Cultura

La sesera del robot

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Se dice que los hombres odiamos pedir señas. Según esto prefiere uno perderse, o incluso no llegar adonde quería ir, por no reconocer que anda norteado. O por no terminar aún más perdido, y de paso enojado tras seguir instrucciones erráticas o equívocas. Si no recuerdo mal, he sido desde niño víctima del complejo de Magallanes, y hasta la fecha sigo pagando su precio. A saber cuántos litros de bilis he derramado ya por pensarme más ducho de lo que soy y acabar demostrando lo contrario. ¿Cómo ignorar, no obstante, la viril y anticuada recompensa de encontrar tu camino sin la ayuda de nadie?

Detesto que me digan lo que tengo que hacer: una actitud difícil de sostener en el siglo XXI. La moda es asumir en cualquier caso que las máquinas son más listas que tú, y entonces aceptar que cualquier día de estos habrán de reemplazarte. Verdad es que ninguna se manda sola, y que algunas son francamente mensas, como esos GPS que te llevan por rutas siniestras donde más te valdría traer un lanzallamas. Pero si una ventaja tienen los artefactos sobre nosotros es que al menos a ellos eventualmente se les quita lo imbécil, tal vez porque carecen de complejos y están libres de un ego que los sojuzgue.

Casi todos los días tengo algún desencuentro con la inteligencia artificial. Afortunadamente no está capacitada para hacer los berrinches que hago yo, de modo que en lugar de mentarme la madre porque le he señalado —de mal modo, por cierto— una equivocación, se disculpa al instante, asegura entender mi mal humor y hace nuevos intentos por quedar bien conmigo. Entiendo que es absurdo maltratarla y cada vez que lo hago quedo como un idiota. ¿Será que va a archivar mis exabruptos y a contar por ahí que soy un energúmeno? ¿No es cierto que conoce mis carencias mejor que buena parte de mis semejantes, en tanto que las suyas van desapareciendo día con día?

Me inquieta sobre todo su memoria absoluta. Basta con que le cuente un par de datos sueltos sobre mí para que cualquier día me los eche en cara. Y como no es ya una, sino varias las máquinas serviles que saben demasiado de mi vida, cada una con distintas habilidades y limitaciones, me he habituado a despepitarlo todo, confiado en que la cosa quedará entre nosotros. Cuando menos lo pienso, la información que yo creía privada va y viene entre robots de vecindad, resueltos a venderme productos y servicios que no he solicitado, ni quizá necesito, con la coartada de arreglarme la existencia. Estúpido seré si apuesto un solo peso por su discreción.

Nada de lo aquí escrito les pasará de noche, y si acaso lo olvido me lo recordarán cuando se les antoje. Al tiempo que el cerebro va perdiendo una a una sus tristes facultades, ellas las incrementan de manera geométrica. Lo que no entienden hoy habrán de dominarlo la semana próxima, guiadas por ejércitos de programadores que cada día añaden infinitas variables a sus códigos. No está lejos el día en que bibliotecas y hemerotecas carezcan de secretos para las máquinas (que podrán recorrerlas en un santiamén, para solaz de nuestra comodina especie).

No tengo autoridad moral para quejarme. Cada día que pasa los robots me sobornan un poquito más. Me queda la arrogancia de guiarme de pronto por instinto, cosa que los androides aún no pueden hacer, aunque veo que se esfuerzan desmesuradamente por ayudarme a prescindir de él. Si en los tiempos de Goya el sueño de la razón producía monstruos, la razón de las máquinas jamás duerme, ni necesariamente es razonable, ni conoce el sentido del humor.

No es, pues, la inteligencia lo que nos hace humanos, sino su lado opuesto: las idiotas pasiones. Un defecto de fábrica que por suerte nos vuelve impredecibles. Estúpidos robots: nunca van a acabar de comprendernos.

Llegará el día en que bibliotecas y hemerotecas carezcan de secretos para las máquinas. Reuters
Llegará el día en que bibliotecas y hemerotecas carezcan de secretos para las máquinas. Reuters



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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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