Sociedad

¿Hay una fecha exacta para dejar de felicitar por el Año Nuevo?

A veces pienso que el Día de los Reyes Magos, el 6 de enero, es una buena fecha para detenerse y adoptar un grado de sensatez. Llega una edad en la que los primeros días del año son los únicos en los que el tiempo parece ir despacio, cuando el año se siente como una eternidad. Pero después alguien pisa el acelerador y ya es Día de Acción de Gracias y lo que sigue.

Recuerdo que ese fue el tema de mi primera o segunda columna, en 2006.

Roberta Garza, a los pocos días de asumir la dirección de MILENIO Monterrey, me invitó a escribir una columna semanal que saldría cada martes. A Roberta le entusiasmaban mis puntos de vista abiertamente homosexuales que a su vez utilizaba como taladro con los que hacía orificios para espiar los rincones poco vistos de lo que en ese entonces se entendía por cultura gay: nuestra hipocresía social, la fuerte discriminación influenciada en estereotipos sacados de “Queer as folk”, el oportunismo de Lady Gaga, el pantanoso engaño del matrimonio igualitario, ya no digamos de la adopción homoparental o el fútil rechazo de muchos gays a los deportes.

Por supuesto, me fue imposible no llenar la página en blanco con mis exhibicionismos: desde los hombres varoniles sin una gota de desodorante hasta mis fantasías de ver porno mientras las bocinas retumban con Black Flag o Sonic Youth; anécdotas en el ring de boxeo y en el moshpit. Mi devoción por Stephanie Salas.

Eran tiempos en los que el futuro transcurría suspendido en un optimismo nebuloso. Anunciaba tecnologías que revolucionarían la vida cotidiana, pero las fases de prueba y error generaron falsas esperanzas digitales. Basta ver el fracaso de Second Life con sus horrorosos avatares. Exceptuando el 2-step, el dubstep, los lanzamientos de Arts and Crafts Records y las experimentaciones de electropop minimalista de la Morr Music, en 2006 y 2010 no hubo música interesante. “RuPaul” aún no había iniciado su reality show, que acabaría con las raíces y las identidades nacionales de las travestis y las vestidas en México y en el mundo. “Drag Race” nos enseñó que “travestis” y “vestidas” son términos denigrantes. El mundo sería un mejor lugar si las estandarizaran bajo su propio criterio y lenguaje de lo que para “RuPaul” debe ser drag. Hoy las dragas ya no cuentan chistes ni chismes; derraman el té. Lo cierto es que en México solo tomamos té cuando nos dan retortijones y diarrea, y hasta ahí. Nada más desesperante que un colonialismo con lentejuelas.

Veinte años y una pandemia después no he podido superar mi debilidad por la testosterona –y la verdad es que mientras más biológicamente tóxica, mejor–; sigo pensando que adoptar a las Jeans como íconos pop es de las peores decisiones que ha tomado el colectivo LGBT+ mexicano y que el matrimonio igualitario es el triunfo de los bugas sobre nuestra imprudente lujuria entre hombres, que al final es de lo que se trata el ser homosexual. Cualquier intento de extraer el epicentro sexual de los gays es un desliz conservador que nos hace sentir culpables por ejercer el poder genital a nuestra conveniencia y placer.

Los pocos principios que tengo sobreviven intactos, como que el crusing, el sexo en la calle entre hombres son nuestra rebeldía comunitaria frente a la domesticación consumista. Los homosexuales debemos mantener viva la memoria de Diógenes. Nunca permitir que sea la culpa quien defina la homosexualidad y otras disidencias sexuales. Que nuestros puños y nudillos son los mejores aliados contra la homofobia. Que la alineación a los valores bugas es un punto ciego capaz de drenarnos hasta un estado de frustración. Lo que, en esencia, hace el conservadurismo, sin importar su adjudicación al espectro político, a la derecha o a la izquierda: castigar la libertad del otro y aplastar a quien se atreva a rebelarse frente a las convenciones construidas por los aburridos. Los mismos que, a falta de orgasmos, celebran cualquier brutalidad cometida por sus simpatizantes. Acaso como venganza personal contra las reprimendas o las cancelaciones de los justicieros sociales del pasado, cuando las causas progresistas eran lo que vendía. Nadie parecía quejarse del cinismo capitalista cuando hasta un miserable sándwich se envolvía en una buena causa, como la bandera del arcoíris.

“Solo cuando retroceda el ruido del antagonismo seremos capaces de escucharnos los unos a los otros”, decía el filósofo Slavoj Žižek.

Quizás la única diferencia es que ya no me meto al moshpit dados mis serios problemas de espalda. Por supuesto ya soy un viejo, con su saludable dosis de amargura. Aun así reconozco la lucha de Lady Gaga porque las dragas concursantes de la “Drag Race” no mueran de hambre mientras graban el reality.

Por cierto, también firmé un acta conyugal y ahora vivo en San Francisco, California. Sí, me cercené la lengua con mi propia navaja y guardo el pedazo de músculo como un trofeo a mis contradicciones. No me arrepiento. Tuve la suerte de encontrar a un bato que entiende el matrimonio como una aventura de búsqueda constante, con sus subidas y melodramáticas bajadas, sin miedo a los sentimientos, como John Fante. Nuestro compromiso es la solidaridad, nuestras manos entrelazadas durante las protestas contra el abuso de autoridad, el amor y el café y los poppers en el desayuno. Gracias, Jim, por la paciencia, como sabes, soy un puto desastre.

Hace 20 años acepté la propuesta de Roberta Garza. Bauticé este espacio como El Nuevo Orden en honor a la banda que me enseñó que el acid house es la mejor terapia para superar la pérdida de un buen amigo. Prueba de ello es esa portentosa obra de arte llamada “Technique”. Quién diría que el guiño del cuarteto de Manchester se convertiría en una amenaza alimentada por el tedio de las redes sociales. El lavado de cerebro del algoritmo es la auténtica Second Life. Gracias, Roberta, siempre y en cada surco del vinil y esta columna que sigue pulsando, como sintetizador de New Order, la octava maravilla del mundo.


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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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