Ya sabemos que los errores enseñan. Aunque tampoco siempre, si antes haría falta reconocerlos. Cierto es que una idea idiota tiende a caerse sola, pero ocurre que algunos corren a levantarlas en pandilla. Gente que se equivoca desde que da la espalda a sus errores y persiste en el nombre del orgullo. Si el pensamiento trae las dudas por delante, la estupidez se cubre de certezas omnímodas. Lo suyo es preservarse, por eso rinde culto a la pureza.
Nunca antes fue posible blindarse totalmente de las ideas ajenas y encerrarse en las propias con la pureza de un anacoreta. Nos escandalizamos por una y otra forma de discriminación social, pero estamos armados para discriminar cualquier idea que nos contradiga. De la ventana al mundo que es internet, ocupamos no más que una rendija, ya sea porque así lo decidimos o porque entre unos cuantos algoritmos han logrado meternos en el corral de nuestras preferencias.
Por más disparatadas y nocivas que puedan parecer mis convicciones, siempre habrá alguna recua feliz de compartirlas. Las hay por todas partes, en contra o a favor de lo que sea, y mejor todavía si son insostenibles y escandalosas, cuando no fariseas y perversas, pues a muchos les basta con la notoriedad que suele dar esgrimirlas a gritos ante los timoratos. Para sobrevivir, las ideas idiotas han de ser siempre sordas, burdas e imprudentes, de manera que puedan propagarse sin el obstáculo del pensamiento y otorguen al gaznápiro la fama de atrevido.
No necesito ser cruzado ni fanático para hacerme enclaustrar por mis certezas. Si mi debilidad es por la música, los algoritmos de uno y otro negocio registrarán mis gustos conscientes e inconscientes a escalofriantes grados de intrusión. Es como si un espía escrupuloso fuese tomando nota de cada una de mis debilidades, aún las pasajeras o fortuitas, para satisfacerlas hasta el fin de mis días. De las páginas web a las redes sociales, todo lo que me llega viene filtrado por lo que el algoritmo encuentra afín a mí. ¿Necesito decir que existe información en torno a mi persona que yo mismo no quisiera saber? ¿Quién se cree el lamebotas algoritmo para ganarle el turno a mis caprichos?
La verdad es que es cómodo. Critica uno a los gringos que se resisten a cruzar sus fronteras para no abandonar su zona de confort, pero igual configura su percepción del mundo en las redes sociales, donde se entera bien de lo que le acomoda, desde la perspectiva que le gusta, y lo demás lo ignora o tergiversa según convenga a su tranquilidad. Nunca fue tan sencillo propagar el error, viralizar la insidia, consagrar el prejuicio. ¿Qué no habría conseguido Joseph Goebbels con un Twitter y un Facebook entre manos?
A muchos nos asustan, por estúpidas, las creencias de los supremacistas blancos. La estupidez da miedo siempre que es consecuente y tiene prisa. No se entera de nada que no supiera ya, o es que así lo presume porque su vanidad está en su cerrazón. Por decirlo en metáfora, el estúpido ufano dispone de un ejército de íntimos algoritmos que no admiten sino la información precisa para hacer redundantes sus certidumbres. Primero que limpiezas étnicas o ideológicas, les urge la limpieza informativa. Configurar entera su realidad, según convenga a la propagación de sus ideas idiotas, si bien jamás escasas porque contra la creencia general, los idiotas se pasan de ocurrentes. Nada les da vergüenza, naturalmente. Piensan que es osadía cagarse en donde sea, cual si así mitigaran la pestilencia propia del resentimiento.
Entre tantos estímulos equivalentes, lo difícil hoy día es sustraerse del todo a las mareas idiotas que inundan las pantallas de nuestra atención. Pues las ideas idiotas, y para colmo fatuas, tienen esta irritante virtud de hacerlo a uno enojar tanto como las trampas en el deporte. Nos parece indignante y encima nos extraña que quien dice burradas evidentes no se sienta obligado a confrontarlas, pero una cosa es repetir insensateces y otra ser un perfecto insensato. ¿Alguien ha dicho que una idea idiota sea por fuerza una ocurrencia inútil? Ahí va una, por ejemplo: Donald Trump. El mamarracho que consiguió unirnos como jamás lo haría un mexicano.
Diría que lo vamos a extrañar, si así lo permitiera su megalomanía. Algunos, en especial sus supuestos antípodas, preferirían verlo en la Casa Blanca para victimizarse hasta el éxtasis místico. Patanes como Trump o Berlusconi son ya caricaturas de sí mismos, sus líneas memorables tienden a ser chistes involuntarios, elevan el mal gusto a la fosforescencia, dan más asco que lástima pero ya su algoritmo lo entiende como envidia. Y como nunca cometen errores, no se ve cómo van a aprender algo. Es su misión, al fin: unirnos en su contra, por el bien de la especie. Que no se diga un día que éramos todos una bola de idiotas.