra era por la pureza del pueblo; que matar a un forajido era bien visto por Dios y que su llamado a mantener el narcotráfico michoacano en manos de michoacanos era mandato divino. El Chango y El Chayo incluso crearon figuras religiosas, sagradas escrituras y rituales de iniciación similares a bautismos.
Y dividieron a Michoacán en dos rebanadas: el primero se quedó con los municipios de Aguililla, Buenavista, La Ruana, Peribán, Los Reyes, Cotija y Zamora; mientras que el segundo se apoderó de Lázaro Cárdenas, Uruapan, Morelia, Zitácuaro, Huetamo de Núñez y más.
Cada uno creó códigos para sus reclutas: El Chango presumía que en su territorio nadie de su organización consumía la droga que vendían, no secuestraban, no asesinaban inocentes, no decían groserías en público y vestían pulcros. Y –lo más importante– ninguno mataba a un hermano, es decir, jamás dirigían las armas contra otro michoacano. Por supuesto, todo eso era una mentira a medias.
La Resistencia pidió apoyo a Méndez Vargas, quien no dudó en dar su respaldo a cambio de nuevas rutas de drogas y más recursos materiales y humanos. En cambio, El Chayo, la otra mitad de La Familia Michoacana, prefirió tomar bando por Los Torcidos y apoyó al Mencho. Esa decisión generará más tarde otra fractura que llevará a la creación de Los Caballeros Templarios. Pero eso será después.
Para inicios de 2013, el mundo criminal en México ya había sufrido cambios importantes. Y mientras la atención nacional estaba en el famoso Joaquín El Chapo Guzmán y el renombrado Cártel de Sinaloa, La Resistencia y una parte de La Familia Michoacana habían decidido que, si querían prosperar, Mencho tenía que morir. El Cártel Jalisco Nueva Generación, como marca criminal, aún no nacía.
Las contradicciones en el relato ministerial del 07
Mencho confiaba en su bajo perfil. Se movía por Michoacán y Jalisco con discreción, especialmente en las zonas donde sabía que sus enemigos le llevaban ventaja. En ocasiones viajaba con una guardia armada en vehículos modestos; en otras, se desplazaba solo y disfrazado de migrante indocumentado.
En octubre de 2013 se trasladó hasta su pueblo natal con apenas tres escoltas. Todos portaban armas cortas escondidas bajo la ropa, ajustadas entre la cintura y la pretina del pantalón. Aún no eran los años de los drones explosivos y los Barret 50. Se suponía que Mencho haría una visita relámpago a Aguililla para asistir al cumpleaños de un familiar, saludar algunos amigos y salir rumbo a Atotonilco el Alto, su escondite, para seguir planeando el aniquilamiento de La Resistencia.
Sin embargo, alguien lo ubicó al entrar a Tierra Caliente. Los sicarios del Chango le dieron seguimiento hasta una meseta y desde una zona alta dispararon a sus escoltas, quienes cayeron de inmediato. Pronto Mencho fue rodeado, desarmado y tomado como prisionero de esa guerra de alta intensidad en el Pacífico mexicano.
El relato del 07 contradice algunas versiones populares de lo que siguió después. Mezclas de anécdotas históricas y de fantasías: según la declaración ministerial del capo, Mencho fue llevado a una casa de seguridad y sólo se le retuvo por 48 horas, mientras El Chango viajaba hasta Aguililla por caminos rurales para encontrarse personalmente con su enemigo; en Tierra Caliente cuentan que Nemesio Oseguera fue torturado con saña, tan golpeado que sobrevivió gracias a inyecciones de adrenalina de un médico que lo mantuvo consciente hasta que el líder de La Familia Michoacana arribó a la casa de seguridad.
Torturado o no, Mencho se encontró frente a frente con Chango tras casi 48 horas de cautiverio. Su verdugo, creyó con seguridad. Hasta ahí había llegado su vida. El sueño de liderar un cártel, fulminado.
