En lo que a mí respecta, y creo estar muy lejos de ser original, todo ese rancio tema de los buenos propósitos es la primera causa perdida del año. Si antes, en sus primeras ediciones, despertaban la clase de entusiasmo que da por inminente lo improbable, de forma que lo hace a uno sentir nuevo mientras le queda aliento a la fantasía, hoy es su desprestigio el que despierta la sospecha instantánea del otro yo. ¿Otra vez con propósitos edificantes? ¿En qué quedamos el año pasado, y el anterior, y así hasta el primerito?
No diré que es sencillo lidiar con el vacío infumable que supone enfrentar a un nuevo año a lo largo de sus horas más áridas e inhóspitas, pero de ahí a creerse uno capaz de reinventarse con el calendario media un margen de anhelo petulante que acaso causa gracia a sus seres queridos, hace años resignados a tratar cada enero con el mismo falsario bienintencionado. Peor todavía cuando el año comienza pasada la mitad de la semana, de manera que el primero de enero llega a extenderse por 72 horas, como es el caso de 2016. Un triple día hueco y desolado, listo para llenarse de esas cuentas alegres que son saldo a favor de los buenos deseos precedentes.
Difícilmente cambia o se renueva quien no ha tocado fondo, aunque hay quienes alegan que el nihilismo propio de estos días oceánicos y apáticos lleva directo al hueco existencial, el automenosprecio y el imán que distingue a los grandes abismos. El problema es que los buenos propósitos suelen llegar al quite de forma preventiva, como una madre sobreprotectora que no aguanta la idea de ver atribulados a sus querubines. No está uno ni bien harto de sí mismo y ya quiere cambiarse por un nuevo modelo, equipado en teoría con grandes accesorios y mejoras que de aquí a dos semanas no habrá quien garantice.
Nada tendría de extraño que en días como hoy creciera la lectura de libros de autoayuda. Decirse ante el espejo esa patraña ñoña de que ya con tomar La Decisión (o bien hacerse cierto firme propósito, o llenar de rayones el nuevo calendario) ha recorrido la mitad del camino equivale a atribuirle a la morfina ingredientes activos contra el cáncer. Y no obstante, dan ganas de intentarlo.
Ahora mismo, detrás de estos renglones, confecciono en secreto unos pocos propósitos de bajo perfil: si no los cumplo, nadie va a enterarse, pero queda esperanza de realizarlos hasta cierto punto, sin tanto fanatismo edificante. Propósitos flexibles, reglas de manga ancha que uno procurará tomar en cuenta, si es que las circunstancias lo permiten. Ideas constructivas en potencia, como la de esa cita con aquel viejo amigo, siempre pospuesta de una y otra parte, oficialmente contra sus voluntades ("este año sí nos vemos", anunciamos con énfasis fraternal, de manera que, en caso de fallar, o ni intentarlo, baste al menos con la buena intención).
Como tantos afanes edificantes, la corrección política lo lleva a uno a hacer pacto de silencio con sus inconsecuencias. Se propone uno llevar a cabo lo que sería deseable si no deseara, al fondo de sí mismo, otras cosas distintas o hasta opuestas. ¿Y qué hacer contra el miedo a ser quien uno es, sino mentirse un cambio intempestivo y adornarlo con buenas intenciones? ¿Por qué será que Las Mejores Intenciones no acostumbran incluir la menor intención de realizarse?
Wishful thinking, le llaman a esa ramificación antojadiza del raciocinio que resuelve las broncas con sólo imaginar una salida viable y brindar para darla por cumplida. Razonamos no más que para liberarnos, diría mi abuelita, del pendiente, y lo hacemos con la gula bastante para llenar con globos de entusiasmo el hueco nebuloso de la incertidumbre. Idólatras del movimiento de translación, encontramos en los primeros días de enero una página en blanco que al menos en principio quisiéramos tener por decorosa. Si de aquí a fin de mes volvemos a las manchas y tachones, no se dirá que fue por falta de propósitos.
Hasta donde recuerdo, me he propuesto, por orden de aparición, méritos tan bonitos como ser un buen niño, un alumno obediente, un hijo agradecido, un mejor estudiante, un sujeto ahorrativo, y de entonces a acá, tiro por viaje, una persona más disciplinada, es decir, algo menos indisciplinada. Nunca, que yo recuerde, uno de esos propósitos cumplió más objetivo que el de convencerme de que empezaba el año con el pie derecho. Por lo demás, lo común es que el año recién iniciado diste de honrar nuestras expectativas. ¿Ah, sí?, salta de su escondite el otro yo, ¡pues ahora a ver quién cumple los propósitos!
Para el caso, me había propuesto adelantar por unos cuantos días la escritura de estas líneas, y una vez más estoy, a medias vacaciones, corriendo por delante del segundero. Es decir que han pasado apenas unas horas del nuevo año y se ha hecho tarde para buenos propósitos, que a todo esto es el nombre oficial de tanto y tan sonado despropósito.