A veces nos divierten los villanos estúpidos. Como el piloto Pierre Nodoyuna, aquel francés tramposo de Hannah & Barbera cuyos planes siniestros salían siempre mal. Para más inri, su perro Patán no perdía oportunidad para premiar los fracasos del amo con una salva de risotadas sarcásticas. Carrera tras carrera, la única garantía era que galo infame, desvergonzado por naturaleza, jugaría tan sucio como pudiera.
Hace tiempo que el mundo sigue la ruta de Pierre Nodoyuna. Lo de hoy es ganar haciendo trampas, acaso con mayor satisfacción que si se respetara el reglamento. No son pocos quienes se enorgullecen, al igual que ladrones y topilleros, de obtener con argucias y chanchullos notorios los éxitos que no les corresponden.
Recuerdo a Maradona en el ’86. Les clavó a los ingleses un gol esplendoroso, luego de anotar otro con la mano. ¿Cómo es que para un crack de ese tamaño pudo valer igual un gol que el otro? ¿No es verdad que el primero de esos tantos —su aceptación oronda por parte del tramposo— le regatea mérito al segundo? No conforme con eso, años después el mismo Diego Armando confesó que él y sus compañeros salieron a la cancha (recién arengados por el director técnico, Carlos Bilardo) rabiosos por vengar la memoria de las islas Malvinas. La causa, por lo visto, legitimaba el odio y la chapucería. Más todavía que eso, los hacía ver heroicos a los ojos de millones de cínicos.
Cuarenta años después, ocurre que una turba de pierrenodoyunas se amontona a las puertas del hotel donde se hospeda la selección de Ecuador, armada de bocinas y cohetones, con el expreso fin de no dejarlos descansar en la víspera de su encuentro con los seleccionados mexicanos. Quiero pensar, aunque me da vergüenza, que todos esos hinchas rompebolas creen que funcionará la estratagema. De ser así, está claro que les importa poco ganar con o sin méritos. ¿O será que prefieren, igual que el chapucero Nodoyuna, ganar haciendo trampa? ¿Habrían purgado a los ecuatorianos, de conseguir acceso a la cocina?
“¿Por qué voy a pelear contra el cien por ciento de mi adversario, si puedo reducirlo a la mitad?”, solía jactarse Muhammad Alí de las burlas y asedios con que hostigaba a su oponente en turno antes de la pelea. Mike Tyson, por su parte, decía que golpeaba una nariz con la intención concreta de refundirla hasta el fondo del cráneo. Enfrentarse a un rival previamente mermado o lanzarse a matarlo cual si fuera objetivo militar son dos maneras de pasarse los reglamentos, y el espíritu mismo del deporte, por donde el sol no brilla.
“Malditos mexinarcos”, explotó más de un hincha ecuatoriano en las redes sociales, después del tratamiento propinado por tantos anfitriones abusivos. Ciertamente el epíteto es injusto para quienes nada hemos tenido que ver con los pierrenodoyunas en cuestión, y aún menos con el boyante negocio del narcotráfico, pues de hecho somos víctimas recurrentes de uno y otro flagelo, ya sea porque México es rehén de sus cárteles o porque la mentira, la trampa y el engaño son mercancía corriente entre los poderosos intocables cuyo ejemplo no pasa inadvertido.
De vivir en el México del 2026, Pierre Nodoyuna sería un triunfador. Y es más: sería intocable. Lo imagino intentando sobornar a un equipo tras otro para comprar la Copa Mundial, en el nombre de miles de mediocres que no encuentran valor en el tesón, el mérito, el esfuerzo y todas esas virtudes vetustas que han sido sustituidas por la marrullería, el conformismo y la caparazón que les acompaña.
Ser tramposo no es ser competitivo, sino justo lo opuesto: barato y desechable. Siempre habrá quien se burle, y con razón, del orgullo pueril de los fulleros, por más que hayan logrado sus objetivos. Saben, sabemos todos, que nada se han ganado en realidad. Son villanos en tal medida idiotas que hasta su mismo perro se pitorrea de ellos, porque tarde o temprano todo les saldrá mal. Garantizado.