Poca distancia existe, para colmo, entre el podio y el púlpito. La Historia está repleta de listos que han sabido confundirlos, con el colmillo de un predicador y el ímpetu de un jefe de cuartel. Para un líder con aires de patriarca no existen ciudadanos independientes, sino una torpe masa desvalida con carencias perpetuas y papitis crónica, como esos hijos-rémora que ni en la madurez acaban de crecer o sentir el impulso de hacerse útiles. En sus sueños de gloria, el caudillo se mira como primero y último proveedor de un pueblo que le debe cariño y reverencia, amén de sempiterna gratitud.
Tengo para mí que hay dos tipos de político: uno domina el podio y el otro el escritorio. Un país gobernado desde el podio es una pantomima de república. Un montaje infinito sin sombra de verdad. En México, no obstante, persiste el culto al caudillo gritón. La cosquilla machista y vengadora. Que es como si pudieras ver a tu papá reventarle el hocico a un asaltante. ¿Qué puede salir mal estando él al volante de tu destino? Nada, evidentemente, siempre que sea él quien juzgue qué está bien y qué está mal. Y esto va a ser así mientras su amada prole no se atreva a pasar del metro y medio.
Suena familiar, ¿cierto? Solía jactarse Lula da Silva de ser “padre de todos los brasileños”. ¿Y no era Cárdenas el Tata Lázaro? A la gente de pronto le entusiasma vivir bajo el cobijo de un padre provisor que piensa, habla y decide en su lugar. Votar por un caudillo omnipresente es como regresar a vivir con tus padres y gozar de unos cuantos privilegios perdidos, cosa que eventualmente es causa de adicción. Hace uno concha en esas circunstancias, tanto así que hasta teme no estar ya facultado para sobrevivir sin el puntual apoyo de la casa paterna.
La papitis consiste, justamente, en no poder valerse por uno mismo sin la intervención del progenitor, y en tanto ello tampoco responsabilizarse por los propios actos. Para angustia mayor de quienes la padecen, la papitis despierta un número infinito de expectativas, a cuyo incumplimiento suelen seguir berrinches en tropel. Todo lo cual, sin duda, es veneno para la iniciativa, kryptonita verde para la autoestima y caldo de cultivo para los complejos.
En mi país florece la papitis. Ya sea por temor o por pereza, se espera que la gente a cargo del poder se encargue de facilitarnos, cuando no resolvernos la existencia, en parte porque así nos lo ofrecieron y en parte porque así lo cacarean, si bien lo más probable es que acaben dejándonos contentos —o inquietos, o aburridos, da lo mismo— con cualquier fantasía sacada de la manga, tal como hacen los padres con los niños que piden demasiadas explicaciones.
Se entiende que entre tantas y tan candorosas ilusiones, el apellido ilustre de este o aquel caudillo se use como franquicia entre los electores: tanto añoran al padre inmaculado que lo ven redivivo en su heredero. Todo con tal de no sentirse huérfanos y en consecuencia, ¡horror!, dueños de su destino.
Chava Flores sabía que en un país como este no faltan los gorrones. Como niños mimados, nos es fácil hallar una razón de peso para merecer otro privilegio gratuito. No exactamente por casualidad, pululan los caudillos ávidos de ejercer la patria potestad sobre sus gobernados, en la esperanza díscola, tramposa y chantajista de que jamás se quiten los pantalones cortos.