Sigue existiendo una incontestable diferencia entre la llamada “derecha” y esa tal “izquierda” que, las más de las veces, se aleja alegremente de los principios democráticos para instaurar señoríos regentados por el autócrata de turno o, de plano, declarados feudos totalitarios como los que florecen en Nicaragua o en la Cuba castrista.
Los extremos se tocan, es cierto, pero las coincidencias entre la extrema derecha y la izquierda radical no resultan de un concubinato ideológico sino del sectarismo y la intolerancia que comparten los fanáticos. Los hermana, a los exaltados de ambos bandos, el cerril rechazo a la otredad y la cerrazón intelectual.
Más allá de los maridajes celebrados en los ámbitos parlamentarios y del ocasional oportunismo político, las posturas de unos y otros sí pueden ser perfiladas. El componente del populismo, hay que decirlo, termina por marcar los espacios de lo público de tal manera que la izquierda y la derecha parecieran, llegado el momento, ser meros rentistas de la misma rabiosa retórica antisistema, pero en los hechos cada corriente desea instaurar su muy particularísimo orden de las cosas.
El discurso no es el mismo, así sea que las vociferaciones en la tribuna se sirvan de denuestos y adjetivos tan manidos como previsibles: la izquierda rentabiliza un buenismo ornamental para engatusar a un pueblo anhelante de ayudas sociales que, justamente por no estar interesados los gestores socialistas en administrar cabalmente las finanzas públicas, lleva a que las arcas de Estado se queden vacías.
La derecha, por el contrario, es más insensible: promueve el espíritu emprendedor de los individuos, o sea, que pretende edificar toda la estructura social a partir de la generación de riqueza. Dicho en otras palabras, valida y legitima el capitalismo —el lucro, la ganancia, la utilidad y el beneficio personal— sin atender la sentencia dictada por los marxistas de que el provecho se sustenta en “la explotación del hombre por el hombre”, sin preocupación alguna por la “lucha de clases” y, desde luego, sin condenar moralmente a los acaudalados o a los empresarios pujantes, emisarios mismos de la doctrina mercantilista.
La izquierda doctrinaria es intencionadamente estatista —repudia a los inversores privados por considerar que despojan a la nación de sus recursos estratégicos, sobre todo los extranjeros que arriban con el oscuro propósito de arrebatarle sus pertenencias al pueblo, pisoteando la sacrosanta soberanía— mientras que la derecha impulsa el libre mercado, abre las puertas al capital, facilita los trámites y se mueve siguiendo las pautas de un muy saludable pragmatismo.
Estos modelos siguen ahí. Para mayores señas, los colosales proyectos que ha emprendido el régimen de la 4T –fatalmente improductivos y devoradores de recursos públicos— evidencian de la manera más palmaria que el rancio dogma socialista impera sobre la realidad de los números en este país.
¿La derecha? Pues, aquí no se ha atrevido a privatizar Pemex. Pero no es Morena, eso sí que no…