Cultura

Los 'influencers' del terror

Al presenciar una matanza, Heinrich Himmler no resistió vomitar. Reuters
Al presenciar una matanza, Heinrich Himmler no resistió vomitar. Reuters

“¡No veas ese video!”, aconseja el mensaje y usted está de acuerdo. Hay que ser muy morboso para empezar el sábado viendo escenas dantescas donde, según le han prevenido, hay decapitaciones y descuartizamientos. “¡Sólo eso me faltaba!”, dice usted y se va haciendo el propósito de no usar el teléfono más que para lo urgente. Diez minutos más tarde, ya se ha metido a un par de redes sociales y certifica que el horror es real. Todo el mundo está hablando de los decapitados de Coatzacoalcos y menudean quienes recomiendan “no hacerle juego al crimen” y evitar el video como a una enfermedad.

“No aguanté hasta el final”, dicen algunos, y hay quienes se lo toman como un reto. Que es el caso de usted, o quizás su coartada para acabar haciendo lo que desde el principio supo que haría. O será que tal vez, igual que a mí, le da más miedo dar la espalda al horror que mirarlo de frente. El video, en efecto (y en especial el audio), le parece monstruoso, aterrador, traumático, tanto así que sin duda se quedará adherido a su conciencia durante muchos días por venir. Pero usted ya lo ha visto de principio a fin, y tanto daño le hizo que volvió a verlo dos, tres, cinco veces, en busca de embotar la sensibilidad.

¿No es verdad, sin embargo, que la repetición de un mismo horror ayuda mucho a hacerlo digerible? Se permite uno, al fin, reflexionar, más allá del espanto, la repugnancia e incluso la empatía con las víctimas. Ciertamente sus gritos enloquecidos —uno de ellos, con las manos cortadas, suplica que le metan un tiro— siguen estremeciéndole, pero al cabo usted nota que también los verdugos sienten miedo, seguramente más fundado que el nuestro. Vea, si no, el empeño, el esmero, la enjundia con que el hombre del hacha corta los ligamentos entre cuello y cabeza. Mírelo con el ojo del camarógrafo: hace todo por ser y parecer temible. Son mayores sus ansias, sin embargo, por ganarse el favor de sus patrones, en cuyas manos se halla el poco porvenir que pueda aún quedarle.

Se cuenta que la única vez que Heinrich Himmler presenció una matanza multitudinaria no resistió el impulso de vomitar. Ahora imaginemos la diligencia intensa con la que se entregaron sus esbirros a masacrar a aquellos cientos de judíos, al tanto de que actuaban para el gran gerifalte allí presente. ¿Quién de ellos habría osado exhibir el menor titubeo? Himmler mismo, consumado el horror, agradeció su “espíritu de sacrificio” para llevar a cabo una labor que hasta él hallaba repugnante. ¿Qué era al fin el nazismo, sino un show permanente donde la vida de cada quién valía según sus aspavientos?

Nadie se porta igual cuando tiene una cámara delante. Menos si se ha propuesto infundir miedo, para lo cual precisa de una dosis extrema de histrionismo. Todos los bravucones son actores y no pocos resultan asimismo cobardes. No es que quieran pelear, sino justo al contrario: sólo estarán tranquilos si se saben temidos mortalmente, luego entonces a salvo. Como usted pudo verlo en el video terrible, los tablajeros de Coatzacoalcos hacen menos alarde de poder que de fragilidad. ¿Para qué, de otro modo, tendrían que grabarse? ¿Cuánto valen sus vidas en el juego macabro que los une? ¿Quién les dice que no serán los próximos?

Una cosa tendría que estar clara: esas personas no tienen remedio. Vamos, habrá quien diga que ni personas son. Si de algo han conseguido convencer a su aterrado público es de su condición de engendros infernales. Necesitan matar para sobrevivir, y han de hacerlo con la mayor crueldad, so pena de pasar por desechables. Nadie mejor que quien filmó la escena pudo ver sus recónditos temores, su servilismo atroz, su ruindad de alquiler, su lastimera urgencia por infundir terror en quien se deje. Puede que no lo sepan, pero ya son cadáveres. Meras sombras infames en el teatro de nuestras pesadillas. 


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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