Cualquier ensombrecimiento de la mente, perturbación en ella, incitación a las cosas más bajas o terrenales; junto con toda inquietud, agitación o tentación que lleve a desconfiar de la salvación y expulse la esperanza y la caridad; por lo cual el alma se siente entristecida, se vuelve tibia, se aletarga y casi desespera de la misericordia de Dios.
Así describió Ignacio de Loyola, fundador de la orden jesuita, la “desolación espiritual” en 1548. Se refería al sentimiento de vacío que las personas suelen experimentar luego de la euforia inicial de una conversión religiosa. Después del fervor de la nueva fe, a la que él llama “consuelo”, los problemas de la vida regresan, la gente siente que cometió un error y puede alejarse de ella.
Esta desolación no es solamente un fenómeno religioso. Describe gran parte de nuestra experiencia cuando algo nuevo y hermoso despierta alegría y entusiasmo, pero luego se vuelve tedioso y agotador. Los matrimonios, por ejemplo, sufren comúnmente la llamada comezón de los siete años, cuando la pasión da paso al aburrimiento y al conflicto. De igual manera, los nuevos trabajos son emocionantes e interesantes por un tiempo, pero luego se convierten en una rutina o una opresión.
Uno podría concluir fácilmente que la acción natural y adecuada es hacer un cambio en el momento de la desolación: disolver la relación, renunciar al trabajo, buscar consuelo una vez más en la novedad. Pero esto bien podría no ser correcto. Uno de los secretos del bienestar a largo plazo es comprender la desolación espiritual no como un obstáculo para el bienestar, sino como un camino que promete crecimiento personal. Si sabes cómo usar la desolación para salir adelante, te espera un consuelo aún más dulce.
Ignacio describió la fase inicial y consoladora de la fe como algo “fácil y ligero”. Y así sucede con la mayoría de los grandes cambios en la vida cuando son voluntarios y nuevos. La novedad en sí misma estimula la atención, razón por la cual los expertos en mercadotecnia descubrieron que simplemente añadir la palabra “nuevo” a un anuncio aumenta el interés del consumidor (una emoción positiva básica) en el producto que se ofrece. En particular, las personas con una alta calificación en el rasgo de personalidad de apertura a la experiencia encuentran placenteras las nuevas circunstancias de la vida.
Este efecto de la novedad lo vemos con mucha claridad en la investigación sobre matrimonios. En un estudio de 2010 con 464 recién casados, tanto esposos como esposas disfrutaron de su mayor satisfacción marital en los primeros cuatro meses después de la boda. Esto no significa que el divorcio se convierta en un peligro inmediatamente después de esa luna de miel; el riesgo de separación sigue siendo bajo durante los primeros dos años. Sin embargo, la incidencia aumenta con el tiempo y alcanza su punto máximo alrededor de los cinco años, de acuerdo con un estudio finlandés de 2014 publicado en la revista Demography. En otras palabras, los datos sugieren que este repunte en la desolación matrimonial -que se caracteriza por el aburrimiento, la disminución de la intimidad y el aumento de los conflictos- podría denominarse con mayor precisión la “comezón de los cinco años”.
La satisfacción laboral sigue un ciclo similar, aunque se mueve más rápido. De acuerdo con una investigación de 2009 publicada en el Journal of Applied Psychology, las personas que cambian de trabajo y se comprometen a que el nuevo empleo funcione (cumplen con sus obligaciones a conciencia y se integran socialmente) registran un aumento en la satisfacción laboral durante los primeros tres meses. Sin embargo, en este punto el consuelo comienza a desvanecerse y la satisfacción disminuye durante el resto del año, alcanzando su punto más bajo al final del primer año en el nuevo trabajo. Es entonces cuando, según mi experiencia, muchas personas dicen que sienten que cometieron un error al cambiar de trabajo. Llamémoslo la “comezón del primer año”.
No todos los matrimonios fracasan después de cinco años; tampoco todos renuncian a su trabajo después de un año. De hecho, los datos longitudinales más recientes (de parejas casadas entre 2010 y 2012) muestran que alrededor del 82 por ciento permanece casado durante al menos 10 años, y el riesgo de divorcio continúa disminuyendo después del quinto año, hasta el fallecimiento de uno de los cónyuges. Del mismo modo, casi la mitad de las personas ha estado en el mismo trabajo durante cuatro años, y aproximadamente una cuarta parte de los trabajadores permanece en su empleo durante 10 años o más. Este fenómeno de persistencia llevó a los investigadores a preguntarse cómo los cónyuges o empleados que perseveran logran superar la etapa de desolación y (presumiblemente) encontrar un consuelo renovado en su matrimonio o trabajo.
Para descubrir el secreto, recurrimos una vez más a Ignacio y a lo que dijo sobre mantener la fe durante las noches oscuras del alma: “Aprendan no sólo a resistir al adversario, sino también a vencerlo”. Es decir, veamos la desolación como un desafío para desarrollar la habilidad de perseverar en la fe, en lugar de un motivo para lamentar la pérdida de un sentimiento que alguna vez tuvimos. Lo mismo ocurre en otros ámbitos de la vida. Lo que tienen en común los matrimonios y las carreras profesionales duraderas no es que sus integrantes nunca experimenten la desolación, sino que utilizan los momentos difíciles como una oportunidad para aprender y crecer.
