Política

La “grieta” mexicana

Los presidentes de Argentina y Chile se saludan en la toma de protesta del segundo. EFE
Los presidentes de Argentina y Chile se saludan en la toma de protesta del segundo. EFE

Es desde el futuro que decidí escribirle estas líneas. Lo hago también desde el sur del continente. Vine a conversar sobre libros y aquí me tocó de nuevo palpar la “grieta argentina”. En efecto, Presidenta, en temas de polarización política, visitar Argentina es darse una vuelta por el futuro latinoamericano.

En el país de Javier Milei los discursos inflamados se predican todos los días y la ruptura social ha alcanzado niveles graves. Hace rato que solo son posibles las conversaciones entre gente que se considera afín. Diera la impresión de que la grieta no va a resolverse hasta que, como en aquel pasaje del viejo testamento, la generación actual no haya abandonado, toda ella, el planeta.

Cuando en México relativizamos la polarización es porque no hemos aún experimentado su garra más feroz, que es la imposibilidad de habitar el mismo espacio político.

Si dentro de las fronteras la fractura es más común que el denominador, la idea misma de nación está en riesgo. Así no hay manera de construir un país.

Le pido que no me malinterprete. Estoy consciente de que México está enfrentando, una vez más en su historia, amenazas importantes venidas de afuera. Las declaraciones pronunciadas desde Washington son cada día más inquietantes. Sin embargo, no creo que sea fraccionando los ánimos nacionales como vamos a conjurar el riesgo. 

Históricamente, fueron las quebraduras internas de nuestra sociedad las que sirvieron como debilidad para intentar derrotarnos. Si en el pasado hubiésemos sabido cómo cohesionarnos, mejores cosas nos habrían sucedido.

Preguntará usted por qué le escribo estas líneas en vez de dirigir mis palabras a sus adversarios que, de su lado, jalan también y muy fuerte la cuerda. Hago aquí explícito lo obvio: porque cada vez que usted habla no lo hace la señora Claudia Sheinbaum, sino la Presidenta de mi país. Es decir, uno de los pilares supuestos de unión política.

Cuando la votamos no fue para que usted fuera usted misma, sino el personaje que porta la banda presidencial. Por inhumana que suene esta afirmación, tal responsabilidad la obliga a comportarse distinto al resto.

¿Cuántas veces nos habríamos extinguido sin la presencia de liderazgos capaces de ubicarse por encima de las mezquindades, las intrigas, los intereses rotos y las parcialidades? Por inhumana que parezca su responsabilidad, es gracias a ella que la patria ha logrado sortear momentos muy delicados.

La sentencia es de Hamlet: ¡Quién ponga el cuerpo en medio de dos espadas en duelo será enteramente responsable de lo que pueda ocurrirle! En palabras de Shakespeare, quién por arrogancia, frivolidad o ingenuidad menosprecie el filo del destino, merecerá sufrir la doble herida e inclusive la muerte.

Nadie debería estar obligado a colocarse en tan peligrosa coordenada. Ahórrenos por favor, Presidenta, ese destino tan inconveniente: cada vez que el tono se eleva, cada vez que los agravios se multiplican, cada vez que el rencor se esparce, la consigna hamletiana se hace más pertinente.

“Somos mucho más que dos”, dijo también desde estas tierras latinoamericanas el poeta Mario Benedetti. Ese “mucho más” no es retórica escapista sino esencia política a la que, tampoco, nadie debería estar obligado a renunciar. Somos mucho más que dos ideologías, dos clases sociales, dos formas de construir país, dos lógicas de poder, dos opciones de gobierno, dos destinos manifiestos o dos espadas envenenadas.

La simplificación infantil que ubica la disputa entre lopezobradoristas y neoliberales, izquierdistas radicales y ultraderechistas, o cuatroteístas y conservadores, vacía de contenido la enorme diversidad de identidades que en México superan tan falsas dicotomías.

No queremos, no merecemos, no tienen derecho a infantilizarnos con ellas.

En esta misma geografía del planeta donde ahora me encuentro, contrasta el liderazgo que dejó como herencia el uruguayo José Mujica; a pesar de haber sufrido en carne propia los extremos del autoritarismo, cuando le tocó ejercer el poder supo conjurar los ánimos más incisivos de su sociedad.

Su conciliadora trayectoria se impuso sobre todo ánimo rencoroso o vindicativo. Como él, Presidenta, me asumo de izquierda: una izquierda no violenta que construye a la sociedad desde las premisas de la igualdad, la solidaridad y las libertades.

Nada me parece más ajeno al legado de Mújica que mutilar las coyunturas del cuerpo social o dinamitar los puentes de la geografía política.

En vez de imitar la estridencia discursiva y la lógica rupturista que hoy caracterizan a los gobiernos del argentino Javier Milei o del chileno José Antonio Kast, es en ese espejo de Pepe Mujica que la izquierda mexicana habría de reflejarse.

Con la misma le digo, Presidenta, no cuente conmigo para acompañarla en cruzada alguna que pretenda magnificar la grieta nacional. No hay ideología que alcance para olvidar que antes somos mexicanos y que como tales queremos un país donde podamos coexistir humana y moralmente todas las personas.

El lunes volveré a poner mi rostro en esa ventana donde cotidianamente me toca conversar sobre los temas graves del presente. Lo haré queriendo creer que usted ha prestado escucha a estas líneas pronunciadas en medio de tanto ruido. Lo haré suponiendo que, detrás del discurso beligerante, hay una voz serena que ha calculado como la peor de las amenazas a la división y la fractura, en estos tiempos donde el ímpetu imperialista disfrazado de guerra contra el narcotráfico cabalga sin detenerse sobre el borde de nuestras fronteras.

Convoque Presidenta a cerrar la grieta y no a profundizarla, invite a conciliar y no a reventar las cuerdas que nos reúnen, aleje de nuestro cuerpo social las mortales espadas, movilice para hacer fuerte a la patria y no para debilitarla.

No son sus adversarios el peor enemigo del país, sino la incapacidad de cada lado para abrazar las razones que nos reúnen alrededor de una misma y muy plural identidad.


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Ricardo Raphael
  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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