Metí unos tres o cuatro, cuando niño, y todavía me dura la vergüenza. Lo cual quiere decir que es probable que fueran más de diez. Por eso prefería ser delantero que defensa, pero he aquí que jamás conseguí la proeza de meter un gol. Como defensa, en cambio, había hecho los méritos bastantes para que en cada equipo se me considerara un delantero de los adversarios. En términos más simples, un enemigo en casa.
Los amiguitos no solían hacerse en el salón de clases, ni a la hora del recreo, sino sobre la cancha de futbol. Los recuerdo como un club VIP cuyo acceso exigía contraseñas para mí totalmente incomprensibles, amén de una acrobática destreza impensable en los niños solitarios que con trabajos logran hacer equipo con su propia sombra. Se pasaban las bolas por lo alto, se entendían con guiños y carantoñas, se daban ánimos, se echaban porras, se abrazaban como héroes al fin de la batalla. Y uno papando moscas, mientras tanto.
Sobra decir que ni una bola me pasaban. Para qué, si me la iban a quitar antes de que siquiera la tocara. Las pocas ocasiones en que vi venir pelotas dirigidas hacia mí, era porque me habían puesto de portero. “Tienes buena estatura”, observó un día el maestro de Educación Física y me habilitó como guardameta. Tres minutos más tarde, ya me habían metido otros tantos goles. Por no hablar del torrente de injurias y sopapos a que me hice acreedor no bien un debilucho tiro a gol me pasó muy campante entre los pies.
No hay error, sin embargo, tan lacerante como el autogol. Trágico, absurdo, estúpido, oprobioso, invita al mismo tiempo a la rabia, el escarnio y el rencor. Pese a ser evidentemente involuntario, tiene un tufo a traición que lo hace imperdonable. Por donde se le vea, es una puñalada a media espalda. Los contrarios se ríen, los tuyos te denuestan y tu única ambición es volver a la banca, a la cuna, al limbo primigenio. Si el futbol es el deporte de la confraternidad, el autogol hace de quien lo firma un candidato idóneo
al linchamiento.
Con sus cuatro autogoles en las copas mundiales de futbol, México es el puntero en la categoría melodramática por excelencia. ¿Quién no sufre o al menos se acongoja de sólo ver el rostro descompuesto de aquel pobre infeliz que recién metió un tanto en su portería… en el Mundial? ¿Cómo olvidar la historia de Andrés Escobar, el defensa central de la selección colombiana del ’94, ultimado a balazos por haber anotado un autogol? ¿Qué aficionado no usa los peores adjetivos para insultar al autogoleador?
La gran diferencia entre los jugadores y su porra es que esta lucha contra el adversario, mientras que cada atleta pelea contra sí mismo. Si tanto odia perder es porque no soporta la idea de mirarse por debajo de sus expectativas. Decepcionar al universo entero parece poca cosa frente a la perspectiva de traicionarse solo. Vencerse. Autogolearse. Para colmo, delante del mundo entero.
Algo tiene el error en el imaginario de la multitud que termina pesando más que el mérito. Hay una larga lista de atletas exitosos a quienes se recuerda por su peor momento, y que acaso se pasan el resto de su vida rumiando aquel desliz intempestivo. Sin ir muy lejos, guardo una larga lista mental de las peores decisiones que he tomado en la vida, algunas de ellas no menos gratuitas, temerarias, bestiales, torpes y catastróficas que el más ignominioso de los autogoles.
Los autogoleadores recurrentes solemos aprender de la derrota, que tiene más virtudes didácticas que el triunfo. La derrota es profunda, dolorosa, traumática, descorazonadora, tanto así que sobrevivir a ella vale por un entero campeonato. Así pues, que otros alcen medallas y trofeos. La historia de mi vida no es otra que la de mis autogoles.