¿Qué es un naco? Un sujeto con mal gusto. ¿Mal gusto según quién? Pues ahí está el problema, que si en gustos al fin “se rompen géneros” pasa que todos somos nacos de alguien. Puesto que “nacos” son siempre los otros, y por supuesto que la duda ofende. El término resulta en tal medida ambiguo, elástico y mañoso que a cualquiera se le puede aplicar. No se espera, ni quizás se desea, que haya un acuerdo en torno a la palabra, si con frecuencia se usa como invectiva y ya se sabe que éstas son multitalla. Por lo demás, no es un término nuevo, ni a través de los años ha querido decir la misma cosa.
Dicen los biempensantes que el mero uso de la palabra “naco” implica ya una dosis de mal gusto —es decir, el usuario es objeto de aquello que critica—, pero ahí mismo tropiezan a su vez en el pantano de la ambigüedad. Todas las invectivas son en cierta medida de mal gusto, sería uno dichoso de jamás precisarlas ni tener que pensarlas. Y como es natural, todo insulto —de por sí subjetivo en su acepción— contiene la semilla de algún malentendido furibundo. ¿Pues dónde quiere dar quien nos insulta sino en la carne viva de nuestros complejos? O así nos lo tomamos, dado que cada uno, en su turbio interior, no se siente totalmente seguro de no ser cuando menos un pelito acreedor de la mentada ofensa.
Ninguno estamos libres de nacada, toda vez que el mal gusto tiende a ser contagioso y con cierta frecuencia estimulante. En el mal gusto —ése que nos afrenta de pronto en el espejo— hay siempre alguna dosis de desafío. “Atrévete a ser otro”, te susurran las botas picuditas desde la estantería, pero ya te imaginas el desconcierto de las amistades y el regocijo de los enemigos. ¿Qué no darían esos miserables por conocer las fotos cursis de tu infancia, tus lecturas en años adolescentes o la lista secreta de canciones que hasta en soledad te hacen sonrojar? Lo peor no es que le llamen a uno “naco”, sino que no le expliquen cómo es que lo supieron.
Algunos entre quienes hasta hoy no encontramos palabras para describir el supremo mal gusto de ciertos millonarios nuevos y no tan nuevos solemos reservar el término maldito para ellos. Puesto que la nacada, entendida como cursilería palurda, exhibicionista y fanfarrona, ocupa presupuestos faraónicos en su florecimiento elefantiásico. Las Vegas, meca auténtica del Nakogeist, juega a hacer realidad fantasías de estilo tan deplorable que uno termina por agarrarle el gusto. Es decir, el mal gusto. Y hay quienes no quisieran salir nunca de ahí, tanto así que en su casa prolifera el exceso del estilo MacPato. “Que se note el billete”, es la divisa. ¿Quién quiere tener casa y no parque temático?
Decía, pues, que cada quien sus nacos, y para el nuevo rico el naquerío lo integran quienes mueren de envidia de su blin-blin. O sea todo el mundo, para no errarle, o en todo caso la mayoría inmensa de sus semejantes. No en balde se ha aplicado con engreído tesón a ostentar sus haberes tan majaderamente, y esto le ha producido tan notorio placer, que es incapaz de verse o ver al universo a través de otro filtro que el de su vanidad atragantada.
Más allá de los ángulos, no obstante, hay parámetros claros en torno cuando menos al básico buen gusto. Discreción, diplomacia, respeto y cortesía serían, por ejemplo, elementos de juicio primordiales, cuya falta en conjunto señalaría al personaje en cuestión ya no como el vil naco de sus pesadillas, sino como un nacazo prototípico. La clase de sujeto cuya amistad nos quema en sociedad, aunque él insista en creer que nos prestigia, y así nos lo repita, sin tantita vergüenza. Esos rufianes con poder y dinero que, en palabras de Javier Marías, van por la vida con “lentejuelas implícitas”. Los que al primer descuido nos tachan de nacos y sus solas maneras invitan a reír o vomitar, lo que ocurra primero.
No hay que ser mexicano para ser un nacazo: ahí está Donald Trump, El Protonaco. No sé de un mexicano que bautice edificios y casinos con su apellido en letras gigantescas, hable de su persona con tan desenfrenada admiración y luzca unas maneras aún más rufianescas que los maleantes que inventaron Las Vegas. No faltarán los narcos que lo sueñen, pero he aquí que pobre diablo adinerado lo vive y nos lo embarra hasta la náusea. Qué opine este patán de mí o de quien sea no es cosa que me aflija, ni sufro porque me haya “pisoteado”, como claman algunos airados agredidos, pero insisto en creer que Donald Trump es demasiado naco para invitarlo a la casa de nadie, aunque él no se dé cuenta. Cuestiones sanitarias, nothing personal.