El pasado miércoles rendimos un homenaje a la memoria del doctor Ignacio Madrazo Navarro (1942-2026), neurocirujano e investigador del Seguro Social. El doctor Madrazo se atrevió a realizar los primeros trasplantes neurales para tratar el Parkinson en México, junto a su colaborador, el doctor René Drucker Colín. Se cuenta que allá por el año de 1990, hasta su consultorio en el Hospital de La Raza llegaron incontables personalidades con la esperanza de la medicina regenerativa. Entre otros, el más grande de los boxeadores, Cassius Clay, después llamado Muhammad Alí.
El doctor Navarro fue un científico incansable, nos dijo su colega, el doctor Eduardo Magallón Barajas, ex director de la UMAE del Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional Siglo XXI. Fue el investigador mexicano más citado en el mundo, con cerca de 400 artículos, capítulos de libros, y más de 3 mil citas en publicaciones internacionales que dejaron huella en la medicina internacional. Su impacto fue profundo, en sus compañeros y alumnos, durante 38 años de trabajo continuo. Dedicó su vida a aliviar el dolor, devolver la esperanza a miles de pacientes, a los que les brindaba su compasión, empatía y esfuerzo.
Como científico fue un buscador constante de respuestas, llevó al mundo el reconocimiento de la neurocirugía mexicana. Muchos de los neurocirujanos que hoy practican e investigan, llevan en su manera de ser, sus enseñanzas. Escuchaba a sus alumnos, era firme en sus convicciones. El doctor Magallón también nos contó que como jefe de servicio, llegaba en la madrugada a supervisar el servicio. Enseñó a sus residentes a trabajar sin pretextos. Impulsó la innovación tecnológica, siempre buscando el bien común. Jefe de puertas abiertas, siempre escuchaba, aconsejaba, ayudaba y resolvía.
Su hijo, Diego Madrazo Pacheco, se refirió a su papá como Nacho y a su rebeldía como un acto de amor. Porque más importante aún que su legado público es el legado que deja a su familia, a sus hijos Bruno, Diego y Nacho.
Solo un rebelde decide dedicar su vida a investigar cómo regenerar el sistema nervioso central cuando se creía que no se podía hacer nada. Su rebeldía no era ruidosa, era científica. La ciencia sin un propósito humano es solo técnica —enseñaba el doctor Madrazo— si no busca hacer de este, un mundo mejor.
Rebelde porque también salió a las calles en 1968. Rebelde porque siempre defendió sus convicciones y amó lo que hacía. Rebelde porque se atrevió a explorar los límites, seguramente siendo cuestionado, cuando alguien preguntaba entre sus colegas si lo que se planteaba era posible. Y así comenzó una de las transformaciones más profundas de la neurociencia.
Hoy, su línea de trabajo sigue siendo referencia en México y en el mundo, porque como él dijo: “no ha existido en ninguna parte un Seguro Social como el que tenemos, países de primer mundo y enormemente ricos como Estados Unidos nunca lo han conseguido”.
Y por eso decidimos que el auditorio de la Coordinación de Investigación en Salud en el Centro Médico Nacional Siglo XXI, que también fue su casa, lleve desde ahora el nombre del doctor Ignacio Mario Madrazo y Navarro. Porque los nombres fijan la memoria. Y porque el suyo es un recordatorio permanente de que el conocimiento que vale no es solo el que se descubre sino el que se comparte, se organiza y permanece en el trabajo de los otros, y sin duda, en la historia del Instituto Mexicano del Seguro Social.