En el matrimonio, las parejas que logran superar el periodo de desánimo son las que pasan de la competencia a la colaboración. Los primeros años de matrimonio suelen implicar un choque de voluntades individuales. Investigadores que escribieron en la revista Family Relations demostraron que los cónyuges que superan esta etapa y son más felices en la vejez aprendieron a adaptar su voluntad a la del otro. Estos cónyuges experimentan una creciente igualdad en la toma de decisiones y las responsabilidades del hogar; en las parejas religiosas, esta convergencia también se manifiesta en un mayor grado de práctica compartida a lo largo del tiempo y en la convicción mutua de que el matrimonio debe durar hasta la muerte. Estas habilidades y creencias, forjadas mediante la resolución de conflictos, consolidan a la pareja como una unidad para toda la vida.
Del mismo modo, los trabajadores más felices son los que perseveran aprendiendo y aplicando estrategias positivas para salir adelante ante los problemas que caracterizan la desolación laboral. En un estudio de 2023 con enfermeras recién graduadas se encontró que los que lograron una mayor satisfacción laboral no fueron los que evitaron los conflictos en el trabajo, sino los que adquirieron fortaleza al enfrentar los retos de manera directa y racional. Evadir las dificultades, o simplemente retraerse, demostró ser una estrategia que no fomenta el aprendizaje y que no proporciona la recompensa de la satisfacción laboral.
En la mayoría de los ámbitos de la vida, especialmente en aquellos que implican el mantenimiento de relaciones, los períodos de desolación forman parte del curso normal de los acontecimientos. Inspirándonos en Ignacio de Loyola, los sociólogos como yo podríamos sugerir tres maneras de convertir los momentos difíciles en valiosas oportunidades de aprendizaje.
1. Sigue con lo tuyo.
Llega un momento en la vida espiritual, afirma Ignacio, en que la desolación no se puede negar ni evitar. En un momento así, lo correcto es no hacer nada: “No hay que deliberar sobre nada, ni cambiar nada respecto al propósito de la mente o el estado de vida, sino perseverar en aquello que se había resuelto antes por ejemplo, durante el día o la hora de consuelo anterior”. En otras palabras, no hay que dejarse llevar por la emoción precipitada (a la que él llama “espíritu maligno”), ni permitir que dicte una decisión imprudente de renunciar. En cambio, hay que reconocer la desolación como una característica normal de cualquier relación, ya sea con una persona o una institución (como puede ser un empleador). Hay que ver este momento difícil como si se tratara de una endodoncia: con serena resignación y la confianza de que, con el tratamiento dental necesario, vendrán tiempos mejores.
2. Pónganse del mismo lado.
Para el creyente religioso, el enfoque de Ignacio ante la desolación consiste en verla no como el individuo y Dios en lados opuestos de un problema, sino como uno mismo con Dios, enfrentando las dificultades y superándolas juntos. Esta concepción también ofrece el enfoque adecuado en el matrimonio. Un choque de voluntades es un problema mutuo que se resuelve mejor colaborando, no compitiendo. De hecho, las investigaciones indican que esto proporciona las habilidades necesarias para que las parejas alcancen la tranquilidad de un matrimonio feliz y exitoso. Este enfoque puede ser más difícil de implementar en el trabajo, pero no es imposible. Una vez conocí a un ejecutivo que se dirigía a una dura mediación legal con un competidor. Estaba sorprendentemente optimista al respecto, y cuando le pregunté por qué, dijo: “Hoy, una pelea desagradable terminará porque ambos llegaremos a un acuerdo”.
3. Esfuércense.
La paciencia es importante para superar la desolación, que puede durar bastante tiempo en la fe, el amor y el trabajo. Pero la paciencia por sí sola no es suficiente. No puede uno simplemente esperar a que pase la desolación. Esa es la receta para la muerte espiritual: convertirse en un mero compañero de casa o en un empleado apático, con la cámara de Zoom siempre apagada. Ignacio sugiere el programa serio de piedad y oración expuesto en sus famosos Ejercicios Espirituales, una guía que millones de personas siguen utilizando en la actualidad. Los matrimonios en estado de desolación necesitan una intervención similar, a veces a través de terapia, del mismo modo que una carrera profesional en crisis puede beneficiarse de ayuda.
Por supuesto, hay ocasiones en que la desolación no tiene solución, y la mejor opción es la disolución. No voy a detenerme en el aspecto teológico, pero esto sin duda puede ser cierto en los matrimonios, especialmente cuando ha habido maltrato o abandono. Y en el ámbito laboral, un cambio de vez en cuando puede ser muy positivo y saludable.
En estos casos, podríamos aplicar la sabiduría de Ignacio para aprender y crecer no solamente de la desolación, sino de la disolución misma. Cuando una relación termina, ya sea de forma dolorosa o amistosa, se dispone de información valiosa, incluyendo la posibilidad de aprender de los propios errores. Si se maneja bien esta información, el consuelo será mucho más profundo y gratificante.