Cultura

La política en ruinas

Adolfo Hitler​. EFE
Adolfo Hitler​. EFE

Igual que seductores y granujas, los políticos saben que a la gente le gusta que le mientan bonito. Es decir, que se esmeren. Que lo hagan con encanto, y si es posible con un pelo de humor. Que se lo crean un poco, así sea por un rato. Como decía mi abuela, que siquiera le tapen el ojo al macho. Si de todas maneras nos van a abrochar, bien podrían ser atentos y galantes.

Verse a merced de algún burócrata indolente, grosero, violento, inconsecuente, amén de mentiroso y calumniador, equivale a sufrir un estupro moral, pues lo que se supone debería ser fruto del consenso lo obtienen a patadas e improperios, empleando la amenaza y extremando la fuerza contra quienes pagamos su salario, su pretexto de actuar en el nombre de fines nobles y superiores, como lo haría un obispo abusador ante un niño indefenso.

Hacía pocas semanas que Adolfo Hitler se había convertido en canciller cuando pidió el apoyo de los democristianos para consolidar la hegemonía total de su proyecto. Acto seguido, víctima de una rabia súbita y pegajosa, exigió a los socialdemócratas no ya que lo apoyaran, sino literalmente que desaparecieran, puesto que no cabían en la Alemania que él tenía planeada. ¿Cómo iría a aspirar al favor, patrocinio o simpatía de quienes ni siquiera consideraba humanos, sino basura, escoria e inevitable pasto de exterminio?

Es curioso que un líder que se vale de un lenguaje en tal modo incendiario pretenda, como Hitler en los primeros años del Tercer Reich, que se le reconozca como pacifista. Abundaban, no obstante, partidarios, cobardes y lambiscones que encontraban en aquellas rabietas música wagneriana para sus oídos. ¿Quién, que se enoje tanto, iría a mentir?, se preguntaban quienes ya eran presas de su sortilegio, acaso sin pensar que con su ingenuidad le estaban extendiendo un cheque en blanco para trocar el oficio político por los frutos del odio irracional.

Cada vez que un político se arroga el asqueroso privilegio de comportarse como un energúmeno, lo que hace es insultar nuestro intelecto. ¿Seremos tan idiotas para dejar que nuestros funcionarios —esto es, nuestros empleados— nos traten con las ínfulas de un patrón imperioso, tiránico y grosero, sólo porque pensamos diferente? Si alguna utilidad tiene el político, esta es antes que nada la de conciliar intereses diversos, opuestos o exaltados. Tratar de quedar bien con tirios y troyanos, aun a costa de algunas mentirijillas a modo de eufemismos y ditirambos. No es el mejor trabajo, pero igual hay que hacerlo.

Todo político es, por definición, un sujeto que busca ser tu amigo. Cierto es que la amistad, en esos territorios, es tan circunstancial como el catarro, amén de relativa, gaseosa y pasajera, pero el juego consiste en limar asperezas y tratar de entenderse dentro de lo posible. Quienes, por el contrario, exigen lo que saben imposible para orillar al otro a someterse, no son negociadores sino golpistas. Si quieres afrentarlos y ofuscarlos, sugiéreles que sean razonables.

A nivel personal, nunca me han hecho gracia los políticos. Sus carantoñas fáciles y su tono engolado me hacen sentir como ninfa indefensa en la mira de un sátiro calenturiento. No es necesariamente que sean malas personas, sino que su trabajo consiste en quedar bien con todo el mundo. Por eso ni de broma les compro un coche usado, aunque algo finalmente acabarán vendiéndome, si es que hacen su trabajo como deben y no olvidan que aquí el que vota soy yo.

Sabemos que un político no es tal cuando tacha de ultras a quienes no comulgan con su intransigencia. Es decir, miente feo, sin talento, ni oficio, ni cuidado, y como es natural sin el menor escrúpulo. No encuentra necesario convencerte, pues tiene el monopolio del buen juicio y el don de repartir estigmas e invectivas. No quiere amigos, sino monaguillos, y quien no es su secuaz es su enemigo. Maldita sea la hora en que el político despertó convertido en inquisidor.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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