Con un temple inusual para un asesino nato, Méndez Vargas pausó la ejecución y se apoyó en las sagradas escrituras que él mismo había redactado junto con El Chayo, el cofundador de La Familia Michoacana. Y se encontró ante un dilema: aunque matar estaba plenamente justificado en la narcoguerra santa, estaba prohibido que un michoacano matara a otro michoacano. Y Méndez Vargas, nacido en El Aguaje, Aguililla, no podía asesinar a sangre fría a alguien como Mencho, oriundo de El Naranjo de Chila, Aguililla, Michoacán. ¿Qué regla pesaría más?
“El Chango lo tuvo en sus manos, ahí, pero pues tomó una decisión que yo no termino de entender”, dijo El 07 a los policías federales que lo interrogaron.
El líder de la Resistencia abandonó la casa de seguridad. Detrás de él, Mencho, salvado por una increíble interpretación de una Biblia del crimen organizado mexicano. El milagro había ocurrido para el futuro capo de capos. Nemesio seguía vivo. Inexplicablemente vivo.
El testigo protegido de las autoridades estadounidenses
Mencho no olvidó ese episodio. Intensificó sus ataques contra Pilo, 07 y otros más de La Resistencia, pero mostró respeto y agradecimiento a Méndez Vargas, a quien borró de su lista de enemigos. Y ciertamente no fue Nemesio quien se encargó de terminarlo, sino la Policía Federal que lo detuvo en un retén en Aguascalientes en junio de 2011. Hoy, Chango duerme en Estados Unidos como uno de los 92 capos que México entregó al vecino del norte para ser enjuiciados en cortes extranjeras.
Pilo, incapaz de igualar la capacidad de fuego de Mencho, ideó una venganza en frío. Se entregó a las autoridades en Estados Unidos para convertirse en testigo protegido y contarle a la DEA todo lo que sabía de sus enemigos. Su actuación estelar fue el juicio del hijo de Nemesio –Rubén Oseguera González, El Menchito– contra quien testificó dando santo y seña de su carrera delictiva.
Su testimonio fue vital para que el hijo recibiera una sentencia de cadena perpetua. Ese fue su desquite.
¿Qué hubiera pasado si Chango hubiera asesinado a Mencho en aquel otoño de 2013? Nemesio Oseguera Cervantes nunca hubiera transformado a Los Torcidos en el temible Cártel Jalisco Nueva Generación, que en el nombre llevaba la consigna de ser una empresa criminal transnacional adaptada al siglo XXI: drogas sintéticas, mercados internacionales, alianzas continentales, negocios sucios apoyados en nuevas tecnologías. La versión globalizada y revolucionada de las peores mafias del mundo.
El país se habría ahorrado el luto nacional del 1 de mayo de 2015, cuando Mencho y Menchito ordenaron usar lanzacohetes de origen ruso para derribar un helicóptero militar que iba por ellos en Villa Purificación, Jalisco, lo que mató a 11 militares y dos policías federales y originó el primer episodio en la historia de México en que un cártel tiraba una aeronave de las Fuerzas Armadas.
Y Mencho, como el criminal más poderoso del mundo, jamás hubiera existido. Nunca hubiera amasado una fortuna de mil millones de dólares, alcanzado presencia en 60 países del mundo ni plantado representantes en cada entidad de Estados Unidos y México. Sólamente hubiera existido Nemesio, a secas, como una nota al pie en la enciclopedia criminal de México.
Pero la decisión de un capo religioso lo cambió todo. Y le regaló a Nemesio Oseguera Cervantes 148 meses extra de vida, tiempo suficiente para que pasara de capo local a pesadilla internacional. Un periodo de gracia que acabó este domingo 22 de febrero por la mañana con el operativo militar en Tapalpa, Jalisco.
Un perdón de magnitudes incalculables hasta nuestros días.
ATJ